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Las teorías sobre arte son al arte
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sábado, 1 de julio de 2017

Dos cuentos


Por Carlos Alcocer
(escritor y cineasta mexicano)





ES EL MAR

Hace dos horas que la noche acabó de parirse. La última raya de luz magenta se borró y todavía el sol de Puerto Escondido me pica en la piel. Minúsculas y afiladas patas de hormiga caminan sin rumbo dejando una huella de ardor y nostalgia tras de sí.  Me recuerdan esos días en Varadero, los colores de jade escondidos en el mar; los ojos clavados en aquellas líquidas distancias.  Ese sol que se conserva en la arena caliente, que destella en las espaldas, desnudas y  aceitosas que yacen en batería como buques encallados a pesar del buen tiempo.   Cierro los ojos y vuelvo a bailar una rumba que sabe a jolgorio; mi cuerpo se mueve a su antojo y celebra cada solo del tres.
Te conocí en la playa de Varadero. Hablamos de libros y canciones.  Tu acento sin eses y tu bronca sonrisa me dijeron que Cuba sigue cumpliendo promesas.  No me importó la obsolescencia de tu bikini amarillo porque las prendas viejas o ajadas tienen remedio cuando se quitan.
Me dijiste que, por la noche, vestida de gasa y con la cabellera suelta, encuentras la forma de aliarte con la conga y las claves de un guaguancó  para volar sin rumbo fijo.  Dijiste también que, si lo deseaba, podría aprender a seguirte los pasos.  Por eso me dejé ir sin trabas. Los Van-Van, incansables, encadenaban una canción con la siguiente;   el bochorno y las promesas de la piel nos hicieron sudar a chorros.  
—Bailar en pareja es un arte amoroso —susurraste—,  una forma de anticipar lo que los cuerpos celebrarán más tarde.
Bailamos tan cerca que no podía mirar tu cuerpo; preferí cerrar los ojos y recordarlo.  Con la mano derecha ceñí tu cintura y comprobé cómo, desde ahí, arrancaban las curvas de esas caderas que no cesaban de agitarse con el lenguaje de una premonición. El tacto se afinó en mi pecho cuando se encendieron tus pezones enjaulados por esa delgada tela que apenas podía contenerlos.  Con las palabras de tus ojos, me lanzaste hacia el vértigo insular de la desnudez;  al otro abrazo sin cadenas que aprendió a danzar entre humedades. 
Cuba es por ti muchas cosas: es el mar donde sea que vaya; son las olas que azotan tu risa en el malecón de la Habana;  es cada noche que intento soñarte;  es el clamor del mojito que sabe a tu boca;  es la euforia de los cantos en guerra;  es la rabia por saberte tan lejos.

11 de diciembre del 2002
Taller del Arcángel



ESTOY  PERDIDO

Como diría mi hermano: “la Chingada anda suelta”. De éso, no me cabe la menor duda.  La llamamos o nos encuentra.  Se cuela entre los frenos del coche; se esconde en la carne de puerco; se atora en una turbina o se ensaña cuando no sabes nadar; también se arrincona entre los colmillos de una víbora o constriñe las arterias para que, de pronto, no circule más la sangre,  o se enrosca en el cuello del  que va a nacer o se hace resbalosa al borde del acantilado. Le tengo miedo.  Por eso quisiera encontrar un escudo protector, una guía. Hoy, que me he perdido del grupo con el que me interné en la selva; hoy, que me siento hastiado de volar como mosca de panteón cuando han acabado de palear la tierra sobre la tumba nueva; hoy, que me encuentro agotado de no atinar el camino que me aleje del terror a morir abandonado o devorado por alguna de las fauces que recorren la espesura, ávidas de una presa fresca; hoy, que el hambre y la sed se aprietan en la boca, en la garganta, en las entrañas.
Llevo tres días perdido. Aquí no hay veredas ni senderos; sólo obstáculos de maleza que se cierra trás los pasos, árboles inmensos, ríos caudalosos y abismos profundos de verde y de altura.  Me atormentan las garrapatas que ya habitan mi cuerpo y las tarántulas que no he visto todavía caminar sobre la piel pero que temo como temo a las alimañas que imagino escudriñando con paciencia inaudita mis vanos intentos de escape en medio de la noche mientras se escuchan a coro todos los sonidos que convoca la selva.
La Chingada es aviesa. Ayer por la tarde la descubrí, apenas entre el follaje, dibujando el dorso moteado de un jaguar que cruzó río abajo. Todo mi cuerpo supo que ha seguido mis pasos. Aún a sabiendas de que los felinos son hábiles trepadores, decidí encaramarme a las alturas de un árbol; sé que puede alcanzarme en cuanto se lo proponga;  tal vez sólo está rumiando el hambre o quizás le gusta jugar con el pánico que me sofoca y que, con certeza, puede olfatear en el aire. Más por dominar el panorama que por sentirme a resguardo, me he mantenido aquí durante tantas horas: tensos los músculos, rechinante la quijada, atentos los ojos y los oídos, seca la lengua, crisipado el vientre.   Desde mi guarida vi cruzar a ras del suelo una indolente parvada de hocofaisanes buscando entre las hojas yertas cualquier gusano o insecto que prensar con sus picos amarillos; las crestas de plumas rizadas y negras oscilando arriba y abajo cada vez que dan un paso. Vi también un solitario tapir clavando en el lodo las pezuñas afiladas -armas mortales que también teme el jaguar-; lo observé cargando el peso de un marrano de engorda. Después me distraje con los vaivenes de las mariposas y con el zumbido artero y punzante de las avispas y los abejorros; luego reacomodé el cuerpo encaramado para no impedir el paso de un ejército de hormigas rojas que decidió podar el follaje a mi alrededor, cada una llevando a cuestas enormes  cargas de verde intenso: halterofilia que ante mis ojos estremece lo imposible; vi también el asombroso aleteo de dos quetzales luciendo sus largas colas, iridiscentes de arrogancia, donde cada color explota al contacto con los haces luminosos con los que, a veces, el sol atraviesa el dosel y perfora la alfombra verdosa y mojada de la selva.  Llueve, y la lluvia le pone sordina a  los murmullos pero no los apaga. 
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Se agota la tarde y, a lo lejos, distingo claramente al jaguar que otea el viento.  Sostenido en los cuartos traseros, restriega las garras contra la corteza de una caoba.  Afila las armas para lanzarse contra mí cuando la señal le sea dada. Lo veo acomodarse plácidamente sobre un tronco caído;  la cola se agita despacio como la batuta de un director de orquesta que marca el tiempo pausado de un adagio; el resto del cuerpo, inmóvil, los ojos firmes, el dorso estirado, las garras dispuestas. El jaguar me mira y sus motas negras parecen trazar un mapa hacia la nada; después desaparece otra vez  trás la enorme melena de un helecho arborescente. Casi no respiro. El chubasco choca contra el enjambre verde que forma el dosel;  se escurre entre las hojas y las ramas para precipitarse en otra lluvia, ahora privada, íntima, que alcanza sólo aquello que nunca ha visto al sol de frente; las gotas resbalan por el rostro y con la lengua, voy cazandolas para saciar la sed. Empapados como yo, tres saraguatos me observan desde las ramas más altas de un árbol vecino; parecen decirme que ahí, donde me encuentro abrazado de una rama, no podré librarme de esa letal amenaza que ronda en silencio.
La Chingada es implacable porque carece de moral; por ello la juzgamos sin misericordia como si fuera ponzoñosa y muy cabrona; pero las cosas son de otro modo: con su naturaleza indómita nos muestra la soledad entre el bullicio o cabalga en el lomo de una bala perdida; se aprovecha  de todos los disfraces o logra mimetizarse con el color de la venganza;  emerge entre los olvidos y las distracciones, o se fortalece con la soberbia y la displicencia; y aunque no siempre es gemela de la muerte, sí lo es de manera inexorable del dolor y del fracaso. 
Nuevas oledas de miedo se me clavan en la espina dorsal con el crujir de varas quebradas a mi espalda o con el estruendo de rugidos distantes que parecen anunciar la inevitable aparición de mi verdugo; y viene entonces ese llenar de aire los pulmones a tope como si fuera el último suspiro, o el primero; viene la zozobra acallada entre el clamor de la selva que grita y festeja la vida o la muerte. Me voy deslizando entre cabeceos y la debilidad de las piernas y los brazos que flaquean; los dedos resbalan sin poder asirse más de esta capa de líquenes húmedos que esconden el marrón profundo de todas las cortezas. 
Por la noche, las voces de la selva no pueden callar; son avisos del peligro, amenazas que cantan lo inminente; son cortejo obsesivo o la señal de la victoria; parecen descansar y recobrar fuerzas durante el crepúsculo para soltar después la rienda entre la negrura y gritar más fuerte; son otras voces y otros ecos; escuchar con los ojos cegados de noche es mirar el lado oscuro de la vida que en la selva no cesa.
Estoy perdido y un jaguar me acecha. Voy desmoronando la esperanza de bajarme de aquí para buscar un claro donde puedan verme si sobrevuelan la zona.  Me siento desnudo, agazapado contra las ramas de un árbol que empieza a acostumbrarse a mi presencia.  Miro hacia arriba y me parece que está amaneciendo; la luz es incapaz a perforar los nudos de hojas que pelean por asomarse al cielo.  No ha parado de llover desde la media noche y estoy aterido; empiezo a desear que termine el acoso; las garras del hambre y de la desesperanza son más afiladas y se hunden más profundamente que las de un jaguar.
Amanece ya sin disimulo; intento mantenerme despierto y los ojos se niegan a mirar; aprieto el rostro contra el lecho vertical de líquen y me pierdo en la neblina densa que me muestran los sueños.  Un ruido discreto se escucha en la base del tronco; miro hacia abajo y mis ojos se encuentran con los dos brillos de su mirada.

22 de julio del 2003


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Carlos Alocer Fernández de Jáuregui (Ciudad de México, octubre de 1958). Desde temprana edad descubrió un especial gusto por la lectura lo que lo estimuló a escribir sus propios relatos.  En 1979 se enroló en un crucero y recorrió las islas del Pacífico Sur, Alaska y la Riviera Mexicana. A su regreso a México realizó estudios de Comunicación Social e incursionó en el guionismo radiofónico y la investigación histórica.  Hoy cuenta con más de treinta años de experiencia en los medios audiovisuales y ha filmado en más de diez países. En 1983 participó como miembro fundador de Radio y Televisión Mexiquense como guionista y productor. En enero de 1985 se estableció en la ciudad de Querétaro y ahí participó como miembro fundador del «Taller de los Estropajos», un espacio de creación artística multidisciplinaria. Desde 1986 fue el responsable del diseño y lanzamiento de Radio Querétaro. En junio de 1989 emprendió un viaje por diversos países de Europa en los que expuso su obra plástica. En 1992 produce su primer documental, «La Epopeya de Fray Junípero Serra». En 1996 fundó Seis Jaguares Films donde es director, guionista y productor independiente. Hasta la fecha ha realizado catorce documentales de diversa índole que han sido trasmitidos a través de las redes nacionales de Canal 11, Canal 22, Tvunam y la BBC de Lóndres. Participó como invitado en el II Producers Workshop organizado por Discovery Channel Networks en Valencia, España.
En el año 2001 forma parte del «Taller literario de los jueves» con los escritores Tarsicio García Oliva (EPD) y Enrique Vallejo. A partir del año 2002 y hasta 2009 participa en el Taller de Creación Literaria coordinado por la escritora Carmen Simón quien introduce en México la técnica del uruguayo Mario Levrero. Carlos Alcocer cuenta hoy con más de cincuenta relatos y dos novelas que espera publicar en breve. En 2006 presentó el documental «La Vida en un Volado» que fue seleccionado para participar en nueve festivales internacionales.
En septiembre del año 2006 cursó un diplomado en el Centro Internacional de Guionismo para Cine y Televisión. Cuenta con 8 guiones de cortometraje.  Se encuentra en la revisión final del guión cinematográfico del largometraje «El virus del llanto» con el que realizará en breve su opera prima de ficción. Además está desarrollando los guiones «El amante de Polanco», «La Mujer Desnuda Sale a las Once», «La Carambada», «El más grande hereje» y. A partir de noviembre de 2013 y hasta la fecha ha participado en doce talleres de dirección de actores y guionismo impartidos por el reconocido cineasta Luis Mandoki. A finales de 2014 recibe cuatro nominaciones y dos premios «Pantalla de Cristal» por su largometraje documental «Cabral, maestro de la línea». A partir del mes de junio de 2015 forma parte de la Sociedad Mexicana de Directores Cinematográficos. Su primer cortometraje titulado “La mejor oferta” ganó el primer lugar en el Festival Pantalla de Cristal y fue seleccionado para su estreno en el Festival de Cine de Bogotá, Colombia, a celebrarse en octubre del presente año en donde, además fue invitado para impartir un taller de introducción al guionismo cinematográfico.
A la par de su trabajo como cineasta, imparte talleres de creación literaria y guionismo cinematográfico. Ha filmado hasta la fecha tres cortometrajes: «La mejor Oferta», «Mirar con las manos» y «La Cita».

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