sábado, 1 de octubre de 2016

Sencillez y realidad. La vida de María, de Rainer Maria Rilke

Por Leonel Rodríguez
(poeta mexicano)




Para Cosme Álvarez, con amistad

1

Rainer Maria Rilke
Hablar de la colección de poemas La vida de María, de Rainer Maria Rilke, es solicitar atención para un libro que al parecer nunca la ha exigido ni recibido, al menos de los comentaristas en lengua española. Un siglo después de su primera edición, en 1913, aparece en México; es probable que también sea su primicia en el ámbito del castellano. Uno de sus poemas, el de la Anunciación, es habitante frecuente de las antologías de la obra del poeta austro-húngaro; fuera de esta distinción, La vida de María suele ocupar una línea o menos en los prefacios que abren las ediciones de los libros más conocidos de Rilke. Si atendemos la cronología, vemos que este ciclo de poemas fue escrito al tiempo que las primeras Elegías de Duino, como lo comenta Pablo Soler Frost, su traductor para nosotros, en el posfacio a esta edición. Los poemas fueron escritos en enero de 1912, en Duino –la misma fecha y lugar de escritura de las primeras elegías-; se publicaron el año siguiente, cuando su autor se hallaba ya en ese silencio que se ha vuelto emblemático, silencio que sólo se refiere a la espera y búsqueda de la expresión que daría término a las elegías: Rilke, es sabido, no dejó de escribir durante esa década deformada y vuelta a formar por la Gran Guerra. Sucede que se identifica esa época al proceso de gestación de las elegías, preñez que duró diez años, puente que comienza en 1912 y toca tierra en 1922.

La vida de María fue escrita de una. Aunque el poeta había meditado largamente acerca del tema, nos comenta Soler Frost. Habría que conseguir el epistolario del poeta para conocer lo que este libro significó para él en su día –a falta de tal libro, confiamos en lo que dicen los poemas, ya no para conocer la opinión de un poeta acerca de su obra, sino para advertir el sitio que tiene este libro en una trayectoria vital.

2

En uno de sus ensayos de Entrada en materia, Juan García Ponce dijo que Rilke llamaba “la tormenta” al momento en que la expresión, sirviéndose de la escritura, se le entregaba de una pieza, en único torrente. Esta noción implica un momento de incertidumbre, cuando se arracima la humedad y forma nubes (el desasosiego que tiene forma de todo y de nada: nubes); cuando se ennegrecen y el cielo pesa demasiado para permanecer por encima de la tierra se desata la tormenta. En la trayectoria de Rilke, esta fase meteorológica, que puede identificarse con el verano, es el lapso que tuvo que respetar y aguardar para acceder al término de las Elegías de Duino.

La vida de María es la ilustración del destino de ser madre. Dar a luz; entregar. Esta serie de trece poemas (que son quince: el último se divide en tres piezas) pudo haber sido escrita en el mismo cuadernillo de las elegías. La pregunta desolada acerca de la atención de los ángeles pudo convivir con las escenas de María, de su trato con ángeles que fueron a ella, sin pedirlo ni quererlo. Esta serie de iluminaciones lleva un epígrafe en griego, que en la edición que ha preparado para nosotros el traductor aparece en nuestra lengua, y dice: En mí, la tormenta. La lectura de un poema o un libro de poesía pide inocencia. También, quizá paradójicamente, es claro que todo queda en la responsabilidad y atención del lector. En este comentario, comparto algo de mi lectura y nadie debe pretender que mis razonamientos –cuando no son sueños- explican esta obra de Rilke. Abrí el libro; leí el epígrafe por fin dilucidado, y pregunté quién hablaba. Bastó un momento para decidir que era la voz de María. Al llevar en sí al niño, pudo decir que en ella estaba la tormenta que regaría su agua por el mundo. Comencé a leer los poemas, no sin preguntarme la procedencia del epígrafe (el curioso podría indagar y más tarde o más temprano dará con la obra de donde proviene el epígrafe. Quizá se trate de un himno de la iglesia católica ortodoxa, podría ser un himno que exige ser cantado y oído de pie. Me niego a transcribir el nombre de dicho himno. Es útil buscarlo teniendo la grafía griega a la vista. Al hallar el himno, localizada la línea que abre nuestro libro, quizá te lleves una sorpresa. ¿Quién dice: en mí, la tormenta?)

Había pensado en María, pero la voz del epígrafe puede ser también la del poeta que ha comenzado a esperar su tormenta, su dar a luz. Creí ver que los poemas a María ilustraban la gravidez artística de Rainer Maria Rilke.

Estos poemas redescubren momentos de la vida que perduran invisibles y presentes, siguen resonando como una melodía. Entre estos momentos hay suficientes espacios sin explicación, en blanco, como para que la imaginación, poética por naturaleza, los habite y relacione. Éste ha sido el proceder del poeta: dar vida de verbo a las imágenes –las cuales no dicen más que mil palabras pero sin duda las sugieren- que la iconografía y la literatura han fijado y revisitado por siglos.

(Otros, entre muchos, libros que también cuentan con los blancos son Anábasis (1924) de Saint-John Perse y Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo.)

Rilke ha ensanchado, habitándolos, aquellos episodios que tantas generaciones han tenido en la memoria. Al leerlo, creemos que nos habla de algo que ya sabíamos, y esta firmeza nos ayuda a aceptar la novedad de su decir que saca a luz lo indecible. Leemos estas escenas aceptando sencillamente que habla de algo nuestro. Como escribió Juan García Ponce en su ensayo: “el mundo, lo real, no es humano, está más allá del hombre; pero el canto nos lo acerca, humanizándolo.”

3

La vida de María puede gozarse con leerlo inocentemente. La solución de enigmas sólo interesa a quien se siente llamado a aclararse algo que, de todos modos, nunca puede quedar completo sobre la mesa. El misterio de la sencillez cargada de futuro, el misterio de María.

Igual que el José de la historia bíblica, el hombre creador es padre por la gracia, por regalo: el poeta recibe la mirada; José recibe al hijo. En ambos padres cabe la tormenta de la duda. Será el ángel quien, por gracia, reconforte severamente a José; será el ángel el que hable o haga hablar al poeta, quien dudaba de haber tenido la voz necesaria para evocar un diálogo con lo indecible, obsequiándole con su propia voz, dándole la inocencia que le permite concebir su obra. Es entonces, al hablar con voz propia, cuando la voz del poeta habla por otros: leemos y escuchamos la voz de María; la voz de un astro; la voz del aire testigo de una escena entre dos mujeres embarazadas. La poesía muestra la voz del creador, la voz implícita en el tejido de la creación. El hombre que fue Rilke desvaneció la ilusión de lejanía y extrañeza porque las dotó de características entrañables al integrarlas al curso de su preñez.
        
4

¿Por qué termina La vida de María con un poema de la tumba apenas vacía de Jesús, cuando el apóstol Tomás quiere ver el sepulcro vacío?

María, encarnación de la sencillez, da a luz el misterio de la realidad: lo que está y no está. Una tumba sin muerto, olorosa a fragancia de lavanda, como huella de alguien que apenas escapó de nuestra voluntad de comprobar su existencia. El ángel dice a Tomás:

Mira el sudario:
¿dónde hay un blanco,
dónde no lo hay?
(Tercer poema de “De la muerte de María”)

La huella del tiempo está y no está; la vida parece realidad de sueño, ¿hay diferencia?

Es lo que nos dice el poeta. El fruto de la sencillez, el hijo de María, es la sonrisa entre dos luces: la del final del día y el primer destello de la luna, a menos que se trate de una noche oscura, sin luna. Como sea, la sonrisa sencilla, de una pieza, permanece visible e invisible.

Referencia: Rainer Maria Rilke. La vida de María.
Traducción y posfacio de Pablo Soler Frost.
México: Conaculta, 2013. 70 p.
(Clásicos para hoy, universales).

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