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jueves, 1 de septiembre de 2016

Hallar mujer, hallar lugar (Del Monte y otras bestias, de León Cartagena)

Por Leonel Rodríguez
(poeta mexicano)








¿Cuál es el mundo del Monte? El poeta León Cartagena (México, 1978) dedica su escritura a darnos la presencia de ese lugar en su libro Del Monte y otras Bestias.
            Seco, espinoso cuando no baldío, anegado de sol durante el día y de negrura de sofoco o hielo (depende de la estación) durante la noche, el Monte está fuera del tiempo, esa prisa, esa ausencia, que hoy venera el hombre. El poeta Cartagena contempla y pone en pie esa tierra dura que comienza muy cerca del umbral de su casa. La ciudad no es suficientemente hechicera como para olvidar su condición de gota de asfalto en medio de un terreno amplio como un mar.
            El Monte. En él, este hombre mirador encuentra la marca de un incendio: alguna vez fue un vergel, pero el canto y la alegría de los hombres, o más bien, de un hombre, un cantor, fueron tan desbordados, tal su desmesura, que el dios castigó la tierra y borró casi toda su bondad. Queda el erial de larguísimo verano. Su tierra da fruto, su tierra espera ser fecundada; el poeta ve esto y descubre que la tierra es mujer. Se siente ligado al lugar porque conoce su precisa relación con la tierra: él la hace florecer.
            Creo que esto es lo que nos dice este poemario de un solo, hondo tema.

El lugar
Hay un poema que, como su título lo indica, es importante dentro del orden de este libro. “Monte” enuncia el lugar que importa. Dice que ha regresado al pueblo para buscar en el corazón del Monte. Regresar es elegir. Antes, el poeta ha estado en un sitio donde no hubo, no encontró, lo que ahora se dispone a buscar. Le habla de tú a eso que investiga –dice “buscarte”-; el lector ha de asumir que él mismo contiene algo de eso que se busca, que hace falta. Se busca un interior. El poema dice al final: “nos llevamos al monte/ en los adentros.”

Encuentros
El lugar que se dedica en este libro al amor sexual es importante. Cuando sucede, se está en ese mundo florecido, fuera del castigo del dios. No hay desmesura culpable sino comunión; esta última palabra titula uno de los poemas del libro. En las piezas amorosas todo es inmediato; acto, la percepción misma encarna: “¿Ves ahora/ cómo mis manos y los flancos de tus caderas/ están hechos de la misma carne?” (“Lapso de ecuaciones”). En Del Monte y otras Bestias el encuentro sexual sucede entre el poeta y la mujer que es la tierra. Él hace posible su maternidad, su florecimiento.
            Creo que éste es el hallazgo del libro. El hombre que menciona la ausencia de sentido (“Menos la muerte”), encuentra que la mujer es el cuerpo misma de esa tierra cuyo vacío lo ha desconsolado. Del Monte… nos presenta dos momentos: el de la inmovilidad ante el caos, donde no se ve sentido. Naturaleza negada aparentemente a la circulación de las estaciones, momento de tiempo lineal que todo lo vence. Aquí, ante el erial, el poeta dice que “dios está mudo”, está en silencio y en eso consiste su olvido de nosotros. Habitante de su voz, el poeta mismo deja de advertir que él, la voz, integra el lugar; en la voz del que canta se escucha el aliento del mundo. El impulso de entonar lo mirado viene de quien mira, es absurdo y no iluminador asumir que se trata de una sugerencia externa: no es un dios lejano quien de vez en cuando accede a conceder un don. Lo que vemos, lo que nos ve, nos incluye. Al no ver, al no darse en los sentidos, estamos ausentes del mundo, y en tal estado de ausencia, lo sagrado sólo puede ser pensado no vivido, es un pensamiento de ausencia. Presentes, entregando los sentidos al mundo y recibiéndolo, la vida difícilmente sería una carencia donde se duda. Es tal la presencia de la tierra en el cuerpo, que su voz es la nuestra.
            Me detengo. Aclaro que estas conclusiones no pertenecen a Del Monte y otras Bestias. No se beneficiaría con ellas, además. Acartonarían una obra de poesía. Son consecuencia de mi lectura. El posible acierto de ellas se debe al poder sugestivo de los poemas y su indecisión y falta de claridad al apresuramiento de quien escribe estas líneas. Mejor la presencia sin más, como canta el poeta al referirse a la luz: “Adivino tu gesto, la perfección del golpe seco que no se da.”
Así puede abordarse con naturalidad otro momento del libro, que es el reconocimiento del lugar, encuentro con el cuerpo desconocido, tierra-bestia surcada de sangre y movimiento como uno mismo. Podría ser la capacidad para contemplar la luz la que nos conduce al modo de entender el tiempo que propone Del Monte y otras Bestias.
Al principio del poema “Monte”, muy cerca del inicio del libro, la voz del autor dice que ha regresado, ha elegido el regreso para buscar en el corazón del Monte. Para buscarte. Ese tú indefinido y a la vez transparente, ¿no ha de ser algo que se tiene o que se es? En “Retrato del espejo” se lee: “Dicen que conoces las estrellas/ dicen que eres mito trasladado a lo innegable,/ yo sólo he visto el arenal.” El desolado, ¿no es lo mismo que el Monte yermo? El sentido de su regreso es hallar para qué vive. El llano desatendido te contempla. Quizá no debe esperarse una revelación atronadora, sino la sencilla evidencia: “El venado se deja guiar por el sonido/ de una vena de agua que viaja entre huizaches.” (“Danza de venado”).

Se han dicho algunas palabras: regreso, tierra, tiempo. Una vena de agua que nos guía al tiempo del mito. A lo fecundo, al riego. La búsqueda de mito significa necesidad de orden natural, el de las estaciones, el tiempo que viene y va. Donde cada fenómeno es daño y beneficio. En el mito, vivir es morir, y morir es dar la vida. No existe la desaparición sino el cambio.
            Hay dos poemas en Del Monte y otras Bestias que tocan el mundo nahua prehispánico, uno de ellos titulado “Leyenda”; además de otros poemas, como los de “Panum”, de tema mitológico griego. En este poema que consta de tres partes numeradas, se habla del nacimiento del Monte. El canto del poeta había hecho nacer las flores de la tierra. El dios consideró el canto y sus consecuencias, castigó al poeta por su desmesura y “de la cascada sonora de tu sangre/ creció el agreste monte que aún te espera.”
            Pero sabemos que los dioses no deshacen el pasado, no deshacen los haceres de nadie sino que transforman sin restituir la forma. Como pone en evidencia el ritmo circular del mito, las cosas se transforman, no desaparecen ni quedan canceladas. Entonces, quizá hay una parte del acto del dios, de su castigo, que no ha sido descubierta. El dios no convirtió en polvo y sequedad al mundo de flores, sino al poeta (quien contiene al mundo): ahora lleva en los ojos aquello que él, el poeta, pretendió desterrar de la tierra. Las acciones del dios, de lo desconocido, son ambiguas; en la consecuencia de su castigo hay oportunidad, por eso el Monte “aún te espera”, porque pide ser habitado. El dios ha pedido que se cante y haga florecer una tierra más recóndita que, claramente, está en los ojos. El poeta Marsias del poema “Panum” tal vez no lo vio, pero el poeta del monte lo canta sin explicaciones, sin preferencias.
            Sea la primera estrofa de “Semilla de lumbre” el desenlace de este comentario:
Sólo un hombre puede sembrar una palabra,
una semilla de lumbre,
que detenga o cambie el curso del tiempo.

Posdata ligera
Dos notas del comentario en la cuarta de forros, escrita por Enrique Silva Rodríguez, poeta chileno. La primera, cuando hace notar que la palabra bestia es andrógina. De repente aparece la imagen de esa bestia que recorrió todo el libro, la bestia que nace del abrazo de la pareja. El Monte y su Bestia: imagen de reconciliación.
            La segunda. El acierto de calificar la voz del autor como “sencillez enceguecida”: todo aparece claro, hay que darle mirar para que sea.

REFERENCIA: León Cartagena. Del Monte y otras Bestias. Culiacán, México: Andraval ediciones, CONACULTA, INBA, 2013. 66 p. (Punto luminoso, XII).

Leonel Rodríguez (México, 1978)




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