Mostrando entradas con la etiqueta Ralph Waldo Emerson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ralph Waldo Emerson. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de julio de 2017

Thoreau [Segunda parte]

Por Ralph Waldo Emerson
(escritor norteamericano)


(Versión de Cosme Álvarez)





No ha existido un norteamericano más auténtico que Thoreau. La predilección que tenía por su país y por su condición era genuina, y su aversión a las costum-bres y los gustos ingleses, y europeos en general, raya-ba en el desprecio. Oía con impaciencia las noticias y las frases ingeniosas recogidas en los salones londinen-ses, y si bien procuraba ser correcto, esas anécdotas le resultaban fastidiosas. Los hombres se imitaban unos a otros, a través de un molde pequeño. ¿Por qué no pueden vivir lo más separado posible, y ser cada cual un hombre solo? Lo que él buscaba era la naturaleza más resuelta; deseaba ir a Oregon, no a Londres. «En todos los rincones de Gran Bretaña —escribió en su diario— se advierten rasgos de los romanos, sus urnas funerarias, sus campamentos, sus carreteras, sus casas. Al menos la Nueva Inglaterra no está edificada sobre ninguna ruina romana. No tenemos que colocar los cimientos de nuestros hogares sobre las cenizas de una civilización anterior.»

Idealista como era, declarado a favor de la abolición de la esclavitud, de la abolición de las tarifas, de la casi abolición del gobierno, sobra decir que no sólo se en-contraba sin representación en la política de su tiem-po, sino que, además, era casi igualmente antagónico a toda clase de reformadores. Sin embargo, pagó el tributo de respeto invariable al Partido Antiesclavista. Hubo un hombre, con quien había entablado amistad personal, al que honró con excepcional consideración; antes de que nadie pronunciase la primera palabra amistosa en apoyo al capitán John Brown, Thoreau corrió la voz, por casi todas las casas de Concord, de que cierto domingo por la tarde hablaría en una sala pública sobre la posición y el carácter de John Brown, y que invitaba a todo el pueblo a es-cucharlo. El Comité Republicano, el Comité Abolicionista, le hizo saber que su discurso sería prematuro e impro-cedente. Él respondió: «No me comuniqué con ustedes para pedirles consejo, sino para anunciarles que voy a ha-blar.» La sala, desde hora temprana, se vio atestada de representantes de todos los partidos, y la espinosa apología del héroe fue escuchada respetuosamente por todos, muchos de ellos con una simpatía que incluso llegó a sorprenderles.

Se dice que Plotino estaba avergonzado de su cuerpo, y es muy probable que tuviera razón, que su cuerpo fuese un mal servidor, e incompetente para el trato con el mundo material, lo que a menudo ocurre con los hom-bres de intelecto abstracto. Pero el señor Thoreau esta-ba dotado de un cuerpo sumamente útil y bien adapta-do. Era de corta estatura, complexión robusta, tez blan-ca, con expresivos ojos azules de mirada fuerte y aspecto grave. Durante sus últimos años llevó el rostro adorna-do con una barba que le favorecía. Sus sentidos eran agudos, su figura recia y bien proporcionada, manos fuertes, y diestras en el manejo de herramienta. Y poseía una notable habilidad de cuerpo y mente. Podía medir a pasos ochenta metros con mayor exactitud que cual-quier hombre ayudado por una barra y una cadena. De noche, en el bosque —decía—, hallaba el camino más con los pies que con los ojos. Era capaz de calcular muy bien con la mirada el tamaño de un árbol; sabía precisar el peso de un ternero o de un cerdo como un mercader. De una caja que contenía treinta y cinco piezas o más de lápices, podía tomar rápidamente con las manos una docena exacta en cada intento. Era buen nadador, co-rredor, patinador, botero y probablemente dejaba atrás a la mayoría de los campesinos en una caminata de un día. Y la relación entre su cuerpo y su mente era aún más fina de lo que hemos indicado. Decía querer cada paso que daban sus piernas. La extensión de sus paseos determinó invariablemente la extensión de sus escritos. Encerrado en casa, no escribía una sola palabra.

Tenía un recio sentido común, como el que Rosa Flammock, la hija del tejedor en la novela de [Walter] Scott, elo-gia en su padre, y que se asemejaba a una vara de medir que lo mismo medía tela y damasco, que tapices y paño de oro. Brindaba siempre un nuevo recurso. Mientras yo sembraba árboles en el bosque, tras haber conseguido un saco de avellanas, me dijo que sólo una reducida porción de ellas estaría sana, y procedió a examinarlas para selec-cionar las buenas. Pero al ver que de esa manera perdía mucho tiempo, dijo: «Creo que si se ponen todas en agua, las buenas se hundirán», y probamos el experimento exitosamente. Sabía proyectar un jardín, una casa o un gra-nero, y hubiera sido competente como jefe de una «Expedición exploradora del Pacífico»; sabía dar consejos prudentes en lo más graves asuntos públicos o privados.

Vivía al día, sin estorbo o mortificación de recuerdo al-guno. Si ayer a uno le había llevado una nueva propues-ta, hoy le traería otra no menos revolucionaria. Hombre muy hacendoso, que, como toda persona altamente or-ganizada, concedía un gran valor a su tiempo, parecía el único hombre en todo el pueblo con tiempo libre, siem-pre dispuesto a llevar a cabo una excursión que pareciese interesante, o una conversación que pudiera prolongarse por largas horas. Su agudo sentido común nunca se vio frenado por sus reglas de prudencia cotidiana, sino que siempre estaba a la altura de la nueva situación. Prefería y acostumbraba la comida más sencilla; sin embargo, cuando alguien proponía una dieta vegetariana, Tho-reau decía que todas las dietas le parecían asunto de muy poca importancia y agregaba que «el hombre que caza búfalos vive mejor que el pensionista de la Casa Gra-ham». Dijo: «Puedes dormir cerca del ferrocarril sin que te moleste, la naturaleza sabe distinguir muy bien cuáles son los sonidos dignos de escucharse, y ha decidi-do no oír el silbato de la locomotora. Las cosas respetan una mente devota, y jamás ha sido interrumpido un éx-tasis mental». Se dio cuenta de algo que a menudo se re-petía: cuando recibía una planta rara, enviada desde un lugar lejano, poco después daba con ella en sus propios lares. Y tenía esos golpes de suerte que sólo le suceden a los buenos jugadores. Un día, de paseo con un fuereño que le preguntó dónde podrían hallar puntas de flecha indias, respondió: «En cualquier parte», en seguida se inclinó, y en ese mismo instante recogió una del suelo. En el monte Washington, en la Barranca de Tuckerman, Thoreau sufrió una caída peligrosa y se luxó un pie. Al momento de incorporarse, descubrió por primera vez las hojas del Arnica mollis.

Su firme sentido común, y el estar dotado de manos fuertes, percepciones agudas y férrea voluntad no son, sin em-bargo, suficientes para explicar la superioridad que irradió en su vida sencilla y apartada. Debo añadir el hecho esencial de que poseía una comprensión extraordinaria, propia de una rara casta de hombres, que le mostró el mundo material como un medio y un símbolo. Este don que, a veces, derrama sobre los poetas una luz casual e in-terrumpida, y sirve como ornato de sus obras, era en él una percepción insomne, una visión celestial que no des-obedecía, a pesar de cualquier defecto o escollo de temperamento que pudieran nublarla. En su juventud, un día dijo: «El otro mundo es todo mi arte; mis lápices no dibujarán otra cosa; mi navaja no tallará otra cosa; no lo em-pleo como un medio.» Esto era la musa y el genio que dominaba sus opiniones, conversaciones, estudios, trabajos y el curso de su vida. Esto lo convertía en un eficaz escrutador de los hombres. A primera vista medía a su com-pañero y, aunque insensible a algunos finos rasgos de cultura, sabía calcular con gran exactitud su peso y su calibre. Esto producía la impresión de genio que en ocasiones daba su conversación.

Con una sola mirada entendía cualquier asunto en cues-tión, y veía las limitaciones y la pobreza de sus interlocuto-res, de manera que nada parecía estar oculto a esos terribles ojos. Frecuentemente conocía a jóvenes de sensibilidad que en un momento se convencían de que aquel era el hombre que buscaban, el hombre de hombres, que sabría indicarles todo lo que debían hacer. El trato que Thoreau daba a sus seguidores nunca fue afectuoso, sino siempre altivo, didác-tico, despreciativo de sus costumbres mezquinas, conce-diéndoles muy lentamente, o quizá nunca, la promesa de su compañía en sus casas, o incluso en la propia. ¿No se dignaría pasear con ellos? No lo sabía. No existía nada tan importante para él como su paseo; no tenía paseos de sobra que pudiera desperdiciar en compañía de otros. Personas respetables sugerían hacerle visitas, pero él las declinaba. Sus admiradores ofrecían llevarlo con gastos pagados al río Yellowstone, a las Antillas Occidentales, a Sudamérica. Sin embargo, no podía haber nada más formal y ecuánime que sus negativas; recuerdan, en circunstancias totalmente dife-rentes, la respuesta del engreído Brummel al caballero que le brindó su carruaje en medio de un aguacero: «¿En qué viajará usted, entonces?» Y, ¡qué acusadores silencios, qué disertaciones —penetrantes e irresistibles, que derriba-ban todas las defensas— perduran en el recuerdo de sus compañeros!

El señor Thoreau consagró su genio con tan completo amor a los campos, montes y aguas de su pueblo natal, que los hizo famosos e interesantes para todos los lectores norteamericanos, y para muchas personas más allá del mar. El río en cuya ribera nació y murió le era conocido desde su inicio hasta su confluencia con el Merrimack. Ahí realizó observaciones durante muchos años y a todas horas del día y de la noche, en verano y en invierno. En sus experi-mentos privados, él había obtenido varios años antes el resultado del reciente estudio llevado a cabo por los Co-misarios de Aguas elegidos por el Estado de Massachusetts. Todo cuanto sucede en el lecho, en las orillas y en la atmósfera sobre el río; los peces, su desove y sus nidos, sus costumbres, su alimentación; los insectos alados que una vez al año invaden el aire al atardecer y son devorados por los peces con tal avidez que muchos de ellos mueren de indigestión; los montones cónicos de pequeñas piedras en los bancos de arena, los enormes nidos de pececillos, que a veces no caben en una carreta; los pájaros que frecuentan el río, la garza, el pato, la tadorna, el colimbo, el águila blanca; la culebra, la rata almizcleña, la nutria, la marmota y el zorro en las orillas; la tortuga, la rana, la rubeta y el grillo que llenan de voces las riberas; todos eran sus conocidos y, como quien dice, sus paisanos y semejantes, de modo que le parecía absurda o violenta la narración que se limitara a uno solo de ellos, por separado, y más aún si se pretendía reducirlo a una medida en pulgadas, a una muestra de esqueleto, o a ejemplar de ardilla o pájaro en al-cohol. Le gustaba hablar de las costumbres del río, como si fuese un ser vivo, pero con exactitud, y siempre con re-ferencia a un hecho observado. Como conocía el río, conocía las lagunas de esta región.

Thoreau
Una de las armas que esgrimía —para él más importante que el microscopio o el receptor de alcohol para otros in-vestigadores—, fue un capricho que arraigó en él por su condescendencia y que, sin embargo, aparecía incluso en su más serias afirmaciones: la costumbre de exaltar tanto a su pueblo como a su región como el centro más privile-giado para la observación de la naturaleza. Explicó que la flora de Massachusetts comprendía casi todas las plantas importantes de los Estados Unidos: la mayoría de los ro-bles, la mayoría de los sauces, los mejores pinos, el fres-no, el arce, el haya, el nogal. Devolvió el ejemplar de Via-je ártico, de [Elisha Kent] Kane, al amigo que se lo había prestado, con el comentario de que «la mayoría de los fe-nómenos naturales registrados aquí podrían observarse en Concord». Parecía envidiarle un poco al Polo sus co-incidentes salidas y puestas de sol, o sus cinco minutos de día después de seis meses de noche: un hecho esplén-dido que el [cerro] Annursnuc jamás le había concedido. Halló nieve roja en uno de sus paseos, y me dijo que to-davía esperaba hallar la victoria regia en Concord. Era el abogado de las plantas nativas, y admitía sentir preferen-cia por la maleza del lugar que por las plantas importa-das, lo mismo que por el indio sobre el hombre civilizado, y notó, con gusto, que los rodrigones de sauce en la casa vecina habían crecido más que los suyos.

     —Mira esta maleza —dijo—, que ha pasado por la guadaña de un millón de granjeros a lo largo de la primavera y durante todo el verano y, no obstante, persiste y ahora brota triunfante en todas las veredas, pasturas, campos de labranza y jardines, tal es su vigor. Las hemos insultado con nombres humillantes como Hierba de cerdo, Madera de gusano, Hierba de brote, Flor de sábado. —Y añadió—: También tienen nombre distinguidos: ambrosía, este-llaria, amelnanchier, amaranto, etcétera.

Creo que su afición a referirlo todo al meridiano de Concord no nacía de ignorancia, ni de menosprecio por otras longitudes y latitudes, sino que era más bien una forma retozona de expresar su firme convicción de que todos los lugares se parecían, y de que el mejor lugar para cada persona es justo allí donde se encuentra. En una ocasión lo ex-presó así: «Creo que nada puede esperarse de ti si el trozo de tierra bajo tus pies no te sabe más dulce que cualquier otro, de este mundo y de cualquier mundo».

Ralph Waldo Emerson
Relee la Primera parte
























domingo, 1 de enero de 2017

Thoreau [Primera parte]


Por Ralph Waldo Emerson
(escritor norteamericano)




(Versión de Cosme Álvarez)



Henry David Thoreau (1817-1862)
Henry David Thoreau fue el último descendiente varón de un antepasado francés que llegó a este país [Norteamérica], procedente de la Isla de Guernsey. En ocasiones el carácter de Thoreau revelaba rasgos originarios de esta sangre, mez-clados de manera singular con un decidido genio sajón.

Nació en Concord, Massachusetts, el 12 de julio de 1817. Se graduó en la Universidad de Harvard en 1837, pero sin distinción literaria. Iconoclasta de la literatura, rara vez agradeció a las universidades los servicios que le brindaron, pues las tenía en poca estima, aun cuando su deuda con ellas era importante. Después de abandonar la universidad se acercó a su hermano, quien ejercía el magisterio en una escuela privada a la que renunció poco más tarde. Su padre era fabricante de lápices de grafito, y Henry durante algún tiempo se dedicó al oficio, convencido de que podía produ-cir un lápiz superior al entonces acostumbrado. Una vez ter-minados los experimentos, Thoreau mostró su trabajo ante los químicos y artistas de Boston, y regresó satisfecho a su casa tras obtener de todos ellos el testimonio de la excelen-cia del lápiz y de que igualaba a los de la más fina hechura londinense. Sus amigos lo felicitaron por haberse abierto un camino a la fortuna, pero él respondió que jamás volvería a fabricar un solo lápiz. «¿Por qué he de hacerlo? No repetiré lo que ya se ha hecho una vez.» Reanudó sus dilatadas caminatas y sus muy diversos estudios, con los que lograba cada día un conocimiento nuevo de la naturaleza, si bien aún no hablaba de botánica o zoología, pues a pesar de ser un es-tudioso de los hechos naturales no sentía curiosidad por los textos científicos ni la técnica.

Para entonces ya era un joven robusto, saludable, recién salido de la universidad. Sus compañeros habían empezado a elegir, o estaban ansiosos de iniciar, una actividad que les dejara dinero, y fue inevitable que los pensamientos de Tho-reau giraran en torno de este mismo asunto, por lo que tuvo que poner en práctica una determinación nada común para evadir todos los caminos tradicionales y mantener su libertad solitaria, a costa de contrariar la natural esperanza de sus familiares y amigos: le resultó tanto más arduo por su integridad absoluta, su insistida autonomía, que debía procurarse por sí mismo, y su convicción de que todo hombre tenía el mismo deber. Pero Thoreau nunca flaqueó. Fue combativo de nacimiento. Se negaba a renunciar a su inmensa sed de sabiduría y de acción, a cambio de un humilde oficio o profesión, y había puesto la mira en una vocación de un alcance mucho más amplio: el arte de vivir en plenitud. Si menospreció y desafió las opiniones de los demás, lo hizo únicamente porque ponía la mayor atención a conciliar su conducta y sus con-vicciones. No fue ocioso, ni proclive al lujo, cuando necesitaba dinero prefería conseguirlo por medio de un pequeño tra-bajo manual de su agrado, por ejemplo, construir una lancha o una cerca, plantar, adaptar, demarcar, o alguna otra faena, y no sujetarse a un compromiso de larga duración. De hábitos estables y pocas exigencias, su destreza en carpintería y su sobrada aritmética lo hacían apto para vivir en cualquier parte del mundo. Necesitaba menos tiempo para satisfacer sus necesidades que ningún otro. Tenía, pues, asegurado su bienestar.

Una habilidad natural para la mesura, nacida de sus conocimientos matemáticos y de su hábito de calcular las dimen-siones y las distancias de todos los objetos que le interesaban, el tamaño de los árboles, la profundidad y la extensión de las lagunas y de los ríos, la altura de las montañas y la distancia en línea recta de sus cimas favoritas, esto, aunado a su familiaridad con el territorio alrededor de Concord, lo hicieron inclinarse a la profesión de agrimensor, que le ofrecía la ventaja de llevarlo continuamente a tierras desconocidas y apartadas, y así lo ayudaba en su estudio de la naturaleza. Su precisión y destreza en este trabajo gozaron de rápido reconocimiento, por lo que tenía todo el trabajo que deseaba.

Henry David Thoreau, retrato de Samuel Worcester Rowse
Podía resolver con facilidad los problemas del agrimensor, pero a diario se veía acosado por cuestiones más graves, mismas que afrontó virilmente. Puso en tela de juicio las costumbres, y buscó fincar todos sus actos en un fundamento ideal. Fue combativo en exceso [à outrance], y pocas vidas contienen tantas renunciacio-nes. No se instruyó en alguna profesión, nunca se casó, vivía so-lo, jamás iba a la iglesia, nunca votó, se negó a pagar impuestos estatales, no comía carne, ni bebía vino, jamás conoció el uso del tabaco, y, aunque era naturalista, no empleaba trampas, ni armas. Sin duda sabiamente para él, eligió ser el bachiller del pensa-miento y de la naturaleza. No tenía talento para la riqueza, y sa-bía ser pobre sin el menor asomo de falta de pulcritud y elegan-cia. Quizá dio con su forma de vida sin premeditarlo mucho, pe-ro la aprobó con ulterior sabiduría. «A menudo se me recuerda —escribió en su Diario— que, así se me concediera la opulencia de Creso*, mis objetivos serían siempre los mismos, y mis me-dios esencialmente los mismos.» No tenía tentaciones de comba-tir, ni apetitos, ni pasiones, ni afición a frivolidades elegantes. La casa espléndida, la ropa, los modales, la conversación de la gen-te altamente cultivada resultaban un desperdicio para él. Prefe-ría, con mucho, a un buen indio; consideraba que aquellos refinamientos no eran sino obstáculos a la convivencia, y pre-firió siempre tratar a sus compañeros en las circunstancias más sencillas. Declinaba todas las invitaciones a cenar, porque en esas reuniones todos le estorbaban y nunca podía tratar a los individuos con provecho. «Fundan su orgullo —decía— en hacer que su cena cueste mucho; yo baso el mío en que cueste poco.» Cuando se le preguntó, encontrándose sentado a la mesa, qué plato prefería, contestó: «El que tenga más cerca.» No le gustaba el sabor del vino, y jamás en la vida se en-tregó a un vicio. Dijo: «Tengo un vago recuerdo del placer derivado de fumar tallos de lirios secos, antes de ser hombre. Tenía comúnmente una dotación de estos. Nunca he fumado nada más nocivo.»

*Creso. Nacido hacia 595 a.C. Último rey de Lidia, de la dinastía Mermnada; su reinado estuvo marcado por los placeres, la guerra y las artes.

Eligió hacerse rico reduciendo al mínimo sus exigencias y cubriéndolas él mismo. En sus viajes, utilizaba el ferrocarril únicamente para atravesar el territorio que no tuviese importancia en su propósito inmediato, y solía andar cientos de ki-lómetros, evitando las tabernas; prefería pagar hospedaje en las casas de los granjeros o los pescadores, porque eran más baratas y más de su agrado, y también porque en ellas hallaba más a mano a los hombres y la información que necesitaba.

Había cierto rasgo militar en su naturaleza, no se doblegaba, siempre viril y capaz, pero rara vez tierno, como que no se sentía sincero si no estaba ofreciendo oposición. Siempre quería una falacia que delatar, un error que empicotar; se diría que demandaba una ligera sensación de victoria, un redoblar de tambor, para poner en juego todos sus recursos. No le costaba nada decir no; en realidad, lo encontraba mucho más fácil que decir sí. Parecía que su primer instinto al escuchar una proposición era refutarla, tan impaciente se mostraba con las limitaciones de nuestro pensar cotidiano. Este hábito, desde luego, enfriaba un poco las relaciones sociales, y aunque sus compañeros acababan siempre por eximirlo de toda malicia o falsedad, no dejaba de empañar la conversación. Por lo tanto, ninguno que fuese su igual mantenía relaciones afectuosas con alguien tan puro e inmaculado. «Siento un gran afecto por Henry —dijo uno de sus amigos—, pero no simpatía, y en cuanto a tomarlo del brazo, primero pensaría en tomar el de un olmo.»

Sin embargo, aunque ermitaño y estoico, realmente ansiaba comprensión, y cordial e infantilmente buscaba la compañía de los jóvenes que amaba y a quienes le encantaba entretener de la única forma que sabía hacerlo, con variadas e infinitas anécdotas acerca de sus experiencias en los campos y en los ríos; y siempre estaba dispuesto a encabezar una excursión para buscar arándanos, castañas o uvas.

Hablando de un discurso un día [en una cena], Henry comentó que todo lo que aplaudía el público era malo. Yo dije: «¿A quién no le agradaría escribir algo que todos leyeran con gusto, como Robinson Crusoe? ¿Y quién no ve con tristeza que su escrito no encierra el tratamiento mate-rialista exacto que a todos deleita?» Henry objetó, desde luego, y ponde-ró las conferencias de calidad, que sólo son comprensibles para muy po-cas personas. En el transcurso de la cena, una joven, enterada de que él iba a pronunciar una conferencia en el Liceo, acremente le preguntó si su conferencia prometía ser un bonito e interesante relato como los que a ella le deleitaba escuchar, o una de esas disertaciones filosóficas que en nada le interesaban. Henry se volvió a ella y reflexionó; vi cómo intenta-ba convencerse a sí mismo de que disponía del material adecuado para ella y para su hermano, quien permanecería levantado sólo para asistir a la conferencia, si ésta iba a resultar interesante para ellos.

Hablaba y vivía la verdad, por nacimiento, y siempre se vio envuelto en situaciones dramáticas a causa de ello. En cualquier circunstancia, todos los observadores tenían interés en saber qué partido tomaría Henry y qué cosas diría, y no defraudaba las esperanzas puestas en él, sino que siem-pre supo aplicar un criterio original a todo contratiempo. En 1845 cons-truyó una pequeña casa de madera a orillas del lago Walden, y allí vivió solo, durante dos años, dedicado a una vida de trabajo y de estudios. Este proceder le era absolutamente natural y ade-cuado. Nadie que lo conociese podía imputarle afectación. Difería más de sus vecinos en su pensamiento que en sus ac-tos. Tan pronto había agotado las ventajas de aquella soledad, la abandonó. En 1847, en desacuerdo con algunas aplica-ciones que se daban a los gastos públicos [la invasión a México, 1846-1848], se negó a pagar los impuestos de su municipio y fue encarcelado. Un amigo suyo [el propio Emerson] pagó el impuesto por él y Henry salió libre. Hubo amenaza de una contrariedad similar al año siguiente. Pero como sus amigos pagaban el impuesto, a pesar de las protestas de Henry, creo que desistió de su actitud. Ninguna oposición ni ridiculización tenían el menor peso para él. Fría y cabalmente expresaba su opinión, sin fingir que creía que fuese la de sus contertulios. No le daba importancia al hecho de que todos los presen-tes defendieran la opinión opuesta. En una ocasión fue a la biblioteca universitaria para sacar varios libros. El bibliote-cario se negó a prestárselos. El señor Thoreau apeló al presidente, quien le leyó el reglamento y las costumbres, que res-tringían el préstamo de libros a los residentes graduados, a los clérigos matriculados como alumnos y a algunas personas que residían a menos de dieciséis kilómetros a la redonda. El señor Thoreau explicó al presidente que el ferrocarril había destruido la vieja escala de distancias, que la biblioteca era inútil, y que el presidente y la universidad eran inútiles tam-bién si se respetaban sus reglas, que el único beneficio que él debía a la universidad era su biblioteca; que, en ese mo-mento, no sólo era imperiosa su necesidad de aquellos libros, sino que iba a solicitar un número mucho mayor, y aseguró al presidente que él, Thoreau, y no el bibliotecario, era el legítimo custodio de los libros. En resumen, el presidente en-contró al peticionario tan formidable, y que las reglas ya empezaban a parecer tan ridículas, que acabó por otorgarle un privilegio, el cual, en manos de Thoreau, resultó ilimitado desde ese momento. [abajo el enlace a la segunda parte]


sábado, 22 de noviembre de 2003

El lenguaje


Ralph Waldo Emerson 

(escritor estadounidense)

Versión de Cosme Álvarez



Ralph Waldo Emerson (25 de mayo 1803-27 de abril 1882)
Las palabras son signos de hechos naturales

La utilidad de la historia natural consiste en darnos ayuda con la historia sobrenatural: la utilidad de la creación visible es brindarnos el lenguaje para los seres y los cambios de la creación interna. Si exami-namos hasta su raíz más íntima las palabras que se emplean para expresar un hecho moral e intelec-tual, advertimos que están tomadas de algún fenó-meno material. Correcto significa derecho, errado quiere decir torcido. Espíritu ante todo significa viento, transgresión es pasar una línea; arrogante, el levantamiento de una ceja. Decimos el corazón para expresar el sentimiento, la cabeza para señalar la idea; palabras tomadas de las cosas sensibles, y adecuadas a la naturaleza espiritual. La mayor parte del proceso seguido en esta traslación se pierde en tiempos inmemoriales, cuando se originó el idioma; en los niños puede observarse diariamente la misma propensión. Los niños y los salvajes sólo usan nombres de cosas, que transforman en verbos y que aplican a las acciones análogas de la mente.

Sin embargo, este origen de todas las palabras, que contiene algo de espiritual y que es un hecho bastante claro en la historia del idioma, es nuestra menor deuda con la naturaleza. No sólo las palabras son emblemáticas, las cosas también son emblemáticas. Todo acto natural es un símbolo de un acto espiritual. Cualquier manifes-tación de la naturaleza corresponde a un estado del alma, y ese estado del alma sólo puede ser descrito mos-trando el estado natural como su aspecto visible. Un hombre colérico es un león, un hombre astuto una zorra, un hombre firme una roca, un hombre instruido una antorcha. Un cordero es la inocencia, una víbora el rencor, las flores nos indican delicadeza de afectos. Luz y tinieblas son nuestras expresiones naturales para interpretar el conocimiento y la ignorancia. Y el calor nos simboliza el amor. La distancia visible detrás y adelante de no-sotros es, respectivamente, la imagen de nuestra memoria y de nuestra esperanza.

¿Quién que contempla el río en un momento de meditación no evoca el curso de todas las cosas? Arroja una piedra al agua y las ondas que produce, y que se van dilatando, son la hermosa muestra de toda influencia. El hombre tiene conciencia de un alma universal, en la que, como en un firmamento, se levanta y resplandece el principio de la justicia, la verdad, el amor y la libertad. A esta alma universal la llama Razón. No es tuya, ni mía, ni de él, sino que nosotros somos de ella, somos su propiedad y sus hombres. Y el cielo azul en el que está sumergida la Tierra, el cielo con su calma eterna y lleno de mundos interminables, es el modelo de la Razón. Aquello que, considerado intelectualmente, llamamos razón, observado en relación con la naturaleza le llama-mos espíritu. El espíritu es el creador. El espíritu tiene vida por sí mismo. Y los hombres de todos los tiempos y de todos los países lo incorporan a sus idiomas con el nombre de «Padre».

Es fácil advertir que en estas analogías no hay nada de fatuo o de arbitrario, antes bien son constantes y llenan la naturaleza. No son sueños de algunos cuantos poetas dispersos acá y allá, sino que el hombre busca la analogía y estudia las relaciones en todos los objetos. Está situado en el centro de los seres, y un destello de relación de cada uno pasa por él. Y así como el hombre no puede ser entendido sin estos objetos, tampoco ellos sin el hombre. Todos los hechos de la historia natural, tomados en sí mismos, carecen de valor, son estériles, como lo es un sexo aislado; pero vincúlalos con la historia humana y los encontrarás llenos de vida. Las Floras y los volúmenes de Linneo y de Buffon son áridos catálogos de hechos; sin embargo, los hechos más triviales, la naturaleza de las plantas, los órganos, el trabajo o el ruido de un insecto, puestos a ilustrar un hecho de la filosofía intelectual, o asociados de alguna manera con la naturaleza humana, nos afectan de un modo vivo y extraordinario. Esto se observa incluso en la semilla de una planta, que tiene analogías tan íntimas con la naturaleza del ser humano que hasta el propio San Pablo llama al cuerpo del hombre una semilla: «Se siembra un cuerpo natural y resucita un cuerpo espiritual». La rotación de la Tierra en torno de su eje y alrededor del sol da lugar al día y al año. Esto se establece por alguna suma de calor y de luz naturales, y a pesar de todo ¿no hay cierta analogía entre la vida del hombre y las estaciones? ¿Y esta analogía no hace ganar grandeza y dignidad a las estaciones? Los instintos de la hormiga, tomados como instintos de una hormiga, no merecen tenerse en consideración; pero en el momento en que se advierte un destello de ilación que se extiende hacia el hombre y se ve que el insecto nos sirve de referencia, y que en un cuerpo tan pequeño hay un gran corazón, entonces todas sus conductas, incluso la que se cuenta ahora de que nunca duerme, se consideran sublimes.

A consecuencia de esta relación contundente entre las cosas visibles y los pensamientos humanos, los salvajes, que no tienen más que lo necesario, conversan por medio de figuras. Conforme retrocedemos en la historia encontramos que el idioma es más expresivo, hasta que en su infancia es verdadera poesía: cada uno de los hechos espirituales se ve representado por símbolos. Se topa uno con que los mismos símbolos forman los principios originales de todos los idiomas. Se ha podido observar que las expresiones de todos los idiomas se aproximan las unas a las otras en los pasajes de mayor elocuencia y energía. Y lo mismo que es este primer idioma lo es también el último. Esta dependencia inmediata de la naturaleza que tiene el idioma, esta conversión de los fenómenos externos en algo que afecta a la vida humana nunca deja de tener la fuerza de influirnos. Esto es lo que da encanto a la conversación afable de la gente del campo o de los montañeses y lo que agrada a todos.

El ánimo del hombre para unir su pensamiento con el símbolo apropiado, y manifestarlo de esta manera, depende de la sencillez de su carácter, es decir, de su amor a la verdad y de su deseo de comunicar las cosas sin que pierdan nada.

A la corrupción del hombre le sigue la corrupción del idioma. Cuando la sencillez del carácter y la soberanía de las ideas se destruyen en virtud del predominio de deseos secundarios, como el deseo de riquezas o de placer o de poder o de orgullo, se pierde por grados la fuerza que existe sobre la naturaleza como intérprete de la voluntad, lo mismo que cuando la simulación y la falsedad sustituyen a la franqueza y a la verdad. La creación de nuevas imágenes cesa, y las antiguas palabras se pervierten aplicándolas a cosas que no existen: cuando no hay oro se emplea el papel ordinario. El fraude se hace visible a su debido tiempo, y las palabras pierden su vigor para estimular el entendimiento y la voluntad. En cualquier nación civilizada se pueden encontrar cientos de escritores que por algún tiempo creen que observan y transmiten verdades, y que no visten por sí mismos un pensamiento con su vestido natural, pues inconscientemente se alimentan de la lengua creada por los primeros escritores del país, de aquellos que se fundaron en la naturaleza.

Pero los sabios arrancan estos vocablos podridos y vuelven a sujetar las palabras a las cosas visibles, de tal manera que su idioma singular es a la vez un testimonio de que quien las emplea vive en alianza continua con la verdad y con Dios. En el momento en que nuestro discurso se erige sobre el campo de los hechos comunes y se inflama por la pasión o se exalta por la idea, se viste así mismo con imágenes. Si un hombre que habla con entusiasmo vigila su proceso intelectual, notará que una imagen material más o menos luminosa se yergue en su inteligencia actual con el pensamiento, y que esta imagen es la que proporciona ornamento a la idea. De aquí que los buenos escritos y los discursos brillantes sean una continua alegoría. Estas imágenes son espontáneas. La experiencia se propaga y sirve a la acción presente del entendimiento. Propiamente es una creación. Es la obra de la Causa original actuando por medio de los instrumentos que hizo de antemano.

Los hechos pueden mostrarnos muy bien la ventaja que tiene para una inteligencia poderosa la vida de campo sobre la vida, artificial y corta, de las ciudades. Aprendemos de la naturaleza mucho más de lo que podemos y queremos comunicar. Aunque su luz está siempre derramándose en nuestra inteligencia, solemos olvidar muchas veces su presencia. El poeta o el orador creado en los bosques, cuyos sentidos hayan sido alimentados un día y otro por sus paisajes encantadores y sedantes, al parecer sin designio y sin finalidad, nunca olvidará por completo esas lecciones, ni entre el ruido de las ciudades ni en el bullicio de la política. Mucho tiempo después, en medio de la agitación y del estruendo de las asambleas nacionales, incluso en la hora de la revolución, estas imágenes solemnes volverán a aparecer con todo su resplandor matutino, como símbolos y palabras correspondientes a ideas que despiertan los sucesos. Al llamado de una idea noble vuelven a susurrar los bosques, a murmurar los pinos, a correr los ríos, a mugir los terneros en los montes, lo mismo que vio y escuchó todas estas cosas en su infancia. Y con estas formas tiene en sus manos las llaves de la persuasión y las frases de energía.

Los objetos naturales nos ayudan así para la expresión de los significados particulares. ¡Qué grande es el lenguaje en comparación con las pequeñas ideas que expresan! ¿Son necesarias tan nobles razas de criaturas, tal profusión de formas, tanta multitud de universos en el cielo para proveer al hombre de un diccionario y una gramática a fin de desenvolver su lenguaje comunal? Cuando empleamos este gran cálculo para los negocios domésticos más vulgares comprendemos que no lo utilizamos debidamente ni somos capaces de aprovecharlo. Somos como los viajeros que usan las cenizas del volcán para hacer una tortilla. A la vez que comprendemos que el lenguaje está siempre dispuesto a vestir todo lo que digamos, no podemos menos que preguntar si los caracteres no tienen significación por sí mismos. Los montes, las ondas, el firmamento ¿no tienen más contenido del que nosotros les damos conscientemente, cuando los empleamos como emblemas de nuestros pensamientos? El mundo es emblemático. La mayor parte del lenguaje se reduce a metáforas, porque toda la naturaleza es una metáfora en la mente humana. La naturaleza contesta a las leyes de la moral con las leyes de la materia, con la precisión con que se corresponden las imágenes de un espejo. «El mundo visible y la relación entre sus partes es el reloj de sol del mundo invisible». Los axiomas de la física traducen los de la ética en la siguiente forma: el todo es mayor que su parte, la reacción es igual a la acción, el peso más pequeño puede levantar al más grande si la diferencia de peso se compensa con la del tiempo, y muchas otras propuestas que poseen tanto sentido ético como físico. Todas estas proposiciones tienen un sentido bastante más extenso y universal cuando se aplican a la vida humana que cuando se confinan a la ética.

Del mismo modo, las palabras memorables de la historia, y los proverbios de las naciones, son de ordinario un hecho natural elegido como pintura o parábola de una verdad moral. Por ejemplo: piedra movediza no cría moho; mejor pájaro en mano que ciento volando; un cojo que lleve el verdadero camino ganará a un corredor que lo lleve errado; trabaja mientras brilla el sol; es difícil llevar una copa llena sin que algo se derrame; el vinagre es el hijo del vino; la última onza hunde al camello; los árboles de mucha vida se arraigan bien primero, y otros adagios semejantes. En su sentido inmediato son hechos triviales, pero los aprovechamos por el valor analógico que encierran. Lo que es cierto de los proverbios lo es de todas las fábulas, parábolas y alegorías.

Esta relación existente entre la inteligencia y la materia no es cosa imaginada por algún poeta, sino que vive en la voluntad de Dios, y por lo tanto, todos los hombres pueden conocerla libremente. O se presenta a los hombres o no se presenta. Cuando se examina este milagro en las horas felices, los hombres inteligentes dudan, y si en otras ocasiones no están ciegos o sordos dicen: «¿Pueden suceder estas cosas y cubrirnos lo mismo que una nube de verano sin que nos causen una admiración especial?» Porque el universo se hace transparente, y a través de él brilla una luz que procede de otras leyes más altas.

Este es el problema que se presenta y el que ha reclamado la admiración y el estudio de los más grandes genios desde que existe el mundo; desde la era de los egipcios y de los brahamínes hasta la de Pitágoras o Platón o Bacon o Leibnitz o Swedenborg. La esfinge se encuentra al lado del camino, y conforme los profetas van pasando una edad tras otra, todos prueban su fortuna procurando descifrar este enigma. Parece que en el espíritu hay una necesidad de manifestarse en formas materiales; y lo mismo el día que la noche, el río que la tormenta, las fieras y los pájaros, los ácidos y los óxidos, preexisten en ideas necesarias que viven en la mente de Dios, y lo que son, lo son en virtud de afectos precedentes en el mundo del espíritu. Un hecho es el fin o la última salida del espíritu. La creación visible es el límite o la circunferencia del mundo invisible. «Los objetos materiales –decía un filósofo francés– son necesariamente consanguíneos de las “scoriae” de los pensamientos substanciales del Creador», los cuales deben conservar siempre una relación exacta con su primer origen. En otras palabras: la naturaleza visible debe tener un lado espiritual y moral.

Esta doctrina tiene algo de profunda, y aunque las imágenes de «vestido», «escorias», «espejos», etcétera, pueden estimular la fantasía, debemos acudir en busca de otros expositores más sutiles, y por decirlo así, más vivos, para hacer las cosas sencillas. La ley fundamental de la crítica es que «cada escritura debe ser interpretada por el mismo espíritu que la manifestó». Una vida en armonía con la naturaleza, el amor a la verdad y a la virtud, purificará los ojos para que entiendan su texto. Podemos llegar a conocer por grados el sentido primario de los objetos permanentes de la naturaleza, de tal manera que el mundo sea para nosotros un libro abierto y comprendamos el significado de su vida oculta y de su causa final.

Otro interés nuevo puede sorprendernos cuando, desde el punto de vista que hemos tomado, contemplamos la multitud de los objetos y su inmensa extensión, ya que cada objeto, debidamente considerado, abre una nueva facultad del alma. Lo que fue una verdad inconsciente, una vez que se interprete y se defina aplicándola a un objeto, viene a formar parte de los dominios de la inteligencia y a considerarse como una nueva arma en el depósito de las energías.

* Publicado en la revista Biblioteca de México, núms. 77-78, Invierno de 2003

(Regresa al Índice general)

El azar de los hechos en ImagenTv

El azar de los hechos en Canal 11 Tv

Las teorías sobre arte son al arte
lo que un gato disecado al movimiento de un felino
Cosme Álvarez

Invitación

Los textos y las fotografías que aparecen en La Guarida están protegidos por la ley y no deben ser
reproducidos sin autorización previa del administrador de la página, o del titular de los copyright,
por lo que se sugiere que toda vez que se cite o se utilice alguna de las entradas se nos informe por
Primera época ≈ 1999 a 2007 ≈ Volumen 1. Números 1 al 5
Segunda época ≈ 2008 a junio de 2016 ≈ Volumen 2. Números 6 al 10
Tercera época ≈ 1 de julio de 2016 a 1 de julio de 2017 ≈ Volumen 3. Números 11 al 17