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lunes, 4 de diciembre de 2017

El tamaño del monstruo. Apuntes sobre el acoso sexual en el medio musical mexicano

Por José Manuel Recillas  
(poeta mexicano)





Los escándalos recientes sobre acosos sexuales en Hollywood, la maquinaria industrial más poderosa en Estados Unidos después tal vez de la bélica y la bancaria, han sacudido a casi todas las conciencias en el mundo, y las denuncias públicas han pesado más sobre los acosadores que cualquier proceso judicial. En un sentido, la energía de esta ola moral podría recordar el macartismo si no fuera porque aquí la cuchilla que ha cortado las cabezas proviene no del poder de un comité en el Senado estadounidense, sino de las víctimas mismas. Nombres tan queridos y admirados como el del icónico actor Kevin Spacey, tan omnímodamente poderosos como el de Harvey Weinstein, de repente lo han perdido todo.

En Europa no ha sucedido así, donde el nombre de Roman Polansky es el primero en venir a la memoria y a quien en 2009 prácticamente toda la comunidad del mundo del cine protegió y defendió cuando se le intentó arrestar en Suiza por cargos de abuso sexual en Estados Unidos. Otro caso similar, el del respetado director danés Lars von Trier, señalado por la cantante Bjork, evidencia una práctica común en el mundo artístico, en donde actores y directores de prestigio asumen una postura de poder y de dominio casi absoluto sobre sus actores.

En México los casos de acoso y abusos sexuales son preocupantes porque forman parte de un comportamiento endémico, casi institucionalizado, en el que la mujer es simplemente un objeto sin valor, y en el que el feminicidio es su ominoso y terrible corolario. La comunidad intelectual del país, no siempre de manera organizada ni unánime, ha denunciado tales abusos. No ha sucedido lo mismo en el medio de la comunidad artística, entendida esta como la musical. Siendo ajena al mundo del pensamiento y la reflexión, ágrafa casi en su totalidad es decir, ajena a la palabra escrita no lo es, sin embargo, al de este comportamiento depredador hacia la mujer, no menos que, en ocasiones, al varón mismo. De hecho, podría decirse que es pionera en ello.

En pocos medios del mundo artístico mexicano el acoso y abuso sexual se practica con tal impunidad como en el de la música, concretamente en el mundo de la ópera, donde las sopranos, contraltos y mezzosopranos son vistas como objetos del deseo de directores de escena, de teatros o de compañías, directores de coro, productores, y no pocos músicos y funcionarios. Como en otros casos, el prestigio y trayectoria de las figuras es la mejor coartada para que esto suceda. Siendo una comunidad donde la admiración suplanta la reflexión y el análisis, no sería exagerado señalar que viven en un mundo de puer aeternus, niños eternos que nunca son castigados.

James Levine y su esposa Helen
Uno de los aspectos más lamentables es que esta comunidad no sólo sabe de estos comportamientos, sino que los prohíja abiertamente protegiendo al victimario al mismo tiempo que victimiza por partida doble a la víctima al no sólo no escucharla sino al dudar de su palabra, al burlarse y disminuirla, defendiendo al culpable con base en su prestigio y la honorabilidad emanada casi milagrosamente de aquél. La reacción es exactamente la misma que durante años protegió a directores de cine, actores, productores, e incluso a sacerdotes. A la víctima se le acusa de ensuciar el buen nombre y el prestigio de quien ha abusado de ella, multiplicando así la culpa y evitando así el castigo al culpable. Esto hace que el nivel de impunidad alcance la nada despreciable tasa de cien por ciento, y provoca que sea particularmente proclive no sólo al abuso, sino a la reproducción de depredadores sexuales jamás castigados, protegidos por esa aura de santidad y prestigio que nunca es puesta en duda.

Es necesario señalar que la relación entre abusador y víctima es una relación de poder, de dominación, específicamente machista, a través de la cual se establece una violencia simbólica en muchos niveles, cuyo objetivo final es desacreditar a la víctima y restarle credibilidad, en aras de mantener la postura del victimario, quien se inviste de un manto de santidad, de prestigio, de autoridad, producto de su trayectoria, del cargo que desempeña, del éxito que su sola presencia evoca y representa, y ante la cual la víctima será siempre desautorizada, y cuya denuncia será siempre vista bajo sospecha. La idealización absoluta del victimario nunca es cuestionada, la cual le garantiza al abusador la impunidad. Estructuralmente puede equipararse con los experimentos de psicología social de Stanley Millgram, descritos en un artículo publicado en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology bajo el título “Behavioral Study of Obedience” y resumido en 1974 en su libro Obedience to authority. An experimental view.

Es importante señalar que esta desautorización que la propia comunidad arroja a la víctima cuando desea denunciar algún tipo de abuso corresponde a lo que algunos conocen como una forma de abuso psicológico machista que se conoce como “luz de gas”, cuyo nombre proviene de la película de George Cukor de 1944 Gaslight, y que en México se le conoció como La luz que agoniza. En este film, el marido manipula a su mujer con sutileza hasta convencerla de que ella se imagina cosas, recuerda mal las discusiones y hasta le hace dudar de su cordura. En eso, básicamente, consiste este tipo de maltrato psicológico. El abusador altera la percepción de la realidad de la víctima provocando que no sea consciente de que padece un maltrato o una situación que debe denunciar.

Como ya se mencionó, la comunidad operística es no sólo pionera en el abuso real hacia la mujer y la defensa de los abusadores, sino que también es una comunidad machista por antonomasia, y el fenómeno de abuso psicológico en el que las víctimas no pueden denunciar públicamente los abusos, tanto físicos como psicológicos que sufren, encuentra su explicación en este abuso psicológico llamado “luz de gas”, en el que el perfil machista de la comunidad pone en duda cualquier intento de denuncia por parte de las víctimas no sólo al desacreditarlas, sino al no querer siquiera que se digan nombres, al escandalizarse más por ese hecho que por la denuncia, de modo que la estructura machista de abuso psicológico se mantiene intacto.

La psicóloga Bárbara Zorrilla, especializada en atención a mujeres víctimas de la violencia de género, señala al respecto: “El abuso luz de gas es una forma de violencia muy perversa porque es continua y se consigue mediante el ejercicio de un acoso constante pero sutil e indirecto, repetitivo, que va generando duda y confusión en la mujer que lo sufre, hasta el punto en que se llega a sentir culpable de las conductas de violencia emitidas por el maltratador y a dudar de todo lo que ocurre a su alrededor”.

James Levine y Plácido Domingo
Este elemento estructural entre abusador y víctima es ignorado por completo en el medio operístico cuando se trata de verlo reflejado en la vida real, mas no así en obras como Carmen, Don Giovanni o El castillo de Barba Azul, por citar unos pocos ejemplos ilustrativos. Es decir, el público prefiere la fantasía en que los malvados pueden llegar a ser castigados en la ficción, pero no en el mundo real, donde los depredadores sexuales son el verdadero peligro, y donde los directores de teatros, de compañías de ópera y de orquestas, de cantantes de prestigio internacional, dirigen, montan y cantan con denodado empeño “Il catalogo è questo”, sabiendo que serán aplaudidos. La coartada perfecta es aquella en donde el crimen se comete delante de todos y el criminal no se oculta y está a la vista de todos.

Nos reconforta que Don Giovanni se vaya al infierno y Leporello obtenga el perdón porque es muy simpático y es una víctima también, cuando en realidad es cómplice permanente de aquél. Si algo deja en claro la obra maestra de Mozart es que el castigo a uno de los culpables es insuficiente, y en esta opera buffa la reparación del daño brilla por su ausencia, si bien el hundimiento al infierno del personaje central es una metáfora bastante ilustrativa de lo sucedido a personajes como Spacey y Weinstein.

Pero en el caso de la música y la ópera en México, el silencio frente a los abusos de funcionarios, directores de coro, directores de orquesta o de teatros, es abrumador. Esto se debe, por supuesto, a esa estructura de dominación masculina perpetuada en modos de comportamiento verticales y en la intimidación hacia las víctimas. Lo hemos visto en las torpes defensas en torno a las estrellas caídas.

Me interesa señalar que el universo de víctimas de abuso y acoso sexual en el medio musical y operístico mexicano, y probablemente internacional, es enorme, pero no ha sido estudiado ni medido hasta la fecha. No significa que no se le pueda medir. Es necesario establecer parámetros de medición, por burdos y simplistas que sean, que permitan visibilizar el problema. El primer asunto a entender es la posición de la víctima con respecto del abusador y su comprensible renuencia a hablar.

He propuesto que los periodistas Alida Piñón y José Noé Mercado lleven a cabo un ejercicio de medición a partir de un simple cuestionario con el cual se entreviste a las potenciales víctimas. Dicho ejercicio debe conducirse con todo el rigor posible para así poder sacar datos estadísticos a partir de un universo cerrado que pueda ser todo lo reducido o amplio que se quiera o pueda, y a partir de allí visibilizar el problema.

A partir de simples preguntas que vayan de lo general a lo particular se protege la identidad de las víctimas y no se lanzan acusaciones que podrían ser ignoradas o pasadas por alto por el resto de la comunidad. Para ello es necesario diferenciar los tipos de abusos y acosos que puede sufrir una víctima: acoso sexual y acoso laboral, abuso sexual y abuso laboral, son cuatro variables interrelacionadas, que víctimas e investigadores deben diferenciar claramente, aunque puedan experimentarse en conjunto o por separado. Por lo tanto, las primeras preguntas tendrían que estar relacionadas con esta diferenciación con respecto al tipo de abuso sufrido, primero una pregunta de orden general y, después, la de orden particular, que no significa que una víctima no haya sufrido las cuatro variantes.

A partir de allí se pueden ir aterrizando variables tales como dónde se sufrió dicho acoso, si el acoso o abuso lo realizó la misma persona o varias, si esa persona o personas aún siguen en el medio, si la víctima ha sufrido ese acoso varias veces, y si lo ha padecido desde la misma persona o si han sido varios individuos. Me parece importante también determinar si los abusos o acosos han sido en salones de clase, oficinas cerradas o en espacios públicos, tales como concursos, puestas en escena, etcétera, pues a partir de allí se pueden establecer datos sobre comportamientos que pueden ser calificados como depredadores e incluso institucionales.

En un primer acercamiento los datos deben permitir la visibilización del acoso a través de las víctimas. Es importante que el cuestionario permita a las víctimas de acoso y abuso sexual, varones o mujeres, pero principalmente mujeres, mostrarse como un conjunto ofendido, al que la propia comunidad ha hecho caso omiso en aras de proteger falsos valores como el prestigio y la trayectoria de los agresores. En ese sentido, la investigación y el cuestionario debe servir a las víctimas tanto como a la comunidad en la medida que nos permita a todos no sólo reconocer el problema, sino determinar su tamaño. Ese sería el primer paso para empezar a concientizar a los muchos miembros de esta comunidad renuentes en reconocer el problema a que lo hagan, y en devolverle a cada víctima la oportunidad de lidiar ya no de manera privada su duelo.

En tal sentido, una investigación empírica de este tipo no sólo tendría una función social muy clara, que podría conducir a las autoridades a actuar en contra de los abusadores ¾en el más optimista de los casos¾, sino incluso terapéutica. En un plazo mediano podría conducir a que las víctimas dejen de callar los abusos pasados o los presentes, y generar una reacción positiva y solidaria hacia ellas. Es de vital importancia que se entienda que el abuso y acoso sexual le roba, para siempre, a la víctima, la seguridad y confianza en sí misma. Condiciona muchas veces respuestas impuestas por el abuso, reglas tácitas en que la víctima termina por reproducir el abuso que sufrió en nuevas víctimas, una suerte de síndrome de Estocolmo social que desacreditaría a una víctima por no haber denunciado en su momento el abuso o por permitirlo, librando de la culpa al victimario.

Como en la escena última del Don Giovanni, y como en la vida real ocurrió con los casos de excelentes actores como Kevin Spacey o productores más poderosos que cualquier director de teatro de ópera del mundo como Harvey Weinstein, el infierno de la marginación, la desaparición social y total del abusador es lo que todos estos depredadores, hoy invisibles y protegidos por el manto del prestigio personal o del otorgado a la cultura nacional, merecen.

Su hundimiento en el infierno del desempleo y el desprestigio es la condena más severa que pueden recibir en virtud de que a sus víctimas les fue arrebatado algo tan valioso e intangible como la tranquilidad, y sobre todo, la dignidad que el propio medio, al protegerlos y excusarlos, se vuelve vergüenza y pesadilla constante, pues mientras el depredador obtiene logros y prestigio, la víctima en silencio vive una y otra vez la pesadilla de saberse culpable, cuando el verdadero culpable es festejado y celebrado públicamente.

Los asuntos judiciales a que pudiese dar lugar son un asunto de otra naturaleza, y dado que a veces por el sistema judicial los delitos prescriben, hay que decirlo con todas sus letras: en la vida psíquica y emocional de una víctima el daño no prescribe jamás. Cada aplauso al perpetrador es una cuchillada en la vida emocional de sus víctimas, por lo que deben ser exhibidos como lo que son: depredadores sexuales que no merecen, como Don Giovanni, la menor simpatía.

El primer paso para empezar a devolverle a las víctimas una parte de lo perdido es visibilizar su situación, quitarles el estigma de oportunistas que casi siempre les es arrojado como un estigma, y dar voz a las víctimas. Un ejercicio empírico de este tipo ayudaría a entender de qué tamaño es el monstruo. Hay que sacarlo de las sombras y arrojar luz sobre él. De otra forma, seguiremos perpetuando y protegiendo a estos depredadores.

Ciudad de México, 18 de noviembre, 2017

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