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sábado, 9 de noviembre de 2024

Apuntes sobre la nueva versión cinematográfica de «Pedro Páramo»

por Cosme Álvarez


cartel oficial de © Netflix
El cine no es literatura. Las posibilidades artísticas de la imagen cinematográfica y del relato literario corresponden a formas de expresión que en sus respectivas diferencias se complementan, pero no se entreveran, como sucede con el baile y la danza, el cine y la poesía, y, de manera más sutil, el teatro y la escultura. Lo que vemos en la pan-talla es cine, no literatura, y desde esa claridad surge la crítica.

La más reciente versión cinematográfica de Pedro Páramo quizá debió llamarse Fulgor Sedano. El actor Hector Kotsifakis construye un personaje oscuro, potente, complejo, mucho más interesan-te que el propio Pedro Páramo, al grado de que Fulgor Sedano se convierte en la figura mejor lo-grada de la película. El Piporro nunca había tenido un mejor heredero en el cine nacional.

También debo señalar la gran actuación de Noe Hernandez, quien representa espléndidamente la figura no menos oscura y esencial de Abundio Martínez. Susana San Juan no es la Susana del libro, pero Ilse Salas crea un personaje etéreo, hasta cierto punto fantasmal, que le queda bien a la San Juan de la película. Son meritorias las actuaciones de Roberto Gonzalo Sosa (padre Rentería) y Giovanna Zacarías (Dorotea).

La historia de Juan Preciado está mal contada y mal resuelta, el problema no es la actuación de Tenoch Huerta sino el guion, la pobreza y rapidez con que el guion pierde la voz del narrador y vuelve ambigua la propia historia de Preciado.

La película va a arruinar la lectura del libro a más de uno. De las versiones existentes, la de 2024 es la única que (casi) comete el error de revelar el secreto central de la novela de Juan Rulfo. El cine no es literatura, y todo intento de adaptación está destinado al fracaso. Rodrigo Prieto conoce el lenguaje del fotograma, pero no el poder de la palabra. Espero que tras este nuevo descalabro ya dejen en paz el libro.

Coyoacán, 9 de noviembre de 2024

viernes, 25 de mayo de 2018

«Mi aspiración, absurdamente grande, era hacer poesía» Cosme Álvarez

Poeta, narrador, editor y traductor
Premio Nacional de Literatura «Gilberto Owen»


Cosme Álvarez (1964)
Colaborador en Unomásuno, Sábado, La Talacha, Tierra Adentro, Revista de la Biblioteca de México, Blanco Móvil y Acequias, entre otras publicaciones. Fundó y dirigió dos revistas de arte y literatura: Revólver (1990) y Astillero (2000). Dirige la revista electrónica La Guarida. Literatura de Hispanoamérica, India y España. Fue Coordinador de Difusión Cultural, Publicaciones y Extensión Universitaria de la Universidad Autónoma Indígena de México (UAIM), Mochicahui, Sinaloa (2008-2009) y Coordinador de pro-yectos en la editorial Espejo de Obsidiana (2001-2002). A partir de 2019 su contacto con India es permanente.



por Eduardo Cerecedo

Buena mañana, Cosme Álvarez. Este cuestionario forma parte de una serie de entrevistas que realizo para La Jiribilla, Suplemento cultural del diario Gráfico de Xalapa. Los temas del cuestionario son el quehacer del escritor, su manera de ser, su forma de actuar, de ver a su alrededor; ese mundo cotidiano que para los lectores será descubrir el entorno de los autores, así como apreciar la literatura desde  el pulso de quien escribe.

¿Por qué la narrativa y la poesía son tu base de expresión sobre los otros géneros literarios?
C.Á.: La escritura después de las vanguardias descubrió que probablemente no existen los géneros literarios. ¿La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, es una novela, o es un largo poema en prosa? William Faulkner y D.H. Lawrence son dos grandes poetas que escribieron novelas, y Henry David Thoreau fue uno de los gran-des poetas del siglo XIX, sin embargo, apenas si escribió un puñado de poemas. Un ejemplo contemporáneo: Borges es poeta, narrador, ensayista, sí, pero también es un género literario en sí mismo.

¿Cómo es que llegas a la poesía y a la narrativa?
C.Á.: Jamás me propuse escribir poemas; mi aspiración, absurdamente grande, era hacer poesía, a través de la música, de la pintura, de la narrativa y, sobre todo, de la convivencia con los demás. La palabra poesía, como sabes, significa «acto creador». Los poemas sólo fueron escribiéndose a lo largo de los años. Mi esperanza adolescente fue ser músico, componer sinfonías, sonatas. Tampoco me propuse, conscientemente, ser escritor. Nunca he querido ser nada —de niño quería ser un montón de cosas, astronauta, jugar fútbol como Pelé, pero es distinto—. Llegué a la poesía… no tengo la menor idea cómo. Me confunde un poco esa pregunta, es como si me preguntaran cómo llegué al alimento, o al aire que respiro. Caray, suena pretencioso, pero soy sincero al decir que no sé nada en relación con cómo se llega a ser escritor. Ni siquiera sé si se llega, es como preguntarle a un árbol entre árboles cómo se llega a ser bosque. Tal vez todo esto suene abstracto, pero es el único sendero a seguir si vamos a usar palabras. Escribir poemas exige, además de talento, aprender reglas de composición, y comprender la tradición a la que pertenece la lengua que hablas, entre otras cosas. La novela y el cuento tienen ciertas reglas, es cierto, pero el novelista no las sigue, las inventa. Me refiero a los artistas, no a los simples literatos. La narrativa se me dio de una manera mucho más natural. Soy, como mis antepasados yoremes —indígenas del noroeste de Sinaloa—, un hablante. Siempre me ha gustado contar, narrar, hacer visibles no los hechos, sino lo que habita detrás de esos hechos. Es la misma corriente que fluye en las letras de las canciones que escribo.

¿Cómo surge el poema, cómo lo trabajas, cuándo sabes que ya está terminado? 
C.Á.: El poema surge de la percepción completa de un instante. Podría decirse que ya está ahí (el poema), pero tú no lo sabes, eres un expedicionario que va tras la huella. Eso es todo. Es un misterio, al menos para mí. A veces un verso llega por sí solo. Me ha ocurrido un par de veces: «Nada nos lloverá salvo silencio, agua rauda que ensordece los sentidos» (*). ¿Y ahora qué diablos hago con eso? Debido al impulso del verso, a su fuerza latente, me detengo a escucharlo. El primer hemistiquio es un endecasílabo, pero el segundo, de doce sílabas, me revela el ritmo, la respiración del propio poema. Con esto no trato de explicar la creación artística, eso es imposible, sino una forma de composición. El Canto Uno, de Vivo sueño —que es el que he citado—, es de largo aliento, pero hay poemas de cinco, o diez versos, que empezaron por el final: «Los labios de la luz besan sus bocas», me dije una noche mientras una muchacha y un muchacho amorosamente se besaban en el parque, y es el último verso del poema «Los amantes» (1989). O «Trazas mi cuerpo / sobre el asfalto», del poema «Sombra» (1985). Nunca me exijo más de lo que puedo darle al poema, o a una canción, o a una novela. Uno sabe que la perfección no existe, o que nos está vedada, pero uno está obligado a buscarla en lo que escribe, por respeto al impulso creador que nos puso en ese camino. Lo hago, busco la perfección inalcanzable, no me esfuerzo, sé de antemano que tengo un límite, pero no me detengo hasta topar con ese límite. Tampoco estoy seguro de que sea una trayectoria que les sirva a los demás. Puedes imitar a muchos artistas, pero nunca podrás robarles el alma. El filósofo de Ahome dijo: «Cada quien es cada cual, y cada uno con su respectiva cadaunada». Yo nunca sé cuándo voy a terminar un poema, es el propio poema el que me dice: «Ya, no tienes nada más que hacer aquí». Y me voy, no lo termino (eso implicaría un proceso deliberado), lo abandono. El poema es la vara vertical de un cerillo, el lector es la superficie sobre la que se frota el fósforo. La poesía sería, tal vez, la llama en el cerillo. Es una manera torpe de explicar lo que no tiene explicación.
 (*) Vivo sueño. Ediciones sin nombre, 2007. Primer verso del Canto Uno.

¿A qué hora del día escribes, lo haces en ayunas?
C.Á.: Otra vez me enfrentas con un problema al hacer una pregunta así. Es como si me preguntaras a qué hora del día beso a mi mujer o a mis hijos, a qué hora siento afecto por la gente que quiero. La respuesta sincera es: cuando el impulso de hacerlo es real en mí. No tengo un itinerario ni una disciplina para amar, tampoco la tengo para escribir. La claridad puede llegar a cualquier hora; para eso es necesario dejar abierta la ventana todo el tiempo, todo el día, toda la vida. Es ella (la claridad, la escritura) la que decide cuándo entrar; soy yo quien debe estar atento.

¿Con qué otras artes se siente más cercana tu obra?
C.Á.: No sólo mi obra sino mi vida entera. El arte para mí es un maelstrom, un tornado, un orden y una corriente de totalidad que abarca la vida, que contiene y atraviesa toda experiencia. Así como no diferencio géneros, no diferencio las fuerzas inasibles de donde surge el arte. Arte, como sabemos, significa «orden», «poner en orden», «percibir orden». En todo arte verdadero hay ese orden. La vida en una novela es mucho más comprensible para el lector que su propia vida, esto es fácil de entender. Mi trabajo como escritor no está desligado de la vida, la poesía está vinculada con las novelas o con los cuentos que escribo, y mis canciones, las pinturas, o incluso los ensayos también están ligados entre sí. Hay algo que quiere manifestarse, hacerse visible, y elige el vehículo para salir al exterior.

¿Dirías que ese orden ocurre fuera del arte, que todo está relacionado entre sí?
C.Á.: Tomemos de nuevo el ejemplo del árbol —es el ser vivo que más admiro en la naturaleza—. Obsérvalo, dale toda tu atención, ¿las hojas están separadas de la rama?, ¿la rama del follaje?, ¿el fruto está desprendido del tronco cuando cae a la tierra?, ¿las aves, el viento, el agua, la tierra misma, la luz del sol, no están relacionados con el árbol, no son también el árbol? Nos han hecho pensar en términos de separación, de fragmentación, pero uno puede darse cuenta por sí mismo de que en la vida no hay nada que esté separado, que existimos en cooperación, en un orden, o en un arte supremo que no tiene significación dentro del desorden con que el hombre ha formulado la existencia, el desorden con el que convive, el desorden que genera en sus relaciones, el supremo desorden y la crueldad que implica la manera en que se educa; la educación se ha convertido en otra forma de sometimiento. Hoy educar significa adoctrinar a la gente desde la infancia, una sumisión que impone no aprender a pensar por uno mismo; nos educan para la competencia y no en la cooperación, nos convierten en obreros para las fábricas, no somos educados para la convivencia, ni para comprender el mundo, sino para que el hombre subsista, lejos de sí mismo, en un mundo que aguarda a que llegues a la vida adulta para devorarte.

¿Qué bebidas son tus preferidas?
C.Á.: Henry Miller me enseñó a emborracharme con agua. Es posible hacerlo. Te recomiendo que lo hagas un día. Bebo mucho agua, litros de agua, así que vivo en esa borrachera singular todos los días. También bebo café, sobre todo cuando leo y escribo. A veces bebo cerveza, vino tinto, tequila, whiskey, pero soy un mal bebedor, bastan dos cervezas, o dos copas para emborracharme. Esa clase de borrachera es absurda para mí, me quita lucidez, así que prefiero seguir con mis grandes borracheras de agua, y unas cuantas tazas de café cada día. Li Po no me enseñó a beber, sino a brindar por la belleza de este mundo.

¿Tienes una disciplina al escribir?
C.Á.: Disciplina significa, aunque muchos no lo saben: aprender. De ahí viene la palabra discípulo. De manera que sí, tengo la disciplina de aprender mi oficio todos los días, cada vez que la claridad entra por la ventana. Para mí nunca es la misma claridad, siempre llega con cualidades nuevas, y voy tras la huella de esas cualidades; mi tarea es ponerme a la altura de lo que ese día o esa noche está enseñándome. Soy, creo, un discípulo muy atento.

Háblanos de la narrativa, ¿por qué decides escribir cuentos y novelas?
C.Á.: Yo no decido nada. Nuevamente formulo esta idea lo más sinceramente posible. Hay percepciones, un entendimiento que sólo puede ser expresado en un poema, pero también hay entendimientos y percepciones que sólo pueden ser dichos por medio de una novela o de un cuento. Héctor Manjarrez es uno de los pocos escritores mexicanos que entienden lo que significa esto. En ese aspecto, Daniel Sada habría saltado más lejos que todos nosotros de no haber partido prematuramente. Si tienes la capacidad de comprimir el carbón lo suficiente como para que el diamante aparezca en unas cuantas páginas, el vehículo es el cuento, pero si la roca es más densa, si se requieren trazos y golpes más largos, la novela se convierte en el medio de expresión. Uno debe estar atento a lo que quiere expresarse por medio de nuestras facultades artísticas. Hay escritores como Octavio Paz o T.S. Eliot que jamás pudieron escribir una novela, y Juan Carlos Onetti o Knut Hamsun jamás pudieron componer un poema. Ninguno de ellos necesitó otro medio de expresión que aquel que les fue concedido. Juan Rulfo es el gran poeta mexicano, aunque no escribió poemas.

Cita a siete autores que te hayan formado como poeta.
C.Á.: Todo me influye, en la medida en que todo lo existente fluye dentro de mí. Muchos de esos autores no son poetas en el término tradicional; su quehacer es poesía, sin duda, pero no se ocuparon de escribir poemas. Lao Zi. El Tao Te Ching es uno de los libros más extraños, misteriosos y colmados de inteligencia que se han escrito desde que el hombre existe. Es una fuente, y su agua es purificadora. Herman Melville. La poesía en Moby Dick me dijo y me enseñó mucho más que cualquier poema de Jaime Sabines. Melville era un poeta, Sabines escribía poemas. La poesía para mí es un estado del ser, algo que se encuentra íntimamente relacionado con la vida. Bob Dylan me enseñó muchas cosas sobre la poesía y acerca del vivir. Lo mismo me pasó con Henry Miller. Voy a mencionar a tres poetas, para no soslayar tu pregunta. Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. El libro del buen amor es perfecto en todos los sentidos. Hölderlin, particularmente El archipiélago. Xavier Villaurrutia. Su poema Nocturno mar fue tan sacudidor para mí como cuando vi el mar por primera vez.

Los autores mexicanos, ¿de qué forma te ayudaron a vislumbrar la poesía? 
C.Á.: Los dos libros de Juan Rulfo me enseñaron lo que es o puede ser la poesía. Villaurrutia me enseñó como se escribe esa poesía. Octavio Paz me jaló las orejas, señalándome que en el castellano existe una tradición y que no puede desecharse, por más libre y moderno que se sienta uno en la juventud. Por último, la amistad del poeta Sergio Negrete.

¿Qué proyectos personales te han dejado más satisfecho?
C.Á.: Dejar la escuela. Me quitaba tiempo para estudiar, para aprender. Fundar y dirigir las revistas de arte y literatura Revólver (1990) y Astillero (2000). Grabar 25 de mis canciones en dos discos más o menos meritorios. Aprender la lengua de mis antepasados yoremes y traducir al castellano los cantos que acompañan la Danza del venado.

¿Qué libros estás leyendo actualmente?
C.Á.: Las cartas que escribió Rimbaud en Abisinia. Todo lo demás son relecturas.

Cita cinco músicos por lo trascendente de su obra.
C.Á.: Por su trascendencia en mi vida: Beethoven, Bach, Mozart, Mahler, Scriabin.

¿Cómo ves la poesía actualmente escrita en Sinaloa?
C.Á.: En general, autocomplaciente. En eso es igual a casi todo el trabajo poético de cualquier otra parte del país. Se escriben muchos poemas, pero apenas si hay poetas en todo México. Sé de cuatro escritores de poemas nacidos en Sinaloa cuya obra me interesa.

¿Qué recomiendas leer de la poesía joven de tu estado?
C.Á.: No la conozco, de manera que mi respuesta podría ser injusta. Los «jóvenes» que he leído tienen casi cuarenta años. Pienso que Óscar Paúl Castro y Leonel Rodríguez van a decirnos cosas importantes. El único poeta joven de Sinaloa hasta ahora es Gilberto Owen. 

¿Cómo ves la cuestión política en México?
C.Á.: No hablo de política, y de cualquier modo no diría nada que tú o el resto de los mexicanos no sepa o no sienta en relación con ese tema.

¿Crees en la política?
C.Á.: No creo en ninguna actividad que disminuya la inteligencia del hombre. La política durante siglos ha perpetuado una forma errónea de vivir.

Cita a cinco autores importantes de tu generación, por supuesto en México.
C.Á.: No voy a hacerlo. Tendría que dejar fuera a los otros cinco.

¿Qué pintores son importantes para ti?
C.Á.: El Bosco, Rembrandt, Caravaggio, Van Gogh, Picasso, Modigliani, Francisco Toledo… La lista sería muy larga. Actualmente admiro a dos pintores de Sinaloa: Varezal y Jorge Robles.

¿Cómo defines los premios literarios?
C.Á.: Sólo tienen alguna significación cuando los escritores celebran con un premio las obras de otros escritores. Los premios que da el Estado sólo sirven para que uno salga de las deudas que el propio Estado genera con su desinterés por el arte.

25 de mayo de 2018

Libros publicados y antologías (1988-2019)
2017 Una fiera lentísima. Muestra de poesía sinaloense. Ex Libris. Instituto Sinaloense de Cultura
2013 Alquimia de la tierra. Antología poética. Universidad de Huelva-Ediciones del Lirio. España. Incluye poemas de T.S. Eliot, Rabindranath Tagore, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, W.H. Auden, Octavio Paz, Primo Levi, Sakutaro Jagiwara, Anatoli Astáfiev y Cosme Álvarez, entre otros
2008 15 Balas. Antología de poesía mexicana actual (1ª edición, Fundación Juan Ramón Jiménez. Andalucía, España)
1999 La bamba cultural. Anuario del Instituto Mexicano de Cultura en Chicago. Incluye textos de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Alberto Ruy Sánchez y Cosme Álvarez, entre otros
1988 Taller y Tierra Nueva. Libro colectivo. Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); incluye textos de Octavio Paz, Alí Chumacero, Leopoldo Zea, Roberto Vallarino y Cosme Álvarez, entre otros

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sábado, 1 de julio de 2017

Meditaciones

Por Henry David Thoreau 
(escritor de Concord, Massachusetts)

[Versión de Cosme Álvarez]





Henry David Thoreau. 12 de julio, 1817-6 de mayo, 1862
Creo que existe una relación íntima entre la vida exterior y la vida interior; creo que si alguien lograse superar su vida, el mundo seguiría ignorándolo; creo que diferencia y dis-tancia se identifican.

Ansiar una verdadera vida es como emprender la marcha hacia un país lejano y verse gradualmente rodeado de pai-sajes desconocidos y gente nueva.

Comprendo que en tanto esté ceñido a mi pasado estoy muy lejos de vivir una vida mejor y más bella, en su sen-tido pleno.

El mundo externo es lo inverso de lo que está dentro de nosotros.

Las tradiciones no ocultan a los hombres, por el contrario, los muestran sin apariencias y como en verdad son. En rea-lidad las tradiciones forman su vestimenta. Me importa poco el absurdo razonamiento al que recurren quienes si-guen fieles a las tradiciones. Las sucesos no son rígidos, ni irreductibles como nuestros actos.

¡Cuántas veces nos expresamos con ambigüedad, como si una existencia eterna pudiera encajarse o erigirse en nues-tra vida presente a modo de fundamento conveniente! Para transformar nuestra vida debiéramos demoler la anterior, descartar todo el calor de nuestros afectos; quizá sea imposible.

El mirlo construye su morada sobre el huevo del cuclillo [ave cuya hembra pone huevos en los nidos de otras aves para que alimenten y cuiden a sus crías], y allí incuba sus huevos; pero la separación es leve y empolla también el ajeno. El cuclillo lo aventaja en un día y, al nacer su cría, expulsa a los pichones del mirlo. No hay otra solución entonces: destruir el huevo del cuclillo o construir un nido nuevo.

El cambio es siempre cambio. Ninguna vida nueva ocupa cuerpos viejos. Los cuerpos viejos se pudren. La vida es lo que nace, crece y florece. Los hombres patéticamente intentan reanimar lo antiguo, y por eso lo toleran y lo so-portan. ¿Por qué limitarnos a embalsamar? ¡Abandonemos ya el bálsamo y la mortaja, y vayamos en busca de un cuerpo naciente! En las antiguas tumbas de Egipto podemos comprobar el resultado de tal experiencia. No igno-ramos su fin.

Cabaña de Thoreau en Walden Pond
Creo en la simplicidad. Es triste y asombroso ver cómo hasta el hombre más sabio emplea sus días en asuntos triviales, cre-yéndose obligado a relegar a último término cuestiones más importantes. Si un matemático desea resolver un problema di-fícil, comienza por despojar a la ecuación de toda dificultad, reduciéndola a su más simple expresión. Simplifiquemos el problema de la existencia, distingamos lo necesario de lo real.

Exploremos la tierra para ver dónde corren nuestras raíces ori-ginarias. Yo quisiera basarme siempre en los hechos. ¿Por qué no ver, por qué no servirnos siempre de nuestros propios ojos? ¿O es que los hombres no saben ni conocen nada?

Sé de muchas personas —difíciles de ser engañadas en asun-tos comunes, muy recelosas de una mala jugada— que me-suradamente disponen de su dinero y saben como gastarlo, que gozan fama de cautos y listos, y que, sin embargo, con-sienten en pasar gran parte de su existencia como cajeros entre las cuatro paredes de un banco, hombres que hoy brillan po-co, para enmohecerse mañana y finalmente desaparecer. Si son realmente capaces, ¿por qué hacen lo que están haciendo? ¿Saben bien lo que es el pan y para qué sirve? ¿Tienen noción del valor y del significado de la vida? Porque si supieran algo, ¡qué pronto olvidarían lo que ahora les interesa!

Esta vida, nuestra vida respetable de todos los días, tras de la cual firmemente se apuntala el hombre de buen sen-tido, el inglés del mundo civilizado, y sobre la que reposan todas nuestras instituciones insignes, no deja de ser una ilusión que se desvanece como la trama entera de una visión fugaz. En cambio, el más leve resplandor de realidad que suele iluminar días oscuros para todos los hombres, nos revela algo más consistente y perdurable que el bronce fundido, algo que es en verdad la piedra angular del mundo.

El ser humano es incapaz de concebir un estado de cosas que no sea realizable. ¿Podemos consultar honestamente a nuestra conciencia y afirmar que es así? ¿Qué hechos invocamos al afirmar que nuestros sueños son prematuros? ¿Has oído hablar alguna vez de un hombre que consecuentemente haya luchado durante toda su vida por una fi-nalidad, y que en cierta medida no la lograra? Un hombre en estado de continua ansiedad, ¿no se siente ya elevado en virtud de ella? ¿Quién que haya puesto en práctica la menor acción de heroísmo, de altruismo, o tendido hacia la verdad y sinceridad, no encontró cierta ventaja, algo más que no fuera perder el tiempo? Es natural no espe-rar que nuestro paraíso sea un jardín. Ignoramos lo que pedimos. Observemos la literatura. ¡Qué bellos pensa-mientos ha concebido cada uno de nosotros, y qué poco bellos pensamientos han sido expresados! Sin embargo, no hay ningún sueño, por más sutil o ligero que sea, que el simple talento —favorecido por cierta resolución y constancia, después de mil fracasos— no logre fijar y grabar en palabras distintas y duraderas. Nuestros sueños son los hechos más positivos que conocemos. Pero ahora no hablamos de sueños. Lo que puede expresarse con palabras, puede expresarlo igualmente nuestra vida.

Henry David Thoreau
Mi vida actual es un hecho del que no debo congra-tularme, pero respeto mi fe y mis aspiraciones. De ellas hablo ahora. Nuestro estado es demasiado sim-ple para describirlo. No he prestado juramento algu-no. No he trazado ningún plan para la sociedad, la Naturaleza, o Dios. Soy simplemente lo que soy, o, mejor dicho, comienzo a serlo.

Vivo en el presente. El pasado no es en mí sino un recuerdo, y el porvenir una anticipación. Amo vivir. Prefiero una reforma antes que un programa. No puede hacerse historia de cómo el mal se ha vuelto lo mejor. Creo —y nada existe al margen de mi creen-cia. Sé que yo soy. Sé que otro existe, que sabe más que yo, que se interesa por mí, del que soy su cria-tura, y, en cierto modo, también progenitor. Sé que la tarea vale la pena, que las cosas van bien. No he re-cibido ninguna noticia contraria.

En cuanto a las posiciones, las combinaciones, los detalles, ¿qué pueden significar? Si contemplamos el firmamento, cuando el tiempo es claro ¿qué percibi-mos sino el cielo y el sol?

¿Quieres convencer a un hombre de que hace mal? Haz el bien. Pero es inútil convencerlo con palabras. Los hombres creen en lo que ven. Procura que vean.

Prosigue tu vida, obstínate en vivirla, y como un perro en torno del coche de su amo, gira en torno a tu propia vida. Realiza aquello que más amas. Para que conozcas bien tu hueso róelo, entiérralo, y desentiérralo para roerlo aún más.

No es preciso demasiada moral. Sería endeudarte a ti mismo con un exceso de vida. Marcha más allá de la mora-lidad. No te contentes con ser bueno, hay que serlo a toda costa. Todas las fábulas encierran una moral, pero, los inocentes que escuchan, sobre todo hallan placer en la historia que se narra.

Nada se interpone entre tú y la luz. Respeta a los hombres, respeta a tus hermanos, y nada más. Cuando empren-das viaje a la Ciudad Celeste no lleves carta de recomendación. Cuando llames, pide ver a Dios, nunca a los lacayos. En esto, que es lo que más te atañe, no se te ocurra pensar que tienes camaradas. Haz de cuenta que estás solo en el mundo.

Thoreau [Segunda parte]

Por Ralph Waldo Emerson
(escritor norteamericano)


(Versión de Cosme Álvarez)





No ha existido un norteamericano más auténtico que Thoreau. La predilección que tenía por su país y por su condición era genuina, y su aversión a las costum-bres y los gustos ingleses, y europeos en general, raya-ba en el desprecio. Oía con impaciencia las noticias y las frases ingeniosas recogidas en los salones londinen-ses, y si bien procuraba ser correcto, esas anécdotas le resultaban fastidiosas. Los hombres se imitaban unos a otros, a través de un molde pequeño. ¿Por qué no pueden vivir lo más separado posible, y ser cada cual un hombre solo? Lo que él buscaba era la naturaleza más resuelta; deseaba ir a Oregon, no a Londres. «En todos los rincones de Gran Bretaña —escribió en su diario— se advierten rasgos de los romanos, sus urnas funerarias, sus campamentos, sus carreteras, sus casas. Al menos la Nueva Inglaterra no está edificada sobre ninguna ruina romana. No tenemos que colocar los cimientos de nuestros hogares sobre las cenizas de una civilización anterior.»

Idealista como era, declarado a favor de la abolición de la esclavitud, de la abolición de las tarifas, de la casi abolición del gobierno, sobra decir que no sólo se en-contraba sin representación en la política de su tiem-po, sino que, además, era casi igualmente antagónico a toda clase de reformadores. Sin embargo, pagó el tributo de respeto invariable al Partido Antiesclavista. Hubo un hombre, con quien había entablado amistad personal, al que honró con excepcional consideración; antes de que nadie pronunciase la primera palabra amistosa en apoyo al capitán John Brown, Thoreau corrió la voz, por casi todas las casas de Concord, de que cierto domingo por la tarde hablaría en una sala pública sobre la posición y el carácter de John Brown, y que invitaba a todo el pueblo a es-cucharlo. El Comité Republicano, el Comité Abolicionista, le hizo saber que su discurso sería prematuro e impro-cedente. Él respondió: «No me comuniqué con ustedes para pedirles consejo, sino para anunciarles que voy a ha-blar.» La sala, desde hora temprana, se vio atestada de representantes de todos los partidos, y la espinosa apología del héroe fue escuchada respetuosamente por todos, muchos de ellos con una simpatía que incluso llegó a sorprenderles.

Se dice que Plotino estaba avergonzado de su cuerpo, y es muy probable que tuviera razón, que su cuerpo fuese un mal servidor, e incompetente para el trato con el mundo material, lo que a menudo ocurre con los hom-bres de intelecto abstracto. Pero el señor Thoreau esta-ba dotado de un cuerpo sumamente útil y bien adapta-do. Era de corta estatura, complexión robusta, tez blan-ca, con expresivos ojos azules de mirada fuerte y aspecto grave. Durante sus últimos años llevó el rostro adorna-do con una barba que le favorecía. Sus sentidos eran agudos, su figura recia y bien proporcionada, manos fuertes, y diestras en el manejo de herramienta. Y poseía una notable habilidad de cuerpo y mente. Podía medir a pasos ochenta metros con mayor exactitud que cual-quier hombre ayudado por una barra y una cadena. De noche, en el bosque —decía—, hallaba el camino más con los pies que con los ojos. Era capaz de calcular muy bien con la mirada el tamaño de un árbol; sabía precisar el peso de un ternero o de un cerdo como un mercader. De una caja que contenía treinta y cinco piezas o más de lápices, podía tomar rápidamente con las manos una docena exacta en cada intento. Era buen nadador, co-rredor, patinador, botero y probablemente dejaba atrás a la mayoría de los campesinos en una caminata de un día. Y la relación entre su cuerpo y su mente era aún más fina de lo que hemos indicado. Decía querer cada paso que daban sus piernas. La extensión de sus paseos determinó invariablemente la extensión de sus escritos. Encerrado en casa, no escribía una sola palabra.

Tenía un recio sentido común, como el que Rosa Flammock, la hija del tejedor en la novela de [Walter] Scott, elo-gia en su padre, y que se asemejaba a una vara de medir que lo mismo medía tela y damasco, que tapices y paño de oro. Brindaba siempre un nuevo recurso. Mientras yo sembraba árboles en el bosque, tras haber conseguido un saco de avellanas, me dijo que sólo una reducida porción de ellas estaría sana, y procedió a examinarlas para selec-cionar las buenas. Pero al ver que de esa manera perdía mucho tiempo, dijo: «Creo que si se ponen todas en agua, las buenas se hundirán», y probamos el experimento exitosamente. Sabía proyectar un jardín, una casa o un gra-nero, y hubiera sido competente como jefe de una «Expedición exploradora del Pacífico»; sabía dar consejos prudentes en lo más graves asuntos públicos o privados.

Vivía al día, sin estorbo o mortificación de recuerdo al-guno. Si ayer a uno le había llevado una nueva propues-ta, hoy le traería otra no menos revolucionaria. Hombre muy hacendoso, que, como toda persona altamente or-ganizada, concedía un gran valor a su tiempo, parecía el único hombre en todo el pueblo con tiempo libre, siem-pre dispuesto a llevar a cabo una excursión que pareciese interesante, o una conversación que pudiera prolongarse por largas horas. Su agudo sentido común nunca se vio frenado por sus reglas de prudencia cotidiana, sino que siempre estaba a la altura de la nueva situación. Prefería y acostumbraba la comida más sencilla; sin embargo, cuando alguien proponía una dieta vegetariana, Tho-reau decía que todas las dietas le parecían asunto de muy poca importancia y agregaba que «el hombre que caza búfalos vive mejor que el pensionista de la Casa Gra-ham». Dijo: «Puedes dormir cerca del ferrocarril sin que te moleste, la naturaleza sabe distinguir muy bien cuáles son los sonidos dignos de escucharse, y ha decidi-do no oír el silbato de la locomotora. Las cosas respetan una mente devota, y jamás ha sido interrumpido un éx-tasis mental». Se dio cuenta de algo que a menudo se re-petía: cuando recibía una planta rara, enviada desde un lugar lejano, poco después daba con ella en sus propios lares. Y tenía esos golpes de suerte que sólo le suceden a los buenos jugadores. Un día, de paseo con un fuereño que le preguntó dónde podrían hallar puntas de flecha indias, respondió: «En cualquier parte», en seguida se inclinó, y en ese mismo instante recogió una del suelo. En el monte Washington, en la Barranca de Tuckerman, Thoreau sufrió una caída peligrosa y se luxó un pie. Al momento de incorporarse, descubrió por primera vez las hojas del Arnica mollis.

Su firme sentido común, y el estar dotado de manos fuertes, percepciones agudas y férrea voluntad no son, sin em-bargo, suficientes para explicar la superioridad que irradió en su vida sencilla y apartada. Debo añadir el hecho esencial de que poseía una comprensión extraordinaria, propia de una rara casta de hombres, que le mostró el mundo material como un medio y un símbolo. Este don que, a veces, derrama sobre los poetas una luz casual e in-terrumpida, y sirve como ornato de sus obras, era en él una percepción insomne, una visión celestial que no des-obedecía, a pesar de cualquier defecto o escollo de temperamento que pudieran nublarla. En su juventud, un día dijo: «El otro mundo es todo mi arte; mis lápices no dibujarán otra cosa; mi navaja no tallará otra cosa; no lo em-pleo como un medio.» Esto era la musa y el genio que dominaba sus opiniones, conversaciones, estudios, trabajos y el curso de su vida. Esto lo convertía en un eficaz escrutador de los hombres. A primera vista medía a su com-pañero y, aunque insensible a algunos finos rasgos de cultura, sabía calcular con gran exactitud su peso y su calibre. Esto producía la impresión de genio que en ocasiones daba su conversación.

Con una sola mirada entendía cualquier asunto en cues-tión, y veía las limitaciones y la pobreza de sus interlocuto-res, de manera que nada parecía estar oculto a esos terribles ojos. Frecuentemente conocía a jóvenes de sensibilidad que en un momento se convencían de que aquel era el hombre que buscaban, el hombre de hombres, que sabría indicarles todo lo que debían hacer. El trato que Thoreau daba a sus seguidores nunca fue afectuoso, sino siempre altivo, didác-tico, despreciativo de sus costumbres mezquinas, conce-diéndoles muy lentamente, o quizá nunca, la promesa de su compañía en sus casas, o incluso en la propia. ¿No se dignaría pasear con ellos? No lo sabía. No existía nada tan importante para él como su paseo; no tenía paseos de sobra que pudiera desperdiciar en compañía de otros. Personas respetables sugerían hacerle visitas, pero él las declinaba. Sus admiradores ofrecían llevarlo con gastos pagados al río Yellowstone, a las Antillas Occidentales, a Sudamérica. Sin embargo, no podía haber nada más formal y ecuánime que sus negativas; recuerdan, en circunstancias totalmente dife-rentes, la respuesta del engreído Brummel al caballero que le brindó su carruaje en medio de un aguacero: «¿En qué viajará usted, entonces?» Y, ¡qué acusadores silencios, qué disertaciones —penetrantes e irresistibles, que derriba-ban todas las defensas— perduran en el recuerdo de sus compañeros!

El señor Thoreau consagró su genio con tan completo amor a los campos, montes y aguas de su pueblo natal, que los hizo famosos e interesantes para todos los lectores norteamericanos, y para muchas personas más allá del mar. El río en cuya ribera nació y murió le era conocido desde su inicio hasta su confluencia con el Merrimack. Ahí realizó observaciones durante muchos años y a todas horas del día y de la noche, en verano y en invierno. En sus experi-mentos privados, él había obtenido varios años antes el resultado del reciente estudio llevado a cabo por los Co-misarios de Aguas elegidos por el Estado de Massachusetts. Todo cuanto sucede en el lecho, en las orillas y en la atmósfera sobre el río; los peces, su desove y sus nidos, sus costumbres, su alimentación; los insectos alados que una vez al año invaden el aire al atardecer y son devorados por los peces con tal avidez que muchos de ellos mueren de indigestión; los montones cónicos de pequeñas piedras en los bancos de arena, los enormes nidos de pececillos, que a veces no caben en una carreta; los pájaros que frecuentan el río, la garza, el pato, la tadorna, el colimbo, el águila blanca; la culebra, la rata almizcleña, la nutria, la marmota y el zorro en las orillas; la tortuga, la rana, la rubeta y el grillo que llenan de voces las riberas; todos eran sus conocidos y, como quien dice, sus paisanos y semejantes, de modo que le parecía absurda o violenta la narración que se limitara a uno solo de ellos, por separado, y más aún si se pretendía reducirlo a una medida en pulgadas, a una muestra de esqueleto, o a ejemplar de ardilla o pájaro en al-cohol. Le gustaba hablar de las costumbres del río, como si fuese un ser vivo, pero con exactitud, y siempre con re-ferencia a un hecho observado. Como conocía el río, conocía las lagunas de esta región.

Thoreau
Una de las armas que esgrimía —para él más importante que el microscopio o el receptor de alcohol para otros in-vestigadores—, fue un capricho que arraigó en él por su condescendencia y que, sin embargo, aparecía incluso en su más serias afirmaciones: la costumbre de exaltar tanto a su pueblo como a su región como el centro más privile-giado para la observación de la naturaleza. Explicó que la flora de Massachusetts comprendía casi todas las plantas importantes de los Estados Unidos: la mayoría de los ro-bles, la mayoría de los sauces, los mejores pinos, el fres-no, el arce, el haya, el nogal. Devolvió el ejemplar de Via-je ártico, de [Elisha Kent] Kane, al amigo que se lo había prestado, con el comentario de que «la mayoría de los fe-nómenos naturales registrados aquí podrían observarse en Concord». Parecía envidiarle un poco al Polo sus co-incidentes salidas y puestas de sol, o sus cinco minutos de día después de seis meses de noche: un hecho esplén-dido que el [cerro] Annursnuc jamás le había concedido. Halló nieve roja en uno de sus paseos, y me dijo que to-davía esperaba hallar la victoria regia en Concord. Era el abogado de las plantas nativas, y admitía sentir preferen-cia por la maleza del lugar que por las plantas importa-das, lo mismo que por el indio sobre el hombre civilizado, y notó, con gusto, que los rodrigones de sauce en la casa vecina habían crecido más que los suyos.

     —Mira esta maleza —dijo—, que ha pasado por la guadaña de un millón de granjeros a lo largo de la primavera y durante todo el verano y, no obstante, persiste y ahora brota triunfante en todas las veredas, pasturas, campos de labranza y jardines, tal es su vigor. Las hemos insultado con nombres humillantes como Hierba de cerdo, Madera de gusano, Hierba de brote, Flor de sábado. —Y añadió—: También tienen nombre distinguidos: ambrosía, este-llaria, amelnanchier, amaranto, etcétera.

Creo que su afición a referirlo todo al meridiano de Concord no nacía de ignorancia, ni de menosprecio por otras longitudes y latitudes, sino que era más bien una forma retozona de expresar su firme convicción de que todos los lugares se parecían, y de que el mejor lugar para cada persona es justo allí donde se encuentra. En una ocasión lo ex-presó así: «Creo que nada puede esperarse de ti si el trozo de tierra bajo tus pies no te sabe más dulce que cualquier otro, de este mundo y de cualquier mundo».

Ralph Waldo Emerson
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