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lunes, 21 de noviembre de 2011

Al Diablo

por Daniel Sada

Yo me vestí de diablo un viernes por la tarde
y salí a caminar. Me fui al panteón; pero antes,
durante el prieto trayecto, remota y uniforme
fue la procacidad burla burlando
tal como un semicírculo obsesivo
contra mí: la ciudad: rojura tumultuosa
—otra, pero creciente— ya inflamación: la cual
a troche y moche, a oscuras, sin remedio,
por ahí y por aquí: perfidia —¡en molde! — siempre
inacaba; renca fugacidad, acaso perendengue
y bienquista, no obstante, y a ratos sobadora
como una tentativa para un sueño…
Amén de lo difícil
y sensato
El cómo hallar
la vertical ansiada
con roces
de por medio
                                    Pese a pese salí
                                    ¡Gracias a Dios!
Lo que sí que ¡ni modo!
Pobre cuerpo pelele
el mío, contrario, a solas
rompiendo la espesura, a duras penas

Desgarrado llegué sin cuernos y sin cola
para saltar la barda, la de atrás, la mejor
Pero el desveno infame
                                         (¿lo hice o no lo hice?)
Diabla duda de oquis
la cual, en consecuencia,
estrujó hasta aplastar lo amorfo de un indicio
traído a pelo, sí, para dar murga

“Los muertos ya son santos, ya son magos,
y si un diablo cojuelo quisiese molestarlos
ellos serán dos veces más diabólicos”

Traducido el ensueño, rojo al fin, desgarrado,
deduje por ventura una verdad a medias

Mejor será ser diablo sin disfraz
Demonio entre los vivos, como siempre,
y santo entre los muertos, como nunca
[Daniel Sada, 2000]
[Incluido en el número 3 de la revista Astillero, septiembre-octubre de 2000]
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domingo, 20 de noviembre de 2011

Algunos recuerdos con Daniel Sada

por Cosme Álvarez


Foto © escritoresenlenguahispana.blogspot.com
El 18 de noviembre de 2011 la diabetes se llevó a morir a mi amigo Daniel Sada. Me puse tan triste cuando lo supe (creo que fue Marcela Sánchez Mota quien me dio la no-ticia), que ni siquiera pude alzar el teléfono para decir los pésames a Adriana, su espo-sa, ni a la familia Sada Villarreal, como co-rrespondía. A cambio y para brindarle solaz al corazón saqué del librero esa gran novela que es Albedrío —la edición 2001 de Tus-quets (curiosamente el único de sus libros al que Daniel no le escribió una dedicatoria), y mientras leía, entre párrafos no dejaba de mentarle la madre al aire, o a la muerte, o a no sé qué cosa.

La mañana del 19 le di el pésame a Adriana y después anoté en mi muro de Facebook las sensaciones inmediatas que yo estaba viviendo. Austeramente, sin pensármelo (como hago con estas mismas líneas), escribí: "No sé si estoy más enojado que triste... Caray... Adiós, querido Daniel Sada, adiós... Hasta siempre". Poco más tarde, traté de redactar unas cuantas líneas sobre Daniel para colgarlas en La Guarida, pero toda la tristeza de la noche anterior estaba demasiado revuelta con sentimientos de pura rabia, de coraje, de impotencia. Por eso preferí esperar a que llegara un momento menos agrio.

Conocí a Daniel Sada en Culiacán, Sinaloa, el día en que me entregaron el Premio Nacional de Poesía "Gilberto Owen". A Daniel ya lo había visto antes, muchas veces, desde 1985 tal vez, pero sé que fue en ese momento, aquella mañana de 1998, que nos hicimos amigos. Bajé a desayunar al restaurante del hotel donde estaba hospedado, y desde una de las mesas escuché que Tomás Segovia me llamaba. Yo había quedado en desayunar con Mario González Suárez, quien ese año también ganó el Owen, en narrativa. Mario no estaba en el local, así que me acerqué a la mesa de Tomás (otro querido amigo que ya se me murió). Tras darle un abrazo, insistió en que me sentara a desayunar con él y sus acompañantes. Uno de ellos, Ignacio Padilla, me saludó a través de una sonrisa amplia y juvenil que me agradó mucho en ese momento; Daniel extendió efusivamente la mano y de inmediato se recorrió en el asiento para darme lugar. Desde ese instante comenzó entre nosotros una conversación que apenas el 18 de noviembre de 2011 fue interrumpida.

Hablé de tantas cosas con Daniel, nos referimos a tanta gente, a tantos libros, pero sobre todo conversamos tantas vivencias íntimas, que sería necesario un volumen entero para escribirlas todas. Durante algunos años Daniel me llamaba a casa los días 31 de diciembre para desearme feliz año nuevo, y siempre, cada año, jocosamente terminaba la llamada con un consejo para mí, que por ahora no voy a referir, no por lépero, que lo era, sino porque no viene a cuento.

En 1999 hice una revista de arte y literatura, Astillero, que circuló hasta un año después. Desde el número cero, Daniel Sada y Tomás Segovia constituían el Consejo Editorial de la publicación. El número 1 de Astillero incluyó un relato de Ignacio Padilla, el número 2 el poema "Cínife" de Daniel Sada. Para el número 3 estaba previsto que apareciera otro poema de Daniel, el que ahora presento aquí. Hasta donde sé, no ha sido publicado en ningún libro. Sada me entregó varios poemas y un cuento para Astillero.

En 2004 me fui de la Ciudad de México y pasé por lo que a mí me pareció un exilio aburridísimo durante siete años. En ese periodo vi a Daniel varias veces, algunas de ellas en la Feria del Libro de Los Mochis, otras en el D.F., en cafés, restaurantes, incluso en el Palacio de Bellas Artes, donde sentados en las escaleras del vestíbulo marmóreo hablamos de Julio Cortázar y de Rayuela, novela que a él no le gustaba mucho.

Mi último encuentro con Daniel Sada fue en su casa, un departamento amplio con pisos elegantes y grandes ventanales en la sala. Nos sentamos ahí un rato y conversamos acerca de cómo nos había ido. Él me habló de la diabetes y de lo mal que a veces se sentía. De pronto guardó silencio, se levantó del sofá y caminó hacia una puerta. Luego de un rato volvió con un libro en las manos y me lo obsequió.

—Espero que no lo hayas leído todavía —dijo, y me regaló una sonrisa muy suya, casi infantil, sana, viva, luego agregó—, o espero que sí, pero que te sirva por si alguna vez quieres volver a leerlo.

Tras las oraciones soltó una de esas carcajadas efusivas pero no ruidosas que dejaba salir cada vez que estaba contento por algo. El libro era Casi nunca, la novela por la que le otorgaron el Premio Herralde; en la página de cortesía Daniel había escrito para mí una dedicatoria cálida, llena de palabras generosas. Iba a sentarse de nuevo, pero suavemente se golpeó la frente y me dijo que había olvidado una cita. Me pidió que lo acompañara a un restaurante cercano a su casa, donde se encontraría con un sobrino. Ahí me limité a escuchar a Daniel mientras hablaba con un joven de unos 23 años de edad. De vez en vez contaba un chiste colorado y entre risas se mecía en el asiento para celebrarlo. Ya de regreso, frente a la puerta del nuevo edificio donde vivía, nos despedimos con un abrazo emocionado, norteño, muy de cuates. Sería el último que nos daríamos en esta vida.

viernes, 11 de mayo de 2001

Daniel Sada, Albedrío

Albedrío
de Daniel Sada
Tusquets. Colección Andanzas
México. 2001. 218 pp.


por Cosme Álvarez

Una fábula vastamente conocida nos refiere que el porvenir del hombre fue determinado por el primer hombre, quien tuvo la gracia no divina de elegir su propio destino: el de la libertad, desobedeciendo el mandato de Dios.

El acto de Adán configuró fortuitamente la historia del alma humana, cuya palabra secreta es «Albedrío». Por eso «de ayer es la historia de hoy»: la del hombre que es todos los hombres; la de los otros que, fatalmente, son nosotros; la historia de los límites perdidos —ayer, hoy— entre la libertad de elegir y actuar, y la inmarcesible ilusión del porvenir por medio de la voluntad. Quizá se trata de un tema tan antiguo como la muerte, donde el deseo de futuro se confunde con el futuro del deseo mismo en un contrapunto ilimitado.

Imaginemos que media docena de personajes irrepetibles recorren territorios infinitos en el más reducido espacio de una camioneta de redilas que, a su vez, apenas avanza distancias en el norte mexicano. Podría tratarse de seis o siete lugareños que niegan y afirman consecutivamente el albedrío, después de tomar la decisión inesperada de convertirse en húngaros por propósito y por deseo, pero también por la pura intención del deseo que los mueve a dejar de ser lo que eran en sus pueblos. Supongamos pues que por una elección azarosa esas personas se llamen Manducho, Concepción y Policarpio, Luis Cesáreo, Olga Nidia y Filiastro, e incluso el nombre de Jesús disminuido: Chuyito.

Manducho sería el jefe del grupo, tal vez por la fatalidad, o porque porta las llaves del camión que lleva a ninguna parte y siempre vuelve sin fortuna. Concepción acaso viviría un sortilegio peculiar, pues parece estar predestinado a las mordidas de los perros en cualquier parte. Policarpio viene y va como la suerte, y en su andar de un lado a otro se parece a la chiripa.

Luis Cesáreo haría las veces del mago: obedecería los decretos de la luz que las estrellas reflejan casualmente en la vaga superficie de una piedra: su amuleto, el que dice —o el que le dice— los caminos que deben seguir los otros y él mismo, siempre movidos por hilos como marionetas. Olga Nidia, quien al crecer será la novia de todos ellos, estimularía el deseo de la intención y quizá será la causa del destino que al final tendrán los húngaros apócrifos. Filiastro, el gigante, el mago desplazado, el desertor, podría soñar un doble porvenir irrealizable: el de escoger libremente su camino y el de obrar por determinación propia. Sanfrancisco Martínez, ayudante del alcalde de Sacramento, sería una posibilidad dolorosa de este mundo que se construye a partir de la contingencia. Todos son libres de elegir, de aprobar o rechazar, pero, al hacerlo, determinarán el destino de los demás.

Chuyito —quien llegará de polizón al grupo y más tarde podría convertirse en una enana barbuda—, sería tal vez un niño que huye de su casa para vivir, en la carne y en el alma, el azar que configura cualquier destino: «avanzando como empujado por algo, tras los hilos de una idea cuyas pautas se conectan en lo alto». Chuyito, como cada uno de nosotros (más tarde o más temprano), descubrirá en el desierto que no hay lugar adónde ir.

Las probabilidades para esta historia son tan nulas como infinitas; lo son también para los personajes, quienes sin duda con el tiempo, y con algún sobresaltado enternecimiento del alma, se nos harían personas entrañables, extrañas, excéntricas. Los vemos habitar un camión que es un hogar y no es ningún sitio; se ganan la vida proyectando una película que no empieza ni termina; llegan a lugares donde una vez vivieron y, siendo otros, no dejan de ser ellos mismos: los hijos de las circunstancias, del azar, del entorno, de las creencias que oscuramente se vuelven una ley para sus vidas. Cada uno, de existir —ya por separado o ya en grupo—, avivaría la sentencia proferida por Ernesto Sabato: «La fatalidad es un hombre en busca de su destino».

Tusquets ha impreso la segunda edición de Albedrío, sin duda una de las mejores novelas de Daniel Sada, y también una de las más grandes obras publicadas en México en los últimos treinta años. Al hablar de Albedrío, Carlos Fuentes nos da la noticia de que se trata de «una revelación para la literatura mundial».

Micrós, Ciudad de México
11 de mayo de 2001
Publicado en la revista Textos. Tercer aniversario
Número 9/10, enero-junio de 2003


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