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jueves, 28 de febrero de 2008

La fragilidad crítica de la poesía en México

(a propósito del premio Aguascalientes)

por Jeremías Marquines



Jorge Cuesta decía que, lo que se ha dado en llamar poesía mexicana “no han sido más que buenas aplicaciones de literaturas extranjeras”. Es más, afirma, “no es de extrañarse que en ningún mexicanismo de la literatura mexicana sea imposible encontrar la menor originalidad”. Por supuesto, cuando hace esta afirmación hay que tomar en cuenta el contexto, ¿pero acaso hoy puede afirmarse lo contrario?

Declarar desierto el premio Aguascalientes es un acierto: motiva la reflexión y exhibe la fragilidad crítica de la poesía en México. Muestra también, la hipocresía de los poetas mexicanos y expone su conservadurismo positivista.

Hay en esta decisión, como en cualquier otra, sus aristas y sus bordes. Ambos aspectos nos dan la oportunidad de compartir nuestro cinismo y de salpicar a otros con nuestra hipocresía. Por un lado, están los que ven mal y hasta consideran una ofensa declarar desierto el tal premio, otros lo consideramos inclusive; y otros que de plano lo celebran como si este simple acto, por sí mismo, tuviera el efecto de un curita contra la mediocridad poética vigente. Qué se le va hacer, así es este oficio de la cocina. Todos quieren comer pero nadie quiere lavar las ollas. Lo que hace más evidente la mezquindad de fondo.

Primero: ¿cómo sabemos que la poesía mexicana es tan mediocre, al grado que ninguno de los casi doscientos participantes se merecía el premio? ¿Cuándo y dónde se ha discutido al respecto, quién lo hizo, cómo lo hizo? ¿Cuáles son los argumentos para decidir qué es de calidad y qué de excelencia? ¿Quién lo dice y cómo lo dice? ¿Es ético que poetas valoren a otros poetas? ¿Quiénes hacen la crítica de la poesía en México? ¿Existe algo así como la crítica de la poesía mexicana?

La poesía mexicana, salvo contadas excepciones, es una poesía mediocre, no porque así se haya descubierto al declarar desierto dos veces el premioAguascalientes; es mediocre porque es el resultado de antiguas y mezquinas disputas comenzadas por los patriarcas de la poesía nacional; es mediocre porque ha tenido siempre una valoración hipócrita; es decir: ha sido calificada por una crítica de los intereses donde privan los ajustes de cuentas, pa que aprendan a respetar, que lo mismo eleva al cielo al amigo mediocre que condena al desconocido provinciano con posibilidades creativas. Y es aún, más mediocre, porque se hace grilla con la poesía. El oficio se ha convertido en un medio burocrático más que en un medio del alma, si es que algo como eso existe. En su balance de la literatura mexicana de 1942 publicado en el número 2 de Letras de México, José Luis Martínez escribió: “Alberto Quintero Álvarez, de la misma promoción que Octavio Paz, publicó una recopilación titulada Nuevos Cantares y Otros Poemas. Al lado de acentos de la más delicada calidad lírica, ciertas preocupaciones y tendencias ajenas a su tono, impedían que su libro conservara alguna visible unidad. Pero si algunas de sus composiciones se desvirtúan a causa de sus experiencias fallidas, otras mostraban una pureza poética incomparable marcando la línea más noble del poeta”. ¿Y entonces qué pasó con esta ‘pureza poética’ que elogiaba el crítico? ¿Quién se acuerda hoy del tal Quintero? Acaso no pasa hoy así con mucho de lo que se presenta como obras de calidad, como ‘obras que van a cambiar el rostro de la poesía en México’.

En este balance Martínez también se refiere a un cuaderno de Manuel Calvillo, titulado coincidentemente: Estancia en la voz, muy parecido el título El cardo en la voz de Jorge Esquinca, uno de los actuales jurados del tal Aguascalientes. Ya lo decía Cuesta: “en literatura mexicana es imposible encontrar la menor originalidad”.

José Attolini fue un poeta de poca monta, hoy nadie se acuerda de él, pero en el 43 era un escritor muy activo con ramificaciones y contactos en la oligarquía poética nacional, a la que hoy algunos ilusos llaman tradición. De esta ‘tradición’ procede la mayoría de los comentarios impresionistas que en las revistas y presentaciones de libros pasan hoy día por profundidades críticas. Veamos un ejemplo de este cliché de sorprendente actualidad: “Todo poeta vive en deuda con la poesía mientras no rescata al mundo de su pavorosa medida cotidiana y lo entrega acabado de estrenar (...) pero en este mundo de cenizas todavía candentes, el poeta no sólo es creador por antonomasia, sino solitario por excelencia, y no puede ser de otro modo, ya que para toda obra de creación hay que empezar por las entrañas, allí donde las palabras no son sino semillas”.

Ahora leamos un comentario más actual, y comparemosel impresionismo cursi de Attolini en el 43, con el que hace David Huerta al referirse a la obra de Julián Herbert en la antología El Manantial Latente: “Las palabras salen, brillando, como bañadas por una luz quemante, del propio corazón, de la soledad de la mente. Todo esto sucede en un espacie de trayecto o de trance (...) Las palabras van a depositarse una a una sobre las páginas, sobre las cuartillas: un poema, dos, quince poemas... Los poemas forman una casa, un libro, y ya poseen el nombre que les faltaba: El nombre de esta casa”. ¿Qué dijo Huerta?, nada, pero así de sencillo queda acreditada en México una escritura poética. Entonces ¿cómo no sufrir de mediocridad?

Ejemplos como el anterior abundan en cada comentario de libro, vamos a ver sólo uno más de la citada antología. León Plascencia Ñol, a propósito de algunos poemas de Rosalva García Coral dice: en su poesía “existe un pronunciamiento del silencio como armazón del mundo, como trazo del polvo que es el único signo de lo que quizás está aquí o vendrá con la palabra dicha o incomunicada”. Sé que algo quiso decir el comentarista, sé que hay algo ahí, en el sótano de lo dicho pero quién sabe qué rayos es. Sin embargo, es lo que tenemos y así miramos la obra de los otros. Entonces ¿cómo no sufrir de mediocridad?

Concluyo esta parte con la confesión de los elementos críticos de que dispuso Alberto Paredes para preparar su libro Nueve poetas mexicanos recientes (1966-2000): “'Me interesan obras dotadas ya de identidad perceptible, vigor e importancia expresiva, de nitidez en su propuesta, bajo una clara exigencia de calidad”. El discurso parece bueno, ¿pero qué es la calidad en la poesía? ¿Qué cosa es eso de identidad perceptible? En fin, Paredes nos presenta como respuesta a esta torpe pregunta la obra de Jaime Reyes, Ricardo Yáñez, José Luis Rivas, Amelia Vértiz, Elsa Cross, Coral Bracho, Carlos Isla, Francisco Hernández y David Huerta. Poetas, admirables algunos, y otros con una identidad perceptible, digamos imperceptible. Yo podría estar en contra de la ‘calidad formal’ de cuatro de los ocho enlistados. Sin embargo, el hecho de que a mí no me guste cómo escriben, ni tenga coincidencia con lo que escriben, no les resta calidad en absoluto, ni ‘vigor e importancia expresiva’. Apesar de la escasa ’calidad’ de mi comprehensión sensorial, estos cuatro que no me agradan seguirán siendo lo que son, porque un parámetro industrialista como la calidad no es ningún determinante para decidir que sirve y que no en la poesía; por lo contrario, es la legitimidad y la perdurabilidad de la experiencia estética lo que cuenta. Algo por el estilo debió aplicarse a la hora de calificar el tal Aguascalientes y no la calidad de la formalidad perceptible y bla,bla, bla...

Sin embargo, no hay por qué alarmarse con que se declare desierto el Aguascalientes, no seamos hipócritas; sabemos que la poesía mexicana es de una fragilidad crítica que asusta, salvo excepciones, ha crecido alimentada por la baba de la alcahuetería y la mezquindad, así que una sacudida de vez en cuando no está mal.

Coincido con Pedro Serrano de que al poeta Gerardo Deniz hay que proponerlo para que reciba el Premio Nacional de Ciencias y Artes, se lo tiene más que merecido; y en cuanto al monto del tan mentado premio, apoyo la propuesta de que se emplee para impulsar talleres de poesía en los estados más atrasados literariamente, comenzando por Guerrero. Ya clarea estimables, zánganos; debiéramos cambiar de asunto, si el sol nos ha de aborrecer que sea por algo. Gracias, maestro Deniz.

lunes, 4 de febrero de 2008

Acerca del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2008

por Eduardo Hurtado


Como ya se ha hecho público, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2008 ha sido declarado desierto por los tres miembros del jurado, Jorge Esquinca, José Javier Villarreal y José Luis Rivas. Lo han decidido así en ejercicio de la facultad que la Convocatoria les otorga y su arbitraje debe asumirse, según se establece en la misma, como inapelable. No obstante, la reflexión acerca del significado de este fallo es pertinente y necesaria.

Resulta inquietante, por decir lo menos, que el certamen de poesía más importante de México, al que concurre cada año una considerable proporción de los muchos autores que entre nosotros se dedican de lleno al género, arroje este resultado desalentador: entre los más de 200 originales presentados, ni uno solo alcanzó a colmar las supremas exigencias de los dictaminadores. En esto los parámetros y las subjetividades de los tres coincidieron, a juzgar por el carácter unánime de su determinación. Algo debe andar mal, muy mal en Dinamarca, si se piensa que esto sucede en un medio donde un considerable número de poetas vive consagrado al oficio, publica libros, colabora con poemas en revistas y periódicos, escribe ensayos y notas, goza de apoyos del Estado, concurre a talleres o los coordina y asiste a todo clase de actividades relacionadas con la poesía. No sólo eso: un país que goza de un amplio reconocimiento, sobre todo en el mundo de habla hispana, por la calidad de sus poetas.

Como se sabe, todo premio literario, incluidos los que, como éste, gozan de un gran prestigio, tiene altas y bajas; de todos ellos salen libros que acaban por cambiarle el rostro a una literatura, junto a otros de gran calidad pero cuya trascendencia visible resulta más o menos restringida. Estos últimos forman parte, hoy lo sabemos mejor que nunca, de ese largo proceso del que sin duda depende el surgimiento de las obras destinadas a permanecer durante mucho tiempo, acaso “para siempre”. La literatura, la necesidad de fondo que la anima, se nutre de este intercambio saludable. Entre las obras que una época considera indudables, ¿cuáles persistirán a pesar de los años? Aun los críticos mejor dotados suelen equivocarse a la hora de intentar establecerlo.

Lo que los miembros del jurado han hecho al declarar desierto el premio de poesía de mayor relevancia en nuestro medio, es implicar que una buena porción de la poesía que hoy se hace en México es de baja o mediana calidad. Juicio muy cuestionable, sobre todo si uno está al tanto de los buenos libros de poemas que cada año se editan en el país, o si frecuenta las revistas y suplementos literarios de México y de otros países donde también publican poetas mexicanos. Si el jurado se propuso, según se deduce de alguna de sus declaraciones, mostrar que este premio sólo debe otorgarse a libros “de excelencia” (término muy recurrente en medios académicos, políticos y hasta deportivos, pero de aplicación por lo menos problemática en los terrenos de la actividad artística), ha dado una muestra de soberbia. Ellos mismos recibieron este premio antes, sus obras desataron polémicas a la hora en que ganaron, y aún está por verse (sólo el tiempo lo dirá) si sus respectivos libros, esos que merecieron el galardón, tienen las cualidades necesarias para perdurar.

Por lo pronto, según se desprende de su determinación a la hora de sancionar el concurso, nada de lo que hoy se hace aquí resulta equiparable con lo que ellos mismos presentaron en su momento. Montados en esa posición de superioridad, y al autoerigirse como jueces intransigentes (categoría que busca ser prestigiosa), con toda probabilidad descartaron más de una propuesta que, desde una mirada experta como la suya pero menos arrogante, hubiera merecido el premio. Un premio que año con año despierta filias y fobias, como sucede en todas partes; que no sólo sirve para animar un medio al que le conviene la discusión abierta, sino como un referente para observar los distintos rumbos y posibilidades de la poesía que se escribe en México. Esto incluso cuando lo que se discute es la ausencia de un nombre importante entre los premiados o el triunfo de algún título que, a juicio de algunos o de muchos, resulta cuestionable.

Sin embargo, como se ha dicho, el fallo es inapelable para efectos del dictamen —y está bien que lo sea. Lo que puede y debe discutirse es la disposición, dictada por el jurado el día en que emitió su veredicto y avalada casi de inmediato por las instituciones convocantes (de estas últimas, conviene subrayarlo, no surgió la iniciativa), de destinar el monto del premio al poeta Gerado Deniz. Se trata de un gesto demagógico, ungido de una falsa generosidad. Un gesto que equivale a una solemne caravana que el jurado ejecuta con sombrero ajeno. Desde luego, Deniz es un autor de valía y alcances indiscutibles. Se trata de un poeta mayor de la lengua. Merece premios y reconocimientos de todo género. Pero, por lo mismo, merece también que éstos provengan de iniciativas destinadas a ese fin, no que se le otorguen con fondos provenientes de uno de los pocos premios importantes para la poesía, a raíz de una decisión que sin duda levantará ámpula.

Si este poeta dueño de una larga y destacada trayectoria no ha recibido, como tantos otros artistas nuestros, el reconocimiento y el apoyo que merece, es preciso reclamarle a la sociedad y al Estado mexicanos que se repare tan grave omisión. Se trata, de hecho, de un asunto de política cultural que es urgente discutir y solventar. Habría incluso que demandar, para ir al fondo del asunto, la ampliación de las plazas eméritas en el SNCA y/o la creación de fondos especiales destinados a este fin. Me sumo desde ahora, con el mayor entusiasmo, a cualquier iniciativa que busque enmendar el descuido imperdonable cometido en contra de la obra y la figura de Gerardo Deniz. Pero entregarle el dinero de un premio en el que no participó es injusto para él y para el certamen mismo. Además, va contra el espíritu y la letra de la Convocatoria, que establece: “El Premio puede ser declarado desierto, en cuyo caso las instituciones convocantes se reservan la decisión de emplear el recurso económico correspondiente para apoyar actividades de fomento a la literatura.” Destinar el monto del premio a Gerardo Deniz no es, por donde quiera verse, una actividad de fomento a la literatura sino una acción insuficiente de apoyo a un escritor que, insisto, merece con creces ser creador emérito del SNCA y recibir reconocimientos públicos organizados ex profeso.

En todo caso, y en atención al propósito de la Convocatoria, los 250,000 pesos del certamen declarado desierto deberían destinarse a incrementar los acervos de poesía en algunas bibliotecas del interior del país, incluidos los títulos indispensables de Gerardo Deniz; de esta forma se daría impulso, de la mejor manera imaginable, al conocimiento y la difusión de nuestros poetas mejores. O bien podrían emplearse para llevar talleres de creación a los estados que más los necesitan, como Durango, Chiapas, Guerrero y tantos otros, lo cual serviría para comenzar a recomponer el estado de salud de la poesía mexicana, que según el diagnóstico del jurado es francamente grave.

Febrero 4 del 2008

Invitación

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