martes, 1 de septiembre de 2026

El alba más minina y displicente. Dos poemas

 

por José Manuel Recillas
(poeta y ensayista mexicano)





 

MILLE REGRETZ
Josquin des Prez

A Vicente Quirarte

Si alguna vez llegase a ser de pura luz y eternidad 
del todo esa mujer que una vez vi entre sueños y recuerdos,
si en un incendio de amapolas su nombre 
    los nombres todos en el suyo hubiese consagrado,
    como un eterno beso a medianoche,
    y fuese Lillian solamente,
si todo horario constreñido fuese a nube ser y un horizonte
en el silencio y en la ausencia visto,
si una mejor mujer o el repatriado hermano 
   de primaveras y de lunas y ausentes noches,
si a todo lo sabido no se pudiese dar más otro día ni otro misterio,
si a todo fuego y desesperación 
   un beso necesario y silencioso
    en plena duermevela o en otoño,
si en el silencio o en el verbo hubiese el alba más minina y displicente, 
si al menos una llama para el norte y para el cielo 
   en nupcias y en delirios convocados,
si no más noches y tribunos muertos absurdas leyes proclamando,
si una remota geografía y el nombre de un país, 
si al desayuno le tocase ser una promesa y una travesía de flores inauditas,
si a todo grito y agonía, 
si a toda flor y compañía, 
si a lo que no se deja ya nombrar,
si a ese centauro y a la muerte 
   la fría primavera del silencio y de los ríos, 
si el minutero y su palabra inmensamente detenida,
si esta denuncia sin agravios, sin una guerra y sin incendios,
si hubiese otra vez Lillian y una palabra nueva naciendo entre los labios 
   como si un beso y la memoria,
si en ese azur de los silencios posible fuera ver nacer la desnudez
con que el amor se precipita loco, 
   apenas con destino y una noche que no cabe en su nombre,
si en esta ausencia ya de treinta años hubiese solo un sueño y primavera,
si con la lluvia y con la noche y altos otoños de silencios y de oráculos,
si entre las manos el arroz o el llanto, el lento atardecer en que Virgilio,
si entre el oscuro precipicio solo posible lo imposible fuese del doble germinar de los jardines,
si al alba o la frontera o al delirio o al beso a la mujer amada,
si en paradojas o en antiguos cantos,
si en el oleaje y el recuerdo, 
si entre la luna y ese trigo prometido,
si entre la noche y lo que del naufragio oscuramente queda,
si desde precipicio y epigrama una mujer desnuda 
y en silencio fundando nuevas noches estuviese,
si desde Holanda un clavecín o una nocturna guardia y una ciudad entera en el olvido,
si apenas yo pudiese una vez más mirar ese silencio en el envés de lo que está temblando,
si por cada palabra hubiese Lillian para surcar el mar y cada sueño,
si entre la tinta y el papel espejos de abruptas sinfonías y de vinos, 
si todo fuese y ya no fuese,
si un manuscrito, una balada, un sueño, una palabra una vez más sin cosa alguna que nombrar,
si un germinar de noches y de pueblos ajenos a la guerra y a ocarinas,
si una palabra, un lento amor, un beso atravesando las centurias,
si estamos y no estamos por otros siendo pronunciados,
si es el olvido o la frontera César que a todo lo divide,
si una sentencia a muerte y su callar de muros ha tiempo abandonados,
si es en el árbol o el oscuro féretro del tiempo transcurrido que mudo nos condena,
si el abandono o el no haber nacido a fin de ser silencio y llanto y duelo y algo que no se quiere ir,
si en el deseo más carnal la piel como una primavera y una vendimia,
como si todo hubiese una vez más nacido para ser nombrado en mudas
y en desnudas palabras, sin la noche,
como si todo fuese, una vez más, tan solo Lillian.
 
21 de julio de 2024


 

LO QUE NO PUEDE VERSE MÁS QUE EN CANTO Y SOPLO

para Víctor Manuel Mendiola

Miró el calor caer como el relámpago 
que al mundo nombra, y es olvido a veces
y a veces es la ruina contemplada,
sin nombre, a la que nadie ya recuerda,
al sol abrasador y a su renuncia
de sólo ser ambivalencia y sed,
un mudo resplandor antes que sombra
y luto y pesadumbre se apoderen
de lo que el ojo puede ver apenas,
como se ve el desnudo de lo amado
sabiendo que no hay nombre que le nombre
ni un álgebra de sombras redentoras
que a lo leído dé refugio y paz,
como un fugaz trayecto de palabras
en busca de sentido en el desierto
mientras la noche y su fogata albergan,
por un momento, la memoria que otros
posible harán en una fiesta de uno
a la que convocado está el pasado
y eso que mudo nos pronuncia y hace
no ser olvido y fantasmagoría.
Miró a su alrededor lo mucho que era, 
los muchos frutos y cuidades vistas,
las múltiples espadas y la sangre
por otros derramada, y su sentido
que a sí mismo redimía en silencio,
como un solo soldado sin ejército
en medio de una ciudadela impía
a la que nadie importa su destino
bajo el atardecer que Ulises vio
mientras Aquiles lo aguardaba mudo,
como un eterno atardecer soñado
por alguien que soñar no puede ya
y tiene frente a sí el espejo rojo
de eso que no se puede ya nombrar.
Miró en silencio ese mutismo quedo, 
ese paisaje mudo que en secreto 
le hablaba de otros mundos, de otros hombres,
tal vez de otros prodigios seductores
en esa lengua impronunciable y vaga
que sólo en sueños y en azogue se oye
como quien ve en los círculos de un árbol 
un eco infatigable, ya vivido,
del mismo sueño literario escrito 
por ese Borges invidente suyo,
que tantos ecos y sonidos vivos
dejó en papel y en tinta derramada
de mundos intangibles y guerreros,
de sagas y de viajes y lecturas
apenas redactadas si uno lee
el imperecedero azogue en tinta
y en memoriosos versos compartidos
diciéndonos en verbo y en silencio.
Miró lo que no puede verse más 
que en canto y soplo y en respiración,
en la sutil cadencia de lo líquido 
que en ritmo y en clepsidra de silencios
esculpe una vez más, por un instante,
la solidez en que pervive el hálito
de lo que algunos llaman lo divino,
y en mármol convertido, nos traspasa,
y eterniza lo que antes fue silencio,
oscura indiferencia temporal,
que no es cacharro viejo ni empolvado,
sino cadencia y flujo cantarín
en que se matrimonian tiempo y agua
y en plena desnudez lo encarnan todo
como lo haría un Dios feral y oculto 
y a cuyo nombre ni él puede escapar
porque es de la materia azur del beso
y tan equilibrado como el sueño 
y ese abandono inmaterial y pétreo
tan firme como el agua y la memoria
de algo que no podemos ya nombrar.
Miró lo que al pasar quedaba atrás, 
como la sombra o como el sueño vívido 
de algo que asola al pecho mientras duerme
o intenta descansar nuestra memoria
de todo corporal intento, vivo,
de retornar a la salud y al fuego
que a todo lo que vive anima y llena,
pero que, inaprehensible, está naciendo
a cada instante sin que lo sepamos,
sin que el que sueña sepa que es un sueño,
por eso lo persigue, infatigable,
porque es como el amor y su floral 
materia, asunto de perfumería
y un vago ofrecimiento de lo eterno
que un parpadeo dura apenas, como 
si no bastara oler para sentir
que dura más el mármol inasible
en que se graba el nombre inolvidable
de alguien a quien ya no podemos ver,
que el nombre impronunciable ya olvidado,
en la esperanza muda de vivir
más nuevas primaveras prometidas
en medio de este otoño casi invierno
que empieza ya a demolerlo todo,
a lentamente recordar qué poco
dura siempre la oscura primavera.
Miró el incendio tras de sí en silencio, 
miró la llama detenida y mustia
que inexplicablemente le rodeaba
como una fiesta repentina y turbia
a la que no invitado estaba, como
en cierta forma ya era cotidiano
saber que un invasor se eternizaba
entre el cansado sol de los inviernos
plantándose en silencio, e incansable,
en la ciudad que cada día menos
poblaba y en la que cada vez menos
se hallaba y podía reconocerse,
y en medio de sí mismo y de la noche
ya próxima a llegar se preguntó
por la cansada herencia y su defensa,
por ese laberinto de silencios 
y de voces minúsculas, perennes,
con las que hablaba a diario, no en secreto,
mirando en un instante la eternidad
que la distancia guarda y reconstruye
igual que la gramática del sol
recorriendo trigales manantiales
de recuerdos y vívidas vivencias
como el aroma inmenso de un pan bueno,
de un alba bendecida por los ojos
perdiéndose en un vivo laberinto
de noches y de espejos y palabras
como si nuevamente se embarcase,
con los oídos prestos y la cera
para otros apartada y vigilante,
hacia el regreso azul y memorioso
de lo que fue mediterráneo origen
y agricultora espada del destino,
y en esa trayectoria silenciosa
de campos y de asfódelos supiese,
y sólo le quedase una batalla,
una batalla más frente al destino,
la cual sólo ganarse puede ausente,
del bullicio alejado y de las fiestas
que la incrédula y soberbia ciudad
celebrará en ausencia de un Olimpo, 
tan solo acompañado del augurio
otorgado por la callada noche,
esa precaria lámpara de aceite
que al sueño y la memoria hace posibles.
Miró, en fin, el hueco enorme que iba 
la noche abandonando en la ciudad
como si al fin hubiera completado
la circunvolución de los destinos
y no pudiese ya más regresar,
no estar de nuevo más que en sueño y canto,
en un dormir que la anticipa toda,
con sus estrellas mudas y su luna 
a veces vespertina y cantarina,
a veces en la lluvia fría envuelta 
que del asfalto y los motores quiere 
huir sin dilación y sin demora,
buscando la perdida primavera
que ya para ese instante sólo es humo
y un vago proceder de oralidades
y flores incendiadas y sin luto,
y esa ciudad abandonada y mustia
para otros ojos otra ciudad fuese,
otra promesa apenas precediendo
a los diluvios y el verano aciago
que otros conocerán de otra manera,
pero él ya no podría saberlo más.
Miró lo que otros miran sin dolor 
porque no saben ya morar lo visto,
tal vez más sabios, tal vez menos necios,
tal vez menos de todo, sólo tal vez.
Porque al mirar lo que miró, no mire 
acaso más que sombras y silencios,
el espejismo de lo material,
tal vez no mire más que vejestorios,
cacharros que costaron la quincena
y no hubo nunca una epopeya digna
o no hubo simplemente Homero alguno
que pudiese cantar siquiera un guiso
o un desayuno. Miró solamente 
ese vacío oscuro, indescifrable, 
como una cama abandonada o nueva,
de lo que simplemente es el olvido,
es el desinterés, toda la nada
que rodea y consume desde siempre 
a todo lo que vive y es materia,
obtuso y demacrado material
por el que muchos, muchos, dan la vida
quedándose sin nada entre las manos.
Miró lo que faltaba por andar, 
lo abierto del sendero ante sus pies,
y recordó la ambivalencia muda
de aquellos capturados por piratas
que, invidentes también, caminarían 
un más breve camino sin saber
cuál de sus pocos pasos sería el último
si no hubo noche ni claudicación 
aunque con él la duda estuvo siempre
como una espada destemplada y fría,
apenas suficiente para el túmulo
con el que había alguna vez soñado,
y en medio de un silencio sin calendas
sus propios pasos no podía ver,
como si en la fidelidad solar 
de todas las clepsidras precedentes
que en agua y en silencio se entregaron
al místico silencio oracular 
de ver partir trirremes nebulares
hacia un destino de silencio y noche,
de sueño inmerecido, como si
no hubiese una promesa legendaria
de un día retornar a esa palabra
y ver al fin las bienaventuranzas,
el río al fin cruzado y el centeno
a punto de emerger de entre los campos
como un callado dios de la esperanza
en grano y en abrazos derramada
pudiese verse el grano germinado,
esa promesa firme del retorno.
Miró el reloj. Sin ver y sin temor, 
miró por fin sus manos, solitarias,
del todo abandonadas a sí mismas,
teniendo dos que son tan sólo una,
en las que solo cabe lo que siempre 
ha cabido: todo el amor del mundo,
tan frágil y precario como un beso, 
como el amanecer de los cerezos
del todo ajenos a la primavera 
que nadie sabe ni por qué llegó
pero calladamente alberga a todo,
y vio la nada a la que siempre supo
le tocaría un día regresar 
sin nada entre las manos diminutas.
Y entendió lo que había que entender:
tenía al fin al mundo y su milagro, 
ardiendo, latiendo en el corazón.
 
29, 30 y 31 de mayo de 2024


José Manuel Recillas (Ciudad de México, 1964) es poeta, ensayista, investi-gador literario independiente, traductor, melómano y videoasta; fue pre-sidente (2016-2023) y fundador de la Academia Mexicana de Poesía (2016). Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Crítico Evodio Escalante 2016 y la mención honorífica del X Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2015-2016, convocado por la UAEM. En 2016 fue finalista del Pre-mio Internacional de Poesía Luis Alberto Ambroggio de Florida por su li-bro Canción de amor y muerte y despedida de Lillian van den Broeck. En 2020 fue finalista del Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez de Coral Gables por su libro De sombra y olvido. Ha publicado los libros de poemas De sombra y olvido (2022), Atrévete a mirar, tú, que no quieres (2016), Mahler (2015), El sueño del alquimista (2015, 1998), Sidereus nun-cius (2009), Entre el sol amarillo del escombro (2003) y La ventana y el balcón (1992), y los de ensayo, El irresistible esplendor de lo inútil. Genio como destino en la música culta europea (Bonilla Artigas Ediciones, 2026), Retrato de ciudad con sinfonía. Palabra, silencio y caída (Instituto Sina-loense de Cultura, 2018), Catábasis y Theia manía (Municipio de Durango /La Otra, 2016), y Aproximaciones al expresionismo (2004).

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