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sábado, 1 de julio de 2017

Thoreau [Segunda parte]

Por Ralph Waldo Emerson
(escritor norteamericano)



(Versión de Cosme Álvarez)

No ha existido un norteamericano más auténtico que Thoreau. La predilección que tenía por su país y por su condición era genuina, y su aversión a las costumbres y los gustos ingleses, y europeos en general, rayaba en el desprecio. Escuchaba con impaciencia las noticias y las frases ingeniosas recogidas en los salones londinenses; y aunque procuraba ser correcto, aquellas anécdotas le resultaban fastidiosas. Los hombres se imitaban unos a otros, a través de un molde pequeño. ¿Por qué no pueden vivir lo más separado posible, y ser cada cual un hombre solo? Lo que él buscaba era la naturaleza más resuelta; deseaba ir a Oregon, no a Londres. «En todos los rincones de Gran Bretaña —escribió en su diario— se advierten rasgos de los romanos, sus urnas funerarias, sus campamentos, sus carreteras, sus casas. Al menos la Nueva Inglaterra no está edificada sobre ninguna ruina romana. No tenemos que colocar los cimientos de nuestros hogares sobre las cenizas de una civilización anterior.»

Idelista como era, declarado a favor de la abolición de la esclavitud, de la abolición de las tarifas, de la casi abolición del gobierno, sobra decir que no sólo se encontraba sin representación en la política de su tiempo, sino que, además, era casi igualmente antagónico a toda clase de reformadores. Sin embargo, pagó el tributo de respeto invariable al Partido Antiesclavista. Hubo un hombre, con quien había entablado amistad personal, al que honró con excepcional consideración. Antes de que nadie pronunciara la primera palabra amistosa en apoyo al capitán John Brown, Thoreau corrió la voz por casi todas las casas de Concord, de que hablaría en una sala pública sobre la posición y el carácter de John Brown, cierto domingo por la tarde, y que invitaba a todo el pueblo a escucharlo. El Comité Republicano, el Comité Abolicionista, le hizo saber que su discurso sería prematuro e improcedente. Él respondió: «No me comuniqué con ustedes para pedriles consejo, sino para anunciarles que voy a hablar.» La sala, desde hora temprana, se vio atestada de representantes de todos los partidos, y la espinosa apología del héroe fue ecuchada respetuosamente por todos, muchos de ellos con una simpatía que incluso llegó a sorprenderles.

Se dice que Plotino estaba avergonzado de su cuerpo, y es muy probable que tuviera razón, que su cuerpo fuese un mal servidor e incompetente para el trato con el mundo material, lo que a menudo ocurre con los hombres de intelecto abstracto. Pero el señor Thoreau estaba dotado de un cuerpo sumamente útil y bien adaptado. Era de corta estatura, complexión robusta, tez blanca, con expresivos ojos azules de mirada fuerte y aspecto grave. Durante sus últimos años, llevó el rostro adornado con una barba que le favorecía. Sus sentidos eran agudos, su figura recia y bien proporcionada, manos fuertes, y diestras en el manejo de herramienta. Y poseía una notable habilidad de cuerpo y mente. Podía medir a pasos ochenta metros con mayor exactitud que cualquier hombre ayudado por una barra y una cadena. De noche, en el bosque —decía—, hallaba el camino más con los pies que con los ojos. Era capaz de calcular muy bien con la mirada el tamaño de un árbol; sabía precisar el peso de un ternero o de un cerdo como un mercader. De una caja que contenía treinta y cinco piezas o más de lápices, podía tomar rápidamente con las manos una docena exacta en cada intento. Era buen nadador, corredor, patinador [en hielo], botero y, probablemente, dejaba atrás a la mayoría de los campesinos en una caminata de un día. Y la relación entre su cuerpo y su mente era aún más fina de lo que hemos indicado. Decía querer cada paso que daban sus piernas. La extensión de sus paseos determinó invariablemente la extensión de sus escritos. Encerrado en casa, no escribía una sola palabra.

Tenía un recio sentido común, como el que Rosa Flammock, la hija del tejedor en la novela de [Walter] Scott, elogia en su padre, y que se asemejaba a una vara de medir que lo mismo medía tela y damasco, que tapices y paño de oro. Brindaba siempre un nuevo recurso. Mientras yo sembraba árboles en el bosque, tras haber conseguido un saco de avellanas, me dijo que sólo una reducida porción de ellas estaría sana, y procedió a examinarlas para seleccionar las buenas. Pero al ver que de esa manera perdía mucho tiempo, dijo: «Creo que si se ponen todas en agua, las buenas se hundirán», y probamos el experimento exitosamente. Sabía proyectar un jardín, una casa o un granero, y hubiera sido competente como jefe de una «Expedición exploradora del Pacífico»; sabía dar consejos prudentes en lo más graves asuntos públicos o privados.

Vivía al día, sin estorbo o mortificación de recuerdo alguno. Si ayer a uno le había llevado una nueva propuesta, hoy le traería otra no menos revolucionaria. Hombre muy hacendoso, que, como toda persona altamente organizada, concedía un gran valor a su tiempo, parecía el único hombre en todo el pueblo con tiempo libre, siempre dispuesto a llevar a cabo una excursión que pareciese interesante, o una conversación que pudiera prolongarse por largas horas. Su agudo sentido común nunca se vio frenado por sus reglas de prudencia cotidiana, sino que siempre estaba a la altura de la nueva situación. Prefería y acostumbraba la comida más sencilla; sin embargo, cuando alguien proponía una dieta vegetariana, Thoreau decía que todas las dietas le parecían asunto de muy poca importancia y agregaba que «el hombre que caza búfalos vive mejor que el pensionista de la Casa Graham». Dijo: «Puedes dormir cerca del ferrocarril sin que te moleste, la naturaleza sabe distinguir muy bien cuáles son los sonidos dignos de escucharse, y ha decidido no oír el silbato de la locomotora. Las cosas respetan una mente devota, y jamás ha sido interrumpido un éxtasis mental». Se dio cuenta de algo que a menudo se repetía: cuando recibía una planta rara, enviada desde un lugar lejano, poco después daba con ella en sus propios lares. Y tenía esos golpes de suerte que sólo le suceden a los buenos jugadores. Un día, de paseo con un fuereño que le preguntó dónde podrían hallar puntas de flecha indias, respondió: «En cualquier parte», en seguida se inclinó, y en ese mismo instante recogió una del suelo. En el monte Washington, en la Barranca de Tuckerman, Thoreau sufrió una caída peligrosa y se luxó un pie. Al momento de incorporarse, descubrió por primera vez las hojas del Arnica mollis.

Su firme sentido común, y el estar dotado de manos fuertes, percepciones agudas y férrea voluntad, no son, sin embargo, suficientes para explicar la superioridad que irradió en su vida sencilla y apartada. Debo añadir el hecho esencial de que poseía una comprensión extraordinaria, propia de una rara casta de hombres, que le mostró el mundo material como un medio y un símbolo. Este don que, a veces, derrama sobre los poetas una luz casual e interrumpida, y sirve como ornato de sus obras, era en él una percepción insomne, una visión celestial que no desobedecía, a pesar de cualquier defecto o escollo de temperamento que pudieran nublarla. En su juventud, un día dijo: «El otro mundo es todo mi arte; mis lápices no dibujarán otra cosa; mi navaja no tallará otra cosa; no lo empleo como un medio.» Esto era la musa y el genio que dominaba sus opiniones, conversaciones, estudios, trabajos y el curso de su vida. Esto lo convertía en un eficaz escrutador de los hombres. A primera vista medía a su compañero y, aunque insensible a algunos finos rasgos de cultura, sabía calcular con gran exactitud su peso y su calibre. Esto producía la impresión de genio que en ocasiones daba su conversación.

Con una sola mirada comprendía cualquier asunto en cuestión, y veía las limitaciones y la pobreza de sus interlocutores, de manera que nada parecía estar oculto a esos terribles ojos. Frecuentemente conocía a jóvenes de sensibilidad que, en un momento, se convencían de que aquel era el hombre que buscaban, el hombre de hombres, que sabría indicarles todo lo que debían hacer. El trato que Thoreau daba a sus seguidores nunca fue afectuoso, sino siempre altivo, didáctico, despreciativo de sus costumbres mezquinas, concediéndoles muy lentamente, o quizá nunca, la promesa de su compañía en sus casas, o incluso en la propia. ¿No se dignaría pasear con ellos? No lo sabía. No existía nada tan importante para él como su paseo; no tenía paseos de sobra que pudiera desperdiciar en compañía de otros. Personas respetables sugerían hacerle visitas, pero él las declinaba. Sus admiradores ofrecían llevarlo con gastos pagados al río Yellowstone, a las Antillas Occidentales, a Sudamérica. Sin embargo, no podía haber nada más formal y ecuánime que sus negativas; recuerdan, en circunstancias totalmente diferentes, la respuesta del engreído Brummel al caballero que le brindó su carruaje en medio de un aguacero: «¿En qué viajará usted, entonces?» Y, ¡qué acusadores silencios, qué disertaciones —penetrantes e irresistibles, que derribaban todas las defensas— perduran en el recuerdo de sus compañeros!

El señor Thoreau consagró su genio con tan completo amor a los campos, montes y aguas de su pueblo natal, que los hizo famosos e interesantes para todos los lectores norteamericanos, y para muchas personas más allá del mar. El río en cuya ribera nació y murió le era conocido desde su inicio hasta su confluencia con el Merrimack. Ahí realizó observaciones durante muchos años y a todas horas del día y de la noche, en verano y en invierno. En sus experimentos privados, él había obtenido varios años antes el resultado del reciente estudio llevado a cabo por los Comisarios de Aguas elegidos por el Estado de Massachusetts. Todo cuanto sucede en el lecho, en las orillas y en la atmósfera sobre el río; los peces, su desove y sus nidos, sus costumbres, su alimentación; los insectos alados que una vez al año invaden el aire al atardecer y son devorados por los peces con tal avidez que muchos de ellos mueren de indigestión; los montones cónicos de pequeñas piedras en los bancoes de arena, los enormes nidos de pececillos, que a veces no caben en una carreta; los pájaros que frecuentan el río, la garza, el pato, la tadorna, el colimbo, el águila blanca; la culebra, la rata almizcleña, la nutria, la marmota y el zorro en las orillas; la tortuga, la rana, la rubeta y el grillo que llenan de voces las riberas; todos eran sus conocidos y, como quien dice, sus paisanos y semejantes, de modo que le parecía absurda o violenta la narración que se limitara a uno solo de ellos, por separado, y más aún si se pretendía reducirlo a una medida en pulgadas, a una muestra de esqueleto, o a ejemplar de ardilla o pájaro en alcohol. Le gustaba hablar de las costumbres del río, como si fuese un ser vivo, pero con exactitud, y siempre con referencia a un hecho observado. Como conocía el río, conocía las lagunas de esta región.

Thoreau
Una de las armas que esgrimía, para él más importante que el microscopio o el receptor de alcohol para otros investigadores, fue un capricho que arraigó en él por su condescendencia y que, sin embargo, aparecía incluso en su más serias afirmaciones: la costumbre de exaltar a su pueblo y región como el centro más privilegiado para la observación de la naturaleza. Explicó que la flora de Massachusetts comprendía casi todas las plantas importantes de los Estados Unidos: la mayoría de los robles, la mayoría de los sauces, los mejores pinos, el fresno, el arce, el haya, el nogal. Devolvió el ejemplar de Viaje ártico, de [Elisha Kent] Kane, al amigo que se lo había prestado, con el comentario de que «la mayoría de los fenómenos naturales registrados aquí podrían observarse en Concord». Parecía envidiarle un poco al Polo sus coincidentes salidas y puestas de sol, o sus cinco minutos de día después de seis meses de noche: un hecho espléndido que el [cerro] Annursnuc jamás le había concedido. Halló nieve roja en uno de sus paseos, y me dijo que todavía esperaba encontrar la victoria regia en Concord. Era el abogado de las plantas nativas, y admitía sentir preferencia por la maleza del lugar que por las plantas importadas, lo mismo que por el indio sobre el hombre civilizado, y notó, con gusto, que los rodrigones de sauce en la casa vecina habían crecido más que los suyos.

—Mira esta maleza —dijo—, que ha pasado por la guadaña de un millón de granjeros a lo largo de la primavera y durante todo el verano y, no obstante, persiste y ahora brota triunfante en todas las veredas, pasturas, campos de labranza y jardines, tal es su vigor. Las hemos insultado con nombres humillantes como Hierba de cerdo, Madera de gusano, Hierba de brote, Flor de sábado”. —Y añadió—: También tienen nombre distinguidos: ambrosía, estellaria, amelnanchier, amaranto, etcétera.

Creo que su afición a referirlo todo al meridiano de Concord no nacía de ignorancia, ni de menosprecio por otras longitudes y latitudes, sino que era más bien una forma retozona de expresar su firme convicción de que todos los lugares se parecían, y de que el mejor lugar para cada persona es justo allí donde se encuentra. En una ocasión lo expresó así: «Creo que nada puede esperarse de ti si el trozo de tierra bajo tus pies no te sabe más dulce que cualquier otro, de este mundo y de cualquier mundo».

[continuará…]
Aquí la Primera parte

Ralph Waldo Emerson





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