Por José Manuel Recillas(poeta y ensayista mexicano)
Se estrenó finalmente la película más polémica del año —probablemente de lo que va del siglo—, la más discu-tida, denostada, criticada incluso antes de su proyección. Muchos de sus críticos anticipados, esclavos volun-tarios de Elon Musk, el hombre más rico y más ignorante del mundo al mismo tiempo, juraron y perjuraron que la película sería un fracaso, que acabaría con la exitosa carrera de Christopher Nolan, el director inglés posee-dor de una lista sorprendente de éxitos de taquilla desde su segunda película. La discusión sigue, y claramente lo que se puede observar en todas las opiniones —y probablemente esta que estoy escribiendo no sea la excep-ción— es eso que se considera y llama los inevitables sesgos cognitivos: cada quien ve lo que quiere ver, y esa mirada confirma sus prejuicios o posturas.

En el caso de Nolan ese viaje del héroe ha sido, de hecho, una constante de su cine, de su obra. Reducirlo al per-sonaje de Batman sería reducir la imagen del héroe a las figuras de consumo popular que la industria de la cul-tura pop ha reproducido con mayor éxito. Los contextos históricos y epocales de sus películas pueden variar, pe-ro sus personajes pueden perfectamente introducirse en el más amplio contexto del viaje del héroe, en el que, además, se puede hallar otra constante señalada por el gran fenomenólogo francés Gaston Bachelard en La tie-rra y las ensoñaciones del reposo: las sensaciones e imágenes laberínticas, algo que todos los personajes de sus películas comparten y experimentan de distintas formas, siempre convincentes. De modo que la idea del héroe, como se sabe, proviene directamente de Homero, de su personaje Ulises, y esa imagen corresponde, parcial-mente, a la del héroe con capa y adminículos fabulosos y superpoderes de que la cultura pop, el cómic moderno, lo ha imbuido, pero el hábito no hace al monje, como bien sabemos. Podemos afirmar que frente a los ataques y críticas que ha recibido Nolan, particularmente por esta versión de la Odisea, sus detractores lo han convertido en aquello que según ellos tanto extrañan, según ellos, y usando su mismo atrabiliario vocabulario y lenguaje, al haber deconstruido al héroe, a la única imagen que conocen del héroe: Batman.
Así, desde antes que la película se estrenase en ci-nes estas aves de mal agüero, oráculos del desastre, tan fiables como una pelea de box o como los mo-mios en una casa de apuestas durante el mundial de fútbol, criticaban la elección del elenco de actores, basados en una etnicidad, o concepto de etnicidad helénica moderna, o la sexualidad de los actores, y desde allí señalaban y criticaban la supuesta fideli-dad de la versión de Nolan basados en una erudi-ción de banqueta, más que una lectura del poema homérico. Incluso no pocos griegos protestaron por no contar con algún actor griego en el elenco prin-cipal, por su falta de representatividad de la etnia griega actual, como si la historicidad y veracidad de un relato mitológico fundacional se basara en ADN poblacional. Estas quejas se trasladaron hasta figu-ras mitológicas como Helena, pero no hacia Polifemo, sobre el cual nunca nadie señaló cuál debería de ser su posible etnicidad. Se cuestionó incluso la ausencia de los dioses, pero si hubiesen aparecido, ¿sobre qué etnici-dad estaría discutiéndose sus posibles rasgos? Cada discusión sobre el filme resulta más ridícula que la anterior, y cada prejuicio más lamentable y empobrecedor.
Se habla incluso de una guerra cultural contra Occidente, o la idea de Occidente, parafraseando a Steiner, en la que la Derecha internacional, esa de corte fascista y ultraconservadora, considera las ideas progresistas, englo-badas en el concepto woke, que bordean tanto a la izquierda como a la propia derecha en distintos momentos, el mayor enemigo de Occidente, tan fabuloso y terrible como Polifemo, al cual hay que combatir de la misma manera que Ulises hizo en aquella cueva en el Mar Egeo: con engaños, con mentiras, con falsos argumentos. Así, esa misma Derecha encarna al personaje, a Ulises, al que denuestan porque según ellos no es la imagen viva que tienen en la cabeza, la de un personaje salido de una tira ilustrada de fin de semana.

La crítica también se ha dirigido a la adaptación hecha por Nolan y lo acusan de una infidelidad casi incestuo-sa con respecto a su fuente, como si lo que se leyese fuese o tuviese que ser igual a lo que se ve. Y allí está la pri-mera gran diferencia entre el poema homérico y no sólo esta, sino cualquier adaptación cinematográfica que se tenga en mente. Una historia se lee de una forma, se vive de otra, y se mira de otra. Y esto nos conduce al centro de mi reflexión. Porque no me interesa la discusión en torno a si las mujeres, o si los actores, o si el catering, o si la iluminación, o lo que se le dé la gana a alguien discutir neciamente.
Mi reflexión y análisis surge de dos cuestiones cuya respuesta en principio parece muy simple. Qué Odisea leí-mos, y de qué trata la Odisea de Nolan. Ya adelantamos un poco las respuestas, así que avancemos. Si aceptamos 1444 como la fecha en que se inventó la primera imprenta de tipos móviles moderna, y merced ese invento la divulgación masiva de textos que antes sólo estaban al alcance de monjes y eruditos, las traducciones del poema homérico se podrían multiplicar como las arenas de la rada en que encallan una y otra vez los compañeros de viaje de Ulises. Sólo para usar de ejemplo lo más cercano, mi propia biblioteca, hay al menos cuatro ediciones que podrían citarse.
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Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hom-bres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria. Mas ni aun así pudo librarlos, como deseaba, y to-dos perecieron por sus propias locuras.
Otra versión, quizás menos conocida, sea la de Federico Barábiar y Zumárraga, originalmente publicada en dos volúmenes en 1886 por Luis Navarro Editor, en Madrid, y reeditada posteriormente, al menos la versión que tengo, por Sopena en Buenos Aires, en tres tomos, trasladada a nuestra lengua en gallardos y melodiosos ende-casílabos blancos, por la que don Rubén Bonifaz Nuño no sentía particular aprecio, pero que a mí me parece, cultor endecasilábico empedernido, magnífica:
Dime, oh Musa, del héroe ingeniosoque, después de arrasar la sacra Troya,anduvo tanto tiempo peregrino,viendo muchas ciudades, y costumbressin cuento conociendo. Grandes penassufrió en el mar su alma, procurandola propia salvación, y de su gentela deseada vuelta; pero inútilfue su afán, porque, víctimas de neciacodicia, sus amados compañerosperecieron al fin.
Por supuesto, están también las traducciones para eruditos, incluso para lectores cuyo acceso al texto original sea nulo, que debe ser casi el cien por ciento de aquellos que se adentran por esas ediciones. La primera, y más conocida en el ámbito hispano, es la de José Manuel Pabón, disponible en dos ediciones distintas, ambas en ver-so más o menos regular, combinaciones de heptasílabos, eneasílabos y decasílabos con distintas combinaciones acentuales. Una está en la Biblioteca Básica Gredos, con una breve introducción de Carlos García Gual, y la otra en la Biblioteca Clásica Gredos, en rigurosa edición bilingüe, y cuyo inicio es mi absoluto favorito, en razón de la estructura rítmica dactílica que introduce de inmediato, y sin preámbulos, al lector en el sentido de urgencia y travesía con que el poema nos conduce.
Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío,tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.Muchos males pasó por las rutas marinas luchandopor sí mismo y su vida y la vuelta al hogar de sus hombres,pero a éstos no pudo salvarlos con todo su empeño,que en las propias locuras hallaron la muerte.
Y finalmente, la erudita versión de Pedro C. Tapia Zúñiga, discípulo de don Rubén Bonifaz Nuño, fundador de la Bibliotheca Graecorum et Romanorum Mexicana (BG et RM), y cuya versión de la Ilíada también engalana a la colección, y cuyo versión rítmica es bastante diferente a las previamente aludidas, pero que no deja de tener su encanto.
Del varón muy versátil cuéntame, Musa, el que mucho vagó,después de saquear el sagrado castillo de Troya;de muchos hombres vio las ciudades y supo su ingenio,y él sufrió en su alma muchos dolores dentro del ponto,aferrado a su vida y al retorno de sus compañeros.Mas ni así salvó a sus compañeros, aunque eso deseaba,pues perecieron a causa de sus propias locuras, necios:

Con estos cuatro ejemplos la aparente sim-ple pregunta muestra su complejidad y evi-dencia la cuestión con claridad: no sólo qué Odisea se entendió, sino cuál se leyó, lo que implica innegables sesgos cognitivos. Como poeta, me interesa lo poético, el ritmo, la música del poema, y en tal sentido, la de Gredos es mi favorita. Claramente eso implica otra cuestión que el traductor o lector erudito, que puede leer la epopeya en su transcripción tipográfica griega directamente puede cuestionar, y es ese ritmo, esa música, que claramente pertenece al español culto, literario, y no al griego. ¿Cuál sería ese ritmo, esa música en eso que llamamos el original? Para aquellos que no pueden, o podemos asomarnos al ritmo del texto original, por más que técnicamente haya formas de representarlo visualmente en la página impresa, ese ritmo nos es aje-no e inalcanzable simplemente porque no podemos leerlo ni podemos oírlo. Y porque aquí está el otro asunto.
Las dos epopeyas homéricas surgieron primero de la tradición oral, que por su misma naturaleza es irrecupe-rable, y el llamado ciclo troyano era mucho más extenso y rico y variado que lo que ha llegado hasta nosotros, y lo que tenemos es apenas una pálida sombra de lo que fue, y difícilmente podemos siquiera imaginar. Así que la pregunta inicial, qué Odisea es la que haya cada quien leído adquiere aquí su real y amplio sentido. Implica qué busca el lector, ¿la historia y nada más, o busca, como yo, lo poético, lo rítmico, o busca lo erudito, lo informa-tivo? Así pues, no olvidemos la cuestión y, principalmente, lo dicho al inicio de este párrafo.
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Las decisiones de traducción a cualquier lengua, sin importar si fueron hechas a partir de una fuente directa, como las antes citadas, o una indirecta, es decir otra traducción, difícilmente pueden ser cuestionadas por el lector común, y acaso sólo puedan ser discutidas con propiedad por los especialistas. El único traductor vivo es Tapia Zúñiga y sería el apropiado para señalar las libertades y decisiones tomadas por mi tocayo, José Manuel Pavón —¿alguna predilección nominal inconsciente? No lo sé. Podría ser. La imaginación toma el lugar de la ra-zón en estos casos, supongo, y pienso que es bueno que así sea, si así se le quiere considerar.
Ahora piénsese visualmente y se verá el reto enorme que eso implica. Ver lo que está escrito es, literalmente, otra realidad. Allí entra la pregunta ya hecha, ¿de qué trata la Odisea de Christopher Nolan? Un director clara-mente homérico desde su primera película, Following, de 1998. Porque en un sentido de realidad, ¿cómo puede vagar alguien por el mar Egeo durante una década si ese vagar, ese deambular no es sino el síntoma de otro via-je, este interior? ¿Cómo puede una mujer tejer y destejer todos los días un hilado sin que los aspirantes al trono se pregunten una sola vez por qué tarda tanto en terminar un tejido y sigan a la espera de que algún día lo ter-mine? Los críticos del filme señalan su falta de verosimilitud con la fuente, pero el sentido de realidad queda en suspenso, entonces, para que alguien pueda creer una situación tan absurda en el mundo real y tangible. Así, se viene abajo cualquier reproche de fidelidad a la narrativa si desde el principio lo que se desea es aplicar un cri-terio de realidad y fidelidad a la historia.
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tal hermosura da la poesía,y tanta autoridad, que hace creíblelo que antes imposible parecía.
Mas la posteridad es infaliblejuez. Hable de los númenes el sabiosin proferir jamás calumnia horrible.
Porque sin la poesía, el sitio de Troya y la superlativamente bella Helena —de quien no hay una descripción étnicamente precisa en el poema, sino de quien se dice que su belleza era superior a la de cualquier mortal y sólo podía ser equiparable a la de los dioses, los cuales tampoco suelen ser descritos en términos étnicos modernos, actuales—, cuya historia signa nuestra identidad en Occidente y la figura del héroe que atraviesa toda nuestra historia, sería sólo otro chisme más, como aquel con el que empieza Heródoto sus Historias (cito de acuerdo con la espléndida traducción de Arturo Ramírez Trejo para la BG ET RM, énfasis nuestros):
Así pues, los doctos de los persas afirman ser los fenicios los causantes de las discrepancias: ya que éstos, venidos del mar llamado de Eritrea hasta este mar y habiendo habitado esta región, que todavía ahora habitan, de inmediato se dieron a largas navegaciones; y transportando a otro país mercancías egipcias y también asirias, incursionaron aun hasta Argos; y Argos durante este tiempo aventajaba en todo a los que estaban en la región llamada Hélade en la actualidad.
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Nadie lo ha expuesto con tal fuerza expresiva, con tal verdad, que Christopher Nolan. Su película no tiene que ver ni con la representación étnica que tanto imbécil defiende hoy en día, ni con las luchas feminis-tas, o de minorías raciales o sexuales, porque la poesía no tiene etnicidad, le pertenece al hombre como especie. Y eso es lo que leo en la película de Nolan. Eso es lo que aplaudo y celebro. Y sí, en ese sentido, la considero una obra maestra.
CIUDAD DE MÉXICO, 5 DE AGOSTO DE 2026
* Una parte considerable de esta exposición proviene de la reflexión hecha el pasado 6 de agosto de 2026 en mi programa nocturno en la estación Opus 94, del Instituto Mexicano de la Radio, IMER.

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