Por José Manuel Recillas
(poeta mexicano)
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| Miguel Salmon Foto © Ramón Merino |
La vida artística de una
nación se relaciona íntimamente por la forma en que las nuevas generaciones se
suman al desarrollo de sus predecesoras y en la manera en cómo dialogan y se
interrelacionan. Cuando mi generación, la de los nacidos en la primera mitad de
los sesentas, irrumpió en los albores de la última década del pasado siglo, nos
interesaba ser leídos por nuestros mayores e integrarnos al rico caudal de la
literatura mexicana. A mediados de la segunda década del nuevo siglo, durante
un encuentro literario celebrado en Durango, el poeta y editor Víctor Manuel
Mendiola, después de oírme leer en una mesa de lectura, me hizo ver algo que
pude comprobar con el tiempo: “Cuando su generación surgió nos separaba una
gran distancia, casi un abismo. Pero con el paso del tiempo, nos hemos vuelto
contemporáneos”. Fue, de alguna forma, el tácito reconocimiento
intergeneracional que buscaba eso que podría denominar ‘mi generación’. Es un
reconocimiento que hay que ganarse, y que sólo la inteligencia y generosidad hacen
posible. No todos los gremios se caracterizan por semejantes gestos.
El
de la música es uno de esos gremios no sólo caníbales, sino poco generosos con
sus integrantes. Y ello no sólo por el grado de especialización necesario, sino
por otra razón: es un gremio básicamente, salvo honrosas excepciones, ágrafo,
es decir ajeno a esa decantación de la inteligencia y el discurso que es la
palabra escrita. El músico mexicano no escribe, salvo por necesidad, y menos
lee. Es un gremio en grado sumo infantilizado, en virtud de la naturaleza misma
de su arte. La música no permite ni consciente el diálogo. Sólo lo que podemos
ver al final de los conciertos y, a veces, incluso entre los movimientos de una
obra: el aplauso o el abucheo. Y dado que en general el músico no escribe de
otros músicos, no puede ejercer el magisterio de la crítica. Hay un abismo
entre escritores que escriben sobre otros escritores, y la casi ausencia de
escritos de músicos entre nosotros. Y dado que desde Robert Schumann hasta el
día de hoy el músico no acepta otra crítica que no sea la especializada, salida
de plumas autorizadas, el resultado es un jardín de niños jugando con barro y
piedras procurando hacer la construcción más original, sin nadie que comente
esos grandes logros.
Esto
ha provocado que en México la crítica musical prácticamente no exista, salvo
por focas asalariadas y cronistas de fiestas de payasos, dejando al músico a su
suerte, como un náufrago en medio del océano, cercada por un obeso y calvo
tiburón incapaz de reconocer su boca del esfínter con que se expresa. En los
treinta años que he ejercido mi responsabilidad como escritor y como crítico,
el gremio musical ha sido incapaz de generar una voz crítica autorizada, que
sea la voz de los músicos y de las nuevas generaciones. Pasan los años y los
músicos son como niños temerosos del éxito ajeno, en vez de celebrarlo y
aprehenderlo, hacerlo suyo. No hay una sola voz crítica surgida de mi
generación, ni de las anteriores ni las posteriores, que celebre y haga
público, más allá de la sala de conciertos, lo que nuestros músicos hacen. Ese
es el Mar muerto en el que navega la música mexicana desde hace más de tres
décadas.
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| Foto © Ramón Merino |
Quizá
por eso no debería de haber sido una sorpresa el pequeño gran escándalo que
provocó mi crónica sobre el debut de un joven director de orquesta, quien
recién acababa de regresar de Europa, tras estudiar exitosamente en Europa en
los Países Bajos, París y Lucerna, entre otros sitios, con maestros tan
distinguidos como Pierre Boulez, Peter Eötvös y Bernard Haitink, cuyo
reconocimiento no se basó sólo en unas pocas pero reveladoras palabras, sino en
la entrega de documentos legales que dan cuenta de su paso por tan importantes
escalas formativas.
En
septiembre de 2009 di fe de mi asombro ante la batuta de Miguel Salmon del
Real, quien fungió como director huésped de la Sinfónica de Coyoacán, con un
programa dedicado a Weber, Beethoven y Gerardo Tamez.
Más
allá de referir el revuelo que mi crónica despertó en un medio como el musical
mexicano, ajeno a la palabra escrita como he señalado, me interesa señalar lo
que en ese momento despertó en mí la hábil e inteligente batuta de aquel joven
director de orquesta.
Toda
proporción guardada, puedo imaginar el asombro que en su momento despertó la de
Eduardo Mata.
Aunque
moleste la comparación, hay que decirlo bien claro: si no se ha asistido a ver
dirigir a un director, no hay palabra que valga. No hay autoridad alguna en
quien habla sin asistir a un concierto, sin acercarse al músico o al director
en cuestión y hablar con él. Es como quien hablase de un libro sin haberlo
leído. La autoridad para hablar de alguien, de una obra o una trayectoria
artística, hay que ganársela también.
Comparar
a Salmon del Real con Eduardo Mata podría considerarse una suerte de hipérbole.
El hecho es que hubo un natural deseo de acercarme a alguien lleno de talento,
de ímpetu, de inteligencia y, muy en especial, de algo muy raro en el medio
musical mexicano: generosidad. ¿Cómo no acercarse, no querer ser amigo de
alguien que tiene todas las virtudes que uno espera de un gran artista? Habría
que ser un eunuco o un enano mental para querer juntarse con hienas o
escuincles melindrosos en lugar de conocer y aplaudir a un gran artista. Porque
eso fue lo que vi en Salmon del Real, y no me cabe duda que debe haber sido lo
mismo que vieron quienes tuvieron la fortuna de conocer y tratar a Eduardo Mata
cuando llenó de luz los podios de nuestro país, hasta que los enanos de las
orquestas mexicanas lo obligaron a irse.
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| Foto © Ramón Merino |
Como
señalé en aquella crónica de su debut como el supremo artista del podio que es,
tener “la
oportunidad de escuchar a la Orquesta Sinfónica de Coyoacán […] parecería una
broma de mal gusto o un caso de extrema desesperación musical con tal de
escuchar algo. Del director huésped, Miguel Salmon del Real, sabíamos casi nada
hasta antes de este evento. Un director poco conocido al frente de una orquesta
delegacional parecía la crónica de un desastre anunciado”. Para fortuna de
todos los que asistimos ese día, no lo fue.
Desde
entonces ha transcurrido una década, y su ímpetu e inteligencia no han
disminuido un ápice. Los elogios que ha recibido en el extranjero —“su
control de los ensambles y su conocimiento de la partitura son supremos” (Cliff Colnot) y “ha demostrado ser un músico
serio y talentoso” (Pierre Boulez)— le han sido negados sistemáticamente entre nosotros por una sola razón: la
crítica musical en México, como la literaria, es inexistente.
Habría
que aclarar la afirmación. Porque, si bien es cierto que lo que se suele ver
como crítica literaria en México es muchas veces lamentable, lo cierto es que
quienes practicamos la escritura la ejercemos para reflexionar sobre aquello
que nos parece notable, sabedores de que la verdadera crítica no proviene de la
academia, de los así llamados especialistas de cubículo, sino de los mismos
creadores. A nadie le interesa lo que tenga que decir un oscuro profesor de una
universidad argentina sobre la obra de Jorge Luis Borges, o de Luis Cernuda,
pero si quien escribe es Juan García Ponce, u Octavio Paz, eso importa. Son
gigantes hablando de otro.
Del
mismo modo, en el ámbito de la música importa muy poco, o no debería importar
en absoluto, el asalariado y azaroso plumaje de obesos pájaros estercoleros en
periódico con pinta decimonónica, porque no hay nada que lo respalde: no hay
una obra, no hay inteligencia, no hay generosidad, no hay ninguna creación que
sea digna de ese nombre. Debería importar lo que otros colegas digan. Como en
el siglo xix, en el que las plumas
de Manuel Gutiérrez Nájera y Amado Nervo, entre otros, fueron los mejores
aliados de los músicos mexicanos. Es en ese sentido en el que afirmo que la
crítica musical en México es, efectivamente, inexistente.
Salmon
del Real tiene ese ímpetu y espíritu libre que no sólo ilumina sino ordena
aquello que le rodea. En su trayectoria de ya una década, ha podido dirigir
conciertos memorables, demostrando que su debut de septiembre de 2009 no fue
flor de un día. El 15 de octubre de 2012 fue nombrado director de la Sinfónica
de Michoacán, y para diciembre ya había preparado su primera Novena de Beethoven, la cual resultó un
espectáculo musical de grandes proporciones.
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| Foto © Ramón Merino |
Como
señalé en su momento, “la lectura que hizo el maestro Miguel Salmon del Real de
esta compleja obra fue notable por dos cuestiones. Primero, fue dirigida de
memoria, y sólo para el último movimiento la partitura apareció, más que nada,
según el maestro Del Real, para acompañar realmente a los solistas y apoyarlos.
Segundo, fue históricamente informada, es decir, interpretada de acuerdo a los
criterios de la escuela historicista fundada a mediados del pasado siglo por
Nikolaus Harnoncourt y Gustav Leonhardt. Ello significó retirar de la interpretación
la mayor parte del vibrato, y
permitir un sonido un tanto más seco, pero más apegado a la forma en que,
idealmente, podría haber sonado la obra en su época. Por lo mismo, los tempi elegidos por el maestro Del Real
estuvieron más apegados a los originales elegidos por Beethoven”.
De
hecho, algo asombroso ocurrió en una de las muchas visitas que hice a Morelia
durante su brillante estancia como director artístico de esa agrupación. Un día
en su casa llevé una grabación de la Novena
dirigida por el gran director belga Philippe Herreweghe, y nuestra sorpresa,
más bien la suya, fue comprobar que los tempi
de esa grabación eran exactamente los mismos que él había usado en aquella
ocasión. Al principio, de hecho, su pregunta para mí fue cómo había yo conseguido
el audio del concierto, pues el sonido de la grabación que llevaba yo y la que
él había hecho de aquellos conciertos eran casi idénticos.
Es
importante recordar aquí lo que escribí en ocasión de ese memorable momento en
Michoacán, donde además de dar testimonio del enorme talento de mi amigo, hice
otras notables amistades y donde pude publicar, en reciprocidad por lo que esa
ciudad y sus habitantes me dieron, mi primer poema extenso, Mahler. En aquella fecha, 19 de
diciembre 2012, agregué lo siguiente:
Y
sólo como referencia a esta escuela interpretativa, sería necesario señalar que
no sólo el ciclo sinfónico entero sino la Novena
en particular han sido grabados por diversos especialistas y por orquestas que
tocan con instrumentos de época. Hay por lo menos seis ciclos completos de
grabaciones disponibles con orquestas de este tipo. De ellas se puede señalar
lo siguiente: la versión de The Hanover Band, que fue la primera en grabar el
ciclo entero, dirigida por Roy Goodman en 1988, dura 65 minutos; la de
Christopher Hogwood al frente de The Academy of Ancient Music dura 63 minutos;
la de John Eliot Gardiner al frente de la Orchestre Révolutionnaire et
Romantique dura casi 60 minutos; la de Jos van Immerseel al frente de Anima
Eterna dura 64 minutos; tanto la de Philippe Herreweghe al frente de la
Orchestre des Champs Elysées, la de Frans Brüggen al frente de la Orquesta del
siglo xviii como la de Roger
Norrington al frente de The London Classical Players duran 62 minutos; y sólo
como referencia, la versión de 2008 de Claudio Abbado al frente de la
Filarmónica de Berlín, dura igualmente 62 minutos. Las de Nikolaus Harnoncourt
al frente de la Orquesta de Cámara Europea y Osmo Vänskä al frente de la
Orquesta de Minnesota duran, ambas, 65 minutos, y las tres son históricamente
informadas.
De
este panorama de grabaciones se puede deducir que las versiones dirigidas por
Miguel Salmon del Real se hallan entre estos parámetros, pues duraron un
promedio de 62 minutos. Estos parámetros son sólo una guía para el escucha, y
no otra cosa, pero nos permiten ubicar en un rango específico lo escuchado en
Morelia el pasado fin de semana.
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| Foto © Ramón Merino |
La
dinámica sonora y la articulación instrumental de las secciones tal como
Beethoven concebía a su orquesta, la cual gira en torno a una sección central
de Harmonie (alientos) rodeada de dos enormes secciones de cuerdas y maderas,
chelos y contrabajos, así como violines primeros a la izquierda y segundos a la
derecha, lució como pocas veces en un concierto. La particularidad de esta
construcción orquestal gira en torno a un momento extraordinario antes de la
coda final del primer movimiento, que es, precisamente, el fugato de las
maderas y alientos antes de que entre el tutti de la orquesta. Maestro de esa
estructura discursiva y arquitectónica, sobre la cual gira y ordena toda la
concepción musical desde sus primeras sinfonías, requiere de una especial
atención por parte del director, pues esta delicada estructura casi
transparente es la que ordena y sobre la cual gira el resto de la galaxia
sinfónica, es también la forma en que Beethoven delinea y contiene la forma
sonata como eje central de su pensamiento musical, y Salmon del Real supo
darnos una perspectiva auditiva precisa y adecuada de esa enorme complejidad
arquitectónica que es el mundo sinfónico beethoveniano. Sin duda alguna, la Novena sinfonía es un universo de enorme
complejidad no sólo por los detalles tímbricos y colorísticos de
instrumentación ya señalados, sino también porque en ella se conjugan la
maestría del sinfonista con las del diseñador de espacios íntimos de
recogimiento (el citado fugato), pero sobre todo, el descubridor y creador del
primer pasaje solista del timbal en el mundo sinfónico occidental, tal como se
escucha en el segundo movimiento, donde el instrumento debe presentarse en la
misma forma en que lo harán, más adelante, los solistas cantantes en el cuarto
movimiento. Por eso, al inicio de este último movimiento vuelve a aparecer el
tema del movimiento citado, como un recordatorio al escucha de que aquel pasaje
solista que ya escuchó previamente.
El
Teatro Ocampo fue testigo de dos noches memorables para la Orquesta Sinfónica
de Michoacán, y allí está la enorme ovación que el público les otorgó al
director y a sus músicos el sábado 15. Pero nada nos había preparado para lo
que en la catedral de Morelia se escucharía. La amplia nave de la iglesia con
sus arcos, columnas y salientes fue el espacio ideal para que una obra como la Novena sonara en toda su gloria y
majestuosidad. La sensación de arrobamiento fue general, y la acústica del
sitio no podría haber beneficiado de una forma más espectacular a una
interpretación que puede considerarse como uno de los mayores triunfos del
espíritu humano en el último cuarto de siglo en México. Recuerdo que al
escuchar la magnífica acústica del templo ante una orquesta brillante y
comprometida como pocas, un coro en estado de gracia y unos solistas llenos de
inspiración, no pude evitar recordar que una sensación similar me invadió hace más
de un cuarto de siglo cuando escuché por vez primera las versiones de The
Hanover Band del ciclo beethoveniano, y no es casual que llegara a mi memoria
tal eco sonoro, pues dicho ciclo fue grabado en la Iglesia de Cristo, en
Londres, y esa acústica sigue siendo insuperable en lo que a grabaciones se
refiere.
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| Foto © Ramón Merino |
Lo
que hizo notable esa extraordinaria Novena,
de la cual fui el único que escribió al respecto, es lo que anunciaba para ese
año que estaba a punto de empezar: el ciclo sinfónico completo de Beethoven,
incluyendo los conciertos para piano, el de violín y el llamado triple, a todos
los cuales tuve la fortuna de acudir y presenciar el prodigio alcanzado en cada
una de esas sesiones.
En
cierto sentido, parece fácil juzgar la interpretación de un grupo de obras que
son el caballo de batalla de todas las orquestas. El problema al que casi
siempre me he enfrentado es uno solo, y siempre es el mismo: la interpretación
rutinaria. Es un horror que los músicos de las orquestas, al menos las de la
ciudad de México, hayan burocratizado su espíritu a tal extremo que, igual que
la mayoría del público que asiste a las salas capitalinas, prefieran sólo
reconocer las obras que tocan en vez de conocerlas, integrarlas a su ser, de
profundizar en el legado musical que representan y saberse los custodios y
garantes de ese tesoro.
Porque
es un hecho sabido que aunque entre sus integrantes hay músicos más que
competentes, poseedores de una gran técnica interpretativa, prefieren regirse
por la ley del menor esfuerzo. Como burócratas en una oficina, terminan sus
ensayos a cierta hora, y no hay poder humano que los haga ensayar o practicar
más allá de ese horario. Prefieren un director de orquesta que entienda su
patético conformismo, a atreverse a ir más allá, a esforzarse más, a
comprometerse con una tradición de la que se supone son, o deberían ser, el
enlace vivo más importante. Sólo lo hacen si es estrictamente necesario. Si
quien se los pide es un director extranjero al que no tendrán que ver jamás. Lo
he visto con mis propios ojos. No hay músico de ninguna orquesta en la ciudad
de México que pueda desmentir ese enojo y furia que les invade porque el
director les hizo tocar como se debe, y no como están acostumbrados. Lo he
visto más de una vez.
Me
viene a la memoria los dos últimos conciertos que Maxim Shostakovich dirigió en
México, uno al frente de Minería, dirigiendo los más asombrosos Titán de Mahler y Sheherezada de Rimsky Korsakoff que se hayan escuchado en este país,
y otro al frente de la ofunam,
dirigiendo obras orquestales de su padre. En ambos casos, la transfiguración
musical operada por su enorme estatura intelectual fue reconocida por el
aplauso del público, pero no por los músicos de las orquestas, quienes sólo
lanzaban maldiciones contra el director. Yo recuerdo haber salido temblando de
la Sala Netzahualcóyotl, casi en estado de trance, en el primer caso. En el
segundo, pude oír a los músicos despotricando contra el director mientras me
dirigía a su camerino a saludarlo.
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| Miguel Salmon del Real. Foto © Ramón Merino |
La
rutina no debería caber en una sala de conciertos. Lo ha señalado en más de una
ocasión Nikolaus Harnoncourt. Eso lo sabe muy bien Miguel Salmon del Real cada
vez que sube al podio y se dirige a sus músicos, y después al público. Uno de
los aspectos más relevantes a tomar en consideración en su caso, y que pude ver
desde aquel debut arrollador suyo, es cómo le devuelve la seguridad y la
confianza en sí mismos a sus músicos, cuando no las tienen, cómo están dispuestos
a seguirlo como un ejército que se cree capaz de cualquier proeza militar, como
si nada pareciera imposible, como si se supieran los primeros en llegar al polo
sur e izar, orgullosos, la bandera nacional en pleno. Pero quizá más importante
sea lo que Salmon del Real transmite y comparte con el público asistente a las
salas donde él dirige.
Ese
sentido de novedad, de emocionante espera, de alegría compartida, de ser parte
viva del espectáculo, y no mero testigo de piedra, es uno de los resultados más
evidentes e innegables de su gestión al frente de una orquesta. Y eso se ve en
algo inusual para cualquier orquesta en México: las largas filas de un público
variopinto que se forma a la entrada de los teatros esperando entrar. Una y
otra vez, en Morelia, las largas filas de gente formada esperando entrar es una
imagen que, en el caso de Miguel Salmon del Real, es ya casi una suerte de firma
que identifica su labor.
En
la ciudad de México ver filas de público a la entrada de una sala, o que
incluso haya público que no logra entrar, es algo que nos es desconocido. Es
cierto, ha habido artistas que logran convocar grandes cantidades de público, y
en ocasiones ha sido necesario acudir a las pantallas colocadas afuera del
teatro para transmitir lo que sucede adentro: Philip Glass, Luciano Pavarotti,
son de los pocos artistas que pueden despertar esa energía casi eléctrica cuyo
solo nombre porta. Tendría que decir que entre nosotros sólo el de Salmon del
Real es capaz de generar esa expectación. Las fotos de ese público expectante
es casi ya una rúbrica de su trabajo. Y es el fruto del transmitir de boca en
boca, de esa recomendación surgida de una emoción que busca ser compartida y se
multiplica conforme pasa el tiempo. Fui testigo de eso que podría llamarse El efecto
Salmon del Real. Cada día más, la prensa local, en Morelia y en Sinaloa, ha
dado cuenta de eso que, al final de cuentas, es uno de los logros que más
importan en la gestión de una sala de conciertos y que es no sólo abarrotarla,
sino crear nuevos públicos, despertar ese interés más allá de la casi siempre
endogámica y exigua audiencia que acude a las salas de concierto.
Y
en un medio como el musical en donde el ninguneo es una práctica común, y no
extraña, por cierto, al literario, la generosidad también es una práctica
inusual, más bien escasa. Y en eso también Miguel Salmon del Real ha predicado
con el ejemplo, siendo el director que más obras ha comisionado y estrenado,
elaborando una amplia antología de la música mexicana contemporánea, en un
ejercicio intelectual de gran relevancia al invitar a toda clase de músicos y
de escuelas de composición, en algo que podría, y debería —toda proporción guardada—, considerarse la versión musical de Poesía en movimiento, la más influyente antología poética del siglo
xx.
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| Salmon del Real y José Manuel Recillas. Foto © Ramón Merino |
Sus
llamadas miniaturas, solicitadas a cerca de un centenar de músicos vivos, de
poco más de un minuto de duración, para ensamble pequeño y muchas orquestadas,
constituyen un valioso mapa de la música mexicana contemporánea, como lo hizo
en su momento la antología elaborada por Homero Aridjis, Alí Chumacero, José
Emilio Pacheco y Octavio Paz. La enorme vitalidad y diversidad de nuestra
música se halla admirablemente representada en ese ejemplar trabajo de generosidad,
totalmente inusual entre nosotros. Es probable que no pocos músicos convocados
por Salmon del Real no sólo no se lleven entre ellos. Pero es un mérito enorme
convocar y reunir a tal cantidad de música, y elaborar un mapa vivo de nuestra
tradición musical actual —ni
siquiera los inexistentes críticos y los escasos comentaristas periodísticos
han planteado algo remotamente similar—. Es sorprendente que algo tan relevante en el panorama musical
mexicano haya pasado sin despertar el menor comentario, sin ser aplaudido como
merece. Pero eso habla más mal de quienes deberían hablar de lo que sucede en
el panorama de nuestra música, que de quien ha hecho este notable trabajo. Es a
través de esta labor que Miguel Salmon del Real puede considerarse un digno
embajador de nuestra música, de nuestra tradición musical, como lo fue en su
momento Octavio Paz respecto de la tradición poética mexicana.
Septiembre
parece, entonces, un buen mes para este brillante director, pues fue en ese mes
de 2017 —ocho
años después de su arrollador debut en el podio— cuando fue nombrado director artístico de Orquesta Sinfónica
Sinaloa de las Artes (ossla), para
regocijo de quienes somos sus amigos y de la comunidad sinaloense, que de esa
manera adquiría para su notable orquesta a un director equivalente a un cuarto
bate. Y en dos años de gestión al frente de su nuevo encargo, eso que llamé el efecto Salmon del Real se ha vuelto a
repetir, y la prensa local ha sabido dar cuenta de ello. Las largas filas de un
expectante público han vuelto a aparecer a la entrada del teatro.
Incontrovertible, es la mejor descripción de algo que puede llamarse también
éxito.
En
su trabajo al frente de las orquestas con las que se ha presentado, sea como
director huésped —fue
el caso de su debut—
o como director artístico, siempre priva un común denominador, característico
de su trabajo: pasión, misma que transmite a sus músicos y a su público por
igual. Como pocos directores y artistas en México, Salmón del Real sabe que su
compromiso no es sino con lo mejor que ha creado el espíritu humano, y que él y
sus músicos son el vehículo ideal para transmitir, desde el podio y el
escenario, ese legado musical del que él y sus músicos son los custodios y
garantes.
Miguel
Salmon del Real ha afirmado, en más de una ocasión, en público y en la cercanía
que proporciona la amistad y la confianza recíproca, que “la música clásica une
al ser humano con la eternidad, favorece el desarrollo humano, es pasión, es
emoción, su encanto es eterno”. Son palabras que confirman una sólida confianza
que lo vincula no sólo con sus mentores —Bernard Haitink, Pierre Boulez, Peter Eötvös—, sino con lo mejor de una insoslayable tradición europea —Frans Brüggen, Nikolaus Harnoncourt, Daniel Barenboim, Claudio
Abbado—,
de la cual es heredero y uno de nuestros más orgullosos embajadores culturales.
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| Miguel Salmon del Real. Foto © Ramón Merino |
Como
melómano, suelo tener diferencias en cuanto a ciertos aspectos del ejercicio
musical, y solemos tener largas conversaciones y discusiones en cuanto a dichos
asuntos. Pero es justamente ese ejercicio de confrontación intelectual el que
en no pocas ocasiones enriquece nuestro diálogo y me permite observar
cuestiones que no había considerado. Pienso que en la dirección opuesta sucede
lo mismo. Siempre ha habido entre nosotros un diálogo fructífero, y una
curiosidad por entender el mundo y el arte a través de sus más nobles
manifestaciones: la música y la poesía. Dos artes íntimamente hermanados por
ritmos, cadencias, por un flujo a veces bailarín, a veces meditativo. Sobre
todo, por una combinación de elementos que las hace posible: el silencio y el
sonido.
¿Cómo
no celebrar, entonces, la primera década de actividad de uno de nuestros
mejores artistas hoy por hoy? ¿Cómo no querer hacerse amigo, y serlo, de
alguien con tales dotes, tan evidentes e innegables? ¿Cómo no entablar amistad
con alguien a quien se admira, uno igual a uno mismo? ¿Cómo no estar agradecido
cuando a través de él he podido tener amistades de muy diverso tipo de ese
mundo que le rodea, músicos e intérpretes —David Hernández Ramos, Jorge Barradas, Felipe Pérezsantiago, César
Bourget—
tanto como intelectuales, historiadores, escritores, fotógrafos, melómanos —Bismarck Izquierdo, Juan García Tapia, Ramón Merino, Eduardo
Rubio, José Herrera Peña? La pléyade de personas notables que rodean y
enriquecen el mundo intelectual y creativo de Salmon del Real es una historia
aparte de esa apertura a otros mundos, y cuya sola mención muestra la amplitud
de su espíritu.
Vivir
en un medio tan poco generoso y ágrafo como el musical mexicano es una
tristeza. Vivir bajo el asedio de focas obesas y analfabetas esféricas es una
pesadilla. Pero hallar a grandes artistas y convivir con ellos es un raro
privilegio que no puede pasarse por alto. No tuve la oportunidad de conocer a
Octavio Paz, a Carlos Fuentes, o a otros grandes artistas de este país. Tuve
tratos con José Emilio Pacheco, con su inteligencia y proverbial generosidad;
si no conocí a Octavio Paz, sí conocí a Manuel Andrade, enorme poeta,
investigador y editor. No conocí a Eduardo Mata, pero he tenido la fortuna de
toparme con alguien de su misma estirpe, de su misma luz y brillantez. Gracias
a él he podido conocer a algunos de los mejores músicos de este país. No me parece
casual. Los grandes artistas suelen atraer, como un imán, a otros grandes.
Septiembre
4 de 2019