jueves, 21 de abril de 2016

El sol negro del alquimista

por Beatriz Aldaco


No pudo haber seleccionado el autor mejor epígrafe que éste del poema “Dämmerung” de Georg Trakl para inaugurar su libro:

Descompuesto y desfigurado estás por cada dolor,
y tiemblas por las estridencias de todas las melodías,
arpa de cuerdas rotas, tú –pobre corazón,
donde las enfermas flores de la melancolía crecen.

Cada palabra, frase, construcción sintáctica de la estrofa anticipa los estadios de esa noche oscura del alma que el conjunto de poemas reconstruye, una travesía por las rutas interiores plagadas de escoriaciones y cicatrices que la melancolía ha dejado a su paso en el yo poético. De las huellas del dolor profundo y la vuelta al envés de la incorporación a la vida (porque el abatimiento melancólico es óbito del aliento vital) trata este volumen.
Con El sueño del alquimista de José Manuel Recillas me ha ocurrido lo que con pocos libros, y no sólo por tratarse de uno de poesía, género del que poco suelo escribir. El ser de la publicación impone: es arte objeto gracias no sólo a la integración en sus páginas de finos y elocuentes grabados alquímicos del siglo XVII que funcionan como potenciación de la escritura poética (no como complementos), sino a toda una serie de elementos del mismo calibre estético, cada uno en su contexto: el cuidado riguroso de la edición; los guiños colmados de sentido de las letras del alfabeto hebreo que preludian los poemas iniciales; la inclusión de notas al final en las que se indican las fuentes originales de varias paráfrasis; las constantes inoculaciones idiomáticas del latín, griego, alemán, italiano; el diálogo hermanado entre la literatura y la música en toda la obra, al grado de que puede tanto leerse como escucharse.
Remate excelso del elegante conglomerado de trazos que dan como resultado un libro de arte literario, es el acto de libertad implícito y explícito del apéndice titulado “Diario del horror”, cuaderno de bitácora del padecer depresivo que ilumina de sentido los poemas, algo casi prohibido por la ortodoxia poética y crítica para la que todo ejercicio de interpretación allende de los poemas resulta literariamente incorrecto.
La primera y la segunda de las cuatro partes de que consta el volumen (“Instinto ciego” y la que da nombre al libro) rezuma los efectos en el sujeto poético del infierno anímico, las distintas maneras de dar nombre a la caída (absoluta, a excepción de la rutina que todavía logra mover a la máquina en que se convierte la persona) del ánimo, la vitalidad. Se trata de versos sobre el sinsentido, la desesperanza, la inutilidad. El hombre sumergido en las sombras se va delineando de un poema a otro, hasta que al lector se le presenta su imagen bien pulida, acabada, definitiva.
Para construir esa atmósfera mortuoria existen los vocablos suficientes, sustantivos y adjetivos, alusivos al vacío, la ausencia, la falta, la carencia, el silencio; la pasividad, el reposo, la inacción; las sombras, la oscuridad, la penumbra, la negritud; la nada.
Si hay sol, es un sol en sombras, el sol negro de la melancolía. Obligado citar el primer cuarteto de “El desdichado” de Nerval:
Yo soy el tenebroso –el viudo- el sin consuelo,
príncipe de Aquitania de la torre abolida:
murió mi sola estrella –mi laúd constelado
ostenta el negro sol de la Melancolía.

Cada poema de El sueño del alquimista es una pequeña sinfonía in crescendo que culmina con versos implacables. Léanse, si no, los siguientes:

No queda para el hombre sino ausencia:
no hay sitio de amor en esta tierra.
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sólo con el deseo de la muerte
llegamos a desear la vida.
-------------
mas la vida un atroz banquete de egoísmo es
------------
Arriba el loco llanto de la noche
Abajo la miseria cotidiana.
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La tercera parte, dedicada toda ella a Huberto Batis, a diferencia de otras dedicatorias que regalan un solo poema como las destinadas por Recillas a José Emilio Pacheco o Ernst Jünger, titulada “De lamentationes Hieremiae prophetae”, invita a leerse escuchando las “Lamentaciones” del compositor franco-flamenco Orlandus Lassus. Esos versos armónicos con títulos epigráficos de música del renacimiento tardío, son un buen preludio para la sección final, la del resurgimiento del yo poético gracias a la influencia casi sobrenatural de Lillian van den Broeck, que se nos presenta, prisma apaciguador de las tormentas interiores, como ente de carne y hueso a la vez que faro construido en sueños, brújula recientemente encontrada que reorienta el camino del alma o metáfora de la palabra que renace salvadora.
Del poema “Días en silencio escrito”:

Y esta labor de hacer el día
y cosechar la noche entera
no ha sido asunto de uno solo;
allí has estado, muda, Lillian,
y en ese tu silencio puro
te digo entonces que en verdad
por ti he ganado un poco el cielo.

El poema con que cierra el volumen, “Han vuelto las antiguas potestades”, es espléndido. Escrito en segunda persona, síntoma de la revelación última que se erige como proceso especular, sus palabras convierten, como preámbulo para culminarlo, el viaje a la noche oscura del alma en una periplo épico por los interiores del ser, en donde de las cavernas oscuras brota finalmente la luz. Ulises; los poetas Nicola Labis, Gottfried Benn, Georg Tralk y Attila József, y otros personajes como Trajano, así como el hundimiento y emergencia de navíos e imperios enteros, todas metáforas afortunadas, le otorgan una dimensión cósmica a la caída melancólica y a su interrupción: la desaparición de esa fuerza de gravedad que empujaba inevitablemente al abismo.
Han vuelto las antiguas potestades
tras un descenso y elevarse agreste
por arduo territorio en la penumbra envuelto
y un férreo trasegar en las honduras
de aquello que en silencio carcomía (…)

Si algo hay que agradecer a El sueño del alquimista y a su soñador es la dádiva que quien ama la literatura espera: la suerte de infinitud que encierra la interpretación de sus palabras.
El poeta José Manuel Recillas

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