viernes, 25 de mayo de 2018

Cosme Álvarez: «Mi aspiración, absurdamente grande, era hacer poesía» (entrevista con Eduardo Cerecedo)

Poeta, narrador, editor y traductor
Premio Nacional de Literatura «Gilberto Owen» 1997

Cosme Álvarez (1964)

Colaborador en UnomásunoSábadoLa TalachaTierra AdentroRevista de la Biblioteca de MéxicoBlanco Móvil Acequias, entre otras. Ha fundado y dirigido dos revistas de arte y literatura: Revólver (1990) y Astillero (2000). Dirige la revista electrónica La Guarida. Literatura de España y América LatinaFue Coordinador de Difusión Cultural, Publicaciones y Extensión Universitaria de la Universidad Autónoma Indígena de México (UAIM), Mochicahui, El Fuerte, Sinaloa (2008-2009) y Coordinador de proyectos en la editorial Espejo de Obsidiana (2001-2002).


por Eduardo Cerecedo

Buena mañana, Cosme Álvarez. Este cuestionario forma parte de una serie de entrevistas que realizo para La Jiribilla, Suplemento cultural del diario Gráfico de Xalapa. Los temas del cuestionario son el quehacer del escritor, su manera de ser, su forma de actuar, de ver a su alrededor; ese mundo cotidiano que para los lectores será descubrir el entorno de los autores, así como apreciar la literatura desde  el pulso de quien escribe.

¿Por qué la narrativa y la poesía son tu base de expresión sobre los otros géneros literarios?
C.Á.: La escritura después de las vanguardias descubrió que probablemente no existen los géneros literarios. ¿La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, es una novela, o es un largo poema en prosa? William Faulkner y D.H. Lawrence son dos grandes poetas que escribieron novelas, y Henry David Thoreau fue uno de los grandes poetas del siglo XIX, sin embargo, apenas si escribió un puñado de poemas. Un ejemplo contemporáneo: Borges es poeta, narrador, ensayista, sí, pero también es un género literario en sí mismo.

¿Cómo es que llegas a la poesía y a la narrativa?
C.Á.: Jamás me propuse escribir poemas; mi aspiración, absurdamente grande, era hacer poesía, a través de la música, de la pintura, de la narrativa y, sobre todo, de la convivencia con los demás. La palabra poesía, como sabes, significa «acto creador». Los poemas sólo fueron escribiéndose a lo largo de los años. Mi esperanza adolescente fue ser músico, componer sinfonías, sonatas. Tampoco me propuse, conscientemente, ser escritor. Nunca he querido ser nada —de niño quería ser un montón de cosas, astronauta, jugar fútbol como Pelé, pero es distinto—. Llegué a la poesía… no tengo la menor idea cómo. Me confunde un poco esa pregunta, es como si me preguntaran cómo llegué al alimento, o al aire que respiro. Caray, suena pretencioso, pero soy sincero al decir que no sé nada en relación con cómo se llega a ser escritor. Ni siquiera sé si se llega, es como preguntarle a un árbol entre árboles cómo se llega a ser bosque. Tal vez todo esto suene abstracto, pero es el único sendero a seguir si vamos a usar palabras. Escribir poemas exige, además de talento, aprender reglas de composición, y comprender la tradición a la que pertenece la lengua que hablas, entre otras cosas. La novela y el cuento tienen ciertas reglas, es cierto, pero el novelista no las sigue, las inventa. Me refiero a los artistas, no a los simples literatos. La narrativa se me dio de una manera mucho más natural. Soy, como mis antepasados yoremes —indígenas del noroeste de Sinaloa—, un hablante. Siempre me ha gustado contar, narrar, hacer visibles no los hechos, sino lo que habita detrás de esos hechos. Es la misma corriente que fluye en las letras de las canciones que escribo.

¿Cómo surge el poema, cómo lo trabajas, cuándo sabes que ya está terminado? 
C.Á.: El poema surge de la percepción completa de un instante. Podría decirse que ya está ahí (el poema), pero tú no lo sabes, eres un expedicionista que va tras la huella. Eso es todo. Es un misterio, al menos para mí. A veces un verso llega por sí solo. Me ha ocurrido un par de veces: «Nada nos lloverá salvo silencio, agua rauda que ensordece los sentidos» (*). ¿Y ahora qué diablos hago con eso? Debido al impulso del verso, a su fuerza latente, me detengo a escucharlo. El primer hemistiquio es un endecasílabo, pero el segundo, de doce sílabas, me revela el ritmo, la respiración del propio poema. Con esto no trato de explicar la creación artística, eso es imposible, sino una forma de composición. El Canto Uno, de Vivo sueño —que es el que he citado—, es de largo aliento, pero hay poemas de cinco, o diez versos, que empezaron por el final: «Los labios de la luz besan sus bocas», me dije una noche mientras una muchacha y un muchacho amorosamente se besaban en el parque, y es el último verso del poema «Los amantes» (1989). O «Trazas mi cuerpo / sobre el asfalto», del poema «Sombra» (1985). Nunca me exijo más de lo que puedo darle al poema, o a una canción, o a una novela. Uno sabe que la perfección no existe, o que nos está vedada, pero uno está obligado a buscarla en lo que escribe, por respeto al impulso creador que nos puso en ese camino. Lo hago, busco la perfección inalcanzable, no me esfuerzo, sé de antemano que tengo un límite, pero no me detengo hasta topar con ese límite. Tampoco estoy seguro de que sea una trayectoria que les sirva a los demás. Puedes imitar a muchos artistas, pero nunca podrás robarles el alma. El filósofo de Ahome dijo: «Cada quien es cada cual, y cada uno con su respectiva cadaunada». Yo nunca sé cuándo voy a terminar un poema, es el propio poema el que me dice: «Ya, no tienes nada más que hacer aquí». Y me voy, no lo termino (eso impicaría un proceso deliberado), lo abandono. El poema es la vara vertical de un cerillo, el lector es la supericie sobre la que se frota el fósforo. La poesía sería, tal vez, la llama en el cerillo. Es una manera torpe de explicar lo que no tiene explicación.
 (*) Vivo sueño. Ediciones sin nombre, 2007. Primer verso del Canto Uno.

¿A qué hora del día escribes, lo haces en ayunas?
C.Á.: Otra vez me enfrentas con un problema al hacer una pregunta así. Es como si me preguntaras a qué hora del día beso a mi mujer o a mis hijos, a qué hora siento afecto por la gente que quiero. La respuesta sincera es: cuando el impulso de hacerlo es real en mí. No tengo un itinerario ni una disciplina para amar, tampoco la tengo para escibir. La claridad puede llegar a cualquier hora; para eso es necesario dejar abierta la ventana todo el tiempo, todo el día, toda la vida. Es ella (la claridad, la escritura) la que decide cuándo entrar; soy yo quien debe estar atento.

¿Con qué otras artes se siente más cercana tu obra?
C.Á.: No sólo mi obra sino mi vida entera. El arte para mí es un maelstrom, un tornado, un orden y una corriente de totalidad que abarca la vida, que contiene y atraviesa toda experiencia. Así como no diferencio géneros, no diferencio las fuerzas inasibles de donde surge el arte. Arte, como sabemos, significa «orden», «poner en orden», «percibir orden». En todo arte verdadero hay ese orden. La vida en una novela es mucho más comprensible para el lector que su propia vida, esto es fácil de entender. Mi trabajo como escritor no está desligado de la vida, la poesía está vinculada con las novelas o con los cuentos que escribo, y mis canciones, las pinturas, o incluso los ensayos también están ligados entre sí. Hay algo que quiere manifestarse, hacerse visible, y elige el vehículo para salir al exterior.

¿Dirías que ese orden ocurre fuera del arte, que todo está relacionado entre sí?
C.Á.: Tomemos de nuevo el ejemplo del árbol —es el ser vivo que más admiro en la naturaleza—. Obsérvalo, dale toda tu atención, ¿las hojas están separadas de la rama?, ¿la rama del follaje?, ¿el fruto está desprendido del tronco cuando cae a la tierra?, ¿las aves, el viento, el agua, la tierra misma, la luz del sol, no están relacionados con el árbol, no son también el árbol? Nos han hecho pensar en términos de separación, de fragmentación, pero uno puede darse cuenta por sí mismo de que en la vida no hay nada que esté separado, que existimos en cooperación, en un orden, o en un arte supremo que no tiene significación dentro del desorden con que el hombre ha formulado la existencia, el desorden con el que convive, el desorden que genera en sus relaciones, el supremo desorden y la crueldad que implica la manera en que se educa; la educación se ha convertido en otra forma de sometimiento. Hoy educar significa adoctrinar a la gente desde la infancia, una sumisión que impone no aprender a pensar por uno mismo; nos educan para la competencia y no en la cooperación, nos convierten en obreros para las fábricas, no somos educados para la convivencia, ni para comprender el mundo, sino para que el hombre subsista, lejos de sí mismo, en un mundo que aguarda a que llegues a la vida adulta para devorarte.

¿Qué bebidas son tus preferidas?
C.Á.: Henry Miller me enseñó a emborracharme con agua. Es posible hacerlo. Te recomiendo que lo hagas un día. Bebo mucho agua, litros de agua, así que vivo en esa borrachera singular todos los días. También bebo café, sobre todo cuando leo y escribo. A veces bebo cerveza, vino tinto, tequila, whiskey, pero soy un mal bebedor, bastan dos cervezas, o dos copas para emborracharme. Esa clase de borrachera es absurda para mí, me quita lucidez, así que prefiero seguir con mis grandes borracheras de agua, y unas cuantas tazas de café cada día. Li Po no me enseñó a beber, sino a brindar por la belleza de este mundo.

¿Tienes una disciplina al escribir?
C.Á.: Disciplina significa, aunque muchos no lo saben: aprender. De ahí viene la palabra discípulo. De manera que sí, tengo la disciplina de aprender mi oficio todos los días, cada vez que la claridad entra por la ventana. Para mí nunca es la misma claridad, siempre llega con cualidades nuevas, y voy tras la huella de esas cualidades; mi tarea es ponerme a la altura de lo que ese día o esa noche está enseñándome. Soy, creo, un discípulo muy atento.

Háblanos de la narrativa, ¿por qué decides escribir cuentos y novelas?
C.Á.: Yo no decido nada. Nuevamente formulo esta idea lo más sinceramente posible. Hay percepciones, un entendimiento que sólo puede ser expresado en un poema, pero también hay entendimientos y percepciones que sólo puden ser dichos por medio de una novela o de un cuento. Héctor Manjarrez es uno de los pocos escritores mexicanos que entienden lo que significa esto. En ese aspecto, Daniel Sada habría saltado encima de todos nosotros de no haber partido prematuramente. Si tienes la capacidad de comprimir el carbón lo suficiente como para que el diamante aparezca en unas cuantas páginas, el vehículo es el cuento, pero si la roca es más densa, si se requieren trazos y golpes más largos, la novela se convierte en el medio de expresión. Uno debe estar atento a lo que quiere expresarse por medio de nuestras facultades artísticas. Hay escritores como Octavio Paz o T.S. Eliot que jamás pudieron escribir una novela, y Juan Carlos Onetti o Knut Hamsun jamás pudieron componer un poema. Ninguno de ellos necesitó otro medio de expresión que aquel que les fue concedido. Juan Rulfo es el gran poeta mexicano, aunque no escribió poemas.

Cita a siete autores que te hayan formado como poeta.
C.Á.: Todo me influye, en la medida en que todo lo existente fluye dentro de mí. Muchos de esos autores no son poetas en el término tradicional; su quehacer es poesía, sin duda, pero no se ocuparon de escribrir poemas. Lao Zi. El Tao Te Ching es uno de los libros más extraños, misteriosos y colmados de inteligencia que se han escrito desde que el hombre existe. Es una fuente, y su agua es purificadora. Herman Melville. La poesía en Moby Dick me dijo y me enseñó mucho más que cualquier poema de Jaime Sabines. Melville era un poeta, Sabines escribía poemas. La poesía para mí es un estado del ser, algo que se encuentra íntimamente relacionado con la vida. Bob Dylan me enseñó muchas cosas sobre la poesía y acerca del vivir. Lo mismo me pasó con Henry Miller. Voy a mencionar a tres poetas, para no soslayar tu pregunta. Juan Ruiz, Arcipestre de Hita. El libro del buen amor es perfecto en todos los sentidos. Hölderlin, particularmente El archipiélago. Xavier Villaurrutia. Su poema Nocturno mar fue tan sacudidor para mí como cuando vi el mar por primera vez.

Los autores mexicanos, ¿de qué forma te ayudaron a vislumbrar la poesía? 
C.Á.: Los dos libros de Juan Rulfo me enseñaron lo que es o puede ser la poesía. Villaurrutia me enseñó como se escribe esa poesía. Octavio Paz me jaló las orejas, señalándome que en el castellano existe una tradición y que no puede desecharse, por más libre y moderno que se sienta uno en la juventud. Por último, la amistad del poeta Sergio Negrete.

¿Qué proyectos personales te han dejado más satisfecho?
C.Á.: Dejar la escuela. Me quitaba tiempo para estudiar, para aprender. Fundar y dirigir las revistas de arte y literatura Revólver (1990) y Astillero (2000). Grabar 25 de mis canciones en dos discos más o menos meritorios. Aprender la lengua de mis antepasados yoremes y traducir al castellano los cantos que acompañan la Danza del venado.

¿Qué libros estás leyendo actualmente?
C.Á.: Las cartas que escribió Rimbaud en Abisinia. Todo lo demás son relecturas.

Cita cinco músicos por lo trascendente de su obra.
C.Á.: Por su trascendencia en mi vida: Beethoven, Bach, Mozart, Mahler, Scriabin.

¿Cómo ves la poesía actualmente escrita en Sinaloa?
C.Á.: En general, autocomplaciente. En eso es igual a casi todo el trabajo poético de cualquier otra parte del país. Se escriben muchos poemas, pero apenas si hay poetas en todo México. Sé de cuatro escritores de poemas nacidos en Sinaloa cuya obra me interesa.

¿Qué recomiendas leer de la poesía joven de tu estado?
C.Á.: No la conozco, de manera que mi respuesta podría ser injusta. Los «jóvenes» que he leído tienen casi cuarenta años. Pienso que Óscar Paúl Castro y Leonel Rodríguez van a decirnos cosas importantes. El único poeta joven de Sinaloa hasta ahora es Gilberto Owen. 

¿Cómo ves la cuestión política en México?
C.Á.: No hablo de política, y de cualquier modo no diría nada que tú o el resto de los mexicanos no sepa o no sienta en relación con ese tema.

¿Crees en la política?
C.Á.: No creo en ninguna actividad que disminuya la inteligencia del hombre. La política durante siglos ha perpetuado una forma errónea de vivir.

Cita a cinco autores importantes de tu generación, por supuesto en México.
C.Á.: No voy a hacerlo. Tendría que dejar fuera a los otros cinco.

¿Qué pintores son importantes para ti?
C.Á.: El Bosco, Rembrandt, Caravaggio, Van Gogh, Picasso, Modigliani, Francisco Toledo… La lista sería muy larga. Actualmente admiro a dos pintores de Sinaloa: Varezal y Jorge Robles.

¿Cómo defines los premios literarios?
C.Á.: Sólo tienen alguna significación cuando los escritores celebran con un premio las obras de otros escritores. Los premios que da el Estado sólo sirven para que uno salga de las deudas que el propio Estado genera con su desinterés por el arte.

Libros publicados y antologías (1988-2018)
2017 Una fiera lentísima. Muestra de poesía sinaloense. Ex Libris. Instituto Sinaloense de Cultura
2013 Alquimia de la tierra. Antología poética. Universidad de Huelva-Ediciones del Lirio. España. Incluye poemas de T.S. Eliot, Rabindranath Tagore, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, W.H. Auden, Octavio Paz, Primo Levi, Sakutaro Jagiwara, Anatoli Astáfiev y Cosme Álvarez, entre otros
2008 15 Balas. Antología de poesía mexicana actual (1ª edición, Fundación Juan Ramón Jiménez. Andalucía, España)
1999 La bamba cultural. Anuario del Instituto Mexicano de Cultura en Chicago. Incluye textos de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Alberto Ruy Sánchez y Cosme Álvarez, entre otros
1988 Taller y Tierra Nueva. Libro colectivo. Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); incluye textos de Octavio Paz, Alí Chumacero, Leopoldo Zea, Roberto Vallarino y Cosme Álvarez, entre otros

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