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sábado, 1 de julio de 2017

Poema

Por Leonel Rodríguez
(poeta mexicano)







Desnuda de luz, voz de llanto suave
pulsar entre la sombra
sola
de noche.

Soltó las manos en el aire sin tocarla
para escuchar, que lo llenara.
Se ennegreció en el suelo
                  para aumentarla.

Su canto es como planta en busca de la luz
un canto que recoge en su corriente
         la carga del silencio
la brisa de las frondas del silencio.
Mujer sola en la noche.

Se calla, se guardó, la noche está en el hombre,
del canto la bebió.

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Leonel Rodríguez

miércoles, 1 de febrero de 2017

La luna es el primer muerto

Por Leonel Rodríguez
(poeta mexicano)




A L. R. B.

Era el frío, y yo no es que me pusiera contento pero me daba por quedarme quieto y sentir que el viento en el cielo era una cosa muy vieja pero novedosa cuando llegaba pareciéndose mucho a algunos de mis mejores recuerdos de infancia.
Era de noche y no podían verse muchas estrellas porque el foco que ilumina el patio estaba encendido y la gran mano de luz amarilla estorbaba. Veía la luna: pequeña y casi digo negra de tan fría en la alta medianoche. Claro que la luna no era negra sino de ese color que tiene cuando no es roja o pergamino antiguo; ese color filoso. Esto podía verse aunque, abajo, la luz del foco alumbraba el patio donde está sentado mi padre mientras fuma a solas, con un vaso sobre la mesa redonda de negro metal —un hombre que escucha junto a la boca de un pozo. Verlo con su sombra picuda huyendo de la luz eléctrica me hace recordar el momento en que llegamos a vivir a la casa, hace cuatro años, después de una década de estar en otras partes. No creo que pueda decirse “regresamos”, ninguno de los dos parecía querer vivir aquí; pero había motivos, urgencias. La casa ya no era igual.
Tal vez todo terminó para mí cuando al bajar de un viaje al norte paré en ésta, la casa de Rosavedra entonces deshabitada, en mi camino hacia nuestra casa del momento en el sur, en la capital. Mientras me bañaba con esa larga pereza de la que aún era capaz, agradeciendo que bajo cada chorro de agua desaparecieran el cansancio, el olor a encerrado como cadáver de estatua caliente que la casa encerrada guardó en el verano, por la ventanita cuadrada de arriba se dejaban caer los rumores de automóviles lejanos y gritos de vecinos alegres; entonces recordé que atrás de la casa había un lote baldío donde se juntaban rocas rosadas al costado de los árboles que nadie había plantado y que eran casa de las ardillas. Solía verlas un buen rato mientras me bañaba antes de salir a la escuela: se desenvolvían sin enfado, parándose en dos patas y después corrían hasta desaparecer, así que me asomé sintiendo el recuerdo pero ahora se levantaba una casa demasiado cercana a la mía: una barda tapaba casi todo y para ver el almendro mayor tuve que esforzarme para ladear la cabeza y bizquear los ojos hasta que creí ver la fronda roja y verde y entonces me reí como loco. Dejé de esperar que aquella casa, ésta a la que he llegado con mi padre, fuera la misma de siempre, aunque primero lo reconocí con indiferencia, pues venía de aquel viaje y estaba fuerte. Es ahora que quiero ver que algo cambió en ese momento.

Suena a broma pero fue hasta hace poco que nos alcanzó el tiempo. Uno necesita darse cuenta de estas cosas y es cierto que tienen su lado gracioso. Como creo que es natural, al principio la noticia afectó más a mi padre y a los familiares que habían estado más involucrados. Desde mi perspectiva casi nada había cambiado y sentí alivio de que ahora aquellos que estaban consternados por la enfermedad podrían descansar. Pero al paso de los años me di cuenta de que una vida es también, mientras vive, una esperanza para aquellos que la conocen. Y cuando nosotros nos dimos cuenta de que ella había muerto y con ella la posibilidad de que sucedieran nuevamente los mil detalles que su presencia hacía posibles, nuestras vidas se apretaron, y lo que no estaba bien puesto se movió y nos extrañó. Hasta hace poco no queríamos hablar de todo ello, mi padre y yo, y por mi parte ni siquiera se me ocurría que pudiera ser tema de conversación; no habría sabido cómo empezar y menos todavía continuar después de que él me hubiera visto con ojos sensibles, quizá necesitados, o endurecidos por lo inesperado de mi acercamiento —quién sabe, a lo mejor reflejando la expresión de mis ojos. Supongo que él no hablaba de ello porque no creía que el asunto existiera fuera de él.
Un día, el cielo estaba limpio y el viento helaba, como si uno de los grandes cerros de las afueras hubiera caminado durante la noche hasta acercarse, de manera que el viento resbalara desde sus alturas recogiendo el frescor de las laderas y se desenrollara sobre el día de Rosavedra como la marea, limpiándolo todo, haciendo que las calles estuvieran en silencio, como domingos a los que les cabe todo el silencio, pues el sonido del viento movería cien frondas de mangos y olivos negros y el susurro lo acallaría todo. Ese día nos llevaron, a mi padre y a mí, a conocer Palos Blancos.
Fuimos en la camioneta de un antiguo compañero de mi padre, quien tenía una casa en el lugar y nos invitaba a pasar un día de descanso. Palos Blancos no está lejos de Rosavedra, se halla también a poca distancia de Tres Ríos, pero después de un par de requiebros en el camino, al dejar atrás una de las colinas que encierran, en otras estaciones, el calor dentro de la ciudad, el campo se abre de una manera que motiva el entusiasmo de respirar y ver la tierra sin ciudad y sin hombres. Cuando se divisó el villorrio, pues eso es Palos Blancos, y nos adentramos en los caminos del lugar con los árboles de flores blancas bordeándolos, cada uno un bosque completo, las raíces salientes de la tierra que había sido ajada para abrir cauce al sendero carretero, con la vista en los arroyos que se nos dijo iban a dar a alguno de los ríos que hacen el corazón de Rosavedra ahora lejana e inexistente, las riberas cubiertas con césped que refulgía como el lomo de un gato que esperaba ser acariciado, donde se nos dijo que había carreras de caballos y en las noches, durante las fiestas del lugar, se juntaban los vecinos hasta el amanecer y más allá, cantando, bailando a la luz de la luna en festejos que les alimentaba el ánimo durante el resto del año…, así, al entrar a Palos Blancos bajo la sombra de los árboles espesos como nubes atardecía la hora del mediodía. Nuestro anfitrión debió interrumpirse pues una mujer lo saludaba desde el umbral de una casa de color rojo intenso y nos invitaba a entrar.
El interior era oscuro, se distinguían con fuerza los filos plateados de las cerámicas y los vasos de latón, pero desde el patio se miraba un campo de cultivo que no llegaba hasta la casa; árboles de tronco suave creaban una pantalla entre el patio y la extensión de la tierra, guardando un seno de buen clima para la convivencia, al tiempo que dejaban pasar la luz del sol en chorros que pintaban el suelo de tierra prieta a la manera de la piel de jaguar. Había algunas sillas, había una tertulia; las personas en las sillas portaban semblantes tranquilos, como cuando uno está gozando de una costumbre saludable. Una mujer de unos cuarenta años se puso de pie y se acercó a mi padre. A su vez, él la veía desde más allá de la credulidad, tocado por lo vivo del ambiente. Ella preguntó: «¿Ya recogieron la siembra?» y miró la cara de silencio de mi padre. Había dicho la pregunta como si significara tanto, como si de la respuesta pudiera obtener no una imagen sino una sabiduría precisa, larga, acerca de la vida de mi padre. Con una sonrisa, pensé que la mujer de apariencia tan agradable estaba loca; miré a nuestro anfitrión en espera de que la regresara a su silla, de que ofreciera algún comentario jocoso a manera de explicación y nos regresara a la tranquilidad del lugar. Pero no dijo nada y más bien miraba a su amigo, pues se había interesado en su respuesta. Me acerqué, ¿quizá era una burla?—Mi padre, embebido, dijo: «Madre, ¿no me reconoce?»
Le habló como si fuera posible. Me perdí en las facciones de la mujer, quise leer en sus ojos oscuros, cafés y sombreados como nuez acanalada, ¿qué podría reconocer ahí? Pero comenzó a parecerme que podría conocerla. Su cabello castaño brillaba suavemente cargado, todavía no tenía canas, su mirada era franca… La mujer se apartó de nosotros y dio unos pasos hacia el enorme sembradío acercándose a los árboles, la luz moteaba su cara y su cuerpo bajo el plumón flotante del álamo.
«Madre, ¿se acuerda de las madrugadas cuando había que levantarse para preparar la comida y llevarla con nosotros al largo día en la playa, una vez al año? ¿Se daba cuenta de que yo la veía cuando se quedaba absorta sobre la arena, mirando a los costados no creyendo que hubiera sólo dos caminos por donde se perdía su mirada, y luego marchaba por una vereda que se iba inventando y caminaba mucho rato y cuando regresaba ofrecía los bocadillos con la cara sonrosada, los ojos llenos del brío de haber andado tanto, como un jugo que exprimiera de usted misma, y yo creía adivinar que no conocía a toda mi madre? Vea cómo recuerdo esto.»
La mujer lo había mirado con sonrisa abierta; su voz dijo:
—Lo que recuerdo es aquella época en que debíamos ayudarte hasta las mujeres pues la siembra lo exigía, pero a mí me daba gusto porque siempre quise conocer la vida de los hombres. También recuerdo aquellas noches en que suponías que la casa estaba dormida y le hablabas a mi madre con palabras que no conocí hasta que tuve hombre y me casé. Tu voz era tierna y diferente.
—¿De qué habla, papá?
«Cree que soy su padre», dijo. Ningún grado de fascinación se había ido de su cara.

La casa de nuestro anfitrión era en parte obra negra. Igual que en la otra casa había sillas afuera y gente que asaba carne, pasándosela bien con los que estaban ahí. Comenzaba a atardecer. Nada de esto me importaba, me había confundido la escena entre la mujer y mi padre; no parecía real aunque él sonreía y bromeaba casi a gritos. Se sentía en su tierra y estaba feliz.
—Habría que tener una casa en este lugar, ¿verdad?
Mi padre se sonrió. «Precisamente allá, en ese lugar que da a las márgenes de los arroyos», señalé.
Él perdió los ojos en otro punto, rejuvenecido, y reímos. Pero no se dijo más; quizá al abrir los ojos resultaría que habíamos soñado todo, o yo lo soñaba, o yo era parte del sueño de él, o …
La yerba no era muy alta en las márgenes de uno de los arroyos, ahí donde se nos había dicho que se corrían caballos y durante las fiestas la gente encendía fogatas hasta el amanecer. Ahora no había nadie; el escenario llamaba por eso; el arroyo era una trenza delgada y transparente sobre cantos azules, rojos, grises y, no lejos, acercados por el viento, sotos de árboles encerraban penumbra en movimiento de música que inquietaba, haciéndome necesario estar ahí y respirar ese aire. El viento enfriaba cargado desde el cerro; la noche podría encontrarme ahí sin problema, el camino no era largo hasta la casa inacabada, podía ver a la gente feliz, hasta mi padre me había saludado a la distancia: levantó su cerveza brindando como un compañero de viaje. Del suelo crecía una quietud que acariciaba y estuve tentado por salir corriendo de ahí, correr y regresar a la casa de la ciudad, con mi padre, donde la grisura también avasallaba pero era una costumbre soportable; en cambio, frente al arroyo sentía vergüenza por algo que no me quedaba claro.
El viento alrededor de las copas de los álamos y otros árboles sin nombre que guardaban la sombra comenzó a correr, se escuchaba el agua alta, pero era el sonido de los follajes que sacudía como a sonajas.
—¿Te acuerdas de tus propias manos cuando partías los limones amarillos, dos rodajas, y las hundiste en las bebidas? Yo estoy mirándolo.
Y miré el arroyo a través de una naturaleza que se había nublado.
«Y cuando estabas sentada al otro lado de la mesa, tan cerca, y el niño se revolvía feliz entre tus manos que lo hacían sentirse todo y mirándolos yo supe que había algo lejano en mí que los miraba y me miraba enfrente de ustedes, y esto pude soportarlo porque te vi en la luz de esa tarde con las mejillas asoladas por tu vida joven sin pausa… la luz o la miel misma de ti hacía transparente la pulpa de tus ojos, allí había la ternura tensa como la atención de una mujer antigua, y pude sentirte desde algo mío porque eras todo lo posible, algo que iba pasando, pasándonos a mí y al niño y yo a ustedes; y el sentir estaba lejos, subía desde hondo como una montaña; era insoportable estar así y ser algo que se iba, ¿te das cuenta? —y para romper algo, para dejar de sentir eso que se alzaba y caía sobre mí como una ola me puse de pie y el niño me miró y tú pensaste, o sabías, que algo de ti había en mi movimiento, y te besé el cabello y vi tan cerca tu frente que no pude creer que también te estuvieras yendo mientras el niño tranquilo, todo mirada.»
El viento siguió cayendo sobre la cabeza de los árboles y aquel que era yo necesitaba del lugar para poder decir lo que decía.
—No puedo mentirte —, dijo. Apenas me atreví a ver el reflejo opaco de su figura de frente al arroyo.
«Tú me hablabas, ¿por qué? No respondas de inmediato, tenemos tiempo y este sitio es agradable, tú y yo con el viento. ¿Me recuerdas contándote mi vida?; no, no toda, aunque era tu deseo que eso fuera posible. Tal vez aquí lo sea, si decides quedarte más tiempo y no renuncias a esta extraña alegría.
«¿Qué puedo decir para satisfacer tu necesidad de conocerme? No puedes conocerme.
«Estamos aquí para que escuches lo que ya sabías pero necesitabas saber que yo entendía contigo. Fuimos luz y sombra de un astro. Nuestra felicidad fue sencilla, casi imperceptible. ¡Estábamos tan lejos uno del otro!
«¿Tú eres todo?, ¿o eres nada? Todo o nada. No esperabas una respuesta sino una rendición. Tocaste el cariño con la culpa de traicionarte si te entregabas. ¿Eres capaz de tomarlo todo, de verdad? ¡Dalo todo!
«Yo te he querido y sé que me has querido, no debes temer que no lo sepa. Estas cosas puedo decirlas porque comienzas a entenderlas por tu cuenta; comienzas a decírtelas tú mismo, comienzas a entender que estás solo frente al arroyo…»
Una oleada de viento me empujó y quedé de pie adentro del agua helada. Respiré. Volví con los demás; el arroyo quedó a mis espaldas, reflejando la naturaleza y llevándosela. Había anochecido y al poco rato regresamos a casa, en Rosavedra. Durante el trayecto miré la cara de mi padre: tranquilo y satisfecho. Ahora recuerdo aquella excursión mientras estoy sentado con él en este patio y ha pasado la media noche; de vez en cuando esta bondad se combina con el sabor fuerte, metálico y a veces amargo del recuerdo de una pérdida permanente que se cobija en algunos rincones de esta casa.

*
Otro día, fuimos a dar un paseo. Sin pensarlo mucho, llegamos a una zona donde el monte comienza a ganar terreno y Rosavedra, a la derecha y atrás, permanece a oscuras durante unos momentos; a la izquierda, la nueva urbanización terminada a medias me recuerda la vida en Tres Ríos. Todavía se camina sobre tierra y el polvo se levanta si hace viento. Era una de las primeras tardes verdaderas de otoño, el cielo traslúcido, lejano en su separación de la tierra, como una cáscara que durante el verano hubiera tenido la finalidad de calentar la feracidad de los cuerpos, de las rocas, de las plantas y árboles, se levantaba creando una ámpula azul. La luna llena casi recargada en el horizonte parecía un ojo transparente y un velo. De pie en ese lugar, mirando la tierra canela y los cerros cercanos por donde, tras ellos, continuaban acercándose los ríos, conversamos mirando nuestras caras y la luna hasta que, alzándose, perdió de a poco su transparencia y recobró la dureza de su luz. Entonces vimos en silencio y fue como si supiéramos, yo supe, que se acercaba un movimiento, una nueva época para nosotros y que pronto cada uno estaría más lejos del otro, más nítido pero ausente, reconciliados de aquella primera muerte que había nacido en cada uno de nosotros. Ahora respirábamos el viento que comenzaba a recorrer, frotándolas, las ramas de los árboles en la ribera del río hasta nosotros.

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Leonel Rodríguez

martes, 1 de noviembre de 2016

Espejo retrovisor, de Juan Villoro: El pasado cuenta aquí y ahora

Por Leonel Rodríguez
(poeta mexicano)




Para Jaime Sainz Santamaría


Un día de agosto pasado encontré un libro sorprendente: costó 49 pesos. Ni el autor ni la editorial hacían prever ese precio que, además, nunca se halla en la librería de Sanborns. Yo tenía entre mis libros de cuentos un par de ese autor, pero nunca había terminado ninguno, salvo los de ensayos. Mientras hacía rodar el libro entre mis manos (si es que un libro puede rodar) como queriendo obtener de él un heraldo que informara si me gustaría leerlo, si el tiempo era propicio para este encuentro, recordé los años en que mi primo me conversaba animadamente de sus lecturas de este autor. Yo debería leerlo. Confieso que entonces no me sentí llamado, aunque el entusiasmo genuino, jovial, de mi primo quedó en la memoria y a la primera oportunidad (que no fue la primera primera) se apoderó de mí: sucedió ese día de agosto en que hallé a precio sospechoso la antología personal de Juan Villoro titulada Espejo retrovisor.

Se trata de una selección doble: reúne nueve cuentos con diez crónicas –combinación afortunada-, espigadas de entre una obra mucho más amplia. La otra selección es la que prefiere dos entre los géneros de la prosa que ha visitado Villoro, quien también es autor de novelas y teatro; literatura para niños; prólogos y entrevistas (en este libro se incluye una: género pariente de la crónica); ensayos todos que buscan el retrato de algo movedizo, circular: partir de un momento para contar un trayecto que suele terminar en el punto de partida: cuando ha sucedido la catarsis y puede iniciar el relato que actualiza el pasado.

Es lugar común señalar la inteligencia de esta escritura y la evidente cortesía con que se desarrolla en la página. No hay peligro de que el lector se sienta intimidado en un ámbito de extrema finura: el habla de Villoro considera al lector en tanto que no es grave, es velocísima. El trabajo de su lector está en ofrecerse como caja de resonancia para esta serie de iluminaciones aforísticas de diversos registros; también debe saber ir despacio: la pausa ante el deslumbramiento, la necesidad de detenerse a saborear, a comprender con mayor profundidad.

Suelta, amable y de una mesura que quiero llamar desbordada (que no reconcentrada), la prosa de Villoro se levanta en terreno de sensatez con capacidad enorme para dar forma nitidísima a las ideas e intuiciones que lo mueven. Cuando llega a la página, la voz de su palabra ya ha incorporado la duda y avanza en una corriente de ligera y honda potencia.

La hondura toma la apariencia primera de la superficialidad. Ligereza que es la cortesía de un punto de partida. Creo que su expresión tan definida es tal en su fuerza aforística que uno puede sentirse avasallado por leerlo mucho. Esto quiere decir –en el lector que soy- que se extraña alguna niebla, alguna indeterminación que no haya sido expresada perfectamente. Digo esto pensando en algunas crónicas y ensayos, pero de ninguna manera en el par de cuentos que abren la antología, “Confianza” y “Forward » Kioto”.

¿Qué sentido tiene quejarse de la claridad en una prosa de crónica o ensayo?, ¿no es lo buscado?, ¿demuestro mi propia oligofrenia? Adelanto aquí alguna intuición para, posiblemente, cancelarla en otro momento. La claridad de esta obra es tan relumbrosa que además de ser un regalo para el lector, es una exigencia. Éste ha de proporcionar la incertidumbre, al desazón que, a mi parecer, faltan notoriamente en lo que conozco de esta obra. Es la suya una voz que evita perderse en la página publicada. De modo halagador para el público, la voz del autor entrega casi exclusivamente la parte blanda y suculenta de la presa. Después de varias ofrendas, el lector, agridulce, siente la incomodidad de necesitar algo menos hecho, algo oscuro que armonice con la urbanidad claridosa. Esta queja mía se convierte en reconocimiento de uno de los dones de Villoro; dicho sin sarcasmo: regala la añoranza por lo inseguro y lo impreciso, donde lo que vive adentro del lector puede crecer.

Inconscientemente, lo que puede incomodar de una lectura demasiado frecuente de Villoro es que la bondad de su percepción, equivalente a precisión, supera la que ejercito (¿y usted?) en lo cotidiano: el autor a veces parece haber reflexionado acerca de mi vida más que yo.

Aunque no hace antropología del lenguaje, en los cuentos “Los culpables” y “Mariachi” adapta el suyo, y su manera de razonar que el lector conoce, al ambiente propuesto: habla un cantante inmerso en el espectáculo y el mundo de las apariencias, o un hombre de la frontera norte de México, lejos de parques, escritores, colonias de clase media. Estos cuentos son estudios de otredad, impulso valioso de la obra cuentística de Villoro que halla su mejor muestra, me parece, en el libro llamado Los culpables.

Juan Villoro
Los cuentos más recientes, “Confianza” y “Forward » Kioto”, son más personales en tanto se acercan más al silencio del narrador, quien no está dominado por el lenguaje, sino que muestra momentos de incomprensión o quizá, y mejor, de contemplación de algo que no quiere ser definido. Son cuentos complicada (deliciosamente) sencillos y misteriosos. No necesitan explicaciones. El lector puede advertir en sí el bello dolor de sentirse implicado en la ficción. Son cuentos que no delatan el trabajo que costó rendirlo en la hoja.

Las crónicas son la segunda media naranja del libro. Las tres primeras se han ordenado con intención narrativa; hablan del zapatismo de Chiapas. El movimiento alcanzó al autor en la madurez de su juventud y le entregó una imagen culminante de su padre, el filósofo Luis Villoro, quien por décadas había estudiado la trascendencia de lo indígena en la identidad nacional, y personal. Al salir a luz el zapatismo finisecular, Villoro padre encontró en los vivos las preguntas, y tal vez las respuestas, que había depositado en la historia, en los muertos.

A Juan Villoro, el zapatismo chiapaneco le ofrece la explicación de su padre (que el cronista tiene que elaborar y expresar en esta crónica, donde la precisión y don de claridad son entrañables, me parece, porque el tema es inagotable y necesario, no comienza coqueteando con la ligereza.) Al demostrarse que la identidad indígena vive fuera de los libros, el sentido de la vida de su padre se aproxima, deja de estar dedicada a investigar la memoria para unirse al presente. Creo que el autor halló un padre más visible, más compañero.

El mundo de Juan Villoro es el de las edades del hombre. Temáticamente, desde la adolescencia hasta la madurez de sus relatos más recientes -los de Apocalipsis (todo incluido)-, en ellos domina la verdad astillada, la que apunta hacia afuera, hacia el mundo, hacia rumbos varios y hasta contrarios. Se trata de la verdad viajera de la inteligencia, presente en esa voz que se sirve de la ligereza para relacionar los momentos y actores más disímiles: voz que sugiere que no importa tanto quién hace o dice, como importa el movimiento de ese espíritu. En Juan Villoro, después de leer Espejo retrovisor, tiene que ver con la reconciliación en el momento, por gracia de un aire ligero que disuelve el encierro de la mente. Viento que muestra la fugacidad de las identidades, de lo fijo.

Al final de su introducción a la antología, Villoro escribe que un libro sólo adquiere auténtica existencia al ser leído, del mismo modo en que un espejo –que juzgamos insomne- sólo despierta cuando alguien se asoma a él.
            Esta línea sucede porque tú la miras.

La imagen del propio rostro en el espejo es la medida, quizá única, que puesta de ese otro lado de la realidad, nos equilibra e ilumina.


REFERENCIA: Juan Villoro. Espejo retrovisor. 2da reimpresión. México: Seix Barral, 2014. 308 p. (Biblioteca breve.)

ASTILLAS DE VILLORO (espigadas de Espejo retrovisor)

Todo está ante los ojos, pero el paisaje de conjunto es invisible…
Qué trabajo cuesta entender la importancia de una meta cercana…
Los actores se enteran de lo que trata la película cuando la ven en el cine. Es como la vida: sólo ves tus escenas y se te escapa el plan de conjunto…

En mi caso, como en el de tantos otros, operaba el vago protagonismo del testigo: “Yo estuve ahí. Llámenme Ismael”…

Es obvio que hay un costado frívolo en quienes necesitamos que el pueblo se levante en armas para ir de campamento –la zambullida rápida en el México profundo…
Aunque fue una empresa del despojo y de la sangre, la Conquista se ha simplificado para evadir el presente…

Hamlet habita un mundo donde el honor violado reclama venganza por cuchillo. Sin embargo, al enterarse del asesinato de su padre, se paraliza. No sólo se opone a la impulsividad irreflexiva; desconfía del sentido mismo de los actos. Caso extremo de introspección, hace pensar en el verso de José Gorostiza en Muerte sin fin: “Inteligencia, soledad en llamas”…

¿Hasta dónde podemos recuperar una memoria ajena? ¿Es posible entender lo que un padre ha sido sin nosotros? Ser hijo significa descender, alterar el tiempo, crear un desarreglo, un desajuste que exige pedagogía, autoridad, transmisión de conocimientos. ¿Podemos entendernos como contemporáneos de nuestros padres, ser intempestivos a su lado?...

La falta de claridad no está en el entorno sino en la mirada: el viajero debe pasarse en limpio…

La poesía es la parte más difícil de la naturaleza…

Leonel Rodríguez
El jardín es visto desde una terraza de madera. Al caminar de un extremo a otro el visitante puede contar las piedras. Es fácil constatar que son quince, pero no hay un solo punto desde el que sea posible verlas todas. El templo ofrece una lección de perspectiva: la totalidad es fragmentaria…

La técnica te robó la revelación de las almas…

Cuidarlo es una oración; interpretarlo, una transgresión…

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sábado, 1 de octubre de 2016

Sencillez y realidad. La vida de María, de Rainer Maria Rilke

Por Leonel Rodríguez
(poeta mexicano)




Para Cosme Álvarez, con amistad

1

Rainer Maria Rilke
Hablar de la colección de poemas La vida de María, de Rainer Maria Rilke, es solicitar atención para un libro que al parecer nunca la ha exigido ni recibido, al menos de los comentaristas en lengua española. Un siglo después de su primera edición, en 1913, aparece en México; es probable que también sea su primicia en el ámbito del castellano. Uno de sus poemas, el de la Anunciación, es habitante frecuente de las antologías de la obra del poeta austro-húngaro; fuera de esta distinción, La vida de María suele ocupar una línea o menos en los prefacios que abren las ediciones de los libros más conocidos de Rilke. Si atendemos la cronología, vemos que este ciclo de poemas fue escrito al tiempo que las primeras Elegías de Duino, como lo comenta Pablo Soler Frost, su traductor para nosotros, en el posfacio a esta edición. Los poemas fueron escritos en enero de 1912, en Duino –la misma fecha y lugar de escritura de las primeras elegías-; se publicaron el año siguiente, cuando su autor se hallaba ya en ese silencio que se ha vuelto emblemático, silencio que sólo se refiere a la espera y búsqueda de la expresión que daría término a las elegías: Rilke, es sabido, no dejó de escribir durante esa década deformada y vuelta a formar por la Gran Guerra. Sucede que se identifica esa época al proceso de gestación de las elegías, preñez que duró diez años, puente que comienza en 1912 y toca tierra en 1922.

La vida de María fue escrita de una. Aunque el poeta había meditado largamente acerca del tema, nos comenta Soler Frost. Habría que conseguir el epistolario del poeta para conocer lo que este libro significó para él en su día –a falta de tal libro, confiamos en lo que dicen los poemas, ya no para conocer la opinión de un poeta acerca de su obra, sino para advertir el sitio que tiene este libro en una trayectoria vital.

2

En uno de sus ensayos de Entrada en materia, Juan García Ponce dijo que Rilke llamaba “la tormenta” al momento en que la expresión, sirviéndose de la escritura, se le entregaba de una pieza, en único torrente. Esta noción implica un momento de incertidumbre, cuando se arracima la humedad y forma nubes (el desasosiego que tiene forma de todo y de nada: nubes); cuando se ennegrecen y el cielo pesa demasiado para permanecer por encima de la tierra se desata la tormenta. En la trayectoria de Rilke, esta fase meteorológica, que puede identificarse con el verano, es el lapso que tuvo que respetar y aguardar para acceder al término de las Elegías de Duino.

La vida de María es la ilustración del destino de ser madre. Dar a luz; entregar. Esta serie de trece poemas (que son quince: el último se divide en tres piezas) pudo haber sido escrita en el mismo cuadernillo de las elegías. La pregunta desolada acerca de la atención de los ángeles pudo convivir con las escenas de María, de su trato con ángeles que fueron a ella, sin pedirlo ni quererlo. Esta serie de iluminaciones lleva un epígrafe en griego, que en la edición que ha preparado para nosotros el traductor aparece en nuestra lengua, y dice: En mí, la tormenta. La lectura de un poema o un libro de poesía pide inocencia. También, quizá paradójicamente, es claro que todo queda en la responsabilidad y atención del lector. En este comentario, comparto algo de mi lectura y nadie debe pretender que mis razonamientos –cuando no son sueños- explican esta obra de Rilke. Abrí el libro; leí el epígrafe por fin dilucidado, y pregunté quién hablaba. Bastó un momento para decidir que era la voz de María. Al llevar en sí al niño, pudo decir que en ella estaba la tormenta que regaría su agua por el mundo. Comencé a leer los poemas, no sin preguntarme la procedencia del epígrafe (el curioso podría indagar y más tarde o más temprano dará con la obra de donde proviene el epígrafe. Quizá se trate de un himno de la iglesia católica ortodoxa, podría ser un himno que exige ser cantado y oído de pie. Me niego a transcribir el nombre de dicho himno. Es útil buscarlo teniendo la grafía griega a la vista. Al hallar el himno, localizada la línea que abre nuestro libro, quizá te lleves una sorpresa. ¿Quién dice: en mí, la tormenta?)

Había pensado en María, pero la voz del epígrafe puede ser también la del poeta que ha comenzado a esperar su tormenta, su dar a luz. Creí ver que los poemas a María ilustraban la gravidez artística de Rainer Maria Rilke.

Estos poemas redescubren momentos de la vida que perduran invisibles y presentes, siguen resonando como una melodía. Entre estos momentos hay suficientes espacios sin explicación, en blanco, como para que la imaginación, poética por naturaleza, los habite y relacione. Éste ha sido el proceder del poeta: dar vida de verbo a las imágenes –las cuales no dicen más que mil palabras pero sin duda las sugieren- que la iconografía y la literatura han fijado y revisitado por siglos.

(Otros, entre muchos, libros que también cuentan con los blancos son Anábasis (1924) de Saint-John Perse y Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo.)

Rilke ha ensanchado, habitándolos, aquellos episodios que tantas generaciones han tenido en la memoria. Al leerlo, creemos que nos habla de algo que ya sabíamos, y esta firmeza nos ayuda a aceptar la novedad de su decir que saca a luz lo indecible. Leemos estas escenas aceptando sencillamente que habla de algo nuestro. Como escribió Juan García Ponce en su ensayo: “el mundo, lo real, no es humano, está más allá del hombre; pero el canto nos lo acerca, humanizándolo.”

3

La vida de María puede gozarse con leerlo inocentemente. La solución de enigmas sólo interesa a quien se siente llamado a aclararse algo que, de todos modos, nunca puede quedar completo sobre la mesa. El misterio de la sencillez cargada de futuro, el misterio de María.

Igual que el José de la historia bíblica, el hombre creador es padre por la gracia, por regalo: el poeta recibe la mirada; José recibe al hijo. En ambos padres cabe la tormenta de la duda. Será el ángel quien, por gracia, reconforte severamente a José; será el ángel el que hable o haga hablar al poeta, quien dudaba de haber tenido la voz necesaria para evocar un diálogo con lo indecible, obsequiándole con su propia voz, dándole la inocencia que le permite concebir su obra. Es entonces, al hablar con voz propia, cuando la voz del poeta habla por otros: leemos y escuchamos la voz de María; la voz de un astro; la voz del aire testigo de una escena entre dos mujeres embarazadas. La poesía muestra la voz del creador, la voz implícita en el tejido de la creación. El hombre que fue Rilke desvaneció la ilusión de lejanía y extrañeza porque las dotó de características entrañables al integrarlas al curso de su preñez.
        
4

¿Por qué termina La vida de María con un poema de la tumba apenas vacía de Jesús, cuando el apóstol Tomás quiere ver el sepulcro vacío?

María, encarnación de la sencillez, da a luz el misterio de la realidad: lo que está y no está. Una tumba sin muerto, olorosa a fragancia de lavanda, como huella de alguien que apenas escapó de nuestra voluntad de comprobar su existencia. El ángel dice a Tomás:

Mira el sudario:
¿dónde hay un blanco,
dónde no lo hay?
(Tercer poema de “De la muerte de María”)

La huella del tiempo está y no está; la vida parece realidad de sueño, ¿hay diferencia?

Es lo que nos dice el poeta. El fruto de la sencillez, el hijo de María, es la sonrisa entre dos luces: la del final del día y el primer destello de la luna, a menos que se trate de una noche oscura, sin luna. Como sea, la sonrisa sencilla, de una pieza, permanece visible e invisible.

Referencia: Rainer Maria Rilke. La vida de María.
Traducción y posfacio de Pablo Soler Frost.
México: Conaculta, 2013. 70 p.
(Clásicos para hoy, universales).

jueves, 1 de septiembre de 2016

Hallar mujer, hallar lugar (Del Monte y otras bestias, de León Cartagena)

Por Leonel Rodríguez
(poeta mexicano)





¿Cuál es el mundo del Monte? El poeta León Cartagena (México, 1978) dedica su escritura a darnos la presencia de ese lugar en su libro Del Monte y otras Bestias.
            Seco, espinoso cuando no baldío, anegado de sol durante el día y de negrura de sofoco o hielo (depende de la estación) durante la noche, el Monte está fuera del tiempo, esa prisa, esa ausencia, que hoy venera el hombre. El poeta Cartagena contempla y pone en pie esa tierra dura que comienza muy cerca del umbral de su casa. La ciudad no es suficientemente hechicera como para olvidar su condición de gota de asfalto en medio de un terreno amplio como un mar.
            El Monte. En él, este hombre mirador encuentra la marca de un incendio: alguna vez fue un vergel, pero el canto y la alegría de los hombres, o más bien, de un hombre, un cantor, fueron tan desbordados, tal su desmesura, que el dios castigó la tierra y borró casi toda su bondad. Queda el erial de larguísimo verano. Su tierra da fruto, su tierra espera ser fecundada; el poeta ve esto y descubre que la tierra es mujer. Se siente ligado al lugar porque conoce su precisa relación con la tierra: él la hace florecer.
            Creo que esto es lo que nos dice este poemario de un solo, hondo tema.

El lugar
Hay un poema que, como su título lo indica, es importante dentro del orden de este libro. “Monte” enuncia el lugar que importa. Dice que ha regresado al pueblo para buscar en el corazón del Monte. Regresar es elegir. Antes, el poeta ha estado en un sitio donde no hubo, no encontró, lo que ahora se dispone a buscar. Le habla de tú a eso que investiga –dice “buscarte”-; el lector ha de asumir que él mismo contiene algo de eso que se busca, que hace falta. Se busca un interior. El poema dice al final: “nos llevamos al monte/ en los adentros.”

Encuentros
El lugar que se dedica en este libro al amor sexual es importante. Cuando sucede, se está en ese mundo florecido, fuera del castigo del dios. No hay desmesura culpable sino comunión; esta última palabra titula uno de los poemas del libro. En las piezas amorosas todo es inmediato; acto, la percepción misma encarna: “¿Ves ahora/ cómo mis manos y los flancos de tus caderas/ están hechos de la misma carne?” (“Lapso de ecuaciones”). En Del Monte y otras Bestias el encuentro sexual sucede entre el poeta y la mujer que es la tierra. Él hace posible su maternidad, su florecimiento.
            Creo que éste es el hallazgo del libro. El hombre que menciona la ausencia de sentido (“Menos la muerte”), encuentra que la mujer es el cuerpo misma de esa tierra cuyo vacío lo ha desconsolado. Del Monte… nos presenta dos momentos: el de la inmovilidad ante el caos, donde no se ve sentido. Naturaleza negada aparentemente a la circulación de las estaciones, momento de tiempo lineal que todo lo vence. Aquí, ante el erial, el poeta dice que “dios está mudo”, está en silencio y en eso consiste su olvido de nosotros. Habitante de su voz, el poeta mismo deja de advertir que él, la voz, integra el lugar; en la voz del que canta se escucha el aliento del mundo. El impulso de entonar lo mirado viene de quien mira, es absurdo y no iluminador asumir que se trata de una sugerencia externa: no es un dios lejano quien de vez en cuando accede a conceder un don. Lo que vemos, lo que nos ve, nos incluye. Al no ver, al no darse en los sentidos, estamos ausentes del mundo, y en tal estado de ausencia, lo sagrado sólo puede ser pensado no vivido, es un pensamiento de ausencia. Presentes, entregando los sentidos al mundo y recibiéndolo, la vida difícilmente sería una carencia donde se duda. Es tal la presencia de la tierra en el cuerpo, que su voz es la nuestra.
            Me detengo. Aclaro que estas conclusiones no pertenecen a Del Monte y otras Bestias. No se beneficiaría con ellas, además. Acartonarían una obra de poesía. Son consecuencia de mi lectura. El posible acierto de ellas se debe al poder sugestivo de los poemas y su indecisión y falta de claridad al apresuramiento de quien escribe estas líneas. Mejor la presencia sin más, como canta el poeta al referirse a la luz: “Adivino tu gesto, la perfección del golpe seco que no se da.”
Así puede abordarse con naturalidad otro momento del libro, que es el reconocimiento del lugar, encuentro con el cuerpo desconocido, tierra-bestia surcada de sangre y movimiento como uno mismo. Podría ser la capacidad para contemplar la luz la que nos conduce al modo de entender el tiempo que propone Del Monte y otras Bestias.
Al principio del poema “Monte”, muy cerca del inicio del libro, la voz del autor dice que ha regresado, ha elegido el regreso para buscar en el corazón del Monte. Para buscarte. Ese tú indefinido y a la vez transparente, ¿no ha de ser algo que se tiene o que se es? En “Retrato del espejo” se lee: “Dicen que conoces las estrellas/ dicen que eres mito trasladado a lo innegable,/ yo sólo he visto el arenal.” El desolado, ¿no es lo mismo que el Monte yermo? El sentido de su regreso es hallar para qué vive. El llano desatendido te contempla. Quizá no debe esperarse una revelación atronadora, sino la sencilla evidencia: “El venado se deja guiar por el sonido/ de una vena de agua que viaja entre huizaches.” (“Danza de venado”).

Se han dicho algunas palabras: regreso, tierra, tiempo. Una vena de agua que nos guía al tiempo del mito. A lo fecundo, al riego. La búsqueda de mito significa necesidad de orden natural, el de las estaciones, el tiempo que viene y va. Donde cada fenómeno es daño y beneficio. En el mito, vivir es morir, y morir es dar la vida. No existe la desaparición sino el cambio.
            Hay dos poemas en Del Monte y otras Bestias que tocan el mundo nahua prehispánico, uno de ellos titulado “Leyenda”; además de otros poemas, como los de “Panum”, de tema mitológico griego. En este poema que consta de tres partes numeradas, se habla del nacimiento del Monte. El canto del poeta había hecho nacer las flores de la tierra. El dios consideró el canto y sus consecuencias, castigó al poeta por su desmesura y “de la cascada sonora de tu sangre/ creció el agreste monte que aún te espera.”
            Pero sabemos que los dioses no deshacen el pasado, no deshacen los haceres de nadie sino que transforman sin restituir la forma. Como pone en evidencia el ritmo circular del mito, las cosas se transforman, no desaparecen ni quedan canceladas. Entonces, quizá hay una parte del acto del dios, de su castigo, que no ha sido descubierta. El dios no convirtió en polvo y sequedad al mundo de flores, sino al poeta (quien contiene al mundo): ahora lleva en los ojos aquello que él, el poeta, pretendió desterrar de la tierra. Las acciones del dios, de lo desconocido, son ambiguas; en la consecuencia de su castigo hay oportunidad, por eso el Monte “aún te espera”, porque pide ser habitado. El dios ha pedido que se cante y haga florecer una tierra más recóndita que, claramente, está en los ojos. El poeta Marsias del poema “Panum” tal vez no lo vio, pero el poeta del monte lo canta sin explicaciones, sin preferencias.
            Sea la primera estrofa de “Semilla de lumbre” el desenlace de este comentario:
Sólo un hombre puede sembrar una palabra,
una semilla de lumbre,
que detenga o cambie el curso del tiempo.

Posdata ligera
Dos notas del comentario en la cuarta de forros, escrita por Enrique Silva Rodríguez, poeta chileno. La primera, cuando hace notar que la palabra bestia es andrógina. De repente aparece la imagen de esa bestia que recorrió todo el libro, la bestia que nace del abrazo de la pareja. El Monte y su Bestia: imagen de reconciliación.
            La segunda. El acierto de calificar la voz del autor como “sencillez enceguecida”: todo aparece claro, hay que darle mirar para que sea.

REFERENCIA: León Cartagena. Del Monte y otras Bestias. Culiacán, México: Andraval ediciones, CONACULTA, INBA, 2013. 66 p. (Punto luminoso, XII).

Leonel Rodríguez (México, 1978)
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