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domingo, 1 de enero de 2017

Thoreau, el profético


Por Waldo Frank
(escritor norteamericano)




(Versión de Cosme Álvarez)


Henry David Thoreau (1817-1862)
Nueva Inglaterra es la tragedia de la ambición. Otros países han estado más aislados, otros pueblos han nacido de igual manera. Sin duda, los violentos climas extremosos de Nueva Inglaterra han sido también dominados en otras partes. Pero seguramente en ningún lugar la poderosa y obstinada voluntad ha colaborado tanto con la naturaleza para levantar una comunidad próspera sobre la muerte. Se adivina que el habitante de Nueva Inglaterra pudo haber resistido a la inclemencia de su país, pero ha sucumbido a la inclemencia de su espíritu.

Al puritano le gusta estar en la minoría, sólo así puede afirmar su orgullo de potencia. Y se mantiene en la minoría aun en su propio hogar. En Massachusetts y en Connecticut los estados más populosos de Nueva Inglaterra—, dos tercios de la población son de origen extranjero. Celtas, latinos y judíos llenan los centros industriales y las granjas del antiguo país. El puritano se dirige más bien hacia el suelo rocoso y al fondo de su yo austero. Pero él gobierna siempre. No ha desplegado su dominio sobre el Continente para perderlo en el rincón donde nació. Permite que Boston hable italiano: el tranquilo acento de Harvard le dictará lo que ha de decir. Permite que en Lowell y Lawrence y en otros de los numerosos pueblos industriales de Massachusetts abunden esclavos y magiares*: la dirección viene aún de State Street** y la riqueza va a ella, a la misma State Street que fue la madre de la revolución norteamericana. La prensa, la Iglesia, la Banca y el senado son puritanos. Y cualquier voz que se levante en Nueva Inglaterra sólo revela su origen extraño por la aspereza de su acento.

Sin embargo, nadie negará que el puritano, a pesar de su poderío, está enfermo. Su voz es clara, pero chillona. Se sostiene firme, pero con los músculos contraídos por la proximidad de la muerte. Y, con la cara orientada firmemente hacia el sol, se enorgullece del frío que corre por sus venas. Durante más de trescientos años obstinadamente ha sacrificado la vida al poder, y del brío de su raza ha nacido su dominio. Pero también de ella ha sido expulsada la vida. Generaciones enteras la negaron. Estos hombres de negro, que ya no tienen grasa en la garganta y que hablan con la nariz, han sido escindidos del inglés vigoroso. Estas mujeres secas son hijas de las muchachas rollizas de Yorkshire; reinan en los hogares de Nueva Inglaterra para enseñar el amor y la belleza a sus hombres y a sus niños. El puritano ha conquistado su reino, y ahora se da festines con un espectro.

Tal vez Norteamérica es el reino, pero el espectro sólo habita en la granja de Nueva Inglaterra. Generación decadente, sin dios, sin apetitos, sin otra alegría que la del cultivo tenaz de su propio dolor. La locura es frecuente. La neurosis es un derecho de nacimiento. La vida, agobiada de preceptos, ha llegado a ser un mal secreto que corroe y exaspera. Pero no puede morir. Fue negada cuando era vigorosa y proyectaba visiones de gozo y alegría en la persecución de las riquezas; con más razón debe ser negada ahora, que ha venido a ser un cáncer que altera el ritmo gris de la existencia puritana. La voluntad ha triunfado, y en ella descansa la bella lógica de Nueva Inglaterra. No queda, en verdad, ningún cielo en la tierra para distraer la atención, ninguna aspiración que vaya más allá del objeto inmediato, ni una iniciativa en los hombres, más allá de la que pueden atrapar sus manos, ninguna gracia en la mujer, fuera de las meras ocupaciones de su sexo. Gente privada de todo por obra de la posesión material. Gente despojada, en consecuencia, hasta de la capacidad de disfrutarla. Los hombres que sólo cultivan el suelo, pronto pierden el sol que los fecunda.

Tal es el fin típico de Nueva Inglaterra. Negó la vida en sus plácidas tangentes de deseo con el objeto de alcanzar el poder que deseaba, y ahora su deseo es ciego, y su vida transcurre oculta y avergonzada.

Pero en la Naturaleza no existe la muerte, como no existe lo negro. Nueva Inglaterra es una tragedia, no porque se haya destruido a sí misma, sino porque tiene la capacidad de salvación.

Ya en los días oscuros que precedieron a la Guerra Civil había luz. Al luchar contra la voracidad rival del Sur, en sus manifestaciones más bajas acumulaban la fuerza que debía hacer su victoria; el industrialismo era la nueva hoguera donde el puritano, en su obsesión enajenada, se preparaba a arrojar su vida como combustible. Y es entonces cuando una gran protesta se alza de Nueva Inglaterra por encima de la realidad.

Henry David Thoreau personificó esta protesta temprana; su aislamiento debe considerarse en relación con la bruma que ocultó a este primer gran escritor norteamericano. Emerson ya era rey. Y cuando murió Thoreau, Emerson le hizo los honores en el Atlantic Monthly como al camarada «trascendentalista» —así se llamaba Thoreau a sí mismo—. Pero hoy Thoreau se repone de esa oración crítica.

Cabaña de Thoreau en el lago Walden
Emerson decía: «En vez de ejecutar trabajos de ingeniería para toda Norteamérica, prefirió encabezar una cuadrilla para cortar fresas. Moler habas es bueno como ejercicio antes de moler imperios, pero si al cabo de los años sólo quedan habas…» Supongo que Emerson debió sospechar que Thoreau no era en verdad un trascendentalista, y esto es lo que deseaba expresar. En realidad, el plan de Emerson era, sin pasar por las habas, tomar de costado los imperios, por los aires. Llegó a elevarse, pero jamás descendió a los imperios. Los imperios continuaron sobre sus caminos materialistas, y, en sus momentos de reposo, levantaban los ojos de su trabajo y le sonreían a Emerson. Thoreau molió habas, y hoy la América rebelde —la Norteamérica joven que combate por la santidad de la vida— vuelve a él en demanda de apoyo. Las palabras de Emerson (que atacó a los imperios de costado por los aires) han llegado a ser vagas, impalpables y abstractas. Las palabras de Thoreau (que afrontó la realidad, que abandonó Massachusetts y rehusó pagar impuestos a un Estado cuyos actos no podía aprobar) suenan sólidamente, llenas de una belleza varonil. Emerson escribió agradables sentencias sobre el cadáver de Thoreau, y hoy las sentencias de Thoreau ayudan a sepultar a Emerson.

Cuando éramos muchachos todos tuvimos tíos fastidiosos que admiraban mucho a Thoreau. Según ellos, Thoreau fue un gran naturalista que había escrito deliciosamente sobre hongos y mariposas. Estos tíos eran los buenos ciudadanos, típicos de la vieja Norteamérica, todos mediocres, sin espiritualidad y perfectamente cuerdos. Nosotros decidimos entonces que su autor favorito no podía ser el nuestro, y aceptamos que Thoreau era aburrido. Lo dejamos solo. A Thoreau lo perdió su buena reputación. No obstante, es tiempo de que despertemos a la idea verdadera de un Thoreau pernicioso y destructor; que se le haga la mala reputación que merece, porque Thoreau no fue un naturalista. En su vida y en su obra dio expresión al destino y a la esperanza, a la tragedia de Nueva Inglaterra.

Lo que Rousseau fue para Francia, lo que Tolstoi fue para Rusia, eso fue Thoreau para Nueva Inglaterra. Su país claramente se destaca frente a estas naciones. Como Rousseau, Thoreau buscó en el retorno a la Naturaleza un remedio a los engaños de la vida moderna; más bien buscó de esta forma el retorno al Ser, donde se encuentra siempre la verdad. Fue anarquista como Tolstoi, en guerra con la autoridad y el privilegio del grupo sobre el individuo y su conciencia. Pero Thoreau carecía en su país de la abundante cultura del pueblo francés, que enalteció la protesta de Rousseau y la hizo efectiva; carecía de la honda experiencia mística del pueblo ruso, que celebró el mensaje de Tolstoi y lo hizo universal. Thoreau permaneció resistente y desnudo, sin adornos, como un árbol sin follaje. Es hijo de Nueva Inglaterra hasta cuando la denuncia.

Gracias a este origen, Thoreau adquiere importancia para nosotros, lo mismo que Rousseau y Tolstoi para aquellos países más hechos. Nació y murió en Nueva Inglaterra. Boston fue su capital, sus vecinos fueron sus pueblos, los problemas de éstos fueron los suyos, los bosques y los ríos circundantes formaban su mundo. La belleza y las visiones que tomó de la vida eran las de Nueva Inglaterra. Thoreau tenía las cualidades de epíritu y de expresión de un héroe regional. Pero Norteamérica no es tan rica como para dejarlo pasar en silencio.

Ralph Waldo Emerson (1803-1882)
Su vida y su obra literaria forman un conjunto tan simple, tan armonioso en su aliento, que cualquier espíritu norteamericano con inquietudes puede comprenderlo. Es el gran ingenuo de nuestro país. Lincoln es complejo y sombrío al lado de él, Walt Whitman es el producto de un mundo más turbio. Por esta misma razón, el significado de Thoreau crece en nuestra necesidad actual. La Norteamérica uniforme no sentía necesidad de sus preceptos simples. Ahora que nuestra vida es complicada y febril con el fárrago de las conciencias, Thoreau es el agua clara y fresca para nuestra fiebre.

Su lógica sosegada debió parecerle una locura al fanático de Nueva Inglaterra: «¿Cómo se puede esperar una cosecha de pensamiento —pregunta Thoreau— antes de haber sembrado el carácter?» «Ahora que la república (la res*** pública) se ha establecido, es el momento de velar por la res privada.» «Mientras que Inglaterra procura contener la descomposición de las papas, ¿nadie procura contener la descomposición de los cerebros que predominan más amplia y fatalmente?» «Si un hombre no marca el paso con sus compañeros, es quizá porque obedece a un tambor diferente.» Tales son sus premisas y cuestionamientos; su vida fue su respuesta.

El padre de Thoreau era fabricante de lápices. Thoreau los perfeccionó, mejorándolos sobre todas las otras marcas conocidas hasta entonces, incluso en Londres. Cuando sus amigos lo felicitaron por su aproximación a la fortuna, les dijo que, ahora que había hecho uno bueno, ya no tenía nada que hacer con los lápices. Vivió con absoluta despreocupación económica cerca de Walden Pond. Ahí probó que desde la más severa lucha por la existencia puede alcanzarse un margen de vida interior. Sacrificó ese margen escribiendo un gran libro.****

La suya no fue una aventura de evasión. Se retiró temporalmente, no para huir del hombre, sino para afirmar al Hombre (que, según él, debe ser lo primero). Con mucha más claridad que Walt Whitman, reconoció el carácter impersonal del mundo norteamericano —en razón de ser él mismo inmune a su trágica belleza—. Sintió la necesidad de medir la conciencia y la fuerza creadora del hombre contra la debilidad acumulada por la masa inconsciente. En su gran libro expresó esa necesidad de la que aún participamos nosotros, la de establecer una norma individual, la de formar individuos.

Y así, al comunicar su experiencia, su prosa es indestructiblemente sólida al lado de las rapsodias y fantasías de la Escuela Trascendental. Plena y rítmica como la pulsación de su propia vida, es la primera prosa magistral norteamericana.

Desconfió de la esclavitud, condenó la guerra contra México, y también repudió avalar a un gobierno que iba en contra de sus convicciones. Se rehusó a pagar los impuestos y fue a dar a la cárcel y se rió de ello. Era demasiado sano para ser un mártir y demasiado activo «para vivir bajo un gobierno», como decía él mismo. Fue casi el único de los ciudadanos cultos de Nueva Inglaterra que apreció la riqueza espiritual de los indios. Iba al Maine y a Canadá y permanecía largos meses en las comunidades indígenas, donde tenía amigos. Cuando le venía en gana, abandonaba los campos e iba a Boston, y, contra las advertencias de sus solemnes amigos, expresaba sus ideas sobre asuntos públicos. Sus palabras (no las de Washington o las de Jefferson) son las primeras que Norteamérica escribirá algún día en el verdadero Librio de la Libertad.

Sus ensayos como Resistencia al gobierno civil [más conocido como Del deber de la desobediencia civil*****] y Una vida sin principios— son ahora modelos de la revolución social y espiritual. Su palabra es clara, plena de sentido vital. Lo mismo esa obra maestra, Walden, que significa el primer «Sí» consciente del mundo puritano. Como si estuviese en contacto con la Norteamérica afligida y bordeada de acero del siglo xx, Thoreau revela la profunda hostilidad que existe entre la vida y la fe en los negocios del norteamericano, descubre las falsas pasiones que nacen de la posesión, ridiculiza la dirección fanática de la voluntad puritana, la cual rechaza la vida y prefiere un poder que, sin vida, no podrá ejercer o dirigir.

Thoreau tenía el don profético. Vio hacia dónde tendía el puritano. Parte por parte estudió la falsa doctrina predominante de la vida norteamericana, observó sus frutos inevitables, los pesó y los hallo escasos. Con decisión segura ofreció el ejemplo de su vida y de sus valores, y, en los humildes relatos de su carrera, los sometió a la prueba de la forma.

No es menos cierto que esta crítica no tuvo resonancia en la poderosa Nueva Inglaterra. La inercia de la desidia permaneció en las granjas después de que Thoreau se fue para hacerse naturalista por la gracia del dios pionero.


* Grupo étnico de Europa del Este, también conocido como húngaros. Nota del traductor.
** Fundada en 1792. N del T.
*** Res : cosa
**** Walden, 1854
***** Influyó de manera decisiva en Gandhi y, posteriormente, en Martin Luther King.

Waldo Frank en 1920. Foto © Alfred Stieglitz
Waldo Frank (1889-1967) novelista e hispanista norteamericano.

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