
por Jorge Valdés Díaz-Vélez
(poeta mexicano)
EXPRESO DE MEDIANOCHEDentro del sueño pasa un tren,y en sus ventanas campos, ríos,álamos, puentes y caballosse alejan para siempre. Un niñoobserva el viaje de las cosashacia el pasado en que se fuganlos colores. Mira tambiénsus ojos en el vidrio, el vahode su respiración. Vislumbrasombras, reflejos de su padrecon un libro en las manos. Duerme,y en el cristal también se borransus leves párpados cerrados.Veo a mi hijo en ese niñoque me contempla desde el vidrio,miro a mi padre al ras del sueñocontra el temblor de la ventana.Él no me ve. No puede oírme.He nacido una vez, y muchasotras he muerto en ese trenque se detiene solo al alba.CANTO DEL ALBAUn firmamento sin fracturasizó un lucero sobre el monte.Ondea en silencio, iluminandoel breve asombro de estar vivo,no el cielo roto, sino el sueño,no la palabra, sino el signo,no la nostalgia, sino el verbo,no la orfandad, sino su origen.La noche acorta las distancias.No el ruiseñor, sino el latido.NADIEVolví a Ítaca, a sus médanosde bruma evanescente, al solque la traspasa y a las callesque mi memoria soñó hermosas.Degusté el sexo de los higos,la pulpa de un dátil, el cálidoresplandecer de la aceituna.Fui un extranjero entre los míos.Nadie advirtió que tras la máscaratallada por la espuma, ibayo, el heroico (ese mendigosin sombra que salió una nochede lágrimas al mar) Ulises,el pródigo en historias vueltodel más allá de su leyenda.Antes que el alba, regreséa la costa y enfilé al sur.No reconoceré los muellesa donde vaya mi deliro.Sólo sabré que estuve en Ítacapara reinar sobre mi espectro.ISHMARLa manera de peinarte desnudaante el espejo húmedo del baño,de apresar en la palma tu cabellopara escurrir el agua y agacharteen medio de palabras que no entiendo;el acto de secar tu piel, la formade sentir con las yemas una arrugaque ayer no estaba, o de pasar la toallapor la pátina oscura de tu pubis;el modo de mirarte a ti contigotan cerca y tan lejana, concentradaen una intimidad que a mí me excluye,son gestos cotidianos de sorpresa,ritos que desconozco al observarlas mismas ceremonias que renuevasal calor de tu cuerpo y que dividenun segundo en partículas: espaciosdonde la vida expresa su sentidoposible y que se afirman al peinartedesnuda en las mañanas, como un frutoque yo contemplo por primera vez.DE QUÉ
Tu imagen está en mis ojosy en mi boca tu nombre.Ibn Arabi
De qué sirve la noche sin tus ojosdisueltos en la sombra, sin tu espaldaa la orilla del tacto, sin tu bocapronunciando el azogue del espejo;de qué sirve aguardar a que aparezcanlas bóvedas del cielo, el mar lejanodel término añoranza y el principiodel deseo; de qué sirve pensar,soñar lo que sería si estuvierasaquí, sobre la hondura de tus huellasque iban tras el delirio en que volvíasa ser la vastedad que me traspasa;de qué sirve el temblor de esta palabrasi no levanta el vuelo de tus manos,si el aroma del río, si el murmullo.De qué me sirve saberme sin ti.LAS PIEZAS DENTADASUn manojo de llaves, de repenteen un cajón, entre fotos antiguasy un desorden de notas y papeles.Ahí han permanecido, inadvertidasy ajenas a las puertas que me abrieron.No sé a qué cerraduras corresponden,a qué casa o país daban acceso.Aún preservan brillos de la inútilmemoria que cerraron para siempre.POLAROIDPara Eugenio MontejoSon siete contra el muro, de pie, y uno sentado.Apenas si conservan los rasgos desleídospor los años. Las caras resisten su desgaste,aunque ya no posean los nítidos coloresque ayer las distinguieron. Entre libros y copas,las miradas sonrientes, las manos enlazadascelebrando la vida de plata y gelatinase borran en el sepia de su joven promesa.Por detrás de la foto están escritos la fecha,los nombres y el lugar de aquel encuentro. Fuimosa presentar el libro de uno de los amigosque aparece en la polaroid viendo hacia el vacío.Después se hizo la fiesta y más tarde el accidentenos llevó al cementerio. Dijimos en voz altasus poemas. Los siete contra el muro, de pie,uno leía. Todos aún lo recordamosy casi por costumbre le voy a visitarcon girasoles. Todos hemos envejecidomenos él, ahí en la vista fija. Nos miradesde sus 20 años, que son los de su ausencia,con ojos infinitos de frente hacia la cámara,llevándose un verano tras otro, aunque comiencea degradar su tono naranja sobre el durocartón de la fotografía.
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| Jorge Valdés Díaz-Vélez |
Fundó y dirigió la Casa de Cultura de Saltillo, Coahuila. Co-mo diplomático de carrera fue jefe de misión adjunto en las embajadas de su país en Marruecos y Trinidad y Tobago, cón-sul alterno en Miami, Florida, Estados Unidos de América, director del Centro Cultural de México en Costa Rica y di-rector del Instituto de México en España, países en los que además se desempeñó como consejero de cooperación. También fue consejero cultural en Argentina y en Cuba, director de Convenios y Programas, y director de Difusión Cultural en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, miembro distinguido del Seminario de Cultura Mexicana y consejero editorial de varias revistas universitarias.
