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Astillero Editores

m

In memoriam

In memoriam
Las teorías sobre arte son al arte
lo que un gato disecado al movimiento de un felino

Cosme Álvarez

a

≈ L E E R ≈ España y América Latina ≈ Febrero de 2 0 1 7 ≈

≈ L E E R ≈ España y América Latina ≈ Febrero de 2 0 1 7 ≈
Primera época ≈ 1999 a 2007 ≈ Volumen 1. Números 1 al 5
Segunda época ≈ 2008 a junio de 2016 ≈ Volumen 2. Números 6 al 10
Nueva época ≈ 1 de julio de 2016 ≈ Volumen 3. Números 11 al 17


M

viernes, 1 de julio de 2016

Once poemas


Por Manuel Andrade
(poeta mexicano)


LAS PAREDES DEL CUARTO

Por todos lados, magia de la música:
los rostros de los Beatles emergían
de la más negra noche
en las fotos del Let it be;
la Joplin con redondos espejuelos
sucedía de pronto, en blanco y negro;
Jimmy Hendrix, arqueado,
tocaba la guitarra desde Woostok;
y más arriba, azul,
salía de pronto la carita cursi
de la no menos cursi Mary Hopkins
en su muy recordado primer álbum;
ahí andaban, en fotos de periódico
los increíbles héroes nacionales,
que fueron en su tiempo,
Javier Bátiz y Fito de la Parra
Naturalmente, el centro de ese mundo
lo habitaban los ídolos mayores:
uno, el clásico Morrison,
con el torso desnudo
y los brazos abiertos;
otro, Ernesto Guevara,
con su boina y su estrella
en un alto contraste rojinegro…
Trato de recordar ese collage,
que hicieron mis hermanos en su cuarto,
que hablaba de su vida y de la época;
y siempre se me escapan los detalles…
registraba, sin más,
un salto de la humanidad
sobre la Luna; en la caricatura,
la pipa que fumaba Bertrand Roussel
era más grande que él;
la figura hierática de Gandhi
robaba cuadro a Nehru,
en una foto clásica;
y se veía, de lejos, el perfil discursivo
de Martin Luther King;
junto a la luminosa perspectiva
de “Marchar sobre Washington”.

Había un mapa de México
donde, con una lupa, resaltaron
el Chamizal que hacía muy poco tiempo
nos había regresado Lyndon Johnson,
—siempre creí que lo hizo en son de guasa—.
Otros motivos nacionales,
venían del concierto titulado
México 68; e incluían
los curiosos y furiosos dibujos
que muy a su pesar le mejoraban
la jeta a Díaz Ordaz, al convertirlo
en vampiro o gorila;
salía a colores el Estadio Azteca,
en su inauguración;
y había también una Guadalupana,
junto al largo paisaje
del sueño dominical en la Alameda…
Aparte, había unas fotos del estudio
de Picasso mientras hacía el Guernica,
y una serie de toros y caballos
trabajados a tinta…
Junto al Cristo de Río,
con vistas a Ipanema, las garotas
en pleno carnaval, se avecinaban
con Sergio Mendes y su poderoso
Brasil 66.
Cuadros impresionistas,
de Van Gogh, y Monet;
cuadros renacentistas:
de Boticelli y de Da Vinci,
y un largo desplegable, muy oscuro,
del apagado y colorido techo
de la Sixtina antes de restaurada…
 En las paredes laterales,
posaban, venerados,
como debía de ser en ese tiempo,
Marx y Engels, Mao y Zhu, Vladimir Ilich Lenin;
y el barbitas de chivo:
nuestro muy admirado Hó Chí Minh,
en una foto de su juventud,
junto a unos coloridos
mapas de operaciones
bélicas en Vietnam, en sus dos turbias
e inacabadas guerras;
por último, recuerdo, como si fuera ayer,
por tanto que me gusta,
el podio del black power,
en los juegos de México: las manos
de Tommy Smith y de John Carlos
enfundadas en los guantes negros
y levantadas sobre el horizonte del estadio.
Seguramente olvido multitud de detalles,
pintores, astronautas,
músicos y políticos, tomados
de la carente prensa nacional
y de una colección de Life en español;
y otro montón de posters y de historias,
que, en la “curaduría” de ambos hermanos,
exploré minucioso en su momento,
y que igual que la música que oían,
las historias, tremendas, increíbles,
inventadas o reales, que contaban,
me trajeron aquí, y me pusieron,
hoy particularmente, pero siempre,
al borde de la música estridente
de ese cuarto adornado
con héroes y villanos de otros tiempos…



REY LAGARTO

Mis hermanos estaban orgullosos
de haber visto una noche al Rey Lagarto.
Me contaban  —ya que yo les creía
todo lo que contaban— que venían
de un reventón en donde habían cantado
su rola favorita, Ligth my fire,
hasta desgañitarse. Y atrasito
del Fórum, habían visto una sombra
salir —a darse un toque de seguro—.
Y le gritaron: ¡Morrison!  a coro,
locos, desaforados, y saliéndose
por todas las ventanas del coche,
le gritaron. Y cuando volteó el güero,
quien quiera que haya sido,
sin ponerse de acuerdo,
le gritaron a coro:
¡Chinga tu madre, puto!

Si no era cierto, al menos sonaba divertido
mentársela nomás, como a cualquiera,
en esos días extraños,
 cuando todavía estábamos
a la espera del Sol
o cuando navegábamos la Luna;                        
cuando rientes, felices, mis hermanos
contaban cada fiesta
donde cantaban Gloria
sin romper las guitarras
como hubieran querido, contra el piso,
ni escaparse a lo jipi,
hasta Puerto Escondido
a comer hongos…



VIBRACIONES

Por la noche, adentro de la casa,
las sombras comenzaron de repente
a ganarle terreno a la terraza:
como invasor que entre la niebla avanza,
ocupamos primero la terraza
y asaltamos el radio hasta volverlo
un instrumento alado,
al servicio de la revolución.
Y  la revolución, nadie sabía,
era el ritmo del mar que se colaba
hasta los cuartos y traía,
la frescura de niebla de las sombras:
una naturaleza azul y guinda 
trepada a nuestros hombros,
ritmo tenaz, humeante, vaporoso,
que verdecía el paisaje,
que rasgaba la noche y la dejaba
desnuda, como una verdad soñada,

La noche, en esa capitulación,
ante la música, de los poderes,
fue el abrirse de puertas para el baile
ondulante y tenaz de un cuerpo antiguo,
rito profundo de la voz de un pozo
que interpretaba allá las vibraciones 
y nos las trasmitía, emocionales,
en un juego de claves y de sombras:
cada noche, la voz, nos alcanzaba
más oscura y más verde que el paisaje,
vibraba, más moderna
que la revolución y mucho más pacheca,
más verde y más pacheca que el Romance
sonámbulo, que la pared del viento
o que el Centauro pintado en la terraza,
al lado del granado.
 Por la gracia
de Radio Capital, la voz salía
del pozo, la voz de Vibraciones
se fundía con la música
y revolucionaba los sentidos
levantados en armas contra el viento
y contra los fantasmas.



AVÁNDARO

La tarde era una esfera anaranjada
que se cortaba a gajos, serpentina
volando en la azotea,
como tira de trapo, era un ciprés oscuro,
unos montes lejanos
con casitas pintadas en el llano
y unas tediosas nubes abultadas.

La tarde era la radio poblando la azotea
de la serenidad y la paciencia
que faltaba al bueno de Solín.

La tarde en las ventanas de la lluvia
trajo a la radio, luego, la bataca,
las frases alargadas de la queja
y el desgarrado grito
que me iba acompañar por mucho tiempo:
porque no estaban todos los que fuimos:
unos eran tan jóvenes,
que en lugar de morir o de rocanrolear
se quedaron en casa,
y en la azotea asoleada de su casa,
desde sus montes y su verde valle,
escucharon de lejos, de reojo,
la colorida tarde
del Festival de Avándaro. No fuera ser
que tanta libertad, tanta estridente
música, demoliera la tarde,
pulverizara la realidad,
nos hiciera fluir y nos sacara
hacia otro lado, reinventados,
 invisibles, pendientes de la luz,
convertidos en música y en aire,
hasta a quedar
destrozados por la locura,
famélicos, histéricos, desnudos,
consumidos por la primigenia
conexión celestial…
flotando sobre las crestas de la ciudad.



PREGÚNTALE A ALICE COOPER

Pero, ¿eres capaz de ser un asesino?"
La pregunta nada tenía que ver conmigo;
se la hizo Zaratustra al hombre creador,
y no era nada más una pregunta
sobre cómo alejarse del rebaño,
sino principalmente sobre cómo
dejarse de mamadas y enfrentarse a uno mismo
(como años más tarde resolvería Michel Leiris).

Sólo que entonces no hubo,
ya no digas un Salvador Dalí con quien reír
para inventarse sueños
y elevarse desde la miseria,
ni siquiera un triste Óscar Wilde
que se la refrescara
con sus propia letra
desde el mismo lugar.

Tan sólo había, si acaso,
la soledad de una llanura angosta
bajo la lluvia proverbial de julio
con “Killer” y “School's Out ”
de Alice Cooper
sonando todo el día en la consola,
pero no era respuesta sino ofrenda,
era reiteración y manifiesto.

Era el ritmo del sueño que sosiega
la soledad como una enredadera
que edifica su muro, lo reinventa
y lo postula vertical estanque:
el ritmo de la sangre solitaria
que guiaba al cuerpo, por delante
del pensamiento roto por las dudas,
a su baile marino, milenario.
Era el ritual acuoso de la tarde
de julio desguazada, y era sólo
la música de fondo, el ritmo inquieto:
pero le contestaba a la lectura
desde su voz rasgada hasta mi cuerpo.
Nada podía morir en esas tardes
lluviosas, al contrario: la frescura
dejaba el ser, el alma, la palabra,
dispuesta a catarata y a novela,
fragante de memorias y de vida
en su desdoblamiento de guitarras…



TEN YEARS AFTER

En el sueño sonaba I'd love to change the world,
de Ten Years After. Soñaba
con I'd love to change the world.
Pero también soñaba
con una mujer azul que la sonaba.
Una muchacha apenas entrevista,
de grandes ojos abiertos,
que eran uvas metálicas,
eran sombras silvestres,
mariposas nocturnas,
y otra serie sonora de eventos memorables.
Una muchacha en labios encendidos,
muy brillantes, alejandrinos,
por alargados en las comisuras.

Una muchacha de cabello negro,
nocturno, tropical; alta y alegre,
oliendo a su propio recuerdo entre la lluvia,
y que contaba un cuento y lo cantaba,
ayudada por una de las mejores
rolas del Ten Years After
(una rola que escuchamos a diario
por una larga temporada,
cuando nos íbamos al cine
o cuando luego de jugar frontón
dábamos vueltas
por la colonia viendo a las muchachas).

Pero en el sueño, o ya en la realidad,
o en la imaginación o en el relato,
ya no sé cuando, pero sí de pronto,
la mujer se volvió real, es decir,
que además de ser la joya y la noche,
la naturaleza silvestre y la literatura,
fue una mujer que sonreía,
y se acercaba, me incitaba,
me llevaba consigo hasta volcarnos
sobre un mar de cobijas,,ue ndidos  la a verdad ALlos dOOrs
en círculos rojos y negros.
Una mujer que disfrutaba estar ahí,
y ahí era nuestro cuerpo;
sus ojos eran los de una mujer,
sus labios eran vaginales,
su cabello caía profundamente
al pozo nocturno,
hasta configurar su sexo infinito,
caliente, mojado y espeso.
Su respiración, su excitación,
su ruda presencia corpórea
no eran figuras literarias
sino formas evidentes, femeninas,
de ser una mujer:
ya no joya ni sombra silvestre
ni poema ni vaho ni aroma
ni representación:
solamente ya deseo y penumbra,
la sombra alargada del sexo
cantando en la noche
de llegar a la tierra y ser la Tierra…

Y yo, claro, sin saber qué hacer,
mejor me sorprendía, me desilusionaba,
me regresaba a la música,
con lo cual además de separarme,
de volver a mi propio contorno
y dejar las cobijas y los círculos,
hacía que ella volviera a ser palabra.
Pobrecita: al caer en el sueño para siempre,
sólo dijo mi nombre y el nombre
del grupo que tocaba la rola,
ya como una promesa.

Entiendo que si le di tan extraño final
a mi sueño perdido
no fue para sembrar misterios
en la escena del crimen
ni porque quisiera quererla,
ni guardarla por siempre en el oscuro
lugar de los secretos prohibidos,
ni porque deseara cambiar el mundo,
ni para salvarla del olvido,
sino por simple miedo a sus poderes
y para darme un chance de crecer,
de recobrarla en otro momento,
aunque no fuera jamás suyo ni nuestro.

Y ahora que quise recordarla,
la canción borroneó sobre la tarde
su rostro original, su piedra inmaculada,
su nombre antiguo hecho girones
entre el color de sus ardientes labios alargados,
y su secreta y amatoria estirpe
me dejó entre la tarde soterrada
su fanática sombra malquerida, bordada
a las azules trazas del deseo
y los compases de otra melodía…



LA TERCERA RAÍZ

Que mi hermano tenía
un ancestro africano lo supimos
mucho antes que empezara
a volverse fanático del blues,
por la forma chillante
de combinar la ropa,
por los lentes oscuros,
el cabello rizado,
esa manera de encontrar el ritmo
y de salir y entrar a lo trillado,
con tanto estilo. A mí me daba pena
que escuchara a los Credence
Clearwater Revival,
con una placidez y un desenfado
que hoy quisiera imitar; poco más tarde,
no sé si por oírlo en “Vibraciones”
o por sus cuates de la Voca Cinco,
vino una tarde a casa con Iron Buterfly
y otra con Caneed Heat, hasta desembocar
en dos tremendos discos
que abiertamente le envidié
aun sin reconocer que le admiraba:
uno era Band of Gypsys,
en donde más que Hendrix
me impactó Budy Milles;
y el otro, claro, Pearl de Janis Joplin...
Ya después se siguió con Eric Clapton,
con Lionel Rousell y John Mayal,
con Mudy Waters, y con B. B. King;
y de pasada me regaló a Johny Winter
(como si hubiera ido por los chescos
y pudiera quedarme con el cambio),
hasta parar en una mezcla extraña:
por una parte, el rock de cada día
mézclalo hoy: Sangre, Sudor y Lágrimas
o el formidable War que tocaba Low rider
y The world is a ghetto; por otra,
la restitución, ya consciente y frontal
de la tercera raíz, con James Brown
y otros grupos de funk,
de cuyos nombres no quiero acordarme,
pues entonces yo andaba en otras rolas,
y  ya no me importaban
los restos óseos de la era de Acuario,
sus floridas camisas psicodélicas,
ni la revolución americana:
Ángela Davis, las Panteras Negras
o la sangre de Martin Luther King
derramada sobre nuestras cabezas…



Déjenlo todo

Encima del horizonte
hay una llama de metal amarillo
para quien quiera arriesgarse
a emprender el camino
sin paje ni tutela,
feliz al entregarse a la aventura
de salir a buscarse.

Encima de las nubes,
colgando  de colores,
una estrella señala
la ruta de los mares
para el que no regrese,
se pierda tras sus pasos
escuchando la música
de sus pasos al irse
como en una canción,
himno bailable
del pródigo que no regresará,
salido de esa y de cualquier iglesia
por el ritmo infinito de sus pies
convertido en canción.

Como el pequeño príncipe, alejarse
de uno a otro mundo, sin nostalgia,
para descubrir otros planetas,
petulantes rosas,
la traicionera imaginación
que no perdona, otros problemas
ramificándose infinitos,
y un zorro amigo que te dé un consejo.

Dejarlo todo
para poder decidir en privado,
sin ángel ni demonio,
si el placer que inventaste la otra noche
era pecado o virtud;
para que el instante te sorprenda
entre el pasado olvidable
y la eternidad no prevista,
de manera constante.

Para que no haya nada entre nosotros
que al unirnos nos cambie la cara
por una máscara fragante,
hay que dejarlo todo,
decía el antiguo genio surrealista;
pero sin certezas para quedarnos
y medrar, no teníamos entonces
mas que cuatro o cinco acetatos
por toda fortuna,
y los tres libros, que ya vieron cuáles,
para abandonar en ese camino,
que no era hacia la nada
sino hacia una pasmosa libertad
sin promesas ni reverberaciones.



HermanN Hesse

Tanto cigarro y sueño
y tanta soledad y tanta mugre,
le parecían sospechosos a mis padres.

El Chamuco decía que no era grave,
y, mirando de reojo hacia el espejo,
en donde hallaba su perfil ornado
de una larga patilla de cochero,
diagnosticó, tenaz, mi adolescencia,
que según él era una rala mezcla
de frustración y de misantropía.

Entre lo que intentó para “curarme”,
como fue presentarme unas amigas,
estuvo regalarme libros de Hermann Hesse.

Comenzó por Sidartha, y cuando menos
se lo esperaba ya estaba yo leyendo
Damián, perdidamente
identificado con Sinclair.

Luego, me regaló El lobo estepario
para que me sirviera quizá de contraejemplo,
y por último El juego de abalorios.
Curiosamente, su receta perdió todo
efecto dramático, pues dejó que mi padre
me regalara Narciso y Goldmundo.

Aunque bien mirado, no podía ser de otra manera,
ya que mientras el Chamuco era radiante y ostentoso,
mi padre era un fraile ovejero, discípulo de Jaques Maritain
como lo he soñado en otra parte—
y curioso lector de Thomas Merton.

Para que lo imagines y te asombres, sólo voy a apuntar
los otros libros que me regaló:
Incursiones en lo indecible de Merton,
y el otra vez comentado
Así se templó el acero de Nicolai Ostrovski.

Todo lo cual sigue siendo un misterio,
pero un misterio idéntico a mi padre,
de piel dura y patas en el fango,
como el rinoceronte bajo la lluvia
de Ionesco, que comentaba Merton,
como el cadete de Ostrovski, y peor aún,
como el mismísimo Narciso.

El Chamuco, en cambio, era transparente;
un estepario lobo de su propia guarida desolada,
y yo era Damián y Sinclair, el fuego, el huevo,
el pájaro y Abraxas,
la víctima de mi niñez rota en pedazos
por los besos de una Eva sagitaria,
más terrícola e imaginaria que mi madre,
y más artística y soñada que la Venus de Manet…

Pero pobre de mí, como no pude
apreciar otra cosa que no fuera
la calidad literaria de Hermann Hesse,
ni abandoné la adolescencia
ni adopté los hábitos del perro,
su paciente espiritualidad,
el realismo inspirador y camarada.

Para salir de la desolación y la miseria
tuve que montar mi teatro
simple y eficaz en la imaginación.

Así que de las exageraciones
rampantes de mi hermano
(que un día se fue a vivir en un cuento),
pasé al mundo decadente y votivo de Jean Paul Sartre
en Los caminos de la libertad.
Parecía destinado por lo pronto
a resolver problemas éticos
y no simplemente a disfrutar
la música y las piernas de las mujeres
en el ritmo de la música…

Pero el recuerdo de mis adolescentes
noches de lectura y de los personajes
siniestros, reprimidos, aburridos, de Hesse,
vuelve con el aroma de las lluvias
y reconstruye la interioridad
formulada por las lecturas
y por el irme moviendo entre dos polos,
aunque no lo quisiera: entre el eros y el logos,
entre la sabiduría del padre,
creyente a su pesar,
y la nómada sensualidad del arte,
y tras el rostro inalcanzable
y presentido de la Tierra, la madre,
hecha palabra que se escapa
en el instante en que había alcanzado
su definición mejor…



LA ANTIGUA BIBLIOTECA NACIONAL

Hace poco volví a verla en la esquina
de Uruguay e Isabel la Católica,
adonde mi adolescencia se desdijo,
como madeja de lana que se iba
enredando por atrás de los muebles
de madera de su viejo edificio…

Sus piedras reconocieron mi sombra
al olisquearla: la majadería,
tras el desconcierto, y no creyeron,
(asombradas) lo que avanzó la calvicie,
pero vieron con gusto la joroba
idéntica a la del joven que leía
sin entender en aquellos enormes
y oscuros salones alumbrados
con quietas lamparitas de neón blanco...

Así que,  para animarlas, les conté
esa  parte que ellas nunca miraron:
que al salir  tras una larga jornada,
mareado aún de tanto el ser y el ente,
me subía al mirador de la Latino
y la lectura de toda la tarde
se reducía graciosa a la falsa visión
de un México agobiado por  la lluvia:
la nada, la finitud de la existencia,
la terrible y corpórea finitud,
se desbalagaba en tiempo perdido
desde el mirador, pues las palabras
comenzaban densas pero rítmicas
hasta abrirle un boquete a la razón:
la negatividad, entre la lluvia,
soltaba, rostros, sus aromas vagos,
y me inventaba y me bailaba un cuerpo, 
hasta que, sin habérmelo propuesto,
alguien tras de mi oreja preguntaba
por la conciencia de clase y reformaba,
con un tono de voz, la realidad,
al encontrar genialmente ridícula
mi muy burguesa tarde en esa enrome
y grata biblioteca coronada
por la vagancia del ensueño erótico
de las puras palabras que eran música.

Entonces me ponía de penitencia
hacer la crítica de esa oscuridad
a la que de todos modos
volvía cíclicamente, por sentirme
ajeno y desolado ante la finitud,
con tan solo la muerte y el lenguaje,
en la altura agobiante
del mirador de la latino,
donde transcurría el tiempo
ligero hacia la nada.



La guerra fría



Nadie sabía antes de esto dónde estaba
la capital de Islandia,
menos que se llamara Reykiavik,
y menos todavía que, brumosa,
nació de la leyenda,
donde el mástil de Ingólfur atracó;
nada de eso sabíamos.
Todos vieron, en cambio, lo engreído
que era aquel retador americano,
llamado Boby Fisher, y lo odiaron de prisa,
como si fuera solamente un gringo,
por los mismos motivos
político-económicos;
porque nada sabían,
y porque, aparte de llamarse Boris,
que es un nombre romántico,
Spaski era el campeón, y sonreía,
en cada reportaje,
como cualquier soviético educado.
Seguro que le daban por escrito
las respuestas de todas las preguntas,
como parte del guión y del cuidado
que ponían sobre él
para que no se fuera
con alguna islandesa, periodista,
a vivir en París como en una novela…
Sólo Santiago y yo
(y otros varios millones
que por desgracia nunca conocimos)
supimos con certeza
desde el primer momento,
que Fisher era un genio
y que iba a hacer pedazos al campeón,
sin importar en dónde se jugara,
ni cuánto iba a cobrar por su proeza.
Pero esto nos hacía sospechosos
entre nuestros amigos,
que acostumbraban odiar a los gringos
por razones político-económicas,
pues dados a escoger algún desastre
preferían siempre la invasión de Praga
o el mismísimo Archipiélago Gulag
que la escasez latinoamericana,
o la trágica niña vietnamita
que corría desnuda en los carteles
que adornaban los puestos de periódicos,
junto al invicto rostro
de “Nuestro Señor Ché”.

Y aunque para ajedrez daba lo mismo,
en la prepa la cosa se habría de poner peor:
si admirabas a Fisher o te gustaba el béis,
tenías graves problemas ideológicos,
o no habías entendido
ni los conceptos más elementales
del materialismo histórico,
tomados de la Harneker y puestos
con toda devoción en cualquier cosa.
Así que por todo eso,
quiero decir, por Indochina,
por Egipto, Checoslovaquia y Cuba,
y otros muchos lugares
en donde se enfrentaban las potencias
de modo diferido,
sentar a aquellos dos ajedrecistas
a jugar hasta que uno ganara
doce puntos y medio fue tedioso,
pues a la vanidad de cada uno
había que sumar
lo que fuera opinando su gobierno,
y a todo ese ritual, sin miramientos,
le llamaban los medios “Guerra Fría”.
Por eso el escenario fue un acierto,
así lo demostraban abrigos
tan lujosos de ambos contendientes,
y obró también su efecto favorable,
para política y mercadotecnia,
la prolongada espera para verlos:
pues antes de embarcarse en la aventura,
el retador pedía más dinero
y después, ya jugada la primera partida,
exigió se sacaran las cámaras de tele
del hotel donde estaban, porque no recordó
en qué letra pequeña del contrato
que había firmado estaban incluidas.
Luego de abandonar la primera partida
por un error casi de principiante
y de faltar a la segunda cita
por culpa de los medios,
y de chillar y protestar por todo,
calculando quizá con cada queja
molestar al nervioso y obligado adversario,
y sin temor a los jerarcas rusos
que bien podían haberse marchado a la segunda
y dejarlo sin disputa ni título,
Fischer se presentó en tercera llamada
y comenzó a jugar
como el campeón y el dios que se sabía,
y en el siguiente mes, casi sin despeinarse
derrotó siete veces
al orgulloso equipo de la URSS,
en la persona de Boris Spaski,
quitándoles un título
que creían era suyo para siempre.
El plural es correcto,
porque detrás de Spaski había un ejército
de camaradas, miembros del partido,
funcionarios, espías, policías,
preparadores físicos,
teóricos, analistas, asesores y pajes
pagados por el Kremlin; no se olviden
que se trataba de la guerra fría
y no de un simple juego de ajedrez,
sino de convencer por cualquier medio
cuál era el mejor método
de dominar al mundo.

Pobre Boris Spaski,
mira que haber llegado hasta ese frío
con tantas ganas, y perder así,
para ser recordado como el tonto
que cedió la corona largamente soviética
ante un autodidacta de Chicago.
Lo acusaron de andarse por las ramas,
de ser un descastado,
de no haber preparado la defensa;
destacaba el informe presentado
ante el sóviet supremo,
que cualquier otro miembro del equipo
lo hubiera hecho mejor.
Ellos mismos lanzaron contra Spaski
dardos envenenados:
Korchnoi criticó con gran dureza
su dejadez para las aperturas;
Mijail Tal expresó que el campeón
se había portado como un caballero,
donde no había lugar, porque su duelo
no llegaba ni a riña callejera; 
Y Boleslabski le recriminó
que no siguiera una rutina cierta
para su entrenamiento deportivo,
y se echara sus güisquis cada tanto…
Por eso el ex campeón cayó en desgracia:
el sóviet deportivo le recortó el salario,
y además le prohibió viajar al extranjero;
así que sólo tras doce arduos años,
y volver a lucir su vieja forma
al ganar un torneo, pudo enrocarse,  
marchándose a Paris como exiliado,
un poquito antes de la perestroika...

Pero tampoco pudo el victorioso Fischer
vanagloriarse  de su triunfo histórico
y disfrutar la vida para siempre,
grabando comerciales de pollo y de cerveza,
como cualquier estrella americana…
Luego de su proeza nunca vista
de vencer con sus armas a los rusos,
el autoproclamado “Campeón del Mundo Libre”
soltó los hilos que lo sujetaban
a la precaria realidad
y en su magnífica locura,
que hemos de imaginar
maniática, neurótica y obsesa,
se borró para siempre del tablero
y de la vida pública,
dejando su victoria en el olvido
de lo que nunca fue…
Veinte años después, en Montenegro,
tras un tablero, recordaron ambos
su periplo islandés,
en homenaje a aquella guerra fría,
la cual tampoco tuvo ganadores,
pero trajo en su cauda
las espantosas guerras yugoslavas
más sórdidas y entonces en proceso.
Ahora ya sin el frío de Reykiavik,
sin la alaraca, de la vez primera,
sin periodistas que los perturbaran,
porque la Historia ya se había acabado
y el muro de Berlín era un recuerdo
como las purgas de la Unión Soviética…
Fischer volvió a ganar y, como premio,
vaya amarga sorpresa,
le expropiaron su casa en Pasadena
y lo expatriaron de Estados Unidos,
ya que estaba advertido
que no debía jugar
en un país vetado por la ONU,
ni cobrar el dinero mal habido
de un criminal de guerra,
el empresario serbio
que contrato el duelo…

Dos héroes a la altura de su tiempo:
la última foto muestra a Boby Fischer
convertido en un jipi,
como debió de ser su pensamiento:
abandonado a la melena y a las barbas,
junto a una joven oriental
con quien vivía en Manila.
El último video, de 2012,
mostró a Boris Spaski avejentado,
hablando de la triste
muerte de Bobby Fischer
y de la coincidencia de sus vidas:
maltratados cada uno tenazmente
por las densas y grises burocracias
convertidas en pueblo y voz del pueblo.

Pobre Boris Spasky,
se hallaba en un secreto
hospital de Moscú adonde volvió,
tras escapar, ahora de su familia
que, según dijo, lo quería matar;
pero ya casi a nadie le importaba
su novelesca vida ajedrezada...

Manuel Andrade
Dos héroes a la altura de su tiempo,
así los imagino en Montenegro,
jugando al ajedrez, oyendo a Sting
que entonaba a lo lejos All this time
como si fuera un himno
y disfrutando de un hotel fantasma,
de una ciudad ya casi abandonada;
en su “pulvis pulverem”,
a salvo de sus fans y sus gobiernos,
brindando con champaña,
hasta embriagarse,
por ese mundo atroz, ahora desecho,
que los había perdido y olvidado…


1 comentario:

  1. ¡Ah!, ¡qué buena propuesta para hacer poesía! Me encantó, me llevó a épocas lejanas y vigorosas. Es una iconografía de nuestra juventud. Saludos al buen Manuel.

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¿Para qué disfrazar al mundo humano con una belleza que raras veces tiene?
Hay que desnudarlo, exhibirlo, denunciarlo con toda la fuerza de la inteligencia
hasta hacerlo sentir vergüenza de sí mismo.
COSME ÁLVAREZ

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COSME ÁLVAREZ (1964)

COSME ÁLVAREZ (1964)
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