miércoles, 1 de febrero de 2023

A nuestra soledad llaman los pájaros, y otros poemas


por Alicia García Bergua

(poeta mexicana)



Los dos abuelos
                                        Para Ana

Al fin de la guerra civil española
los padres de mamá y papá
fueron a dar en Francia
a la playa de Argèles-sur-Mer,
un campo de concentración aquel entonces.
El de mamá salió de España como combatiente,
el de papá evacuando a la escuela de Ibiza
de la que era director.

Al final los dos, que no se conocían
por venir de lugares distintos
en Aragón y Cataluña,
estaban en la misma arena,
reducido su ser a ese desierto
que debió ser para muchos
el borde de ese mar.

Leo sobre la depresión 
que acarreaba esa arena,
y cómo los antes divididos en corrientes
a quienes reunió la adversidad,
trataron de paliarla con charlas y revistas,
circulando los libros que tenían.
Lo mismo sucedió en otros espacios 
donde siguió su exilio.
Palabras y dibujos se volvieron hogares
hasta en medio del mar. 

No conocí al abuelo paterno,
murió cuando papá tenía doce años,
pero quedó tan vivo en él
que dibujaba y describía 
todas las películas que vio
como si fueran un refugio
y a ratos un hogar más verdadero.

Papá absorbió toda esa tristeza
de la arena sin fin 
que debió ser el campo para su padre,
un hombre sensible y muy lector,
también sus ilusiones y su humor.
Papá oscilaba entre una tristeza absurda
y una alegría indescriptible,
el mundo era arena imposible de sembrar
y así nos enseñó a concebirlo.
Pero también quería al abuelo materno
a quien la arena del campo no lo afectó
de la misma manera 
y no era melancólico, era agente viajero 
y salía feliz a trabajar en México
en las peores épocas incluso.
Con él papá reía
porque ese abuelo lo conoció de niño
en Dominicana cuando aún tenía padre.
Su actitud vital lo liberaba, 
de ese peso que él hijo de viuda 
y solo sin su hermana tenía que cargar.



Saqué a la pequeña tórtola
de las fauces del perro,
la puse en la mesa sobre un papel.
Estaba un poco desplumada
pero viva y con los ojos muy abiertos.
Estaba inmóvil, me pensé depredadora 
y también sentí temor 
de que fuera a morir en mi presencia.
La contemplé con estupor hasta que voló de nuevo 
y la volví a atrapar para sacarla de la habitación.
La puse en la baranda de la terraza,
y me fui rezando que volara.
Cuando salí de nuevo ya no estaba.
Ahora tengo su miedo,
su miedo de mí que aún me sobrecoge.



A nuestra soledad llaman los pájaros,
a una amiga la visita un mirlo,
a mi casa regresa la tórtola
que salvé de las fauces de mi perro.
De nuevo la tomo con cuidado 
para llevarla a la terraza
y ponerla en la baranda
como si fuera un rito que iniciamos.
Está mas grande,
me maravilla la oscura falda que ahora lleva.
Me permite mirarla inmóvil en la baranda
sopesando quizá que volará
y de pronto lo hace.
El mirlo de mi amiga está en un video,
la tórtola está aquí en este poema
donde ya no la espero,
sigue cerca y sé que ha de volver
al nido que le he hecho en esta página.



En mi adolescencia vi repetidas veces 
los ensayos de Final de partida, la obra de Beckett 
que mi hermano protagonizaba en el papel de Hamm.
Recuerdo poco los diálogos de la obra
pero el asunto es difícil olvidarlo.
Hamm compartía el escenario con sus padres,
que estaban en dos cubos de basura por falta de piernas,
y con el sirviente Clove que atendía a todos con fastidio,
al final él abandonaba a Hamm ciego y paralítico.
Como a Clove y a Hamm, 
a mi hermano le irritaba pensar en nuestros padres
siempre peleando muertos de miedo.
Lo sé, aunque no me lo dijera sino años después
y esa obra fuera una ficción.
Incluso en ella hay un perro de peluche;
me sentaba a verla junto a uno verdadero,
el based hound de nuestros amigos,
que al igual que yo en aquel entonces 
no entendía lo que presenciábamos.



                                         Para Mónica Jato

Al final de mi vida me doy cuenta
que el dolor sufrido desde que era pequeña,
no era del todo mío.
Era el que mis padres, abuelos y tíos exiliados
traían consigo aunque no quisieran.
Lo expresaban en todo lo que hacían,
por eso lo abracé sin entenderlo
como cosa de todos,
aunque fuera anormal sentirlo tanto.



Nos deshacemos tan sólo por pensar
y en ese deshacer vamos no siendo.
Somos esas palabras que nos surgen de pronto,
quedan al borde del olvido 
y abren un abismo personal.

No nos vemos la espalda por miedo a detenernos
y constatar la nada de ese abismo





Alicia García Bergua  Foto © Moramay Kuri
Alicia García Bergua nació en la Ciudad de México el 9 de septiembre de 1954, estudió la licenciatura en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, es poeta y ensayista y ha trabajado también, por poco más de 40 años, como editora, traductora y en la escritura de textos de divulgación científica. Es autora de los libros de poesía Fatigarse entre fantasmas (Ediciones Toledo, 1991), La anchura de la calle (Conaculta, col. Práctica Mortal, 1996), Una naranja en medio de la tarde (Libros del Umbral/ Pablo Boullosa, 2005); Tramas (Calamus-INBA-Conaculta, 2007), El libro de Carlos (Ed. Juan Malasuerte, 2007), Ser y seguir siendo (editorial Textofilia 2013)) y Canciones en voz baja (Bonilla Artigas Editores, 2021). También es autora de los libros de ensayo Inmersiones (Dirección General de Publicaciones, UNAM, 2009) y La lucha con la zozobra. La libertad bajo palabra en los poetas Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Jorge Cuesta y Octavio Paz (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022).
 

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