Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de noviembre de 2026

Siete poemas

por Jorge Valdés Díaz-Vélez
(poeta mexicano)










EXPRESO DE MEDIANOCHE

Dentro del sueño pasa un tren,
y en sus ventanas campos, ríos,
álamos, puentes y caballos
se alejan para siempre. Un niño
observa el viaje de las cosas
hacia el pasado en que se fugan 
los colores. Mira también
sus ojos en el vidrio, el vaho
de su respiración. Vislumbra
sombras, reflejos de su padre
con un libro en las manos. Duerme,
y en el cristal también se borran
sus leves párpados cerrados.
Veo a mi hijo en ese niño
que me contempla desde el vidrio,
miro a mi padre al ras del sueño
contra el temblor de la ventana.
Él no me ve. No puede oírme.
He nacido una vez, y muchas
otras he muerto en ese tren
que se detiene solo al alba.



CANTO DEL ALBA

Un firmamento sin fracturas
izó un lucero sobre el monte.

Ondea en silencio, iluminando
el breve asombro de estar vivo,
no el cielo roto, sino el sueño,

no la palabra, sino el signo,
no la nostalgia, sino el verbo,
no la orfandad, sino su origen.

La noche acorta las distancias.
No el ruiseñor, sino el latido.



NADIE

Volví a Ítaca, a sus médanos
de bruma evanescente, al sol
que la traspasa y a las calles
que mi memoria soñó hermosas.
Degusté el sexo de los higos,
la pulpa de un dátil, el cálido
resplandecer de la aceituna.
Fui un extranjero entre los míos.
Nadie advirtió que tras la máscara
tallada por la espuma, iba
yo, el heroico (ese mendigo
sin sombra que salió una noche
de lágrimas al mar) Ulises,
el pródigo en historias vuelto
del más allá de su leyenda.
Antes que el alba, regresé
a la costa y enfilé al sur.
No reconoceré los muelles 
a donde vaya mi deliro.
Sólo sabré que estuve en Ítaca
para reinar sobre mi espectro.



ISHMAR

La manera de peinarte desnuda
ante el espejo húmedo del baño,
de apresar en la palma tu cabello
para escurrir el agua y agacharte
en medio de palabras que no entiendo;
el acto de secar tu piel, la forma
de sentir con las yemas una arruga
que ayer no estaba, o de pasar la toalla
por la pátina oscura de tu pubis;
el modo de mirarte a ti contigo
tan cerca y tan lejana, concentrada
en una intimidad que a mí me excluye,
son gestos cotidianos de sorpresa,
ritos que desconozco al observar
las mismas ceremonias que renuevas
al calor de tu cuerpo y que dividen
un segundo en partículas: espacios
donde la vida expresa su sentido
posible y que se afirman al peinarte
desnuda en las mañanas, como un fruto
que yo contemplo por primera vez.



DE QUÉ

                                 Tu imagen está en mis ojos 
                                                       y en mi boca tu nombre.
                                                                               Ibn Arabi

De qué sirve la noche sin tus ojos
disueltos en la sombra, sin tu espalda
a la orilla del tacto, sin tu boca
pronunciando el azogue del espejo;
de qué sirve aguardar a que aparezcan
las bóvedas del cielo, el mar lejano
del término añoranza y el principio
del deseo; de qué sirve pensar,
soñar lo que sería si estuvieras
aquí, sobre la hondura de tus huellas
que iban tras el delirio en que volvías
a ser la vastedad que me traspasa;
de qué sirve el temblor de esta palabra 
si no levanta el vuelo de tus manos,
si el aroma del río, si el murmullo.
De qué me sirve saberme sin ti.



LAS PIEZAS DENTADAS

Un manojo de llaves, de repente
en un cajón, entre fotos antiguas
y un desorden de notas y papeles.
Ahí han permanecido, inadvertidas
y ajenas a las puertas que me abrieron.
No sé a qué cerraduras corresponden,
a qué casa o país daban acceso.
Aún preservan brillos de la inútil 
memoria que cerraron para siempre.



POLAROID
Para Eugenio Montejo

Son siete contra el muro, de pie, y uno sentado.
Apenas si conservan los rasgos desleídos
por los años. Las caras resisten su desgaste,
aunque ya no posean los nítidos colores
que ayer las distinguieron. Entre libros y copas,
las miradas sonrientes, las manos enlazadas
celebrando la vida de plata y gelatina
se borran en el sepia de su joven promesa.
Por detrás de la foto están escritos la fecha,
los nombres y el lugar de aquel encuentro. Fuimos
a presentar el libro de uno de los amigos
que aparece en la polaroid viendo hacia el vacío.
Después se hizo la fiesta y más tarde el accidente
nos llevó al cementerio. Dijimos en voz alta
sus poemas. Los siete contra el muro, de pie,
uno leía. Todos aún lo recordamos
y casi por costumbre le voy a visitar
con girasoles. Todos hemos envejecido
menos él, ahí en la vista fija. Nos mira
desde sus 20 años, que son los de su ausencia,
con ojos infinitos de frente hacia la cámara,
llevándose un verano tras otro, aunque comience
a degradar su tono naranja sobre el duro
cartón de la fotografía.


Jorge Valdés Díaz-Vélez
(Torreón, Coahuila, México, septiembre de 1955). Es autor de más de veinte libros de poesía publicados en México, España, Italia y el Reino Unido. Los más recientes: Soledad en llamas (Torreón, Instituto Municipal de Cultura y Educación, 2022); Los ojos del caballo (Valencia, Pre-Textos, 2024), Liquid Sand /Arena líquida (—edición bilingüe español-inglés—, Londres, Shearsman Books, 2025). Entre otros reconocimientos le han otorgado el Premio Latinoamericano Plural (1985), el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes-Instituto Nacional de Be-llas Artes (1998), el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007) y el Premio Ibero-americano de Poesía Hermanos Machado (2011). Está incluido en numerosas antologías de poesía mexicana e iberoamerica-na publicadas en México y en otros países de América Latina, Europa y el norte de África. Parte de su obra ha sido tradu-cida al árabe, francés, griego, italiano, portugués, neerlandés, rumano e inglés.

Fundó y dirigió la Casa de Cultura de Saltillo, Coahuila. Co-mo diplomático de carrera fue jefe de misión adjunto en las embajadas de su país en Marruecos y Trinidad y Tobago, cón-sul alterno en Miami, Florida, Estados Unidos de América, director del Centro Cultural de México en Costa Rica y di-rector del Instituto de México en España, países en los que además se desempeñó como consejero de cooperación. También fue consejero cultural en Argentina y en Cuba, director de Convenios y Programas, y director de Difusión Cultural en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, miembro distinguido del Seminario de Cultura Mexicana y consejero editorial de varias revistas universitarias.





viernes, 2 de octubre de 2026

Seis poemas inéditos


por Kyra Galván
(poeta, novelista y ensayista mexicana)










Caminata por la paz

La caminata por la paz 
de Fort Worth a Washington
de los monjes budistas y Aloka
atravesando las neblinas de North Carolina
es una escena surrealista.
Mientras, en Washington (frase de comic de los años 40)
un pedófilo convicto suelta bombas
sobre Venezuela.
Se quiere robar Groenlandia
y la primera ministra danesa estalla en lágrimas.
Mientras, del otro lado del mundo (frase de comic de los años 40)
Un Pu-tín megalómano
suelta bombas sobre Ucrania.
No entiendo por qué les entregamos el poder
a los locos. 
¿Estamos aún más locos? 
Mientras, en Oriente Medio (frase de comic de los años 40)
otro loco de atar 
destruye Palestina y comete genocidio. 
Caminemos en esa niebla surreal. 
Caminemos -si de algo sirve- caminemos hasta cansarnos 
por la paz. 


Beso volado

Arriesgar un beso desde lejos, es arriesgar el pellejo. 
¿Acaso un beso que vuela muere en el camino?
¿Viaja en línea recta, zigzagueante o en espiral?
¿Cómo saber si lo atrapamos?
¿Acaso los besos tienen una brújula genética 
como la de 
                       los pájaros migrantes?
El espacio puede estar poblado de fantasmas roba besos.
En un beso de boca a boca no existe incertidumbre,
pero enviar un beso a través de la habitación o de la calle
es empeñarse en probar la teoría de que los besos vuelan
y puede tornarse equívoco. 
Un beso enviado por los aires nos obliga a mirarnos a los ojos. 
                        a levantar la fe en su llegada.


Consuegra alemana

Tuve una consuegra alemana 
que medía casi dos metros
y se reía estruendosamente
y vivía junto a un viñedo.
Yo tuve una consuegra alemana
que me dejó de hablar
y odió a mi hija por dejar a su retoño.
Yo, en otra vida, tuve una consuegra alemana. 
Sólo el cielo conoce el karma.


La noche, el pájaro y la jaula

La noche es un vagón desprovisto de poesía y la luna es un gran melón
que se refleja en la panza de asfalto de la gran ciudad
y la ciudad es una jaula asfixiante.
Yo un pájaro sin alas que me estrello
contra la noche, el asfalto y la jaula.


Interrogación

Una mudez de cristal me ha perseguido
            —silenciándome—
durante meses. 
Acompañando con tambores un ritmo afónico,
confuso, sediento de respuestas,
a las preguntas que no cesan
y que inciden como una plaga de langostas.
Las preguntas son circulares,
acaban donde empiezan
y se cierran inconclusas, recurrentes. 
Soy esa signa de interrogación
              convexa
albergando dudas y odio autoinfligido.
¿Cómo se transforma uno de monstruo en princesa? 
¿Cómo encontrar la voz que se ha perdido? 
¿El sendero que se deshizo?


Mi cutman u hombre de las cortadas

Estabas en mi esquina 
echando porras
señalando los peligros
los upper cuts y los golpes bajos
ofreciendo agua
reparando heridas
brindando abrazos y palabras
                de aliento.
Eras mi cutman, mi mánager
           y mi coach.
Un día te ausentaste
y mi esquina quedó vacía.
Mis brazos, lánguidos, se cayeron al piso
y me golpearon tan fuerte
que los ojos se cerraron
y sin brazos ni ojos me bajé del ring. 
Me recosté en el silencio
exigiendo respuestas al vacío de la esquina. 
Qué tortura encontrar más silencio
rebotando en el eco.
Creí que ser boxeadora no era bueno
a los ojos de Dios.
Creí que me dormía, creí que vivía.


Kyra Galván, (CDMX, 1956) es poeta, novelista y ensayista. También es fotógrafa y traductora. Tiene la Maestría en Literatura por el Colegio de Morelos, y es licencia-da en Economía por la UNAM. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino en 1980. Fue becaria del INBA y del Centro Mexicano de Escritores. Su novela más reciente: Las mansiones de Zatar (FCE, 2025), muestra su primera in-cursión en el género de ciencia ficción.
Su libro de poesía más reciente es: La vorágine, lo visceral, el vértice filoso y lo va-cante fatuo (Los libros del perro, 2026) en el que toca el tema del duelo. Ha sido ju-rado en múltiples concursos de poesía y narrativa a nivel nacional e internacional y maestra de talleres de creación literaria en varias instituciones, entre ella la Socie-dad General de escritores de México (SOGEM) y de manera privada, formando va-rias generaciones de escritores. Ha dado conferencias sobre varios temas y es espe-cialista en la vida y obra de Sor Juana Inés de la Cruz.
A la fecha tiene publicados catorce libros de poesía y su poesía ha sido incluida en más de 30 antologías nacionales y extranjeras.

martes, 1 de septiembre de 2026

El alba más minina y displicente. Dos poemas

 

por José Manuel Recillas
(poeta y ensayista mexicano)





 

MILLE REGRETZ
Josquin des Prez

A Vicente Quirarte

Si alguna vez llegase a ser de pura luz y eternidad 
del todo esa mujer que una vez vi entre sueños y recuerdos,
si en un incendio de amapolas su nombre 
    los nombres todos en el suyo hubiese consagrado,
    como un eterno beso a medianoche,
    y fuese Lillian solamente,
si todo horario constreñido fuese a nube ser y un horizonte
en el silencio y en la ausencia visto,
si una mejor mujer o el repatriado hermano 
   de primaveras y de lunas y ausentes noches,
si a todo lo sabido no se pudiese dar más otro día ni otro misterio,
si a todo fuego y desesperación 
   un beso necesario y silencioso
    en plena duermevela o en otoño,
si en el silencio o en el verbo hubiese el alba más minina y displicente, 
si al menos una llama para el norte y para el cielo 
   en nupcias y en delirios convocados,
si no más noches y tribunos muertos absurdas leyes proclamando,
si una remota geografía y el nombre de un país, 
si al desayuno le tocase ser una promesa y una travesía de flores inauditas,
si a todo grito y agonía, 
si a toda flor y compañía, 
si a lo que no se deja ya nombrar,
si a ese centauro y a la muerte 
   la fría primavera del silencio y de los ríos, 
si el minutero y su palabra inmensamente detenida,
si esta denuncia sin agravios, sin una guerra y sin incendios,
si hubiese otra vez Lillian y una palabra nueva naciendo entre los labios 
   como si un beso y la memoria,
si en ese azur de los silencios posible fuera ver nacer la desnudez
con que el amor se precipita loco, 
   apenas con destino y una noche que no cabe en su nombre,
si en esta ausencia ya de treinta años hubiese solo un sueño y primavera,
si con la lluvia y con la noche y altos otoños de silencios y de oráculos,
si entre las manos el arroz o el llanto, el lento atardecer en que Virgilio,
si entre el oscuro precipicio solo posible lo imposible fuese del doble germinar de los jardines,
si al alba o la frontera o al delirio o al beso a la mujer amada,
si en paradojas o en antiguos cantos,
si en el oleaje y el recuerdo, 
si entre la luna y ese trigo prometido,
si entre la noche y lo que del naufragio oscuramente queda,
si desde precipicio y epigrama una mujer desnuda 
y en silencio fundando nuevas noches estuviese,
si desde Holanda un clavecín o una nocturna guardia y una ciudad entera en el olvido,
si apenas yo pudiese una vez más mirar ese silencio en el envés de lo que está temblando,
si por cada palabra hubiese Lillian para surcar el mar y cada sueño,
si entre la tinta y el papel espejos de abruptas sinfonías y de vinos, 
si todo fuese y ya no fuese,
si un manuscrito, una balada, un sueño, una palabra una vez más sin cosa alguna que nombrar,
si un germinar de noches y de pueblos ajenos a la guerra y a ocarinas,
si una palabra, un lento amor, un beso atravesando las centurias,
si estamos y no estamos por otros siendo pronunciados,
si es el olvido o la frontera César que a todo lo divide,
si una sentencia a muerte y su callar de muros ha tiempo abandonados,
si es en el árbol o el oscuro féretro del tiempo transcurrido que mudo nos condena,
si el abandono o el no haber nacido a fin de ser silencio y llanto y duelo y algo que no se quiere ir,
si en el deseo más carnal la piel como una primavera y una vendimia,
como si todo hubiese una vez más nacido para ser nombrado en mudas
y en desnudas palabras, sin la noche,
como si todo fuese, una vez más, tan solo Lillian.
 
21 de julio de 2024


 

LO QUE NO PUEDE VERSE MÁS QUE EN CANTO Y SOPLO

para Víctor Manuel Mendiola

Miró el calor caer como el relámpago 
que al mundo nombra, y es olvido a veces
y a veces es la ruina contemplada,
sin nombre, a la que nadie ya recuerda,
al sol abrasador y a su renuncia
de sólo ser ambivalencia y sed,
un mudo resplandor antes que sombra
y luto y pesadumbre se apoderen
de lo que el ojo puede ver apenas,
como se ve el desnudo de lo amado
sabiendo que no hay nombre que le nombre
ni un álgebra de sombras redentoras
que a lo leído dé refugio y paz,
como un fugaz trayecto de palabras
en busca de sentido en el desierto
mientras la noche y su fogata albergan,
por un momento, la memoria que otros
posible harán en una fiesta de uno
a la que convocado está el pasado
y eso que mudo nos pronuncia y hace
no ser olvido y fantasmagoría.
Miró a su alrededor lo mucho que era, 
los muchos frutos y cuidades vistas,
las múltiples espadas y la sangre
por otros derramada, y su sentido
que a sí mismo redimía en silencio,
como un solo soldado sin ejército
en medio de una ciudadela impía
a la que nadie importa su destino
bajo el atardecer que Ulises vio
mientras Aquiles lo aguardaba mudo,
como un eterno atardecer soñado
por alguien que soñar no puede ya
y tiene frente a sí el espejo rojo
de eso que no se puede ya nombrar.
Miró en silencio ese mutismo quedo, 
ese paisaje mudo que en secreto 
le hablaba de otros mundos, de otros hombres,
tal vez de otros prodigios seductores
en esa lengua impronunciable y vaga
que sólo en sueños y en azogue se oye
como quien ve en los círculos de un árbol 
un eco infatigable, ya vivido,
del mismo sueño literario escrito 
por ese Borges invidente suyo,
que tantos ecos y sonidos vivos
dejó en papel y en tinta derramada
de mundos intangibles y guerreros,
de sagas y de viajes y lecturas
apenas redactadas si uno lee
el imperecedero azogue en tinta
y en memoriosos versos compartidos
diciéndonos en verbo y en silencio.
Miró lo que no puede verse más 
que en canto y soplo y en respiración,
en la sutil cadencia de lo líquido 
que en ritmo y en clepsidra de silencios
esculpe una vez más, por un instante,
la solidez en que pervive el hálito
de lo que algunos llaman lo divino,
y en mármol convertido, nos traspasa,
y eterniza lo que antes fue silencio,
oscura indiferencia temporal,
que no es cacharro viejo ni empolvado,
sino cadencia y flujo cantarín
en que se matrimonian tiempo y agua
y en plena desnudez lo encarnan todo
como lo haría un Dios feral y oculto 
y a cuyo nombre ni él puede escapar
porque es de la materia azur del beso
y tan equilibrado como el sueño 
y ese abandono inmaterial y pétreo
tan firme como el agua y la memoria
de algo que no podemos ya nombrar.
Miró lo que al pasar quedaba atrás, 
como la sombra o como el sueño vívido 
de algo que asola al pecho mientras duerme
o intenta descansar nuestra memoria
de todo corporal intento, vivo,
de retornar a la salud y al fuego
que a todo lo que vive anima y llena,
pero que, inaprehensible, está naciendo
a cada instante sin que lo sepamos,
sin que el que sueña sepa que es un sueño,
por eso lo persigue, infatigable,
porque es como el amor y su floral 
materia, asunto de perfumería
y un vago ofrecimiento de lo eterno
que un parpadeo dura apenas, como 
si no bastara oler para sentir
que dura más el mármol inasible
en que se graba el nombre inolvidable
de alguien a quien ya no podemos ver,
que el nombre impronunciable ya olvidado,
en la esperanza muda de vivir
más nuevas primaveras prometidas
en medio de este otoño casi invierno
que empieza ya a demolerlo todo,
a lentamente recordar qué poco
dura siempre la oscura primavera.
Miró el incendio tras de sí en silencio, 
miró la llama detenida y mustia
que inexplicablemente le rodeaba
como una fiesta repentina y turbia
a la que no invitado estaba, como
en cierta forma ya era cotidiano
saber que un invasor se eternizaba
entre el cansado sol de los inviernos
plantándose en silencio, e incansable,
en la ciudad que cada día menos
poblaba y en la que cada vez menos
se hallaba y podía reconocerse,
y en medio de sí mismo y de la noche
ya próxima a llegar se preguntó
por la cansada herencia y su defensa,
por ese laberinto de silencios 
y de voces minúsculas, perennes,
con las que hablaba a diario, no en secreto,
mirando en un instante la eternidad
que la distancia guarda y reconstruye
igual que la gramática del sol
recorriendo trigales manantiales
de recuerdos y vívidas vivencias
como el aroma inmenso de un pan bueno,
de un alba bendecida por los ojos
perdiéndose en un vivo laberinto
de noches y de espejos y palabras
como si nuevamente se embarcase,
con los oídos prestos y la cera
para otros apartada y vigilante,
hacia el regreso azul y memorioso
de lo que fue mediterráneo origen
y agricultora espada del destino,
y en esa trayectoria silenciosa
de campos y de asfódelos supiese,
y sólo le quedase una batalla,
una batalla más frente al destino,
la cual sólo ganarse puede ausente,
del bullicio alejado y de las fiestas
que la incrédula y soberbia ciudad
celebrará en ausencia de un Olimpo, 
tan solo acompañado del augurio
otorgado por la callada noche,
esa precaria lámpara de aceite
que al sueño y la memoria hace posibles.
Miró, en fin, el hueco enorme que iba 
la noche abandonando en la ciudad
como si al fin hubiera completado
la circunvolución de los destinos
y no pudiese ya más regresar,
no estar de nuevo más que en sueño y canto,
en un dormir que la anticipa toda,
con sus estrellas mudas y su luna 
a veces vespertina y cantarina,
a veces en la lluvia fría envuelta 
que del asfalto y los motores quiere 
huir sin dilación y sin demora,
buscando la perdida primavera
que ya para ese instante sólo es humo
y un vago proceder de oralidades
y flores incendiadas y sin luto,
y esa ciudad abandonada y mustia
para otros ojos otra ciudad fuese,
otra promesa apenas precediendo
a los diluvios y el verano aciago
que otros conocerán de otra manera,
pero él ya no podría saberlo más.
Miró lo que otros miran sin dolor 
porque no saben ya morar lo visto,
tal vez más sabios, tal vez menos necios,
tal vez menos de todo, sólo tal vez.
Porque al mirar lo que miró, no mire 
acaso más que sombras y silencios,
el espejismo de lo material,
tal vez no mire más que vejestorios,
cacharros que costaron la quincena
y no hubo nunca una epopeya digna
o no hubo simplemente Homero alguno
que pudiese cantar siquiera un guiso
o un desayuno. Miró solamente 
ese vacío oscuro, indescifrable, 
como una cama abandonada o nueva,
de lo que simplemente es el olvido,
es el desinterés, toda la nada
que rodea y consume desde siempre 
a todo lo que vive y es materia,
obtuso y demacrado material
por el que muchos, muchos, dan la vida
quedándose sin nada entre las manos.
Miró lo que faltaba por andar, 
lo abierto del sendero ante sus pies,
y recordó la ambivalencia muda
de aquellos capturados por piratas
que, invidentes también, caminarían 
un más breve camino sin saber
cuál de sus pocos pasos sería el último
si no hubo noche ni claudicación 
aunque con él la duda estuvo siempre
como una espada destemplada y fría,
apenas suficiente para el túmulo
con el que había alguna vez soñado,
y en medio de un silencio sin calendas
sus propios pasos no podía ver,
como si en la fidelidad solar 
de todas las clepsidras precedentes
que en agua y en silencio se entregaron
al místico silencio oracular 
de ver partir trirremes nebulares
hacia un destino de silencio y noche,
de sueño inmerecido, como si
no hubiese una promesa legendaria
de un día retornar a esa palabra
y ver al fin las bienaventuranzas,
el río al fin cruzado y el centeno
a punto de emerger de entre los campos
como un callado dios de la esperanza
en grano y en abrazos derramada
pudiese verse el grano germinado,
esa promesa firme del retorno.
Miró el reloj. Sin ver y sin temor, 
miró por fin sus manos, solitarias,
del todo abandonadas a sí mismas,
teniendo dos que son tan sólo una,
en las que solo cabe lo que siempre 
ha cabido: todo el amor del mundo,
tan frágil y precario como un beso, 
como el amanecer de los cerezos
del todo ajenos a la primavera 
que nadie sabe ni por qué llegó
pero calladamente alberga a todo,
y vio la nada a la que siempre supo
le tocaría un día regresar 
sin nada entre las manos diminutas.
Y entendió lo que había que entender:
tenía al fin al mundo y su milagro, 
ardiendo, latiendo en el corazón.
 
29, 30 y 31 de mayo de 2024


José Manuel Recillas (Ciudad de México, 1964) es poeta, ensayista, investi-gador literario independiente, traductor, melómano y videoasta; fue pre-sidente (2016-2023) y fundador de la Academia Mexicana de Poesía (2016). Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Crítico Evodio Escalante 2016 y la mención honorífica del X Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2015-2016, convocado por la UAEM. En 2016 fue finalista del Pre-mio Internacional de Poesía Luis Alberto Ambroggio de Florida por su li-bro Canción de amor y muerte y despedida de Lillian van den Broeck. En 2020 fue finalista del Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez de Coral Gables por su libro De sombra y olvido. Ha publicado los libros de poemas De sombra y olvido (2022), Atrévete a mirar, tú, que no quieres (2016), Mahler (2015), El sueño del alquimista (2015, 1998), Sidereus nun-cius (2009), Entre el sol amarillo del escombro (2003) y La ventana y el balcón (1992), y los de ensayo, El irresistible esplendor de lo inútil. Genio como destino en la música culta europea (Bonilla Artigas Ediciones, 2026), Retrato de ciudad con sinfonía. Palabra, silencio y caída (Instituto Sina-loense de Cultura, 2018), Catábasis y Theia manía (Municipio de Durango /La Otra, 2016), y Aproximaciones al expresionismo (2004).

Conversación desde India

El azar de los hechos en ImagenTv

El azar de los hechos en Canal 11 Tv

Las teorías sobre arte son al arte
lo que un gato disecado al movimiento de un felino
Cosme Álvarez

Invitación

Los textos y las fotografías que aparecen en La Guarida están protegidos por la ley y no deben ser
reproducidos sin autorización previa del administrador de la página, o del titular de los copyright,
por lo que se sugiere que toda vez que se cite o se utilice alguna de las entradas se nos informe por
Primera época ≈ 1999 a 2007 ≈ Volumen 1. Números 1 al 5
Segunda época ≈ 2008 a junio de 2016 ≈ Volumen 2. Números 6 al 10
Tercera época ≈ 1 de julio de 2016 a 1 de julio de 2017 ≈ Volumen 3. Números 11 al 17