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sábado, 1 de julio de 2017

El origen


Por Josué Ramírez 
(poeta mexicano)





Un recuerdo, no tuyo, equidistante, como un eco trataras
de escuchar la hora que vivimos, sí, en México, así cualquiera
otro tan extraño. Dije ayer a tu oído, tu ventana: tú me aseguraste
que entendías. Donde sea su origen, esa voz las sílabas repite,
una a una, de un nombre que conjuga dos en uno: te he amado
siempre en el futuro de la llama, caricia recorrida, al decirlo
de nuevo, ebrio y loco, y saberme en tu beso, desatado de anillos
y promesas soterradas. No hace tanto, amor, fue anoche, estaba
yo despierto y tú dormías. Escuchaba en silencio la palabra
que revela el sentido de existir, después de haber estado donde
explota el uso del poder, su indiferencia, aquello que no solo
roba infancias, arrebata la vida, y monta en hombros los cuerpos
desgarrados de las víctimas. Corrieron en mi mente mil películas.
Sucedieron las páginas extrañas de novelas conexas:
sus tragedias invisibles ‒argumento de lo mismo‒, un mítico lugar,
raíz del mundo. Amor, fiel de los átomos del alma, delirante
condena, paz de agua que, quieta, corre. Clave incorpórea
de la música. Leve es la inquietud, túnel de piedras reflejantes,
rebeliones de raíces que rompen muros, tordo de llama doble,
hélice nubosa, partícula suspendida, oleaje de relojes pretéritos,
perfectos, que hace del presente una aventura. Amar a una
persona largo tiempo, es encontrar en ella lo divino, con una fe
pagana en los sentidos: es el árbol de fuego que sembramos.
Ayer, nublado día; hoy, diáfano. Al despertar el alma, su sonrisa
ofrece con fruición de fruto, sexo de ti, mujer, que duermes.
Son rumor mis dedos en tus pliegues; arcoíris. Sembrada la
pasión, echa raíces. Sin embargo, en el sueño, multitudes
con insidiosas pinzas de dolor, pretendieron callar tu risa alada,
con cierta incertidumbre taladrante. Pero ve, alma mía, cómo
vuelvo, entro en ti y gozamos enlazados, en esta larga vida
y tiempo inquieto, como primera vez, amor constante. Somos
la vez primera y esta última, los jueces del adiós,
y la templanza de volver a encontrarnos nuevamente.
Los amigos de entonces, los momentos del tren en el que
vamos todos, lejos o cerca del mundo, del mundo abierto
a los cambios externos, a los íntimos. Allá dentro, espejos
de mil rostros; fuera, un colibrí libó cepillos. Traza real su vuelo
libre y ágil. La gente caminando. ¿Qué es lo otro? Tu entrega
horizontal a mi embestida, la fusión de un nosotros, el silencio
de las nubes pasando, el Universo. Nada, ay, como metérsela
mirando por la ventana el cielo, con tu grito de multiorgasmo,
grácil, en tu clímax. Saber que estamos juntos hace tanto,
reinventando el amor, sus rasgos únicos. Nunca esperé durar,
sí la mudanza, sabiendo que el instante infiere, en llama, que ves
la piel fugar su fe en la duda. Desprendido del mundo, sueño
libre. Los despiadados celos, los errores, las lágrimas amargas,
los despojos. Pero, al penetrarte ahora ‒siempre como primera 
vez‒, embiste cálido, miro el cielo. De pronto, pasa un pájaro.

Josué Ramírez
Josué Ramírez es autor de Hoyos negros, Tepozán, Los párpados narcóticos, Ulises trivial y Deniz. El presente poema forma parte de su libro Multi / verso, próximo a aparecer publicado por Instituto Sinaloense de Cultura. Es miembro del SNCA.

Cuatro poemas

Por Ricardo Venegas 
(poeta mexicano)





Visitas

Las cortinas danzan en diáspora lunar,
desbandadas las nubes se sostienen.

Podrían ser los sueños que se avecinan en ventanas,
podrían ser los parientes que dejamos conversando solos,
y aún no advierten
que ni los escuchamos
y que ya no existen.
No somos más que viento
vibrando en las persianas.


Presagio

Vendrá de la apariencia
el canto de la nube.

Vagabunda señal de los que aman,
vendrá el silencio de otros años,
la estación de alabanzas perdidas.

Tu rostro está encendido,
dios del tiempo.




Convicción

Luna, lunita
Si bajas un momento
Vuelves encinta




Clímax

El mar apareció
cuando la tierra
tuvo su primer orgasmo.


Ricardo Venegas
Ricardo Venegas (San Luis Potosí, SLP, 1973), siempre ha vivido en Cuernavaca, Morelos. Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y es Maestro en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP, egresado con Mención Honorífica. Miembro del Consejo de Asesores Nacional de la Academia Mexicana para la Educación e Investigación en Ciencias, Artes y Humanidades (2015). Textos suyos han aparecido en las revistas Siempre!, Tierra Adentro, Ulrika, Casa Silva y Arquitrave (Colombia), Agulha (Brasil), Siete culebras (Perú), Contratiempo (Estados Unidos), Fili d´Aquilone y Sagarana (Italia) La Pájara pinta (España), Blanco Móvil, Periódico de poesía, Cantera Verde, Los Universitarios (UNAM), Alforja, La Otra, Casa del tiempo (UAM), en los periódicos Crónica, El Financiero, Excélsior (en los suplementos El Búho y Arena) y en La Jornada Semanal (suplemento del diario nacional La Jornada), en donde publica la columna Bitácora bifronte. Es autor de Turba de sonidos (Ediciones la Rana, 2009), con el cual le fue concedido el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2008 y La sed del polvo (Conaculta/Inba, 2013), antología personal prologada por Evodio Escalante, entre otros.

No tener deseo de tener

Por José Manuel Recillas 
(poeta mexicano)



Si todo ver no es ver más que lo abierto en medio
del silencio y sus designios, y sólo puede el hombre
ver el dolo, el rudo espacio en que la bestia habita
mirando al mundo en libre plenitud, más libre
que la trampa en nuestros ojos,
más ciervo que la servidumbre humana,
como si un niño desde el fondo viese aquello que no está
en nosotros, mudo, sin nada que lo nombre o lo aprisione,
sin formas o palabras concebidas, mirando sin mirar
el mundo humano, abierto y sin fronteras transitorias,
sin nadie que lo obligue a contemplar
el mundo de las formas en que habita,
sin ver siquiera el rostro de la muerte,
eso que a diario vemos sin mirar,
porque jamás tenemos el espacio
inmaculado frente a nuestros ojos,
aquél donde una vez siempre hubo flores,
ajenas a este estar por sobre muros,
senderos construidos para el ruido y no para el sencillo
estar del mundo, lo ilimitado, ajeno a las fronteras,
presente sin estar perpetuamente, no custodiado
más que por lo puro, un respirar de todo
y no tener deseo de tener, pues hubo un tiempo
en que posible era perderse solo,
enmudecido en el silencio vivo de algo que late en uno,
conmovido, como un vacío inmenso que nos abre,
de par en par, un sitio que no está, inexistente para nuestro mundo,
hecho de un avanzar hacia la muerte,
inamovible en su callar vecino,
mirándonos de frente,
como deben mirar los que no saben de la muerte
que, estando tan cercanos a ella,
lo son absolutamente todo en ella
y sólo pueden ver el infinito,
la presa o al depredador hambriento,
no son sólo mirada inaccesible,
son la mirada y el asombro fiero,
la entrega de quien ama el todo en otro
y al borde de un abismo se entregasen,
como si un nuevo territorio
en ellos estuviese naciendo entre lo abierto
de ese novísimo nacer sin nombre…

8 de junio de 2017

(Regresa al Índice general)
José Manuel Recillas

miércoles, 1 de febrero de 2017

Limes

Por José Manuel Recillas
(poeta mexicano)



                                                                                             Para Gaby Bautista Martínez

Estoy pensando en ese azul callado que veo desde mi ventana,
en esa transparencia casi vienesa que se parece aquí al engaño y al olvido
atravesada groseramente por estruendosos pájaros de acero que no cesan
de recordarme ese otro muro que alguien está elevando en la frontera,
mientras tú vas por un sendero sembrando con tus ojos otra tarde,
y escucho tu andar tranquilo como se escucha una serenidad no postergada.
Yo sé que en cada posta hay un demonio, un vigilante o dos sólo esperándonos,
como si ya supiera nuestros nombres por anticipado para condenarnos
a estar perpetuamente temerosos bajo la sombra de un árbol seco.
Pero los límites siempre envejecen y se vuelven ruina, frontera abandonada,
desvanecida sombra por la que el tiempo ni siquiera se detiene a contemplar,
perdiéndose en silencio su noble u oscura misión de proteger y delimitar,
de dar abrigo y protección y nombradía a un pueblo, o pretendido pueblo,
dejando apenas un extraño nombre que nadie ya se atreve a pronunciar
pues nada significa hoy hablar del Vallum Aelium o del Vallum Antonini
si ya no hay vigilantes ni soldados ni pueblo alguno que proteger,
pero es menester no olvidar la empresa a la que Adriano se dio tarea
durante una década para evitar el acoso de ajenos pueblos belicosos
desde el Pons Aelius hasta Maglona para erigir el limes y vallum
que aún hoy aguarda la llegada de nuevos pictos invasores.
Ni huella queda de la Legio vi Victrix en Britannia que orgullosa
la Europa romana recorrió desde Perusia y Sicilia hasta Hispania y Eboracum,
y apenas el desastre de Varo en Teutoburgo le dice algo a los especialistas.
Para la mayoría son sólo nombres vagos y eruditas referencias
de algo que apenas una sombra o una ruina son, sin importancia alguna.
El Limes Britannicus hoy es apenas una referencia oscura a ciertos episodios
y a tantas cartas de soldados que esperaban la visita de los suyos,
no muy distintos tal vez de aquellos que buscaban cruzar esa frontera innoble
groseramente elevada sobre un terreno agreste y seguramente silencioso
sobre el que el foso aledaño algún refresco de agua y paz traía de vez en cuando.
Pero a la muerte de Antonino, el César Imperator y Pontifex Maximus,
el limes Antonini corrió su misma suerte, durando apenas veinte años en pie,
una vergüenza si se piensa que el Aellium duró poco más de dos siglos y medio
antes de desaparecer durante el reinado de un muy joven Flavius Valentinianus,
mandado asesinar por su sucesor, Teodosio el Grande, último emperador
que vio una Roma unificada, y el fin de la Roma pagana por el Cunctos Populus
o Edicto de Tesalónica, la final derrota que aquellos muros no pudieron contener.
Hoy sólo en libros de historia romana aparece el relato de esa locura
por contener lo incontenible que es la gente yendo de una tierra a otra,
burlando las fronteras y el poder imperial que quiere controlarlo todo
como si el agua o el correr del viento pudiesen contenerse entre las manos.
Hasta la tierra se escapa de un puño enardecido que no puede durar días apretando
ni furia que se pueda detener por más que se eleven torres y postas
que busquen proteger y vigilar. Tarde o temprano la noche llega.
Y escucho tu andar tranquilo como se escucha una serenidad no postergada
mientras bendices la ciudad que gira en torno de tus pasos y tu voz
como si ya no hubiese en el mundo más muros que tus labios
y un lento hablar de “usted” mientras tu risa corre por la tarde.

Enero 27-28, 2017

José Manuel Recillas

domingo, 1 de enero de 2017

Dos poemas


Por José Manuel Recillas
(poeta mexicano)


I
Para Gabriela Bautista Martínez

Dice la ciencia que la vida surgió
hace tres mil quinientos millones de años,
que en medio de la noche,
de aguas termales,
lava y gases venenosos,
anónimas bacterias comenzaron a copiarse unas a otras
como estudiantes en un examen escolar,
y que el homo sapiens
apareció hace doscientos mil años
sin haberle copiado nada a nadie
pero surgido de aquellas mismas células
y su incansable proceso de copiado.

Nada nos dice la ciencia de cuándo
o por qué lloró el homo sapiens por primera vez.
En Altamira o en Lascaux hay pintadas
escenas de caza, hechas por las mujeres,
y restos de utensilios y flechas
usados por esos homínidos para sobrevivir.
Pero nada sabemos del amor, o si lo había.
Nada sabemos de sus lágrimas.
Es tan poco lo que sabemos de aquellos
primeros homínidos, que es casi
como si no supiésemos en absoluto nada.

Hoy tampoco sé si hay alguien que ame a una mujer,
aunque como aquéllas prehistóricas,
lo hagan todo y lleven el mundo a cuestas.
Ni los poetas hoy hablan de amor.
Ellos también están cazando algún mamut,
o huyendo de la furia de los elementos.

Yo llevo siglos a la intemperie
en esto del amor,
esperando, sólo esperando
que un día llegue un meteorito…




II
No puedo yo cantar,
o hablar,
que para algunos es lo mismo,
amparado desde lo cotidiano,
desde la orilla de una vereda o en la plaza de un jardín,
de un sitio en el que vivan o compartan algo muchos.
Yo siempre he sido un exiliado
viajando de una noche hacia otra noche.

Siempre he resguardado esta última frontera y torre.
No puedo hablar desde la simpleza de lo diario,
       desde un espacio compartido,
si no es desde el Lenguaje y el olvido,
desde una celda sin salida
poblada por insomnios
y el silencio obtuso de un ciclón
que espera cada noche con llegar hasta esta isla sin destino,
sin nombre ni fronteras,
para, inclemente, golpear sus tenues playas
y así borrarlo todo desde adentro, Lillian,
y así borrarlo todo…

José Manuel Recillas

jueves, 1 de diciembre de 2016

Tercia de soneto

Por Ricardo Venegas
(poeta mexicano)




Divinidad

No lo sabía despierta, pero un dios
y el dictado mayor le sobrevino,
miró su rostro de suspiro y vino
a encontrarla en el sol de los remedios,

la vio con su tristeza que soñaba
con el canto de amor que no se acaba
y vino hasta su puerta que abarcaba
el manto de una luz que la bañaba.

El cielo fue hasta su historia lóbrega,
hasta la edad del ser más primigenia,
luz que traspasa lo que ama, y ama a ciegas

como gesto de amor que abraza y brega
y a cambio de una daga una gardenia
deja, fecunda flor cuando la riegas.



Instantes

Si lo declaras pasan los silencios,
abren su luz y cierran aguas sordas,
corceles mudos de livianas hordas
que miran a la muerte en sus desprecios.

Más que la luz de la tiniebla dura,
más que ilusión alzada por la siega,
saber es no saber la vista ciega
de un sigiloso brillo que perdura.

Detente augurio, que el sol escriba
los nombres del destino a  cielo abierto,
ora vapor centrífugo que estriba

en lenguas vivas de los viejos muertos
y sin embargo sueña y se deriva
del inmortal silencio de sus puertos.



Catalepsia nocturna

Y desperté cubierto de la mancha
hacia el silencio de la voz amada
aquella joya por venir soñada;
dueño del alba presencié la escarcha

Era nocturna, mariposa herida,
vi que en sus ansias era dibujada
como el amor termina la balada,
sus ojos eran vida protegida.

Perla gitana de mi letanía,
estás dormida dueña de tu lecho;
diré que soy la noche que te mira

que en el umbral mi sombra envejecía
y descansaba el aire de tu pecho
como fugaz estrella que delira.


Ricardo Venegas
Ricardo Venegas (San Luis Potosí, SLP, 1973), siempre ha vivido en Cuernavaca, Morelos. Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y es Maestro en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP, egresado con Mención Honorífica. Miembro del Consejo de Asesores Nacional de la Academia Mexicana para la Educación e Investigación en Ciencias, Artes y Humanidades (2015). Textos suyos han aparecido en las revistas Siempre!, Tierra Adentro, Ulrika, Casa Silva y Arquitrave (Colombia), Agulha (Brasil), Siete culebras (Perú), Contratiempo (Estados Unidos), Fili d´Aquilone y Sagarana (Italia) La Pájara pinta (España), Blanco Móvil, Periódico de poesía, Cantera Verde, Los Universitarios (UNAM), Alforja, La Otra, Casa del tiempo (UAM), en los periódicos Crónica, El Financiero, Excélsior (en los suplementos El Búho y Arena) y en La Jornada Semanal (suplemento del diario nacional La Jornada), en donde publica la columna Bitácora bifronte. Su trabajo ha sido incluido en diversas antologías, entre las que destacan: Doscientos años de poesía mexicana, compilación de Jair Cortés y Berenice Huerta (2010), en la antología internacional  Poetas Siglo XXI, realizada por  Fernando Sabido Sánchez (2012), en la Muestra Internacional 2012 de la Poesía en Español de la Asociación Prometeo de Poesía (2012), y en la Antología general de la poesía mexicana: De la segunda mitad del siglo XX al tercer milenio, selección y prólogo de Juan Domingo Argüelles (2014), entre otras. Es autor de los libros de poesía El silencio está solo (Eternos Malabares, 1995); Destierros de la voz (Eternos Malabares, 1995); Signos celestes (Conaculta, 1995); Caravana del espejo (Instituto de Cultura de Morelos, 2000); Turba de sonidos (Ediciones la Rana, 2009), con el cual le fue concedido el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2008 y La sed del polvo (Conaculta/Inba, 2013), antología personal prologada por Evodio Escalante; también es autor de Escribir para seguir viviendo (Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2000) y Sendas de Garibay: memoria, espíritu y astucia (Conaculta, 2015), de entrevistas con Ricardo Garibay y ensayos sobre la obra del novelista, prologados por Juan Domingo Argüelles y Javier Sicilia. Es compilador de los libros Con-versatorias y Con-versatorias II, entrevistas a poetas de los 50 (Conaculta/Inba, 2013, 2015), prologados por Hugo Gutiérrez Vega y Evodio Escalante, respectivamente; elaboró la antología de poetas morelenses Estaciones bajo el volcán (Conaculta/Inba, 2013), prologada por Sergio Mondragón y el volumen Creación bajo el volcán, entrevistas a escritores y artistas plásticos en Morelos (2015), prologado por René Avilés Fabila. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, bajo la tutoría de Carlos Montemayor y Alí Chumacero (2003-2004) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en la categoría Jóvenes Creadores (2005-2006). En 2014 obtuvo la beca de Creadores con Trayectoria otorgada por la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués. Fue director de la revista literaria Mala Vida, Mester de Junglaría (Beca Nacional “Edmundo Valadés” para la Edición de Revistas Independientes 1996-1997, 1997-1998 y 2003-2004). Actualmente dirige la revista multidisciplinaria "Bitácora pública" y la editorial Ediciones Eternos Malabares (beneficiaria de la convocatoria Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales (2010 y 2014) y del estímulo del programa Proyectos de Inversión en la Producción de Obras Literarias Nacionales del Conaculta-INBA (2013).

Conversación desde India

El azar de los hechos en ImagenTv

El azar de los hechos en Canal 11 Tv

Las teorías sobre arte son al arte
lo que un gato disecado al movimiento de un felino
Cosme Álvarez

Invitación

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