sábado, 11 de junio de 2022

Un hueco rumor de bastidores


por Josué Ramírez

(poeta mexicano)


Como en un teatro 
Se apagan las luces para cambiar el decorado 
Con un hueco rumor de bastidores, 
Movimiento de sombras entre sombras.
                                                                T. S. ELIOT


I
Recuerdo el gran río que vi en mi infancia, 
su nivel subió decenas de metros,
en unos lados más que en otros;
el río Grijalva fue administrado por los hombres.
Ahora se hace un paseo en lancha por donde antes hubo rápidos.

Al final del Cañón del Sumidero construyeron una central eléctrica 
creando un profundo y enorme lago. Al fondo de la inmensa masa de agua, 
quedó sumergida la arquitectura de un pueblo:
su solar, el edificio municipal, la iglesia y la escuela, sus casas y sus calles.
La presa empezó a surtir de energía eléctrica y, desde su primer momento, 
el tamaño de su construcción fue faraónica.


II
No tengo la intención de demostrar sino de compartir certezas. 
No formulo profecías apocalípticas y sé, 
siguiendo a Heráclito, a Pascal y al portentoso José Lezama Lima, 
que el río del tiempo es un fluir perpetuo, 
su fecha de origen se pierde hace miles de años. 

Es una flecha con pasado paradójico que va al porvenir, 
como el río llega al mar, mientras yo vuelvo siempre al principio.


III
Para estar de lo más seguro, 
desde el mirador de la Torre Latinoamericana, 
un día despejado, casi cristalino, tomo fotos digitales. 
Las proyectaré sobre un muro, en video maping,
señalando los pasajes de mi andar por estas calles 
que se miran solas, sospechosas. 
El mundo es harto no sé cómo que nunca es suficiente 
ni todo se contempla a un mismo tiempo
ni por ello voy a ser imparcial en mi calidad de transeúnte. 

Hay que construir la ciudad, pensarla, inventar su futuro, 
reinterpretar sin mentiras su pasado; 
ir más allá de los círculos y las medidas limitantes, 
ser orgánico, transformar y renovar, 
innovar deconstruyendo 
sin dejar en el olvido el rezago, la humillación y la violencia. 

Así, parto de saber que a diario 
hay en los mercados olores diversos, 
colores vivos, gente que trabaja, 
la vida misma, niños que en los patios escolares 
juegan en grupos, pares, solos, 
sin que bajo la jacaranda sepan que en el fin está su principio. 

En la ciudad somos espejos. 
La violencia que cobra vidas toca con voz de noticiero, 
entra en casa y difunde un espectáculo macabro, 
un teatro de simulaciones entre secuaces sometidos
y dolor; de esto mucho, entre personas frágiles o duras.  
 
Por eso a veces no sé dónde estoy, y sólo me encuentro 
en el antiguo Distrito Federal y es entonces que pienso en el bautismo, 
la muerte y a resurrección, las 25,000 calles y los millones de viviendas, 
con sus ventanas y puertas; razón de residencia de este amor urbano 
y releo el modelo de elevación geográfica en su versión digital
para reorientarme en este pasaje donde se instala la incertidumbre
en un paisaje de monótonos contrastes, bajo el abrazo de la niebla.


IV
La ciudad es sustantivo femenino y rompe estereotipos maternos, no da de mamar leche pero permite la vida, traduce lo cotidiano en un vocablo que queda colocado en un hemisferio donde cabe en un segundo. Polis=civitas=ciudad, desde hace más de 2,000 años hablamos más o menos de lo mismo. De la raíz indoeuropea kei, echar raíces. Dejamos de ser nómadas para asentar los pies, arar la tierra, pertenecer a un estamento. Hacemos vida y tránsito. Hacemos de un paisaje el hábito de ver a diario. En el siglo VI, San Isidoro de Sevilla escribió en sus Etimologías que Civitas es una muchedumbre de personas unidas por vínculos de sociedad. Una ciudad recibe su nombre por quienes viven en ella, los Cives (ciudadanos).

En cuanto al sitio, a las estructuras físicas que la habitan, los romanos nos legaron la palabra urbs (urbe). Las personas y no las edificaciones, lo vital y no lo físico. ¿Puede haber una ciudad sin habitantes? ¿Puede haber una ciudad en medio de la nada? 

El agua de esta cuenca, los ríos que la cruzan, ¿son la verdadera civitas? Me llamo ciudadano, Transeúnte que a diario toma agua.


V
Yo soy otro / 
Conmigo ocurre la extrañeza / 
El eje de la rueda no es la esperanza / 
La duda está presa en el corazón de los frustrados / 

Calla su calle / 
Yo nombro mi día / 
Yo estoy libre de peso / 
El azar sucede solo / 
No dejemos nada / 
                                        somos atómicos / 
Estamos en el cuerpo que somos / 
Habitamos la velocidad del presente / 
Todo lleva su propia duración / 

El desplazamiento es el momento / 
Todos unidos / 
                                        ah / 
                                              estamos salvados / 

El Universo en la Tierra / 
                                              La gravedad presente siempre / 

La calle / 
                    espejo de las generaciones / 
construido / deconstruido / 

Un hueco rumor de bastidores /
se escucha sin bajar el telón / con el escenario oscuro / 
Ante nuestros ojos el paisaje cambia / 
                                                                     se corren las mamparas /
de edificios representados en trazos simples / 
luego vemos otros edificios / 

El laberinto londinense forma parte de mi imaginación


VI
De antiguo a la antigua cuenca 
llega el agua de más de sesenta ríos,  
a pesar de sí misma, a pesar de la contaminación,
a pesar de que ya no corre agua ni sedimentos sino sustancias tóxicas. 

En esta enorme extensión hubo un conjunto de lagos. 
Al norte, salados; al sur, de agua dulce.  
Cinco enormes lagos que abrazara la niebla. 

Desde Tenochtitlán a la Ciudad de México, 
la transformación de la oquedad sobre el altiplano 
se fortalece y se corrompe. 

Continuo transcurrir de vectores naturales 
en los que se cumple / multiforme /
un destino infame y sin embargo 
la mayor parte del año llueve sobre el valle. 

Los expertos, la gente en general, 
sabemos que la lluvia y los ríos reafirman 
la naturaleza lacustre de la cuenca.


VII
Imposible de domesticar, 
el agua reclama su lugar en esta cuenca. 

Este paseante cibernauta la ve en la construcción de los canales. 
Los ríos fueron apresados desde el principio. 
Se han construido diques para dirigir las corrientes del agua desde sus inicios. 
No obstante con las lluvias se anega la superficie; 
sedimentaria y dinámica, la arcilla se va convirtiendo en lodo allá en la hondura. 

Los nombres del agua, desde la pluvial o jabonosa, de cosecha o potable, 
residual o tratada, descarga en cocina o baño, 
se sintetizan en la jarra de vidrio con los vasos dispuesta. 

Ahí está: en la mesa se queda la jarra con agua. 
Y el drenaje las aguas negras donde el olvido es tóxico.


VIII
Llevamos cinco siglos buscando un eficiente sistema de desagüe. 
Profusa ingeniería tenaz de tuberías que son caminos hacia el emisor central, 
pero sus interceptores estratégicos no desembocan en el mar. 
En el siglo pasado desapareció la red de canales y entubamos los ríos, 
expulsando hacia el subsuelo al agua. 
En su lugar colocamos vías para tranvías; después, túneles del metro. 
Trazamos miles de calles y avenidas. 
¿Cuál es el sentido de todo esto sino para entender las maneras de ser entre nosotros? 
¿Tiene más derecho a residir en la cuenca el agua que nosotros?


IX
Guiados por una sola voz, 
los pueblos siguen profecías evitables;  
de la niñez a la vejez, siempre en tiempo presente. 

Es nuestro peso vacío, 
la transmisión y la pérdida, 
lo diverso, el humo de los cigarros 
o el aliento en la era de la meditación. 

La jungla que guarda el canon obsoleto de lo estático, 
la bondad obsesa, propensa a mirar sin ojos. 
No nos percibe tal cual somos, cargando el pasado, conteniendo el futuro, 
un sol distinto siendo el mismo. 

Somos máquinas. Se nos da distribuir el tiempo, 
una rueda por siglo, señalando sucesos memorables, 
oh, ancianos que enseñan las cosas de la tierra señalando los astros. 

Vuelve a amanecer bajo el peso de la bruma, 
zumbido perpetuo del progreso. 
Todos tenemos un lugar.


X
En tiempos de paz, 
un caos semejante al de las nubes va hacia su forma venidera
subyace como se agazapa el lobo. 
La paz frente al caos es silenciosa. 
En el panteón, en la montaña, 
la arena impone su medida. 
La paz es el dulce régimen de un latido continuo, 
cambiante, a diario se convierte en lo que hay en los tejidos amargos. 

¡Hop! No somos libres. 

Un joven sigue el ritmo del agua, en medio de la pista es vital para el que pasa. 
La verdad es que somos solo átomos, que caemos en abismos, 
por algo nos dicen que escapamos de las redes de los diseños fatuos.
Mira: el sábado por la noche, hacia el agua para coger la pez.   
Se hace de la existencia un teatro en tiempo presente: 
el agua se precipita a los desagües, vivimos en un circuito cerrado, 
sempiterno, un principio sin fin. No la paz.


XI
Un pensamiento puede hacer feliz a un hombre o sembrar su sendero de abrojos, 
porque los pensamientos son los que construyen las ciudades. 
México no es la excepción, el pensamiento por el agua nos funda 
y nos mantiene en vilo: en la ciudad el agua inicia y termina el sentido de la urbe. 
Para expresar libremente ideas y sentimientos, visiones y desacuerdos, 
una pirámide funesta es una montaña junto al lago. 
Mírate en El Espejo de la Luna: la actual Ciudad de México, se transforma, 
al repensar su naturaleza lacustre. Su reforestación lunar, los cerros invadidos, 
las montañas todavía azules; son los rasgos merecidos, un eco de su origen.


XII
Una fauna la habita, otra la recorre.
Las escasas reservas conservan aspectos precisos del origen.  
Por la noche la ciudad es un enorme lago de luces que no refleja a la luna. 
Hemos secado pozos y el agua que pasa por la ciudad es tóxica.  

Creemos que hemos aprendido a controlarla, a dosificar y medir su uso, 
direccionar su cauce a nuestro beneficio y a adaptarnos. 
Porque lo que hago es condensar fragmentos de este elemento líquido, 
echando, en la pantalla vibrante algunas particularidades. 
Acaso valdría la pena que por lo menos quedara una simple sentencia:  
que estamos hechos de átomos.

Lo explicó Richard Feynman, quien amplió un millón de veces la imagen del agua y llegó a un entramado de esferas negras y esferas blancas. El átomo, seres de agua, hechos de agua con el agua, un líquido en todo, somos todos y no solo una parte. Mas yo no veo a Dios en el agua ni en el agua a Dios,  ni a Tláloc le rindo los ritos de la mañana y de la noche en el verano prefiero el relámpago.

El amor que le profeso a la ciudad es el mismo que al agua expreso, 
siendo consciente de mí mismo. 
Uno está frente, exactamente en medio de una cadena terrible de aparatos poderosos. 
Empresarios, banqueros,  herederos de dineros privados, o de poder público. 
La vieja sociedad tiene tentáculos. Son las humanas maneras de la integridad, 
entre la primera y la segunda escena, de la primera o la tercera persona. 
Última llamada. El cuerpo colectivo batalla. Las paradojas nos toman la mano. 
La consistencia se transforma. El sueño es el mismo. Toda la gente es una traza, un paisaje. 
Orienta, planea, provee lo sustantivo. El agua nutre la escena. 

Lo que evidencia el fracaso de los falsos muros, no pueden ocultar las fugas de agua. 
La humedad es el humo del mundo, abre la llave del agua para lavarte las manos 
y ve la calle a través de la ventana: llueve a cántaros, el granizo sobre los vidrios. 

Las tragedias acuáticas pueden desaparecerlo todo en un momento cualquiera.  
No quieres ser arrasado por el chorro de agua, mientras se limpia la tierra.  
Entre estos textos encuentras mapas, fotografías y videos, el mundo de las diez mil cosas.  
Pero pones en el celular el video del grifo de agua. 

Con un clic directo y sin escalas, llegas a páginas deslumbrantes, 
a las imágenes precisas del saber. Oscuro. Otra es la escena, la misma trama.


XIII
Amargas las amarras, 
los ciclos de un camino del que se conoce el fin, 
patrón injusto que se burla. 
Por más ridícula, previsible, 
complace el dolor, la llaga provoca risa y llamamos libertad a los simples hábitos. 
La esclavitud es el espejo donde nos miramos tristes.


XIV
A la azotea subimos a sembrar hortalizas 
y en los camellones convocamos a la autonomía sembrando maíz. 
Es la medida impar, caen lluvias ácidas, sabemos poco e ignoramos mucho. 
Tener un presente propio, pero estamos cautivos de consumo, 
excesos, desperdicios, almacenes convertidos en cenizas. 
Al cabo somos estadísticas, diseños fatuos, datos acumulados.  
Eso dicen y no es verdad. Lo cierto es que somos átomos, 
moléculas, que los del poder en cualquiera de sus manifestaciones, 
nos reducen a veces con éxito y somos números. 
Pero nos escapamos, aunque nos asedian, escapamos, 
aunque caigamos en abismos, escapamos. 

Somos como el agua, mudamos la soledad a los circuitos de un aparato inteligente, 
que separa a las personas de su entorno y al tiempo las conecta con diferentes latitudes. 
Hacer de la lejanía más remota, lo más próximo, lo deja en las palmas de nuestras manos. 

Entro de nuevo al caldo de la gente, la calada razón de nuestros pasos, 
hasta donde la persona con su sombra se separa. 
Van dando la vuelta los satélites en órbita al planeta y pueden luego 
penetrar en los aparatos que traemos en la mano, 
al igual que la naturaleza puede terminar con esta construcción eléctrica, 
de cables y ondas de sonido, de señales invisibles. 

Pero antes de continuar debo decir que una observación en un poema 
no procede ni proviene de un vigor intelectual ni de una voluntad filosófica. 
Todo poema sobre la ciudad responde a un lugar común, 
a la metáfora de “La selva de asfalto”. Sus barrios, sus construcciones, 
sus largos puentes, sus pasos a desnivel, sus andadores, los desiertos tramos industriales, 
las fronteras invisibles de las clases sociales, las visibles discriminaciones, 
los mercados donde se dan cita todo tipo de personas; 
son una naturaleza creada, transformativa, ensimismada, sobrepuesta, intrincada, 
acumulada, pútrida, limpia o agradable, un reconocible espacio habitable. 

Su densidad es semejante a la de la selva…, aquella que vi de niño, en el sureste 
antes de saberme parte de la urbe, de su trasfondo que rige el destino de la selva, 
el de los mares, porque aquí todo se decide desde el centro, la noción de que un decreto 
engendra la hora incierta y la alegría de todos. El mundo de las mil cosas.


XV
“La naturaleza de la cuenca” se titula el cuento: 

Tengo un amigo arquitecto. Con él he recorrido la ciudad y gran parte del territorio mexicano. Compartimos el interés en algunas de las diez mil cosas de este mundo. Nos preguntamos por qué, cómo, cuándo y de qué modo —para saber escuchar nuestros propios pasos—, vamos a estar junto a otras más de las diez mil cosas. Hemos sido amigos largo tiempo. Nos hemos enfrentado con algunos adversarios, que imponen el interés privado al sentido público, o que hacen de lo público un negocio, o que en la esfera pública su poder se transfigura en oligarquía —son los aspectos propios que tienen las cosas de este mundo por ser cosas con o sin sentido. 

Una noche salimos ebrios de un bar. Me dijo que un colega suyo le había dicho aquella tarde, que, si a esta ciudad la abandonáramos, repentinamente, se inundaría y regresarían todas las aves, los venados y felinos, los lobos y las águilas, crótalos y hasta las y los manatíes. La naturaleza de la cuenca es llenarse de agua, dijo, crear algunos islotes; imagínate árboles y plantas colgando de la infraestructura urbana. 

Brindé con él por esa imagen, que, lejos de ser apocalíptica me resultó lógica, consecuente, natural, incluso evolutiva: la naturaleza con su rumbo secreto, con esa sintaxis que revela un orden que lejos de separar los componentes de la frase deja ver la combinación de una parte con la otra. 

—Estoy muy orgulloso de tenerte como amigo ―le dije, pasándole el brazo por el cuello—. Porque a un poeta un arquitecto lo hace pisar la tierra, aun cuando —inmersos en las calles de noche—, sueñe el poeta con los ojos abiertos y el arquitecto vea los simulacros de la razón y sus excesos estando despierto. 

Habíamos cenado delicioso. Habíamos hablado de las mujeres que nos vuelven locos; del absurdo y vergonzante teatro de la política pírrica, donde se hace uso de un vocabulario bélico, y todo se reduce a ser enemigos unos de otros. Vimos a los que se mantienen encerrados en cuarteles, sin una ideología sustantiva y contagiosa, con dudosas ideas políticas. Sorda y complaciente es la realidad que se impone. 

No hablamos de otros asuntos porque cada uno tiene sus pasiones y sus vicios secretos. 

En la calle siguiente, al dar vuelta, nos interceptó una patrulla, de la que descendieron dos policías diciendo buenos días, aunque era de noche. Nos pidieron nuestras credenciales. Mi amigo se negó preguntando que cuál era el motivo de su orden, y el más joven de los dos polis, dijo:  

—Por mis huevos —y ambos nos reímos, socarronamente.  

—Permítame recordarle —dijo el arquitecto—, que en este país hay libre tránsito, que vamos de un lugar a otro, aunque sea de madrugada y caminemos ebrios. —¿En qué artículo se ordena que nos identifiquemos por sus puros huevos

Se dieron por vencidos al momento en que tuvieron que atender un llamado de la radio. Se fueron murmurando no sé qué. 

Nosotros seguimos caminando y discutimos el destino del pájaro, que pepena semillas tiradas sobre las banquetas rotas entre las raíces de los árboles.  

Con mi amigo arquitecto recorreré la ciudad en barca cuando nos hayamos ido todos.


XVI
“Lo que el pincel afirma” se titula el documental: 

Tengo un amigo pintor que, con rayas y cuadros diluidos, pinta el agua con transparencias que sugieren un textil manando. Mi amigo dice que el agua es el principio, un cauce proverbial donde el silencio anuncia la música que hay en el color directo. Un trazo abstracto, arquetipo de la materia que envuelve, se filtra generando una metamorfosis de oruga a mariposa. 

Mi amigo pintor sale a su terraza y riega las plantas; poda las hojas y las flores secas, se sienta a fumar mientras contempla las tonalidades del verde. Vuelve a su taller y traza —con el pincel graduado— manchas de agua, manchas de sueños líquidos. 

Hasta hace muy poco mi amigo pintor reparó —mientras pintaba—, que acaso sí existe Dios como un misterio plástico, un misterio de agua. 

Para mi amigo el agua es el motivo imaginario para fundar una ciudad, donde los niños sueñen con el líquido; un lugar que es una morada nacida de los sueños, que proviene de adentro hacia afuera, como la fundación decidida por un pueblo que sueña. 

Bebimos whisky, y mientras escuchábamos llover se fue la tarde. Recordamos cosas que son de todos: la ciudad que soñamos antes y la que soñamos ahora. Una ciudad llena de gente, que sabe que no hay otra naturaleza sino la del agua, que nos hace conscientes de nosotros, que venimos de ella misma. 

Mi amigo pintor plasmó todo lo que sabe en la abstracción del agua: lluvia o gotera, río o mar. 

Mi amigo niega las imágenes y afirma que el pincel contiene metáforas: una pincelada representa una ilusión que elude su concreción asimilada y crea espacios de color donde el agua es dadora de vida o de catástrofes. 

Mi amigo pintor toca su música plástica y el agua entra sin un orden moral ni lo procura.


XVII
“Óleo sobre tela” es el status de mi muro en Facebook: 

El desnudo femenino frente al agua 
del reflejo en primer plano de un vaso de vidrio,
y detrás las extensiones transparentes 
el paisaje geométrico de los edificios, 
adonde entramos y salimos llevando en las bolsas las palabras siempre y nunca.  
 
“Vista previa”, dice el ordenador antes de imprimir:  

Prefiero ver la representación del desnudo femenino junto al agua 
—siempre el agua—, recostada, y, detrás de ella 
la ventana que nunca niega el espacio al que mira, 
cercano; abarca la lejanía, el rumor del bosque, la llanura, 
la previa escritura de la vista, el agua.


XVIII
La polis se titula el block de notas que voy escribiendo a diario; 
conversaciones privadas, la calle y el transporte. 
Llegan ecos de siempre: un anhelo cumplido a medias, simulado, 
una teatralidad que me divierte y aborrezco, que leo después en memoriales, 
antologías, compilaciones de dudosas autorías. Somos propósitos verbales,
una memoria de agua. Pero todo cambia. Mira los rápidos y el remanso.


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Josué Ramírez nació en 1963. Poeta y editor, reseñista crítico, docente, curador de arte. Ha sido miembro del SNCA y autor de varios libros de poesía, entre ellos: Hoyos negrosUlises trivialLos párpados narcóticos, random, Deniz y Multiverso.

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