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martes, 1 de noviembre de 2016

Beethoven und Freiburg

Por José Manuel Recillas
(poeta mexicano)






Imagen de Ludwig van Beethoven
Escuchar las nueve sinfonías de Beethoven en un momento como el que vive México, en donde el desgobierno y su cinismo, el saqueo y la rapiña constantes, la corrupción, la injusticia, el crimen organizado y el desorganizado desde las más altas esferas del ejercicio del poder político, en fin: el horror que diariamente nos acosa y no deja de sorprender y preocupar, pudiera parecer un acto de suprema frivolidad. No es así.

Está de sobra señalar que escucharlas debería ser un imperativo categórico, para usar la adecuada fraseología kantiana, especialmente en una situación como la que vivimos. La visita de la Freiburger Barokorchester los días 5 y 6, 8 y 9, y 11 de octubre para interpretar el ciclo sinfónico beethoveniano completo en un lapso de apenas seis días debería ser considerado una fecha que quedará en los anales de la música en nuestro país.

Para mí fue un sueño hecho realidad, el cumplimiento de una espera de veinte años desde que escuché por vez primera a esta legendaria y extraordinaria orquesta, y de un cuarto de siglo desde que escuché en CD un ciclo sinfónico beethoveniano completo con una orquesta con instrumentos de época: la Hanover Band. Casi en cascada fueron llegando a mí otros ciclos del mismo tipo. El de Christopher Hogwood y The Academy of Ancient Music –que en los hechos tenía casi a los mismos músicos de la Hanover Band–, el de Frans Brüggen y la Orquesta del siglo xviii –y su descomunal interpretación de la Marcha fúnebre de la Tercera–, la de John Eliot Gardiner, la intensamente esperada de Nikolaus Harnoncourt, y los no siempre convincentes de Roger Norrington, Jos van Immerseel y Martin Haselböck. Y después, sus herederos en orquestas modernas: el del flamenco Philippe Herreweghe, el del noruego Osmo Vänskä con la conflictiva Orquesta de Minnesota, y el descomunal de Paavo Jarvi.

A lo largo de mi vida he escuchado incontables ciclos completos, el más reciente, previo al de la Barroca de Friburgo, dirigido por Miguel Salmon del Real con la Sinfónica de Michoacán, en un ciclo memorable, en el cual pude constatar lo mucho que aún tiene por decirnos estas obras maestras. Comparar ambos ciclos sería un exceso, pero algunas cuestiones relevantes se pueden señalar de ambos directores, ambos muy jóvenes, de casi la misma edad.

La dirección orquestal de Gottfried von der Goltz es más aérea, en comparación con la más terrestre, desde el plexo solar, de la de Salmon del Real, y ello conduce a sonoridades distintas, a un impacto diferente en el escucha. Quizá por ello mismo, la de este último fue mucho más arriesgada no sólo que la de Von der Goltz, sino más de lo que jamás nadie se haya atrevido antes. Sus versiones de la Marcha fúnebre –espectacular y de una fuerza que nunca antes había escuchado, con una tensión y una acumulación de la energía sonora simplemente bestial– y de las dos Quintas, en dos días consecutivos, pero con dos lecturas a la partitura­ tan diferentes, tan contrastantes una de la otra, que parecían dos orquestas y dos directores distintos, es algo que no volverá a verse probablemente jamás, a menos que el propio Salmon encuentre una orquesta que se atreva a seguirlo como lo hizo la de Michoacán, algo poco probable con el tipo de orquestas con que contamos en el país.

Pero la transparencia de los instrumentos de época es incomparable con lo que puede ofrecer una orquesta moderna. No sólo por la afinación, sino por el sonido mismo, y por algo de lo que alguna vez leí en Harnocourt, pero ninguna grabación ha podido hasta ahora transmitir en toda su gloria y majestuosidad: la disposición de las secciones instrumentales. Aunque básicamente la orquesta es la misma que la moderna, un poco más pequeña, en Beethoven el eje de ésta se encuentra en la sección de las maderas y alientos, la sección de Harmonie, y en torno a ella se construye el volumen orquestal en una suerte de tres triángulos. Al centro la mencionada sección, soportada por los violonchelos y violas como un perfecto cateto sonoro de base, y en dos triángulos en los extremos, del lado izquierdo violines primeros y contrabajos, y al otro extremo, violines segundos, percusiones, y una parte de las violas.

Esta disposición le permitía a Beethoven explorar y explotar de manera genial uno de sus procedimientos compositivos de variación favoritos: el fugato, el cual en las orquestas modernas suele perderse frente a la avalancha sonora de la cuerda, especialmente el del primer movimiento de la Novena, descomunal. Esa célebre frase que alguna vez me dijese algún amigo: “¿Para qué escribe Beethoven tantas cosas en sus sinfonías si no se pueden escuchar?”, encuentra su respuesta en este tipo de orquestas y disposición instrumental: porque en tiempos de Beethoven sí se escuchaba todo eso… ¡Y cómo se escucha, Mein Gott! La exploración del timbre, del color orquestal, de los contrastes sonoros y la articulación de la cuerda, por ejemplo, moviéndose en el espacio, en vez de esa masa sonora compacta y difícilmente diferenciada que tenemos que padecer una y otra vez con cada orquesta en nuestro país, encontró en la Barroca de Friburgo un motivo de inequívoca dicha y de redescubrimiento de estas obras esenciales.

Uno de los descubrimientos más notables para no pocos melómanos fue hallar que todo el lenguaje sinfónico beethoveniano –que es como decir toda su compleja y avasalladora personalidad– se encuentra ya perfectamente logrado desde su primera sinfonía. Más aún –como si no lo supiéramos–, que no hay compositor posterior, desde Schubert hasta Mahler, que no esté en deuda con él, que no halle su raíz en él, que no esté incluso sugerido en él. No sólo eso. En la impresionante interpretación que hizo la Freiburger de la más revolucionaria de sus sinfonías, la Tercera, en la Marcha fúnebre, el violín solo de Petra Müllejans nos recordó, con un guiño fuera de serie, a Bach, como si uno y otro tuviesen un origen en común, como si la más revolucionaria sinfonía del genio de Bonn no olvidara de dónde viene y hacia dónde va. Jamás había oído algo así en toda mi vida.

Cada sinfonía nos fue revelando matices, guiños, indescriptibles momentos de eso que sólo puedo definir como la enorme dignidad humana de su pensamiento, de su trabajo con la noble madera de sus instrumentos. No sé cuántas veces estuve a punto de llorar de la emoción, pero sé que después de cada concierto salí temblando, transfigurado, esperanzado, y debo decir que, en efecto, algunas de mis más hondas súplicas hallaron respuesta, y no podría estar más agradecido por haber vivido esta experiencia.

Uno de los temores de algunos melómanos estaba en el desempeño del Coro de madrigalistas, de clara formación belcantista, y la latente posibilidad de que cantara como lo suelen hacer siempre, a voz en cuello, y se destruyera el delicado equilibrio de una sinfonía que siempre, o casi siempre, es interpretada desaforadamente, en busca más el aplauso que la comprensión de sus muchos matices. No sólo eso. Tenía mucha curiosidad por escuchar su segundo movimiento, Molto vivace, que como se sabe es casi el primer concierto para orquesta y timbales con trompeta de la historia. De nuevo, la Freiburger mostró la verdadera dimensión de un movimiento que casi de continuo suele interpretarse de manera desaforada, sin la menor atención en sus detalles y matices. La trompeta no se vuelca sobre el oído del escucha, ni el timbal parece a punto de llamar a rebato. Cada uno se encuentra en una dimensión que no se abalanza sobre el oído hasta lastimarlo, y los forti beethovenianos adquieren su verdadera dimensión. El Coro de madrigalistas por una vez en su vida cantó como se debe, en su justa dimensión, mostrando el perfecto equilibro entre canto y música buscado por Beethoven.

Y si algo demostró la Freiburger Barokorchester es que, por encima de cualquier consideración, no hay nada más importante en Beethoven que la espléndida música salida de su pluma. Y esto se notó en algo más, algo que prácticamente nunca se ve en nuestras orquestas. El placer de tocar. La cantidad de rostros sonrientes durante la interpretación, las miradas cómplices de alegría de los músicos, la enorme sonrisa de Von der Goltz hacia sus músicos, nos recordó que las sinfonías de Beethoven son una enorme celebración de dicha, pese a los tormentos y desdichas que lo acosaron, y es el recordatorio perenne de porqué cuando se le interpreta como usualmente se le hace en salas del país, se traiciona su mensaje desde la raíz. Si el músico no siente esa felicidad, si no comparte ese eros beethoveniano en todo momento, debería dejar su instrumento de lado y dedicarse a otra cosa, por el bien suyo y el de la música.

José Manuel Recillas con músicos de la Freiburger Barokorchestra
No sólo la dimensión de su obra sinfónica nos reveló que Beethoven en realidad escuchaba la música de una manera privilegiada, sino que sus sinfonías son un manantial vivo (Eine lebende Bach) y que su dichosa escucha debería ser eso que llamé al principio un imperativo categórico. Porque si Beethoven fue capaz de superar su desdicha, los golpes que la vida le dio, y se elevó como ningún otro artista lo había hecho antes que él, entonces cualquier cosa que nos suceda es apenas una mota de polvo en el desierto y merecemos perdernos en el fango de la existencia diaria y sus rutinas.

Beethoven y la Barroca de Friburgo nos recordaron que ese es el mayor legado que nos dio el genio de Bonn: ser felices, contra todo designio humano, porque el horror siempre estará allí. Parafraseando la palabra del Evangelio: a los pobres (de espíritu) siempre los tendremos, pero a Beethoven no, si no hacemos el esfuerzo por vivirlo y hacerlo nuestro. La frivolidad es vivir en el muladar cotidiano, y pensar que eso es la vida.

Octubre 14, 2016



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