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miércoles, 10 de diciembre de 2025

Once años de la leyenda de Rudel

Por José Manuel Recillas
(poeta y ensayista mexicano)



La leyenda de Rudel Opus 27 (1906), fue compuesta en 1906 por Ricardo Castro (1864-1907) y es conocida como su segunda ópera después de Atzimba (1900), pero el propio Castro la llamó Poema lírico en tres partes, y no precisamente ópera. Constituida de una sola escena, ambientada en la época de las cruzadas, la obra fue escrita originalmente en francés por el dramaturgo Henry Brody (1871-1934), quien trabajó con el compositor Marc Delmas (1885-1931), autor que puso música a Idilio de otoño (1909), Incertitude en mi menor (1918), dedicada a Lily Bardou, y Les papillons (1923), así como Cruelle réponse, sexto poema del ciclo de Doce can-ciones del compositor alemán Léo Sachs (1856-1930) y de Stan-ces à un fiancé parti pour la guerre (1915) de Amédée Reuschel (1875-1931). Que Castro llamase de ese modo a su obra y no ópera señala un deseo formal de distanciarse de la concepción italiani-zante en boga y estableciendo así los ideales modernistas con los cuales declaraba su filiación, otorgándole una mayor libertad en el tratamiento tanto de la historia como de los personajes.

Esto le proporciona un aura de cosmopolitismo acorde no sólo con el ambiente cultural afrancesado del país sino al tema mismo de la obra, basada libremente en la figura del poeta trovadoresco provenzal del siglo XII Jaufré Rudel, noble occitano, señor del castillo de Blaye en la actual Gironda francesa, y a quien se considera el creador del llamado “amor de lejos” (amor de lonh o amour de loin). Según la leyenda, habría oído hablar de la princesa de Trípoli y se enamoró de oídas, pero perdidamente, de ella.

Se sabe poco sobre la vida de Rudel, pero existe una referencia a él en una canción contemporánea de Marcabru que lo describe como oltra mar, probablemente en la Segunda Cruzada de 1147. Es proba-ble que fuera hijo de Girard, también castellano de Blaye, quien re-cibió el título de «príncipe» en una carta de 1106. El padre de Girard fue el primero en ostentar el título, siendo llamado princeps Bla-viensis en 1090. Durante la vida de su padre, la soberanía de Blaye se disputó entre los condes de Poitou y los condes de Angulema. Poco después de la sucesión de Guillermo VIII de Poitou, quien la heredó de su padre, Blaye fue tomada por Wulgrin II de Angulema, quien probablemente se la otorgó a Jaufré. Según una hipótesis, basada en pruebas endebles, Wulgrin fue el padre de Jaufré.

Según su legendaria vida, o biografía novelada, se inspiró para em-prender una cruzada al enterarse, a través de peregrinos que vol-vían, de la belleza de la condesa Hodierna de Trípoli, y de que ella era su amor de lonh, su amor de lejos. La leyenda afirma que en-fermó durante el viaje y fue llevado a tierra en Trípoli moribundo. Se dice que la condesa Hodierna bajó de su castillo al enterarse de la noticia y Rudel murió en sus brazos. Esta romántica pero impro-bable historia parece derivar de la naturaleza enigmática de los ver-sos de Rudel y de su presunta muerte en la Segunda Cruzada.

El romanticismo del siglo XIX encontró su leyenda irresistible. Fue tema de poemas de Ludwig Uhland, Heinrich Heine, Robert Brow-ning (“Rudel a la Dama de Trípoli”) y Giosué Carducci (“Jaufré Ru-del”). Algernon Charles Swinburne retomó la historia varias veces en su poesía, en “El triunfo del tiempo”, “La muerte de Rudel” y el ahora desaparecido “Rudel en el paraíso” (también titulado “La casa dorada”).

Es este contexto romántico europeo el que quizá llevó a Ricardo Castro a pensar en aquella historia legendaria aprovechando el ambiente afrancesado del porfiriato y presentar su segunda ópera a la alta cultura mexicana de la época un tema exótico y cosmopolita al mismo tiempo, y nada mejor que un supuesto libretista romántico francés para completar un aura de prestigio, no sólo en el contexto de la afrancesada cultura mexicana de la época, sino el del propio compositor, quien obtenía un texto en la lengua de uso de la clase culta mexicana sino el prestigio de aquella cultura de la que el propio compositor era heredero y cultor.
Partitura original de la ópera, editada en París, hallada en 2014 por el maestro
Miguel Salmon Del Real en casa de la familia Castro, en la Ciudad de México

El libreto fue traducido a toda prisa para el estreno con el fin de que fuera cantado por una compañía de ópera italiana en el Teatro Arbeu. La obra recibió comentarios favorables de críticos como Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Pedro Henríquez Ureña y Manuel Torres Torrija. Enrique Olavarría y Ferrari la consideró el evento cultural del año y Torres Torrija subrayó su carácter sim-bolista.
Hasta 1952 fue repuesta, esta vez al parecer cantada en italiano. Después de eso, la partitura orquestal desapa-reció, sólo existía una versión reducida para piano, que fue la que usó muchos años el grupo Solistas Ensamble de Bellas Artes para presentarla en diversos foros. Fue en 2014 que Miguel Salmon del Real, director artístico de la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem) la lo-calizó en casa de los herederos del compositor y realizó el arduo trabajo de digitalización, corrección y edición de la partitura, para ofrecer su estreno mundial, canta-da de acuerdo con el texto original en francés, más de un siglo después, los días 27 y 28 de noviembre en el Teatro Ocampo de Morelia.
Fragmento de la partitura, edición crítica 2014, por Miguel Salmon Del Real

Y si el estreno de la obra hacía un siglo despertó un amplio interés en los círculos literarios y pe-riodísticos de la época, el estreno en su lengua original fue un rotundo éxito no sólo por la asis-tencia del público al teatro, lleno en su totali-dad en las dos funciones, sino por la transmisión en vivo que hizo el Sistema Michoacano de Ra-dio y Televisión, lo que permitió que fuera vista por casi 70 000 personas en los dos días, lo que la hace probablemente la ópera mexicana más vista de nuestra historia, y que en la actualidad se puede ver completa en YouTube. (verla aquí)
A pesar del aparente exotismo de su argumento y su circunstancia, es evidente que Ricardo Cas-tro compuso una obra maestra con La leyenda de Rudel, y que con ella se adelantó a su época, ofreciendo a los músicos actuales un modo no-vedoso de abordar las posibilidades del espec-táculo escénico desde una perspectiva del todo diferente al del lirismo italiano, del cual se aleja decididamente al optar por una estética wagne-riana de estilo afrancesado, buscando estable-cer las bases de un canto más natural y más li-bre, en aras de desarrollar un lenguaje auténtico y propio.

No nos parece un exotismo que el argumento de la obra se desarrolle en la época de las cruzadas; antes bien, es el elogio del poder supremo del Amor y la Belleza lo que la hace no sólo actual, sino que la ubica en el origen del arte lírico por excelencia, el culto a la mujer y a la belleza, el nacimiento del amor cortesano como ha demostrado Denis de Rougemont en El amor y Occidente. Al situarse en ese tiempo cero y alejarse del estilo italianizante bel-cantista, Castro buscaba, como la escuela francesa de la ópera barroca, sentar las bases para una forma nueva de arte, y fue lo que vio Henríquez Ureña en 1906: un arte músico-lírico auténticamente latinoamericano.
Partichela (segunda flauta), edición crítica 2014, por Miguel Salmon Del Real

La interpretación de la Osidem y la dirección por parte de Miguel Salmón del Real le han devuelto a la música de Castro toda su gloria y elegancia, su expresión precisa y dignidad musical, y pode-mos afirmar que es el evento y el rescate musical más importante de aquel año. Lo más notable de la obra es su manufactura y su calidad orquestal. Los personajes apenas están dibujados, parecen un pretexto para desarrollar la idea de la prima-cía del ideal de belleza y el poder del amor, que objetos de un drama que realmente es inexis-tente en estrictos términos dramáticos. Sin em-bargo, los duetos de Rudel y Segolena en la pri-mera parte, y de Rudel y la Condesa en el segun-do, le otorgan a la obra una intensidad sólo simi-lar a la notable escena del viaje en barco durante una tormenta en el Mediterráneo.

Nunca sabremos cómo Castro podría haber de-sarrollado este modelo lírico debido a su prema-tura muerte, un año después de estrenar la obra, pero parece claro que este modelo de concisión y desarrollo personalísimo podría derivar en la creación de un género de canto escénico autén-ticamente nacional (que no nacionalista), y quizá debido a la crisis actual de la ópera en Bellas Ar-tes y en general en el país podría permitir desarrollos más acordes a nuestra circunstancia, a una verdadera alian-za entre poetas y compositores. En ello estriba, en nuestra opinión, el verdadero valor de este rescate, uno de los más importantes en nuestra historia reciente.
Miguel Salmon Del Real, dirigiendo en 2014
el rescate y el estreno de la versión original

Es digno de aplauso que este rescate provenga de uno de los di-rectores de orquesta más sobresalientes de la escena musical ac-tual: Miguel Salmon del Real, quien confirma, de esta manera, por qué es él uno de los más brillantes defensores de nuestra música y de nuestra memoria musical. Sus actos y su trabajo hablan por sí solos. Uno desea, y esperaría que su labor fuera reconocida y se le diera el crédito que merece. No parece que sea así.

De forma reciente, en enero de 2025, el Centro de investigación y documentación Carlos Chávez, y el Palacio de Bellas Artes, de la Ciudad de México, anuncian una colaboración al montar de nuevo La leyenda de Rudel. Es de destacar que ambas instituciones par-ticiparon oficialmente del rescate en Morelia en 2014, como cons-ta en el programa de mano, cuyas notas al programa fueron es-critas por el maestro José Antonio Robles Cahero, miembro del CENIDIM: véalo aquí.
Con asombro notamos que, once años después de aquel rescate en Morelia, la investigadora Elena Kopilova, miembro del CENI-DIM, afirma haber rescatado la partitura de la ópera que nos ocu-pa. En las notas al programa de la producción de 2025 escribe: 

La Leyenda de Rudel (edición crítica 2014, por Salmon Del Real)
«Esta edición de La leyenda de Rudel constituye un verdadero rescate musical. Si bien en el pasado se han realizado esfuerzos loable para presentar esta ópera, solo podemos hablar de rescate de manera sustantiva cuando contamos con partituras orques-tales, vocales y partichelas tanto impresas como en versión digital de libre descarga, escrupulosamente elaboradas.»

Se trata de una justificación velada, sumamente in-genua; hablando metafóricamente, el diseño de un vestido no se legitima por la fecha en que llegó a los aparadores de las tiendas. Tratar de justificar la valía intelectual del diseño en cuestión, en tanto la fecha de la pasarela, es un argumento tierno y mal intencionado. Los hallazgos de Copérnico se hicie-ron públicos después de su muerte. La historia reconoce su autoría, no en función de la fecha de publicación de los cuerpos celestes, sino en tanto su mérito intelectual en vida.

El maestro Miguel Salmon Del Real me hizo llegar un comentario sobre el tema: «En rueda de prensa reciente, la maestra Elena Kopilova afirmó haber rescatado la partitura, incluso recordó la casa de Peralvillo de los Castro, lo cual no deja de sorprenderme, pues es allí donde encontré la ópera hace once años. Cualquiera podrá imaginar que las fuentes son las mismas, fotografías que hice con el apoyo del maestro Miguel Sánchez, quien resguardó una copia digital de este registro, quien mantiene amistad con investigadores del CENIDIM. Me pregunto si el ma-terial habrá sido compartido desde entonces, o si la maestra Kopilova se dio a la tarea de hacer nuevas fotogra-fías, lo cual podría dirimirse al comparar los archivos digitales que ella posee con los que trabajé desde 2014.

»Más allá de estas aparentes nimiedades —no tan nimias— o de la consideración de que dos investigadores per-siguieron el mismo objetivo —incluso a la enorme distancia temporal de una década—, se alzan varias preguntas: ¿para qué repetir un esfuerzo ya hecho?, ¿qué justificaría rehacer una investigación acabada que llegó al público? —confieso no encontrar una justificación convincente. ¿Por qué o para qué evitar mencionar esfuerzos de investi-gación anteriores?, creo que le habría dado calidad moral mencionar a quien hizo la primera investigación, máxi-me si se trata de exactamente el mismo tema de estudio, insisto, exactamente el mismo tema de estudio. Se trata de ética académica básica. Supongamos que quien hace una investigación tardía no se entera de que alguien se le ha adelantado por once años. Resulta extraño que no se hubiese enterado de tales antecedentes, más todavía: si es una persona seria y siente pasión por su trabajo, sin duda investigaría el tema en libros y en la Internet, para sa-ber qué hay y qué hubo antes. Bastaba con dar algunos clicks al teclado de la computadora para hurgar en Google y YouTube, con el fin de revisar el estado de la cuestión al iniciar una investigación en forma.

»Como quiera que sea, desde 2014, la ópera mexicana La leyenda de Rudel, de Ricardo Castro, dejó de ser una obra perdida y se convirtió en una referencia artística, histórica, musicológica. El que nuevas producciones hayan buscado montar la ópera, como se hizo en Monterrey en 2023, o como la Ópera de Bellas Artes lo hace ahora en la Ciudad de México, en 2025, muestra el interés por la obra a partir del rescate de 2014.»


Miguel Salmon Del Real, Director concertador, y responsable del rescate y estreno de la partitura original de la ópera.
Orquesta Sinfónica de Michoacán (OSIDEM). Teatro Ocampo, Morelia. 27 de noviembre de 2014

Gerardo Reynoso (izquierda) y Mario Hoyos, como Rudel (derecha)


Lorena von Pastor, como Segolaine
Grace Echauri y Mario Hoyos
Grace Echauri, como la Condesa de Trípoli


Solistas Ensamble, Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)
Gabriela Peña, Norma Herrejón, Brenda Avilés. Escena de La leyenda de Rudel, en el rescate de Miguel Salmon Del Real








Solistas Ensamble, Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)
Miguel Salmon Del Real, Grace Echauri, Mario Hoyos, Horacio Almada y Lorena von Pastor







La leyenda de Rudel (2014), de Ricardo Castro. Director concertador: Miguel Salmon Del Real. Director de escena: Horacio Almada. Diseño de escenografía:
Mauricio Trápaga. Diseño de vestuario: Adriana Ruíz. Producción ejecutiva: Raúl Morquecho. Producción: Alan Delgado y César Martínez. Subtitulaje: Óscar
Tapia. Escenografía: Jorge Gaytán. Pintura escénica: Edgar Durán Castellanos. Vestuario: Elda Alicia Mar y Ben-Hadad Gómez.

Enlaces de interés

martes, 13 de abril de 2021

On music and education in Aristotle


Sin Bemoles


Por Miguel Salmon Del Real
(Director de la Orquesta Sinfónica de las Artes)

TW @migueldelreal
IG @miguel_delreal_conductor
FB Miguel Salmon Del Real - Orchestra Conductor



For the ancients, music was an integral part of education. Today, neuroscience provides new evidence as to why.  It is imperative to go over the ornamental nature of music in current educational programs.

 

 

On music and education in Aristotle

part one

 


Talking about ancient music theory has become an exercise of speculation and figurative language. Trying to approach a sound phenomenon of which there is no acoustic record has been a scrupulous effort for philosophers, historians, musicologists and performers to reconstruct a temple of which we can barely glimpse supports and columns. Nowadays we speak of ancient music based on physical evidence, images portrayed in works of art and written descriptions. From these abstractions we strive to "hear" what it probably meant. In this matter, some texts by Plato and Aristotle are the references par excellence. The Greek musical modes, those systems of stairs (or scales) of musical notes, are a representation, being written in a descending way, symbolizing the direction in which sounds descend from gods to men. Currently, we have reconstructed that system, and although at a theoretical level it can be easily explained, we vaguely know how it was put into practice.


Aristotle admits in his Politics that music has an effect on people's conduct, that it exerts a big influence on their behavior and, therefore, it must be considered in education. He begins with a record of the subjects that comprise regular education:


 There are perhaps four customary subjects of education, reading and writing, gymnastics, music, and fourth, with some people, drawing; reading, writing and drawing being taught as being useful for the purposes of life and very serviceable, and gymnastics as contributing to manly courage; but as to music, here one might raise a question. For at present most people take part in it for the sake of pleasure; but those, who originally included it in education did so because, as has often been said, nature itself seeks to be able not only to engage rightly in business but also to occupy leisure nobly; for—to speak about it yet again—this is the first principle of all things. (Aristotle, Politics,1337b23-34).


Aristotle finds in each discipline a specific function, except in the case of music, a discussion that will remain until the end of the 8th. book of his Politics. From the beginning, he assigns to music a recreational quality, which, by the way, is essential for the different popular genres of all times. We are approximately fifteen centuries before the genesis of concert music, around 1600. This kind of "more complex" music does not always find its essence in amusement, although it also fulfills this purpose. As it develops, it will try to bring the modern man to the zenith of aesthetic experience by means of new technical resources and new artistic conceptions. Nevertheless, this culmination is equivalent to what Aristotle ends up considering: that music, outside the bonds of functional purposes, it raises the exaltation of the soul.

 

The question on how to classify music, given its versatility, endured for another thousand years: there were many doubts as to whether it should be included in the Trivium, or the Quadrivium, that is, next to grammar, dialectics and rhetoric, or arithmetic, geometry and astrology. Just five centuries ago, the tendency to exclude it from educational programs was increasing.

 

Paradoxically, today neuroscience seems to vindicate what ancients already knew: that music thoroughly enhances thinking skills, and it's even pointed out that music works as an auspicious medium in therapeutic tasks for individuals of all ages. In the 21st century it is necessary to take up this discussion again, under the premise of whether music should be part of educational programs in a more structural and enlarged way, and if it should also walk with us throughout other stages of life. This reinforces the question of whether recent scientific discoveries about the cognitive benefits of music should be the basis for new public policies in the field of education and health.


De música se habla sin bemoles



Miguel Salmon Del Real © Archivo: Salmon Del Real

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Szeryng visitó México en calidad de intérprete traductor en 1942, acompañando al General Sikorski, Primer Ministro de Polonia. Se entrevistaron con el presidente Manuel Ávila Camacho con el objetivo de buscar hogar para millares de judíos, a los cuales la Segunda Guerra Mundial forzó a dejar su país. Al poco tiempo, 1453 refugiados polacos fueron recibidos en la Hacienda de Santa Rosa, en León, Guanajuato, y Szeryng fue invitado a permanecer en el país. Ante el hospitalario gesto hacia sus compatriotas, Szeryng hizo patente su agradecimiento por el resto de su vida. A los veinticuatro años de edad, en 1943, se estableció al norte de la capital mexicana, y comenzó una entusiasmada labor concertística, de enseñanza, y de colaboración con los más grandes compositores del país.


Miguel Salmon del Real ha afirmado, en más de una ocasión, en público y en la cercanía que proporciona la amistad y la confianza recíproca, que “la música clásica une al ser humano con la eternidad, favorece el desarrollo humano, es pasión, es emoción, su encanto es eterno”. Son palabras que confirman una sólida confianza que lo vincula no sólo con sus mentores Bernard Haitink, Pierre Boulez, Peter Eötvös, sino con lo mejor de una insoslayable tradición europea Frans Brüggen, Nikolaus Harnoncourt, Daniel Barenboim, Claudio Abbado, de la cual es heredero y uno de nuestros más orgullosos embajadores culturales.


lunes, 12 de abril de 2021

De música y educación en Aristóteles



Sin Bemoles


Por Miguel Salmon Del Real
(Director de la Orquesta Sinfónica de las Artes)

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FB Miguel Salmon Del Real - Orchestra Conductor



Para los antiguos, la música fue parte integral de la educación. Hoy, las neurociencias brindan nueva evidencia acerca del porqué.  Urge revisar el carácter ornamental de la música en los planes actuales de estudio.

 

De música y educación en Aristóteles 

Primera parte



Hablar de teoría musical antigua ha resultado un ejercicio de especulación e imaginería. Intentar aproximarse a un fenómeno sonoro del que no se tiene registro acústico, ha constituido para filósofos, historiadores, musicólogos e intérpretes, un esfuerzo esmerado de reconstrucción de un templo del que apenas vislumbramos soportes y columnas. Hoy pensamos la música antigua con base en evidencias físicas, imágenes presentes en obras de arte y descripciones escritas. A partir de esto intentamos “escuchar” lo que probablemente fue. Al respecto, algunas luces en los escritos de Platón y de Aristóteles constituyen las referencias por antonomasia. Los modos musicales griegos, ese sistema de escaleras (o escalas) de notas musicales, son representadas por escrito de modo descendente, aludiendo a la manera en que los sonidos bajan de los dioses a los hombres. Actualmente, hemos reconstruido este sistema, y aunque a nivel teórico lo describimos con facilidad, conocemos vagamente la forma en que se llevó a práctica.


Aristóteles reconoce en su Política que la música tiene un efecto sobre la conducta de los individuos, que ejerce una influencia en su comportamiento y, por tanto, debe ser considerada en la educación. Comienza con un recuento de las materias que constituyen la educación regular:


Son cuatro las que suelen enseñarse: la lectura y escritura, la gimnasia, la música, y en cuarto lugar, algunas veces, el dibujo. La lectura y escritura y el dibujo por ser útiles para la vida y de muchas aplicaciones; la gimnasia porque contribuye a desarrollar la hombría; en cuanto a la música podría planearse una dificultad. Actualmente, en efecto, la mayoría la cultiva por placer, pero los que en un principio la incluyeron en la educación lo hicieron, como muchas veces se ha dicho, porque la misma naturaleza busca no sólo el trabajar correctamente, sino también el poder servirse noblemente del ocio, ya que, por repetirlo, una vez más, éste es el principio de todas las cosas. (Aristóteles, Política, 1337b23-34).


Aristóteles encuentra en cada disciplina una función concreta, excepto en el caso de la música, discusión que proseguirá hasta el final del octavo libro de su Política. De inicio atribuye en la música una cualidad recreativa, misma que, por cierto, resulta esencial para los distintos géneros populares de todos los tiempos. Nos encontramos a cerca de quince siglos antes del nacimiento de la música de concierto, hacia el 1600. Esta clase de música “más compleja”, no encuentra siempre su esencia en lo recreativo, aunque también cumpla con ello. A medida que evoluciona, intentará llevar al hombre moderno al cenit de la experiencia estética por medio de nuevos recursos técnicos y nuevas concepciones estéticas. En todo caso, dicho culmen equivale a lo que Aristóteles termina por considerar: que la música, fuera de las ataduras de lo utilitario, suscita el enaltecimiento del alma.


La cuestión sobre cómo clasificar la música, dada su versatilidad, perduró mil años más: se dudaba de si debía ser incluida en el Trivium, o en el Quadrivium, es decir, acompañando a la gramática, a la dialéctica y a la retórica, o bien, a la aritmética, a la geometría y a la astrología. Apenas hace cinco siglos, la tendencia a excluirla de los programas de estudio fue en aumento. Paradójicamente, hoy, las Neurociencias, parecen reivindicar los que los antiguos sabían; que la música potencia cabalmente las habilidades del pensamiento e inclusive, señalan a la música como medio propicio en tareas terapéuticas diversas para individuos de todas las edades. En el siglo XXI debemos retomar esta discusión, bajo la premisa de si la música debiese formar parte de los planes de estudio de un modo más estructural y prolongado y de si además, debería acompañarnos a lo largo de otras etapas de la vida. Esto nos lleva a plantearnos, si los recientes descubrimientos científicos, acerca de los múltiples beneficios cognitivos que la música conlleva, deberán ser base de nuevas políticas públicas en materia de educación y de salud.

De música se habla sin bemoles



Miguel Salmon Del Real © Archivo: Salmon Del Real

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sábado, 6 de marzo de 2021

De la Venecia barroca al Buenos Aires porteño: Vivaldi, Piazzolla y sus Cuatro Estaciones


Por Miguel Salmon Del Real
(Director de la Orquesta Sinfónica de las Artes)

TW @migueldelreal
IG @miguel_delreal_conductor
FB Miguel Salmon Del Real - Orchestra Conductor





Antonio Vivaldi y Astor Piazzolla nacieron un viernes de marzo. Uno, 243 años antes que el otro. El primero, un día cuatro del mes; el segundo, un día once, pero de 1921, es decir, hoy, hace cien años.

Ambos compositores retrataron con música las cuatro estaciones del año, uno desde el alto barroco de la Venecia del siglo XVIII, el otro, desde el bullicio de las calles del Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XX. Los dos tenían cuarenta y tantos años al componer sus respectivas obras dedicadas a los distintos rostros que la naturaleza muestra a lo largo del año. La entonces república de Venecia, y la moderna capital de Buenos Aires, tienen en común puertos históricos, diversidad de paisajes, y senderos que desembocan en el misterio de las aguas, fuentes de irrevocable inspiración.

Venecia en el siglo XVIII

Vivaldi dio origen a sus Cuatro Estaciones como una tetralogía de Conciertos para violín. Piazzolla concibió cada estación entre 1964 y 1970. Compuso primero el Verano Porteño, y al año siguiente el Otoño Porteño; más tarde la Primavera e Invierno Porteños. Antes de convertirse en una colección, eran interpretadas de forma autónoma. La instrumentación original de la mayoría de ellas corresponde a la del quinteto: bandoneón, violín, piano, guitarra eléctrica y contrabajo.

En 1998, el compositor Leonid Desyatnikov (Ucrania, 1955) llevó a cabo un arreglo en el que vinculó la música de Vivaldi con la de Piazzolla. Homologó la instrumentación de las Cuatro Estaciones Porteñas, transfiriéndola a orquesta de cuerdas con una parte solista para violín. Mientras Desyatnikov cambiaba la instrumentación del quinteto tanguístico por un grupo de cuerdas, insertó pequeños extractos de la música de Vivaldi. En el Verano Porteño, introdujo motivos del Invierno vivaldiano. De manera correspondiente, introdujo en el Invierno Porteño la música de los vientos impetuosos del Verano veneciano. La razón alude a la manera en que los hemisferios del planeta “alternan”; mientras en el hemisferio norte es verano, en el hemisferio sur es invierno, y viceversa.

Más tarde, el maestro César Olguín (Argentina, 1954), elaboraría un arreglo diferente, donde la parte solista fue distribuida entre dos violines, una viola y un chelo, como resultado de una comisión hecha por la Modesto Symphony al Cuarteto Latinoamericano. En esta versión, el autor inserta música de Vivaldi en la de Piazzolla sólo entre estaciones del mismo nombre: el Verano de Vivaldi da comienzo al Verano porteño, y el Invierno veneciano introduce el Invierno porteño. El estreno tuvo lugar en California, en 2008. Nueve años más tarde, el mismo cuarteto grabó esta adaptación en Boston. Conocí el arreglo del maestro Olguín en 2014, al dirigirlo en Morelia, al frente de la Orquesta Sinfónica de Michoacán, y, justamente, con el Cuarteto Latinoamericano como solistas.

Astor Piazzolla expresó el siguiente deseo: “que mi obra se escuche en el 2020, y en el 3000 también.” Esta noche, justo en el centenario de su natalicio, tendremos el honor de estrenar en Culiacán la propuesta de las Estaciones Porteñas del maestro Olguín, con la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes (OSSLA) y el Marketo String Quartet, conformado por Olga Khudoblyak (Ucrania), Xavi Tortosa (España), Carlos Guadarrama (México) y Octavio Hidalgo (Ecuador). Iniciaremos el concierto con las Estaciones de Vivaldi donde la parte solista será alternada entre tres virtuosas del violín: Olena Bugaychuk (Rusia), María José Oviedo (Venezuela) y Victoria Camacho (Colombia), con lo cual celebraremos, además, la lucha histórica y los méritos de la mujer en pos de  una cultura de equidad. Así, con un total de siete solistas, provenientes de siete países distintos, todos integrantes de la Sinfónica de Sinaloa de las Artes, se engalana esta doble conmemoración. Por primera vez en un año, el Teatro Pablo de Villavicencio de Culiacán, recibirá público con un aforo máximo de 400 personas. El día de hoy, a las 20 horas.

Piazzolla y su obra constituyen un caso peculiar en la historia de la música. Se trata de un melodista prolífico, que sitúa con toda conciencia una obra que colinda entre un ecléctico folklor urbano y una tradición europeizante, materializada por el ímpetu implacable, propio del renovador. Nadia Boulanger, la reconocida pedagoga francesa, le había aconsejado al joven Astor, durante su formación en París, no alejarse del espíritu de la gran música popular que le era inherente, donde sus aportaciones alcanzarían, sin duda, una dimensión por demás trascendente.

De música se habla sin bemoles


© Ramón Merino

viernes, 1 de junio de 2018

Miguel Salmon del Real. Palabras por su primera década de actividad

Por José Manuel Recillas 
(poeta mexicano)




Miguel Salmon Foto © Ramón Merino
La vida artística de una nación se relaciona íntimamente por la forma en que las nuevas generaciones se suman al desarrollo de sus predecesoras y en la manera en cómo dialogan y se interrelacionan. Cuando mi generación, la de los nacidos en la primera mitad de los sesentas, irrumpió en los albores de la última década del pasado siglo, nos interesaba ser leídos por nuestros mayores e integrarnos al rico caudal de la literatura mexicana. A mediados de la segunda década del nuevo siglo, durante un encuentro literario celebrado en Durango, el poeta y editor Víctor Manuel Mendiola, después de oírme leer en una mesa de lectura, me hizo ver algo que pude comprobar con el tiempo: “Cuando su generación surgió nos separaba una gran distancia, casi un abismo. Pero con el paso del tiempo, nos hemos vuelto contemporáneos”. Fue, de alguna forma, el tácito reconocimiento intergeneracional que buscaba eso que podría denominar ‘mi generación’. Es un reconocimiento que hay que ganarse, y que sólo la inteligencia y generosidad hacen posible. No todos los gremios se caracterizan por semejantes gestos.
El de la música es uno de esos gremios no sólo caníbales, sino poco generosos con sus integrantes. Y ello no sólo por el grado de especialización necesario, sino por otra razón: es un gremio básicamente, salvo honrosas excepciones, ágrafo, es decir ajeno a esa decantación de la inteligencia y el discurso que es la palabra escrita. El músico mexicano no escribe, salvo por necesidad, y menos lee. Es un gremio en grado sumo infantilizado, en virtud de la naturaleza misma de su arte. La música no permite ni consciente el diálogo. Sólo lo que podemos ver al final de los conciertos y, a veces, incluso entre los movimientos de una obra: el aplauso o el abucheo. Y dado que en general el músico no escribe de otros músicos, no puede ejercer el magisterio de la crítica. Hay un abismo entre escritores que escriben sobre otros escritores, y la casi ausencia de escritos de músicos entre nosotros. Y dado que desde Robert Schumann hasta el día de hoy el músico no acepta otra crítica que no sea la especializada, salida de plumas autorizadas, el resultado es un jardín de niños jugando con barro y piedras procurando hacer la construcción más original, sin nadie que comente esos grandes logros.
Esto ha provocado que en México la crítica musical prácticamente no exista, salvo por focas asalariadas y cronistas de fiestas de payasos, dejando al músico a su suerte, como un náufrago en medio del océano, cercada por un obeso y calvo tiburón incapaz de reconocer su boca del esfínter con que se expresa. En los treinta años que he ejercido mi responsabilidad como escritor y como crítico, el gremio musical ha sido incapaz de generar una voz crítica autorizada, que sea la voz de los músicos y de las nuevas generaciones. Pasan los años y los músicos son como niños temerosos del éxito ajeno, en vez de celebrarlo y aprehenderlo, hacerlo suyo. No hay una sola voz crítica surgida de mi generación, ni de las anteriores ni las posteriores, que celebre y haga público, más allá de la sala de conciertos, lo que nuestros músicos hacen. Ese es el Mar muerto en el que navega la música mexicana desde hace más de tres décadas.
Foto © Ramón Merino
Quizá por eso no debería de haber sido una sorpresa el pequeño gran escándalo que provocó mi crónica sobre el debut de un joven director de orquesta, quien recién acababa de regresar de Europa, tras estudiar exitosamente en Europa en los Países Bajos, París y Lucerna, entre otros sitios, con maestros tan distinguidos como Pierre Boulez, Peter Eötvös y Bernard Haitink, cuyo reconocimiento no se basó sólo en unas pocas pero reveladoras palabras, sino en la entrega de documentos legales que dan cuenta de su paso por tan importantes escalas formativas.
En septiembre de 2009 di fe de mi asombro ante la batuta de Miguel Salmon del Real, quien fungió como director huésped de la Sinfónica de Coyoacán, con un programa dedicado a Weber, Beethoven y Gerardo Tamez.
Más allá de referir el revuelo que mi crónica despertó en un medio como el musical mexicano, ajeno a la palabra escrita como he señalado, me interesa señalar lo que en ese momento despertó en mí la hábil e inteligente batuta de aquel joven director de orquesta.
Toda proporción guardada, puedo imaginar el asombro que en su momento despertó la de Eduardo Mata.
Aunque moleste la comparación, hay que decirlo bien claro: si no se ha asistido a ver dirigir a un director, no hay palabra que valga. No hay autoridad alguna en quien habla sin asistir a un concierto, sin acercarse al músico o al director en cuestión y hablar con él. Es como quien hablase de un libro sin haberlo leído. La autoridad para hablar de alguien, de una obra o una trayectoria artística, hay que ganársela también.
Comparar a Salmon del Real con Eduardo Mata podría considerarse una suerte de hipérbole. El hecho es que hubo un natural deseo de acercarme a alguien lleno de talento, de ímpetu, de inteligencia y, muy en especial, de algo muy raro en el medio musical mexicano: generosidad. ¿Cómo no acercarse, no querer ser amigo de alguien que tiene todas las virtudes que uno espera de un gran artista? Habría que ser un eunuco o un enano mental para querer juntarse con hienas o escuincles melindrosos en lugar de conocer y aplaudir a un gran artista. Porque eso fue lo que vi en Salmon del Real, y no me cabe duda que debe haber sido lo mismo que vieron quienes tuvieron la fortuna de conocer y tratar a Eduardo Mata cuando llenó de luz los podios de nuestro país, hasta que los enanos de las orquestas mexicanas lo obligaron a irse.
Foto © Ramón Merino
Como señalé en aquella crónica de su debut como el supremo artista del podio que es, tener “la oportunidad de escuchar a la Orquesta Sinfónica de Coyoacán […] parecería una broma de mal gusto o un caso de extrema desesperación musical con tal de escuchar algo. Del director huésped, Miguel Salmon del Real, sabíamos casi nada hasta antes de este evento. Un director poco conocido al frente de una orquesta delegacional parecía la crónica de un desastre anunciado”. Para fortuna de todos los que asistimos ese día, no lo fue.
Desde entonces ha transcurrido una década, y su ímpetu e inteligencia no han disminuido un ápice. Los elogios que ha recibido en el extranjero su control de los ensambles y su conocimiento de la partitura son supremos” (Cliff Colnot) y “ha demostrado ser un músico serio y talentoso” (Pierre Boulez) le han sido negados sistemáticamente entre nosotros por una sola razón: la crítica musical en México, como la literaria, es inexistente.
Habría que aclarar la afirmación. Porque, si bien es cierto que lo que se suele ver como crítica literaria en México es muchas veces lamentable, lo cierto es que quienes practicamos la escritura la ejercemos para reflexionar sobre aquello que nos parece notable, sabedores de que la verdadera crítica no proviene de la academia, de los así llamados especialistas de cubículo, sino de los mismos creadores. A nadie le interesa lo que tenga que decir un oscuro profesor de una universidad argentina sobre la obra de Jorge Luis Borges, o de Luis Cernuda, pero si quien escribe es Juan García Ponce, u Octavio Paz, eso importa. Son gigantes hablando de otro.
Del mismo modo, en el ámbito de la música importa muy poco, o no debería importar en absoluto, el asalariado y azaroso plumaje de obesos pájaros estercoleros en periódico con pinta decimonónica, porque no hay nada que lo respalde: no hay una obra, no hay inteligencia, no hay generosidad, no hay ninguna creación que sea digna de ese nombre. Debería importar lo que otros colegas digan. Como en el siglo xix, en el que las plumas de Manuel Gutiérrez Nájera y Amado Nervo, entre otros, fueron los mejores aliados de los músicos mexicanos. Es en ese sentido en el que afirmo que la crítica musical en México es, efectivamente, inexistente.
Salmon del Real tiene ese ímpetu y espíritu libre que no sólo ilumina sino ordena aquello que le rodea. En su trayectoria de ya una década, ha podido dirigir conciertos memorables, demostrando que su debut de septiembre de 2009 no fue flor de un día. El 15 de octubre de 2012 fue nombrado director de la Sinfónica de Michoacán, y para diciembre ya había preparado su primera Novena de Beethoven, la cual resultó un espectáculo musical de grandes proporciones.
Foto © Ramón Merino
Como señalé en su momento, “la lectura que hizo el maestro Miguel Salmon del Real de esta compleja obra fue notable por dos cuestiones. Primero, fue dirigida de memoria, y sólo para el último movimiento la partitura apareció, más que nada, según el maestro Del Real, para acompañar realmente a los solistas y apoyarlos. Segundo, fue históricamente informada, es decir, interpretada de acuerdo a los criterios de la escuela historicista fundada a mediados del pasado siglo por Nikolaus Harnoncourt y Gustav Leonhardt. Ello significó retirar de la interpretación la mayor parte del vibrato, y permitir un sonido un tanto más seco, pero más apegado a la forma en que, idealmente, podría haber sonado la obra en su época. Por lo mismo, los tempi elegidos por el maestro Del Real estuvieron más apegados a los originales elegidos por Beethoven”.
De hecho, algo asombroso ocurrió en una de las muchas visitas que hice a Morelia durante su brillante estancia como director artístico de esa agrupación. Un día en su casa llevé una grabación de la Novena dirigida por el gran director belga Philippe Herreweghe, y nuestra sorpresa, más bien la suya, fue comprobar que los tempi de esa grabación eran exactamente los mismos que él había usado en aquella ocasión. Al principio, de hecho, su pregunta para mí fue cómo había yo conseguido el audio del concierto, pues el sonido de la grabación que llevaba yo y la que él había hecho de aquellos conciertos eran casi idénticos.
Es importante recordar aquí lo que escribí en ocasión de ese memorable momento en Michoacán, donde además de dar testimonio del enorme talento de mi amigo, hice otras notables amistades y donde pude publicar, en reciprocidad por lo que esa ciudad y sus habitantes me dieron, mi primer poema extenso, Mahler. En aquella fecha, 19 de diciembre 2012, agregué lo siguiente:

Y sólo como referencia a esta escuela interpretativa, sería necesario señalar que no sólo el ciclo sinfónico entero sino la Novena en particular han sido grabados por diversos especialistas y por orquestas que tocan con instrumentos de época. Hay por lo menos seis ciclos completos de grabaciones disponibles con orquestas de este tipo. De ellas se puede señalar lo siguiente: la versión de The Hanover Band, que fue la primera en grabar el ciclo entero, dirigida por Roy Goodman en 1988, dura 65 minutos; la de Christopher Hogwood al frente de The Academy of Ancient Music dura 63 minutos; la de John Eliot Gardiner al frente de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique dura casi 60 minutos; la de Jos van Immerseel al frente de Anima Eterna dura 64 minutos; tanto la de Philippe Herreweghe al frente de la Orchestre des Champs Elysées, la de Frans Brüggen al frente de la Orquesta del siglo xviii como la de Roger Norrington al frente de The London Classical Players duran 62 minutos; y sólo como referencia, la versión de 2008 de Claudio Abbado al frente de la Filarmónica de Berlín, dura igualmente 62 minutos. Las de Nikolaus Harnoncourt al frente de la Orquesta de Cámara Europea y Osmo Vänskä al frente de la Orquesta de Minnesota duran, ambas, 65 minutos, y las tres son históricamente informadas.
De este panorama de grabaciones se puede deducir que las versiones dirigidas por Miguel Salmon del Real se hallan entre estos parámetros, pues duraron un promedio de 62 minutos. Estos parámetros son sólo una guía para el escucha, y no otra cosa, pero nos permiten ubicar en un rango específico lo escuchado en Morelia el pasado fin de semana.
Foto © Ramón Merino
La dinámica sonora y la articulación instrumental de las secciones tal como Beethoven concebía a su orquesta, la cual gira en torno a una sección central de Harmonie (alientos) rodeada de dos enormes secciones de cuerdas y maderas, chelos y contrabajos, así como violines primeros a la izquierda y segundos a la derecha, lució como pocas veces en un concierto. La particularidad de esta construcción orquestal gira en torno a un momento extraordinario antes de la coda final del primer movimiento, que es, precisamente, el fugato de las maderas y alientos antes de que entre el tutti de la orquesta. Maestro de esa estructura discursiva y arquitectónica, sobre la cual gira y ordena toda la concepción musical desde sus primeras sinfonías, requiere de una especial atención por parte del director, pues esta delicada estructura casi transparente es la que ordena y sobre la cual gira el resto de la galaxia sinfónica, es también la forma en que Beethoven delinea y contiene la forma sonata como eje central de su pensamiento musical, y Salmon del Real supo darnos una perspectiva auditiva precisa y adecuada de esa enorme complejidad arquitectónica que es el mundo sinfónico beethoveniano. Sin duda alguna, la Novena sinfonía es un universo de enorme complejidad no sólo por los detalles tímbricos y colorísticos de instrumentación ya señalados, sino también porque en ella se conjugan la maestría del sinfonista con las del diseñador de espacios íntimos de recogimiento (el citado fugato), pero sobre todo, el descubridor y creador del primer pasaje solista del timbal en el mundo sinfónico occidental, tal como se escucha en el segundo movimiento, donde el instrumento debe presentarse en la misma forma en que lo harán, más adelante, los solistas cantantes en el cuarto movimiento. Por eso, al inicio de este último movimiento vuelve a aparecer el tema del movimiento citado, como un recordatorio al escucha de que aquel pasaje solista que ya escuchó previamente.
El Teatro Ocampo fue testigo de dos noches memorables para la Orquesta Sinfónica de Michoacán, y allí está la enorme ovación que el público les otorgó al director y a sus músicos el sábado 15. Pero nada nos había preparado para lo que en la catedral de Morelia se escucharía. La amplia nave de la iglesia con sus arcos, columnas y salientes fue el espacio ideal para que una obra como la Novena sonara en toda su gloria y majestuosidad. La sensación de arrobamiento fue general, y la acústica del sitio no podría haber beneficiado de una forma más espectacular a una interpretación que puede considerarse como uno de los mayores triunfos del espíritu humano en el último cuarto de siglo en México. Recuerdo que al escuchar la magnífica acústica del templo ante una orquesta brillante y comprometida como pocas, un coro en estado de gracia y unos solistas llenos de inspiración, no pude evitar recordar que una sensación similar me invadió hace más de un cuarto de siglo cuando escuché por vez primera las versiones de The Hanover Band del ciclo beethoveniano, y no es casual que llegara a mi memoria tal eco sonoro, pues dicho ciclo fue grabado en la Iglesia de Cristo, en Londres, y esa acústica sigue siendo insuperable en lo que a grabaciones se refiere.
Foto © Ramón Merino

Lo que hizo notable esa extraordinaria Novena, de la cual fui el único que escribió al respecto, es lo que anunciaba para ese año que estaba a punto de empezar: el ciclo sinfónico completo de Beethoven, incluyendo los conciertos para piano, el de violín y el llamado triple, a todos los cuales tuve la fortuna de acudir y presenciar el prodigio alcanzado en cada una de esas sesiones.
En cierto sentido, parece fácil juzgar la interpretación de un grupo de obras que son el caballo de batalla de todas las orquestas. El problema al que casi siempre me he enfrentado es uno solo, y siempre es el mismo: la interpretación rutinaria. Es un horror que los músicos de las orquestas, al menos las de la ciudad de México, hayan burocratizado su espíritu a tal extremo que, igual que la mayoría del público que asiste a las salas capitalinas, prefieran sólo reconocer las obras que tocan en vez de conocerlas, integrarlas a su ser, de profundizar en el legado musical que representan y saberse los custodios y garantes de ese tesoro.
Porque es un hecho sabido que aunque entre sus integrantes hay músicos más que competentes, poseedores de una gran técnica interpretativa, prefieren regirse por la ley del menor esfuerzo. Como burócratas en una oficina, terminan sus ensayos a cierta hora, y no hay poder humano que los haga ensayar o practicar más allá de ese horario. Prefieren un director de orquesta que entienda su patético conformismo, a atreverse a ir más allá, a esforzarse más, a comprometerse con una tradición de la que se supone son, o deberían ser, el enlace vivo más importante. Sólo lo hacen si es estrictamente necesario. Si quien se los pide es un director extranjero al que no tendrán que ver jamás. Lo he visto con mis propios ojos. No hay músico de ninguna orquesta en la ciudad de México que pueda desmentir ese enojo y furia que les invade porque el director les hizo tocar como se debe, y no como están acostumbrados. Lo he visto más de una vez.
Me viene a la memoria los dos últimos conciertos que Maxim Shostakovich dirigió en México, uno al frente de Minería, dirigiendo los más asombrosos Titán de Mahler y Sheherezada de Rimsky Korsakoff que se hayan escuchado en este país, y otro al frente de la ofunam, dirigiendo obras orquestales de su padre. En ambos casos, la transfiguración musical operada por su enorme estatura intelectual fue reconocida por el aplauso del público, pero no por los músicos de las orquestas, quienes sólo lanzaban maldiciones contra el director. Yo recuerdo haber salido temblando de la Sala Netzahualcóyotl, casi en estado de trance, en el primer caso. En el segundo, pude oír a los músicos despotricando contra el director mientras me dirigía a su camerino a saludarlo.
Miguel Salmon del Real. Foto © Ramón Merino
La rutina no debería caber en una sala de conciertos. Lo ha señalado en más de una ocasión Nikolaus Harnoncourt. Eso lo sabe muy bien Miguel Salmon del Real cada vez que sube al podio y se dirige a sus músicos, y después al público. Uno de los aspectos más relevantes a tomar en consideración en su caso, y que pude ver desde aquel debut arrollador suyo, es cómo le devuelve la seguridad y la confianza en sí mismos a sus músicos, cuando no las tienen, cómo están dispuestos a seguirlo como un ejército que se cree capaz de cualquier proeza militar, como si nada pareciera imposible, como si se supieran los primeros en llegar al polo sur e izar, orgullosos, la bandera nacional en pleno. Pero quizá más importante sea lo que Salmon del Real transmite y comparte con el público asistente a las salas donde él dirige.
Ese sentido de novedad, de emocionante espera, de alegría compartida, de ser parte viva del espectáculo, y no mero testigo de piedra, es uno de los resultados más evidentes e innegables de su gestión al frente de una orquesta. Y eso se ve en algo inusual para cualquier orquesta en México: las largas filas de un público variopinto que se forma a la entrada de los teatros esperando entrar. Una y otra vez, en Morelia, las largas filas de gente formada esperando entrar es una imagen que, en el caso de Miguel Salmon del Real, es ya casi una suerte de firma que identifica su labor.
En la ciudad de México ver filas de público a la entrada de una sala, o que incluso haya público que no logra entrar, es algo que nos es desconocido. Es cierto, ha habido artistas que logran convocar grandes cantidades de público, y en ocasiones ha sido necesario acudir a las pantallas colocadas afuera del teatro para transmitir lo que sucede adentro: Philip Glass, Luciano Pavarotti, son de los pocos artistas que pueden despertar esa energía casi eléctrica cuyo solo nombre porta. Tendría que decir que entre nosotros sólo el de Salmon del Real es capaz de generar esa expectación. Las fotos de ese público expectante es casi ya una rúbrica de su trabajo. Y es el fruto del transmitir de boca en boca, de esa recomendación surgida de una emoción que busca ser compartida y se multiplica conforme pasa el tiempo. Fui testigo de eso que podría llamarse El efecto Salmon del Real. Cada día más, la prensa local, en Morelia y en Sinaloa, ha dado cuenta de eso que, al final de cuentas, es uno de los logros que más importan en la gestión de una sala de conciertos y que es no sólo abarrotarla, sino crear nuevos públicos, despertar ese interés más allá de la casi siempre endogámica y exigua audiencia que acude a las salas de concierto.
Y en un medio como el musical en donde el ninguneo es una práctica común, y no extraña, por cierto, al literario, la generosidad también es una práctica inusual, más bien escasa. Y en eso también Miguel Salmon del Real ha predicado con el ejemplo, siendo el director que más obras ha comisionado y estrenado, elaborando una amplia antología de la música mexicana contemporánea, en un ejercicio intelectual de gran relevancia al invitar a toda clase de músicos y de escuelas de composición, en algo que podría, y debería toda proporción guardada, considerarse la versión musical de Poesía en movimiento, la más influyente antología poética del siglo xx.
Salmon del Real y José Manuel Recillas. Foto © Ramón Merino
Sus llamadas miniaturas, solicitadas a cerca de un centenar de músicos vivos, de poco más de un minuto de duración, para ensamble pequeño y muchas orquestadas, constituyen un valioso mapa de la música mexicana contemporánea, como lo hizo en su momento la antología elaborada por Homero Aridjis, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Octavio Paz. La enorme vitalidad y diversidad de nuestra música se halla admirablemente representada en ese ejemplar trabajo de generosidad, totalmente inusual entre nosotros. Es probable que no pocos músicos convocados por Salmon del Real no sólo no se lleven entre ellos. Pero es un mérito enorme convocar y reunir a tal cantidad de música, y elaborar un mapa vivo de nuestra tradición musical actual ni siquiera los inexistentes críticos y los escasos comentaristas periodísticos han planteado algo remotamente similar. Es sorprendente que algo tan relevante en el panorama musical mexicano haya pasado sin despertar el menor comentario, sin ser aplaudido como merece. Pero eso habla más mal de quienes deberían hablar de lo que sucede en el panorama de nuestra música, que de quien ha hecho este notable trabajo. Es a través de esta labor que Miguel Salmon del Real puede considerarse un digno embajador de nuestra música, de nuestra tradición musical, como lo fue en su momento Octavio Paz respecto de la tradición poética mexicana.
Septiembre parece, entonces, un buen mes para este brillante director, pues fue en ese mes de 2017 ocho años después de su arrollador debut en el podio cuando fue nombrado director artístico de Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes (ossla), para regocijo de quienes somos sus amigos y de la comunidad sinaloense, que de esa manera adquiría para su notable orquesta a un director equivalente a un cuarto bate. Y en dos años de gestión al frente de su nuevo encargo, eso que llamé el efecto Salmon del Real se ha vuelto a repetir, y la prensa local ha sabido dar cuenta de ello. Las largas filas de un expectante público han vuelto a aparecer a la entrada del teatro. Incontrovertible, es la mejor descripción de algo que puede llamarse también éxito.
En su trabajo al frente de las orquestas con las que se ha presentado, sea como director huésped fue el caso de su debut o como director artístico, siempre priva un común denominador, característico de su trabajo: pasión, misma que transmite a sus músicos y a su público por igual. Como pocos directores y artistas en México, Salmón del Real sabe que su compromiso no es sino con lo mejor que ha creado el espíritu humano, y que él y sus músicos son el vehículo ideal para transmitir, desde el podio y el escenario, ese legado musical del que él y sus músicos son los custodios y garantes.
Miguel Salmon del Real ha afirmado, en más de una ocasión, en público y en la cercanía que proporciona la amistad y la confianza recíproca, que “la música clásica une al ser humano con la eternidad, favorece el desarrollo humano, es pasión, es emoción, su encanto es eterno”. Son palabras que confirman una sólida confianza que lo vincula no sólo con sus mentores Bernard Haitink, Pierre Boulez, Peter Eötvös, sino con lo mejor de una insoslayable tradición europea Frans Brüggen, Nikolaus Harnoncourt, Daniel Barenboim, Claudio Abbado, de la cual es heredero y uno de nuestros más orgullosos embajadores culturales.
Miguel Salmon del Real. Foto © Ramón Merino

Como melómano, suelo tener diferencias en cuanto a ciertos aspectos del ejercicio musical, y solemos tener largas conversaciones y discusiones en cuanto a dichos asuntos. Pero es justamente ese ejercicio de confrontación intelectual el que en no pocas ocasiones enriquece nuestro diálogo y me permite observar cuestiones que no había considerado. Pienso que en la dirección opuesta sucede lo mismo. Siempre ha habido entre nosotros un diálogo fructífero, y una curiosidad por entender el mundo y el arte a través de sus más nobles manifestaciones: la música y la poesía. Dos artes íntimamente hermanados por ritmos, cadencias, por un flujo a veces bailarín, a veces meditativo. Sobre todo, por una combinación de elementos que las hace posible: el silencio y el sonido.
¿Cómo no celebrar, entonces, la primera década de actividad de uno de nuestros mejores artistas hoy por hoy? ¿Cómo no querer hacerse amigo, y serlo, de alguien con tales dotes, tan evidentes e innegables? ¿Cómo no entablar amistad con alguien a quien se admira, uno igual a uno mismo? ¿Cómo no estar agradecido cuando a través de él he podido tener amistades de muy diverso tipo de ese mundo que le rodea, músicos e intérpretes David Hernández Ramos, Jorge Barradas, Felipe Pérezsantiago, César Bourget tanto como intelectuales, historiadores, escritores, fotógrafos, melómanos Bismarck Izquierdo, Juan García Tapia, Ramón Merino, Eduardo Rubio, José Herrera Peña?­ La pléyade de personas notables que rodean y enriquecen el mundo intelectual y creativo de Salmon del Real es una historia aparte de esa apertura a otros mundos, y cuya sola mención muestra la amplitud de su espíritu.
Vivir en un medio tan poco generoso y ágrafo como el musical mexicano es una tristeza. Vivir bajo el asedio de focas obesas y analfabetas esféricas es una pesadilla. Pero hallar a grandes artistas y convivir con ellos es un raro privilegio que no puede pasarse por alto. No tuve la oportunidad de conocer a Octavio Paz, a Carlos Fuentes, o a otros grandes artistas de este país. Tuve tratos con José Emilio Pacheco, con su inteligencia y proverbial generosidad; si no conocí a Octavio Paz, sí conocí a Manuel Andrade, enorme poeta, investigador y editor. No conocí a Eduardo Mata, pero he tenido la fortuna de toparme con alguien de su misma estirpe, de su misma luz y brillantez. Gracias a él he podido conocer a algunos de los mejores músicos de este país. No me parece casual. Los grandes artistas suelen atraer, como un imán, a otros grandes.

Septiembre 4 de 2019

El azar de los hechos en ImagenTv

El azar de los hechos en Canal 11 Tv

Las teorías sobre arte son al arte
lo que un gato disecado al movimiento de un felino
Cosme Álvarez

Invitación

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