domingo, 19 de junio de 2005

De las letras a las notas

por Cosme Álvarez


Nací en los años sesenta, y si eso puede significar algo en mi vida, seguramente lo hace en relación con el tipo de música que he compuesto desde 1987.

En 1964, año de mi nacimiento, Los Beatles colocaban Please Please Me en los charts como el primero de una larga cadena de éxitos en Norteamérica. Bob Dylan ya había sacudido a los jovenes estadunidenses con Blowin' in the Wind y The Times They are A-Changin', y aparecerían dos canciones que fueron auténticas revelaciones para aquella generación y para muchas de las siguientes: Mr. Tambourine Man, que renovó el sentido de las letras en el rock, y Subterranean Homesick Blues, la cual propició el sonido que seguiríamos escuchando hasta los noventas, con una base musical que oscila desde el más encendido rythm and blues hasta el ahora muy conocido rap.

Las puertas estaban abiertas para la gran revolución de los sesentas, misma que cambió el rostro de la música para siempre. No tardaría en hacerse oír el estallido de la canción-cresta de Dylan: Like a Rolling Stone, que abrió alternativas incluso para los famosísimos Beatles, quienes entonces sorprendieron con canciones como Yesterday, Eleanor Rigby, Ticket To Ride y Nowhere Man, y con discos como Rubber Soul y el notable Revolver.

Al mismo tiempo, 1964 fue el año en que las autoridades Norteamericanas levantaban el veto a la novela Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y se daban a conocer escritores como Erich Fromm y R.D. Salinger. La humanidad abrazaba por aquellos días la posibilidad de llegar a la Luna en menos de cinco años.

En México, la proliferación de bandas de rock fue significativa hasta los años ochenta, aunque algunos grupos de la década anterior encontraron su momento cumbre (y también su derrumbe) en el concierto de Avándaro. Tinta Blanca, Love Army, y el Three Souls in my Mind empezaban a componer sus propias canciones, pero la mayoría de ellas en inglés. Por aquel entonces, y hasta hace relativamente poco, cantar rock en español era poco menos que un ocio menor.

Fue hasta mediados de los ochenta, y antes del movimiento conocido como "Rock en tu idioma", que los compositores y los grupos de habla hispana se atrevieron casi masivamente a experimentar fraseos propios en su lengua natal, introduciendo imágenes ya descubiertas por los rockeros de los años sesenta y setenta, pero con giros muy afortunados, mismos que poco después desembocarían en canciones como Lucha de gigantes, de Nacha Pop, y La mala hora, de Radio Futura.

En México, cantantes tan importantes como Jaime López y Rodrigo Gonzáles tuvieron su hora. Desempolvaron la guitarra, que venía sonando desde una década atrás, y brindaron un nuevo aire y sobre todo una dirección al rock en español del país. Desde luego, El Tri no podía faltar en todo este movimiento, y dio a luz al que me parece su mejor disco, titulado simplemente El Tri, y que contiene buenas canciones, como Metro Balderas, de Rodrigo González, y, por supuesto, Triste canción de amor.

Los productores de las disqueras y de la radio empezaron a buscar a los nuevos talentos después de que los habían desechado innumerables veces. Pero esto fue hasta 1985, año en que surgió un grupo que cambiaría, si no la música, al menos sí la relación (o la falta de ella) entre las disqueras y los grupos. Me refiero a Las insólitas imágenes de Aurora, que luego se llamaría Caifanes y, por último, Jaguares.

En 1985, algunas bandas de rock se reunían a ensayar en La Quiñonera, la casa de dos magníficos pintores de Coyoacán. Más tarde saldrían de ahí grupos como La maldita vecindad. Antes que ellos, hay que mencionar al grupo más importante que tuviera México en los años ochenta: Cristal y Acero; hablo del viejo grupo, no del otro que hizo el ridículo en la pseudo obra Kumán. Cristal y Acero fue la primera banda de aquellos años en atreverse a cantar una canción (una sola) en español; sus integrantes consiguieron algo difícil en la música: un sonido propio. Son los años ochenta, y hay otros grupos como Mistus, Newspaper y Ancorach.

Con todo este trasfondo, empecé a componer canciones desde 1981. Las primeras letras eran más bien rounds de sombra, y rayaban en la cursilería o en el panfleto. Presenciar los conciertos que se ofrecían en El Cuervo y en La Rocola determinaron un rumbo diferente para mis composiciones. Creo que fue hasta 1988 que comencé a escribir letras y música más acordes con lo que quise hacer desde un comienzo.

Mi influencia directa es el blues, pero no puedo negar la persuasión de Buddy Miles y de John Lennon en mi música. No menosprecio la importancia que, de cierto modo, pudieron tener en algunos de mis cometidos musicales cantantes como Cornelio Reyna, El Piporro y, sobre todos, Tin-Tán. Cornelio Reyna había inventado algo extraño en música, algo que podría llamarse «surrealismo ranchero». La canción Me caí de la nube en que andaba lo demuestra.

Nací, pues, en los años sesenta; años en que volvieron a surgir tanto la necesidad como el propósito de decir algo en las canciones. Así, en los ochenta, ingenuamente un grupo de músicos y poetas decidimos que era nuestro tiempo para decir. El movimiento del "Rock en tu idioma", el cual nunca terminaría de convencerme, me demostró por oposición que sí podía formularse algo nuevo en música. Jaime López y José Elorza lo hicieron visible en poco tiempo.

Soy escritor, y hago la música en función de las letras. No llamaría a mi música de ningún modo: no es rock, blues o balada, simplemente es música. Es la literatura entremetiéndose en la canción; es la letra hecha nota.

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